Capítulo 16 #2
Mi cabeza asintió sin siquiera haber procesado su pregunta.
¿Qué me ocurre? Pareciera que alguien más estaba controlando mi cuerpo.
—Tu esposo debe estar por llegar, así que iremos arriba y fingiremos que esto no pasó, ¿de acuerdo?
—Pero yo…
—¿Quieres venirte? —hundió su rostro en mi cuello, su respiración caliente quemando mi piel—. ¿Mmm? ¿Eso quieres, putita?
Asentí, agitada.
—Tendrás que ganarte ese privilegio con acciones—retiró de un tirón la mano, dejándome alborotada y a la expectativa.
Rechiné los dientes de la impotencia.
Acabo de comportarme como una maldita necesitada.
¿Qué demonios me pasa?
†
Cuando Edward regresó, los dos ya estábamos de vuelta en el ático. Lucien se encargó de eliminar cualquier rastro o evidencia de que habíamos estado sueltos.
Lo más irritante de todo, era la hipócrita manera en que Edward me buscaba la vuelta, trayendo mi comida favorita y preparando una “mesa” improvisada como si lo que había hecho se podía borrar con esos detalles.
Como si no fuera poco, le trajo a Lucien comida, pero solo para restregarle la bolsa en la cara y luego aplastarla hasta integrar todos los elementos y pareciera estiércol.
Esa humillación era intolerable. Casi me le voy encima, pero las palabras de Lucien apaciguaron ese fuego que hervía en mi interior.
—Tu comida está servida. Come—levantó la suela del zapato a la altura del rostro de Lucien, y la acercó a sus labios.
Lucien, con una media sonrisa, pasó la lengua en la suela de su zapato y el aire quedó estancado en mis pulmones.
¿Por qué obedecía? Si tenía la forma de soltarse y defenderse, ¿por qué prefería soportar este mal trato?
—¿Cuán podrida está tu alma para hacerle algo así a tu propio hermano? —esa pregunta se escapó de mi boca, con tanta frustración y enojo contenido que no pude y tampoco quise disfrazar.
Edward se giró apenas un poco, mirándome de reojo.
—¿No te das cuenta de que él está en su mejor momento? No importa lo que haga, a este bastardo le encanta que lo traten así.
—¡Nadie merece que lo traten así! —contraataqué.
—Porque le hayas chupado la verga, no significa que lo conoces.
Es mi hermano, ¿quién mejor que yo para conocer lo que le gusta y lo que no?
Dime, esposa mía, ¿estás decepcionada porque el hombre que te hizo cambiar con tu esposo no es más que un bastardo masoquista que le gusta que lo humillen y le den duro por el culo?
Lucien se carcajeó y Edward curvó la comisura del labio, en un intento de sonreír, pero evidentemente lucía más encolerizado que divertido.
No planeaba comer, el apetito lo había perdido, pero la mirada de Lucien desde el otro espacio me convenció a ceder de a poquito.
—Maldición, todavía no se me quita este calor y el mareo. ¿Cuántas píldoras me diste? —me miró directamente, esperando una respuesta.
Por lo visto, sí sabía que fui yo.
—Cuatro—confesé.
—¿Querías matarme? —suspiró pesadamente, frotándose las sienes—. ¿Vas a ayudarme?
Su pregunta me llenó de ira por su cinismo.
—¿No liberaste lo suficiente mientras estaba inconsciente?
—No. Pero si me lanzaste a la boca del lobo y me drogaste, después de todo lo que he hecho por ti, lo menos que puedes hacer es hacerte cargo de tu error. ¿Crees que quería aprovecharme de ti mientras dormías? Fue el peor y más aburrido sexo que he tenido en años desde que te conocí.
—Desgraciado… —murmuré.
—Difiero en que haya sido el más aburrido—Lucien entró en la conversación, tirando su veneno como siempre—.
¿Siempre pones a tu esposa en cuatro patas y se lo metes a secas?
—rio—. Nada mejor que oír el coño mojado de una mujer mientras lo empujas bien hondo, sentir sus jugos salpicando la cama, goteando por los testículos a la entrepierna—se relamió los labios, saboreando cada palabra—.
Ah, no hay mejor placer que ese. Si hay alguien aquí con todo el derecho de calificar su peor polvo, esa es tu mujer, hermanito.
Edward no desvió la mirada de mí, esperando que tal vez dijera algo o mínimo lo contradijera.
—¿Alguna queja? Viene siendo tiempo de que seamos honestos en esta relación.
—Sí, sí, cuéntale, cuñada—Lucien parecía ser el único entusiasmado con el giro de esta conversación.
¿Qué estaba tramando?
—Estoy esperando—insistió Edward.
¿Debía ser cruelmente honesta o endulzar la verdad?
—Cuéntale lo mucho que lloras después de cada polvo y buscas refugio en el baño para que no se dé cuenta de lo infeliz e insatisfecha que siempre te has sentido.
—¡Basta! —grité.
¿Por qué me estaba acorralando así? Dándome justo por donde más dolía.
—Dilo. Toda tu vida te has sentido incompleta. No hay nada en el sexo con tu esposo que te mueva o te provoque algo.
Presioné los labios, incapaz de articular palabra alguna. Una lluvia de malos recuerdos se aglomeró en mi cabeza.
—¿Tiene algo que ver con tus fantasías nunca contadas?
¿Con tus secretos oscuros antes de nuestro matrimonio?
Nunca cumplí con tus estándares porque quería tratarte bonito, pero tú prefieres que sean rudos y malos contigo.
Vamos, reina, sé honesta por primera vez en tu miserable existencia y dímelo en la cara—Edward alzó la voz, las venas brotándose en la frente.
—Nunca fuiste tú, fui yo la del problema.
Fui yo quien se llenó de falsas expectativas, creyendo que todo iba a cambiar a medida que nos fuéramos conociendo mejor como pareja—confesé, sin que me quedara nada por dentro—.
Por mucho tiempo me he sentido incompleta e infeliz, pero fue mi culpa al no decírtelo de frente.
El sexo nunca se ha sentido bien para mí, no hay ninguna parte del acto que me haga sentir un placer desbordante como alegan sentir todos…
al menos—mis ojos se desviaron sin querer hacia Lucien y me maldije por eso—, no lo siento contigo.
La imaginación y la masturbación es lo único que aviva el fuego en mi interior y me hace pensar que no todo está perdido.
Cerró los puños, sus nudillos marcándose.
Jamás lo había dicho en voz alta.
Siempre oculté mis verdaderos sentimientos, pensamientos y mis anhelos por vergüenza. No sentía ningún orgullo de confesarle todo eso a mi esposo.
—No soy un asesino, como esos que despiertan curiosidad e interés en ti, aunque creo que eso está por cambiar pronto.
Levanté la mirada al ver su mano cerrarse en el cabello de Lucien con violencia.
—Tal vez sirvas para algo después de todo—impactó su mejilla con un puño furioso que solo arrancó un risita quisquillosa por parte de Lucien—.
A ti no te quedarán ganas ni dientes para reírte—fijó su mirada en mí—.
Voy a arruinar esa imagen que tienes de este bastardo.
No podrás verlo como nada más que una criatura deformada y carente de extremidades.
Te prometo que te haré sentir algo, mi querida esposa.
—¿Te hace sentir muy hombre maltratar a alguien que está amarrado y no puede siquiera defenderse? Claro, ese es el cobarde de mi marido y para lo único que eres bueno.
Su atención estaba puesta en mí.
—¿Por qué no te desquitas conmigo? Fui yo quien te infló el ego a punta de mentiras piadosas y quien convirtió tu mediocridad en fantasía. La imaginación fue lo único que te hizo parecer un buen hombre… y un buen polvo.
Le había dado donde más le dolía; en el ego. Lo noté en esa mirada asesina que me dedicó.
—Golpéame a mí, si te atreves.
Dejó ir el cabello de Lucien, caminando hacia mi dirección y lo seguí con la mirada.
—Si tanto insistes, no me contendré—su puño me impactó directo en la boca, partiéndome el labio en el acto.
Me dolió, aunque no quise demostrarlo.
Tragué de mi propia sangre.
Un dolor agudo y punzante se extendió por la zona, dando paso a un fuerte calentón.
Tal vez eso era lo que me hacía falta para despertar de una vez y por todas. Darme cuenta de que esto no tenía ningún puto arreglo, porque quería verlo muerto…
Lo golpeé directamente en los huevos con mis manos juntas y amarradas con toda la fuerza que pude recolectar y que ni siquiera sabía que tenía.
Sus ojos se abrieron de sorpresa y de dolor, mientras sus rodillas tocaban el suelo.
Se acomodó en posición fetal, con las manos agarrando su hombría.
Su expresión de agonía y el ver su cuerpo retorcerse fue el incentivo perfecto para quitarme esa espina que se había sembrado bien adentro de mí con ese puño.
—Increíble, gordita—el aplauso de Lucien me sacó de esos pensamientos—.
Por fin haces algo más que hablar mierda—se quitó el amarre de las sogas improvisado y se levantó relajado como si la cosa no fuera con él—.
Lo hiciste mejor de lo que pensé—aplastó la cabeza de Edward, antes de arrojarme la llave del candado.
Me quité esa mierda que lastimaba mis muñecas y Lucien me arrebató de regreso la llave.
—Esta llave la sembraré bien profundo dentro de tu culo, hermanito—la guardó en el bolsillo, momentos antes de arrodillarse al lado de Edward y luchar por ponerle la cadena en las muñecas—.
He esperado tanto por este momento—sonrió, dejando escapar un suspiro—.
Tengo ganas de ir al baño—se quejó, aun estando de rodillas—.
¿Por qué no haces algo bueno por mí y abres la boca?
Lucien se sentó sobre su pecho, evitando a su vez que Edward subiera las manos.
Soportó los movimientos violentos y la lucha como un torero diestro.
La curiosidad me movió a acercarme para tener un mejor ángulo de la situación.
Lucien desenfundó el cuchillo de bolsillo y llevó el filo a la boca sellada bajo presión de Edward.
Su otra mano presionaba su frente, evitando que moviera la cabeza.
Ejerció presión con la pequeña base, separando apenas un poco y oí el chirrido de los dientes raspando el acero. Me dio dentera solo de escucharlo.
—Si muerdes muy fuerte vas a partirte los dientes y luego no tendrás una barrera que evite que entre algo más grande en tu boca.