Pecador Capítulo 16
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Capítulo 16

Diviérteme

Daphne Graves

Tanto tiempo a solas y no se mostraba dispuesto a responder mis preguntas, mucho menos a buscar la forma de escapar. Las cadenas lastimaban mis muñecas y sentía ganas de usar el baño. Quería alejar esa sensación pegajosa de mi cuerpo. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que desperté aquí.

Me asomé por una grieta del suelo al escuchar el sonido de un cristal rompiéndose. Edward seguía sentado en la mesa en compañía de varias botellas de tequila, sumergiéndose en ese vicio de nunca acabar.

—¡Eres un monstruo! —vociferé, con toda la intención de ser escuchada por él—. ¡Me das asco!

Se inclinó en la silla, usando su pierna para mantener el equilibrio y miró hacia arriba.

—Tus fantasías no son muy sanas tampoco, supongo que eso nos convierte en lo mismo, reina—sonrió, después de que un pesado suspiro se escapara de sus labios—.

No somos tan diferentes, tal vez por eso nos enamoramos en primer lugar.

Encontramos refugio el uno del otro; tú huías de tus padres y yo de los míos.

Quizá lo que falló entre los dos fue la falta de confianza y comunicación.

Si hubiéramos confiado lo suficiente, habríamos sido felices e inseparables.

Puede que aún estemos a tiempo de arreglar esto, solo necesitas tiempo para pensar y darte cuenta de que estamos destinados a estar juntos.

Estoy dispuesto a esperar lo que sea suficiente.

Como siempre has dicho, tenemos una vida por delante.

—No nos puedes dejar aquí, Edward.

—De poder, por supuesto que puedo. Todo depende de la decisión que tomes.

—Eres horrible.

—Soy un monstruo, ¿lo olvidas? —tomó directamente de la botella, depositándola de vuelta en la mesa—. Eso es lo menos que un monstruo como yo haría. Por eso, te ruego, piensa bien en tu respuesta—se levantó de la mesa, recogiendo las llaves de la camioneta—. Iré por comida.

Aunque le grité y lo llamé por su nombre para que no se fuera, simplemente me ignoró y salió de la casa.

—No puedo leerte. ¿Por qué quieres irte? ¿No se te hace divertido este lugar?

—¿Divertido? ¿Es otra broma?

—No es tan diferente a la vida que has llevado desde que te casaste.

Estar encerrada en la casa, sola, siendo solo un juguete de mi hermano, fingiendo estar a gusto, fingiendo sentirte mujer en sus brazos, cuando evidentemente no lo eres.

Al menos aquí arriba tendrás privilegios.

Tu esposo estará en la obligación de venir a verte, de atenderte y no te sentirás tan sola.

¿No era eso lo que tanto odiabas? La soledad…

—¡Cállate, imbécil! Hablas como si me conocieras, pero estás lejos de hacerlo.

—Ahora conociendo una pequeña parte suya, ¿qué respuesta le darás cuando llegue?

Jamás podría perdonarlo, eso lo tenía más que claro, tampoco fingiría hacerlo.

—Hay que encontrar una manera de salir de aquí.

—Oh, ¿me estás incluyendo en tus planes después de lo que te hice, gordita?

No me equivoqué contigo, eres una caja de sorpresas—rio—.

Sin embargo, no quiero irme. Como un simple consejo, será mejor que me dejes atrás, porque si estas cadenas no estuvieran de por medio, te habría matado hace rato.

Eres la pieza perfecta para destruirlo desde dentro y no te dejaré escapar fácilmente—ensanchó la sonrisa, y fue casi como si estuviera viendo al mismísimo demonio en persona—.

Ah, tu carne abierta debe sentirse cálida.

Te prometo que te abrazaré cada noche antes de ir a dormir y ahuyentaré todos los gusanos que quieran devorar tu carne podrida—se puso de pie, y me orillé en un rincón de la esquina, sintiendo escalofríos en todo el cuerpo—.

Estás perdiendo el tiempo—sacó de su chaqueta un pequeño cuchillo de bolsillo y mi corazón casi sale expulsado de mi boca.

No era justo que solo él estuviera amarrado con sogas y yo con cadenas.

Mi cuerpo era un manojo de nervios y vellos erizados.

—N-no, p-por f-favor… —le supliqué, al ver cómo cortaba las sogas de las manos.

Todo este tiempo estuvo armado y no hizo nada hasta que Edward se fue.

Lo había planeado todo meticulosamente, pero ¿por qué a mí? Yo no le hice nada.

—P-por favor, no me mates. Yo… yo no te hice nada.

Solté un grito al verlo acercarse, mismo que silenció con su mano.

Lágrimas traicioneras escapaban de mis ojos sin cesar.

—Qué lindo lloras. Tal vez debería comenzar por esos ojitos —acercó el filo a mi ojo, carcajeándose como un desquiciado.

Negué con la cabeza, sin atreverme siquiera a moverme más de la cuenta y fuera a sacarme los ojos.

Del otro bolsillo de la chaqueta sacó una llave, abriendo el candado de mi cadena y liberándome las muñecas.

—Te daré solo diez segundos de ventaja para que ruedes, cerdita. Haz que me divierta, ¿sí?

No lo pensé siquiera. Mis piernas reaccionaron y, aunque acalambradas y débiles por la falta de movimiento, bajé las escaleras del ático, corriendo en dirección a la puerta que más cercana me quedaba; la trasera.

Le quité los tres seguros, el aire fresco entrando a mis pulmones tras abrirla.

El patio se me hizo enorme y al estar descalza, me enterraba las piedras en los pies.

Mi cuerpo se vio levantado con los brazos abajo cuando apenas intenté abrir el portón.

—Joder, mujer, sí que pesas.

—¡¡¡Alguien, ayuda!!! —grité tan fuerte, que casi me explotan las venas de la frente y las cuerdas vocales.

—¡Alguien, por favor, ayúdenla! —se bufó, levantando la voz casi como yo mientras me llevaba de regreso a la casa—.

La mujer del lado está muerta y el negocio del otro lado está cerrado.

El refugio de al frente solo se llena si hay aviso de tornados y, bueno, el resto de los vecinos de la calle no podrán oírte.

A esta hora deben estar trabajando o recogiendo a sus hijos en la escuela.

Me dolía el pecho tratando de respirar adecuadamente. Tal vez estaba teniendo un ataque de pánico, pero incluso el mundo me daba vueltas y vueltas. El corazón me latía muy rápido. Sentía que iba a morirme. Si no me moría de un ataque fulminante al corazón, iba a morir en manos de ese hombre.

—Pequeña exhibicionista, no creí que te atreverías a salir desnuda.

Me apoyé en la división entre la puerta trasera y la cocina.

—Necesitas hacer cardio. Puedo ayudarte con eso.

—N-no me m-mates, por favor… —le rogué con un hilo de voz.

—Solo estaba jugando. ¿Cómo voy a matarte? Es muy pronto todavía. Ni siquiera hemos follado. No puedo dejarte ir así.

—Eres lo peor—me sequé las lágrimas con el dorso de la mano, cuando abrí los ojos, vi su rostro muy cerca, a solo centímetros de distancia.

Pasé saliva, sin desviar la mirada de sus ojos negros. Mi corazón casi sale disparado del pecho.

—Edward debe estar por llegar—añadí, con el propósito de cortar con esa proximidad y silencio incómodo—. Quiero irme.

—¿Irte? Me temo que es muy tarde para eso, gordita—estampó sus labios en los míos, acorralando mi cabeza entre la pared y su boca.

No tenía escape. Estaba perdida en un laberinto sin salida.

Atrapada entre la adrenalina y la intensidad de su beso.

Sus labios acapararon los míos de comisura a comisura, sin dejar ni un solo lugar sin explorar.

La fricción caliente y húmeda de nuestras salivas me arrebató un gemido.

Perdí la fuerza en las piernas por unos cortos segundos, pero me aferré a esa sensación tan agradable y deliciosa en mi boca.

Mi mano se enredó en su cabello suelto y la suya en mi cuello, como quien mide el pulso o simplemente busca marcar territorio.

—Mmm, mierda—susurró sobre mis labios, jadeando y con los ojos a medias, parecía arrebatado—. Que rica sabes—se mordió el labio inferior, dejando entrever una sonrisa juguetona—. Tus cuatro labios son deliciosos.

Mi rostro debía parecer un tomate en todo su esplendor; en lo redondo y rojo.

Su otra mano se deslizó por mi entrepierna, hasta hundir sus dedos entre mis otros labios que yacían mojados por sus ricos besos. Por instinto cerré las piernas, aprisionándolo entre ellas.

—¿Te gustan mis dedos? —los agitó rápido, haciendo fricción en mis paredes internas sin quitarme los ojos de encima y enviando espasmos por todo mi cuerpo—.

Pronto pondré dentro de ti algo mucho mejor.

Luego no querrás que lo saque nunca—sonrió malicioso, antes de pasar su lengua sobre mis labios entreabiertos, dejándome sin aliento.

¿Cómo pasé de tenerle miedo, a tenerle tantas ganas?

El sabor de lo prohibido era adictivo.

Fuego corría por mis venas con solo mirarlo.

Mi cuerpo reacciona tan rápido a él.

—Muéstrame tu lengua y la mejor expresión de putita que tengas—sus deseos se volvieron órdenes.

Me mordió la lengua, envolviendo la suya alrededor de la mía y cerré los ojos por su juego apasionado y feroz. Se oía claramente el sonido de nuestras lenguas enredadas y sus succiones repentinos.

Mis ojos, antes cerrados por su intensidad, se abrieron para mirarlo, cruzando mirada con sus bellos ojos. Me derretí como un helado en pleno sol de verano.

—Escúchame bien, gordita, vas a mentirle a mi hermano. Le darás otra oportunidad, le dirás cosas bonitas al oído y te ganarás de nuevo su confianza—murmuró entre cada beso.

—No puedo hacer eso.

—Sí, claro que puedes. Eres buena fingiendo. Lo has hecho hasta ahora. Solo navega a favor de la corriente. Deja que la marea te arrastre. No es tan difícil.

—¿Por qué quieres que haga eso? ¿Qué planeas?

—Voy a matarlo—hundió sus dedos más hondo, provocando un chapoteo húmedo y abrí la boca para tomar una bocanada de aire, clavando mis uñas en sus hombros—.

No sin antes darle a probar de su propio veneno.

Nuestros fluidos serán su único sustento hasta el final de sus días y cuando todo acabe, vamos a follar sobre su cadáver hasta que su existencia se reduzca a simples huesos.

Esas palabras tan horribles y siniestras no debían causarme nada que no fuera asco y miedo, pero su voz apacible y suave hacía que sonara como una bendición.

—¿Te gusta la idea?