Pecador Capítulo 15
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Capítulo 15

Inmune

Edward Veil

Las gotas frías del tequila se deslizaban por la copa, invitándome a ese paraíso donde el dolor y los recuerdos dejaban de doler. No curaba mis heridas, pero las dormía y me conformaba con ese poco.

Una vez más había roto la promesa que le hice a mi esposa. Había sido derrotado por ese veneno que tan amargamente bien me sabe cuando mi mundo se encuentra de cabeza.

Me esforcé tanto en cambiar, en llevar una vida relativamente normal, en convertirme en el mejor compañero de vida para mi esposa.

¿Todo mi esfuerzo reducido a esto?

Pero el pasado me persigue, no importa a dónde vaya o cuánto me esfuerce en dejarlo atrás. No soy lo suficientemente rápido para huir.

Maldita sea, ¡¿por qué tuvo que aparecer ese bastardo?!

Arrojé la copa contra la pared, quebrándola en pedazos.

Fue culpa de mi padre. Si tan solo no lo hubiera escuchado, tal vez nada de esto habría ocurrido.

La noticia de que tendría un hermano me tomó desprevenido. Al principio, tuve miedo de que usurpara mi lugar y por eso cuando mis padres no estaban presentes, le hacía maldades, desde pellizcarlo, hasta doblarle las orejas. Su llanto era el combustible para sentirme satisfecho.

Era inaceptable que esa cosa tan pequeña hubiera llegado último y tuviera toda la atención de mi papá.

Cuando aún usaba pañales, recolectaba hormigas del patio trasero para ponerle unas cuantas dentro. No iba a matarlo con ello, pero me divertía oírlo llorar y ver los enormes sarpullidos que se creaban en su piel.

A veces lo dejaba caer a propósito, así como intentaba silenciar su llanto con la almohada.

Su cuerpo no se defendía del peso de la almohada, solo agitaba las piernas y las manos, mientras su piel pálida se teñía de roja por la falta de aire.

Solo cuando paraba de moverse le quitaba la almohada.

Pero ni siquiera eso lo consideraba suficiente.

Mi padre se enteró de la infidelidad de mi madre cuando mi hermano cumplió un año, pero más que dejarla por ello, le dio a elegir entre mi hermano y él.

Mi madre no vaciló en elegir a mi padre, después de todo, jamás le importó mi hermano, apenas lo atendía, siempre estaba detrás de los pantalones de mi padre.

Mi padre no lo reconoció como suyo, al no haber estado casado legalmente con mi madre, nunca tuvo un apellido.

Mi padre la puso a prueba. Le encomendó mover la cuna al ático y allí lo mantuvo encerrado por muchos años. Cuando era niño, nunca vio el exterior. Las ventanas, antes tapizadas, no permitían que entrara ni un rayo de sol. No puedes extrañar algo que nunca conociste, ¿cierto?

No lo llevaron a la escuela. Nunca supo leer ni escribir, las pocas palabras en su vocabulario eran los insultos que recibía de mis padres y de mí.

En aquel entonces, nunca empaticé con él, pese a las condiciones inhumanas en que vivía, siendo golpeado en el día y violado por mi madre por las noches.

Ni siquiera estaba amarrado y siempre me pregunté por qué se resignó a estar encerrado y no se le cruzó por la mente escaparse, pero me di cuenta años más tarde que no era simple resignación, él no sabía el significado de esa palabra; era costumbre.

Era la única vida que conoció, por eso adaptarse fue parte de un proceso natural para él.

“El cuerpo humano es capaz de adaptarse a cualquier circunstancia”, esas palabras salieron de la boca de mi padre y le di la razón.

Descargué todo mi odio y el desprecio que mi padre me inyectó hacia él. Nunca impuso límites cuando de humillarlo y maltratarlo se trataba, por eso, ese niño que un día fui se alimentó de ello.

Mi padre se había dado cuenta de las cosas que le hacía a mi hermano desde el día uno y de la curiosidad que se asentaba en mi interior, pero en vez de regañarme o castigarme, me alentó a que continuara con mis experimentos, premiando mi labor y dándome cumplidos…

y por eso lo hice. Pasé al siguiente nivel sin miedo a las consecuencias o sin contenerme siquiera un poco.

A sus siete años golpearlo ya no era divertido. Estaba tan acostumbrado a eso que ni siquiera emitía algún sonido, por más fuerte que le pegara. Ni siquiera pasarle un encendedor en diversas partes del cuerpo parecía tener efecto, como tampoco lacerar su piel con pedazos de cristal.

Siempre tuve curiosidad por la diferencia de tamaño en nuestros cuerpos.

Mi cuerpo en etapa de madurez sufría reacciones involuntarias cada vez que lo veía desnudo y por eso comparaba el tamaño de mi verga con el alcance que tendría si llegase a meterlo.

No me pasaba con nadie más, ni con otras niñas o niños de mi edad, era solo con él.

En busca de descargar esa frustración al no poder tener una erección normal si no era pensando en él, llegué al extremo que faltaba. Crucé la línea, abriéndome paso a un mundo diferente de sensaciones desconocidas y altamente adictivas.

Una noche, la curiosidad por probar lo desconocido, me llevó a tocarlo de manera indecente. Esta vez no eran golpes, no era ganas de dañar su piel, quería algo diferente, algo que pudiera marcarlo a un nivel más profundo.

Su mirada, antes muerta y vacía, se llenó de esa emocionante angustia y dolor. Los ojos le brillaban, lágrimas por fin empapaban sus pálidas mejillas, una reacción que esperaba de él por mucho tiempo. Había olvidado esa expresión y me resultó la más sincera y hermosa que hubiera visto.

Un placer irresistible despertó en mi interior, un fuego incapaz de apagar a medida que lo forzaba a recibirme.

Primero comencé con objetos pequeños, desde supositorios para la fiebre junto con mi dedo meñique y piedras, hasta objetos más grandes como un cepillo, una lata de fríjoles, una bola de tenis, hasta un bate de béisbol.

Era tan pequeño en comparación a mi hombría, que quería estirarlo lo suficiente y prepararlo para mi siguiente movida.

Al principio me asusté al ver tanta sangre, pero no era pena por él y sus gritos de agonía, era temor a que muriera en mis manos y terminara en la cárcel.

Desgarré su alma, ultraje su cuerpo… y lo peor de todo, no sentí remordimiento alguno. Solo un placer incontrolable e irresistible.

Una y otra vez, no podía parar. Verlo sangrar, llorar y gritar para mí era combustible para avivar más el fuego, pero todo acabó cuando una vez más se acostumbró…

se adaptó al dolor, y ya no lloraba, por más destrozado que le dejara el culo, al contrario, solo reía, pero no era una risa cualquiera, era una de esas que taladra profundo en la cabeza y te persigue hasta en tus peores pesadillas.

Una risa burlesca, porque descubrió mi debilidad, la única que me esforcé tanto en no mostrar.

Mi debilidad siempre fue él…

Lo amaba tanto como lo odiaba; a un nivel enfermizo que ni siquiera me importaba hasta dónde tuviera que llegar con tal de tenerlo y hacerlo llorar para mí.

No supe la clase de monstruo en la que me había convertido hasta que cumplí mis dieciocho años.

La adultez me pegó fuerte. Madure lo suficiente para darme cuenta del daño irreparable que había hecho.

No podía vivir más así, dentro de esas cuatro paredes que me consumían, con unos padres que me permitían todo y un hermano menor que había perdido el miedo y era inmune al dolor.

Hui; hui como un cobarde, dejando todo atrás. Lo abandoné en ese infierno del que fui partícipe desde que nació.

No supe más de él y de mis padres, hasta hace tres años atrás, que me enteré de que a los cuatro años y medio de haberme ido, un vecino había alertado a la policía y pudieron poner fin a su tormento, sin embargo, mis padres huyeron, aunque no pudieron ocultarse para siempre.

A finales del año pasado los encontraron muertos en un hotel, la policía alegó que los dos se habían suicidado, pero nunca lo creí y con la aparición de Lucien aquí, hace más que evidente que él pudo haber estado detrás de la muerte de ellos.

Lo último que supe de él es que fue internado en un hospital psiquiátrico. Se suponía que con las secuelas del maltrato y sus condiciones, no iba a salir de allí, pero se las arregló para hacerlo.

En medio de la amargura, mi dolor y la soledad, apareció ella como un rayo de luz y de esperanza. Cuando creí que nadie en este maldito mundo podría ver algo bueno en mí, ella me mostró que sí lo había.

Los dos estábamos huyendo del pasado. Siempre supe lo de sus padres y su verdad, lo leí en su diario, pero era el menos indicado para juzgarla. La amaba así, tal y como era.

Sin embargo, no podía decir lo mismo de mí. Le oculté mi verdad, el pasado que me perseguía. Incluso le mentí haciéndome pasar por alguien que no era, porque no quería echar lo nuestro a perder.

Ella conoció mi lado más patético, y en vez de irse, me apoyó a ser mejor, y le fallé.

Ahora Lucien regresó en el peor momento con intenciones de arrebatarme lo único bueno que tengo en esta maldita vida y no podía permitirlo, aunque se lo deba después de todo lo que le hice.

Por su culpa Daphne ya no quiere estar conmigo y me mira con tanto odio y desprecio. Vino a arruinarlo todo.

¿Qué hago ahora?

¿Era esto un maldito chiste?

¿Cómo la vida podía jugar tan sucio?

Tengo a mi esposa amarrada en el mismo ático donde torturé a mi hermano menor. La golpeé por miedo a perderla y la forcé mientras estaba inconsciente. Nada de esto estaba en mis planes. Si ella me hubiera hecho caso, no habría tenido que llegar a ese extremo con ella, ¿verdad?

Claro que fue su culpa, y la de ese maldito bastardo.

No descansaré hasta borrarle esa maldita sonrisa de su rostro.