Pecador Capítulo 14
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Capítulo 14

Obligación

Daphne Graves

Edward seguía jadeando, pero con esa expresión de furia marcada en cada poro.

Miento si no he de admitir que, de cierto modo, verlo en ese estado, me provocaba una sensación inexplicable, pero excitante en el cuerpo.

Lucien se mojó los labios, segundos antes de pasearse por mi piel como quien se cree dueño de todo lo que toca y con esa misma seguridad capaz de doblegar a cualquier mortal. Yo no sería la excepción.

Su juego era una tortura. No despegaba su mirada de la mía mientras recorría mis tetas con su lengua.

Movimientos circulares alrededor de mis pezones y chupones malintencionados, cargados de pura malicia.

Dentro de su boca hacía maravillas con ellos.

Los retenía, los mordía ligeramente y los succionaba de a ratos.

No les daba tregua a mis pezones endurecidos.

Pensé que luego pasaría al acto directamente, no que tomaría su tiempo de hacerme sentir bien.

Cada recoveco escondido, desde mi cuello, mis lonjas y mis axilas, no se salvaron de su depravada boca. Daba cosquillas, pero se sentía bien por partes iguales.

No sé en qué momento, pero mi cabeza había bloqueado el hecho de que mi esposo estuviera con nosotros.

Su recorrido desembocó más abajo de mi vientre. Esa mirada no era alguna que hubiera visto antes. Nadie me había mirado así, con una mezcla entre hambre y lujuria. Le gustaba lo que veía, no tenía pruebas, pero tampoco dudas.

Odié mi cuerpo muchas veces. Odié cada imperfección, cada grieta, cada marca. El espejo me devolvía una imagen repugnante, por eso decidí no mirarme nunca más. Pero a través de sus ojos, esa imagen proyectada no parecía ser la misma versión que tenía de mí.

Estas burbujas las había experimentado antes.

Se me hizo tan familiar y desconcertante al mismo tiempo.

Lo oí en su conversación con mi esposo. Él confesó haberme comido una vez y no lo había comprendido del todo.

Pensé que se trataba de una mentira para provocarlo, pero la realidad se asentó demasiado pronto.

¿Eso implicaba que el sueño de la otra noche, en realidad, nunca fue un sueño? ¿Él se aprovechó de mí mientras dormía? Entonces, ¿por qué ese posible hecho no me desagradaba en lo absoluto?

Seguía sin comprender cómo podía acceder a la casa como si nada.

En medio de mis pensamientos alborotados, fijé la mirada en la puerta del ático, que quedaba justo detrás de donde mi esposo era obligado a vernos.

Esa era la única explicación. Los ruidos que oía, los crujidos del piso, tal vez no era solo la estructura desgastada y vieja, todo este tiempo estuvo ahí, con nosotros y observándonos.

Era aterrador saber que nunca estuvimos solos, pero al mismo tiempo, reconfortante.

Este hombre parecía conocer mi cuerpo mejor que yo.

Era persistente y preciso. Se aferraba a las zonas donde mejor se sentía.

Mi corazón martillaba violentamente contra mi pecho.

Mis ojos se viraban hacia atrás sin poder evitarlo.

Mis uñas enterradas en la sábana eran lo único que me aferraba a este mundo, a esta batalla que estaba a nada de perder.

Perdía la consciencia y la razón por segundos.

No tenía recolección del momento en que mis piernas acalambradas y mis dedos flexionados a más no poder, se cruzaron por su nuca.

Alfileres bajaban por mi garganta seca, pero mi voz se aflojaba con tanta naturalidad, ignorando el ardor.

No me reconocía a mí misma. ¿Esa voz realmente era la mía?

A solo un escalón de distancia, donde casi escapo a otra dimensión, Edward me arrebató esa posibilidad de las manos a la velocidad del viento. Tiró del moño de Lucien hacia atrás, apartándolo por completo de mis piernas. Estampó su nariz con un puño furioso, mismo que lo tumbó al suelo.

En un abrir y cerrar de ojos, el cuchillo de Lucien se irguió en la mano de mi esposo, tomando el control de la situación.

—¿Quién eres sin este cuchillo, pendejo?

Lucien soltó una carcajada, casi como si le hicieran cosquillas.

—No has cambiado nada, sigues siendo el mismo masoquista de siempre, maldito psicópata—le dio varias patadas en el estómago, en el costado, donde lo alcanzara.

—¡Edward, basta! —después que lo dije me arrepentí.

Mi grito lo detuvo, pero me miró, como quien avista un insecto al que debe exterminar.

—Increíble, Daphne. Lo que una comida de coño puede cambiarte—agarró las sogas que antes lo retenían y fue tras Lucien para inmovilizarlo.

Lucien no opuso resistencia, al contrario, dejó que lo amarrara.

Me sentía en una encrucijada. La situación había cambiado, lo que antes me favorecía, ahora no lo hacía.

Levantó a Lucien con un fuerte apretón en el brazo y él solo reía como si la situación fuera divertida.

—Tu peor error fue aparecer de nuevo frente a mí. ¿Creíste que te dejaría follarte a mi esposa frente a mis narices? Tu delirio no tiene límites—lo empujó contra la silla, quebrándole las patas al impacto de su cuerpo y cayendo patas arribas.

Lucien levantó las manos atadas y las subió por arriba de la cabeza, todavía riendo. La sangre del previo puño en la nariz le pintaba el labio superior.

—Insoportable, ¿eh? Te quebranta el orgullo verla tan dispuesta y feliz a abrirse a alguien más luego de tu terrible fracaso como hombre—se relamió la sangre de los labios, esbozando una ampliada e insidiosa sonrisa—.

Bésame. Puede que aún estés a tiempo de probar a tu esposa a través de mí antes de que olvide por completo tu nombre—se echó a reír.

Edward frunció el ceño, mientras apretaba la base del cuchillo.

—¿Me crees tan débil para caer en tus provocaciones?

A pesar de lo que dijo, su expresión demostraba lo contrario.

Se frotó las sienes con la mano libre, dejando escapar un suspiro.

—Daphne—se acercó a la cama, bajándose el pantalón hasta las rodillas—, haré el esfuerzo en perdonarte por esta terrible humillación que me hiciste pasar.

En gran parte fue mi culpa. Te he desatendido un poco, te he dejado sola y ni siquiera pude darme cuenta a tiempo de que este infeliz te tenía en la mira.

Haré borrón y cuenta nueva, pero espero tú también hagas lo mismo. Todo matrimonio pasa por altas y bajas.

—¿Estás justificando tu engaño? El tuyo no se compara en nada a esto.

—¡Engaño es engaño! —alzó la voz—. Ahora estamos a mano.

—¿Puedes ser más cínico y descarado?

—No hay tiempo para discutir—entró a la cama, con el cuchillo en mano, mientras con la otra se bajaba el bóxer a medias, dejando expuesta su dolorosa erección—. Ponte de espaldas.

—¿Qué? —me alejé hacia el respaldo de la cama al notar sus intenciones—. No, yo no voy a hacerlo.

—Eres mi esposa, es tu obligación. Te veías muy dispuesta a abrirle las patas a mi hermano, ¿cómo tienes el descaro de negarte a abrirte a mí que soy tu esposo? Por tu culpa estoy en estos aprietos, así que hazte cargo a la buena o no me dejarás más remedio a hacerlo por las malas.

—Bien pensado—dijo Lucien—. Muéstrate como eres. Viene siendo tiempo de que te quites esa máscara. Dale una razón más a tu esposa para que te desprecie. Anda, úsala como un retrete, en eso eres un experto—rio.

Edward lo miró y luego se volvió hacia mí.

—Cualquier roto funciona ahora mismo.

Sus palabras me dieron escalofríos.

¿Realmente estaba considerando obligarme?

Se puso de pie, yendo en dirección a Lucien y tomó del suelo la segunda soga para caminar al extremo de la cama donde me encontraba.

Pasé saliva.

Había considerado huir, pero sabía que no iba a llegar muy lejos. Además, más que huir, quería descubrir hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Era decepcionante cada cosa que salía a la luz suya. No llegué a conocerlo ni un poco.

Me amarró las muñecas, pero no me resistí.

—¿Por qué me amarras? ¿Vas a violarme? ¿Puedes caer más bajo?

—Ya no puedo confiar en ti.

—¿Y crees que yo sí puedo hacerlo?

—Ya no sé si me importa —me agarró por el brazo bruscamente y me llevó al sofá que miraba para la puerta de nuestro cuarto—. No te levantes. Si lo haces, olvidaré todo lo bonito que vivimos juntos. Y créeme cuando te digo que no me gustaría hacerlo, pero si no me das opción, habrá sido tu decisión.

Otra amenaza.

Regresó a la habitación, dejando la puerta abierta detrás. Desapareció su silueta por unos instantes, hasta que vi el cuerpo de Lucien siendo empujado cruzado contra la cama y bocabajo.

—No tuviste suficiente, ¿verdad? Por eso regresaste por más—le gritó a Lucien.

Mis ojos casi se salen de órbita al ver que Edward le bajó el pantalón, dejándolo expuesto con las nalgas al aire.

No puede ser. No puede ser lo que estoy pensando.

Lo embistió a secas y Lucien gruñó, enterrando las uñas a las sábanas. Edward se inclinó, sosteniendo el amarre de las manos de Lucien con una mano, mientras con la otra, lo agarraba de las greñas.

No, no, por favor, no.

Mis piernas reaccionaron antes que yo. No podía solo mirar sin hacer nada. Era horrible.

Lucien miró hacia mi dirección y, aunque reía como un demente, lágrimas bajaban por sus mejillas.

Di dos pasos, cuando él negó con la cabeza, parecía enviarme una señal, un mensaje claro; no intervengas. Pero no podía simplemente quedarme a observar cómo mi esposo lo violaba delante de mí.

Casi vomito las tripas. Lágrimas se escapaban de mis ojos. Estaba asqueada al escuchar a Edward gimiendo y aplastando la cabeza de Lucien contra la cama.

—Tu culo se sentía mejor antes, cuando no había sido usado tanto.

¿Cómo podía decir cosas tan crueles y horribles?

Mi cuerpo temblaba sin control. Ya ni siquiera me importaba ir en contra de su advertencia. Tenía que detener esto a toda costa.

Corrí a la cocina con todo y manos atadas, tomé un cuchillo de la repisa, cuando un fuerte golpe en la cabeza me aturdió, haciendo que mi cuerpo se desplomara. Un chillido se agudizó en mis oídos, seguido a mi vista borrosa.

—Maldita sea, ¡¿por qué siempre tienes que llevarme la contraria?! —la voz de Edward se oía lejos, a pesar de estar tan cerca.

Cerré los ojos, no sé por cuánto tiempo, en realidad, perdí la noción. Seguramente quedé inconsciente, puede que por unos minutos, como puede que hayan sido días o horas.

Cuando los abrí, me di cuenta inmediatamente de que estaba en el ático.

Mis manos, antes amarradas por una soga, las habían suplantado por cadenas.

Mi cabeza dolía, era como tener un corazón latiendo en el cráneo.

Mi cuerpo, desnudo y frío, se sentía raro, sucio y pegajoso, especialmente en la entrepierna, la misma sensación después de tener sexo.

¿Acaso Edward me hizo algo mientras estaba inconsciente?

Levanté la mirada al otro extremo del ático.

¿Lucien?

Su cuerpo estaba de espaldas, tendido de lado y sin pantalones. Su trasero estaba cubierto de sangre y semen, tenía las manos marcadas de alguien, así como muchas marcas y cicatrices en las piernas. No todas parecían recientes.

—¿Lucien? —intenté sentarme, pero me dolía cada fibra de mi cuerpo.

Las cadenas no iban a dar para llegar a donde estaba acostado.

—¿Lucien? —quería cerciorarme de que estuviera con vida, porque no se movía.

Se puso boca arriba de repente, mirándome de reojo.

—¿Primera vez, gordita? —sonrió, como lo más normal—. ¿De quién heredaste lo imprudente? ¿De tu mamá o tu papá?

¿Cómo puede quedarle ánimos para chistes?

—¿Dónde está Edward?

—Se fue hace unos minutos después de vaciarse unas cuantas veces. ¿Por qué? ¿Ya lo extrañas?

—¡¿Podrías dejar de ser tan sarcástico?!

¡Esto no es el maldito momento para eso!

—mis labios temblaron de frustración y las ganas de llorar—.

¿Cómo? ¿Cómo no pude darme cuenta de la clase de hombre con el que me casé?

Te hizo esas cosas horribles, ¡¿por qué actúas como si no te importara, cuando sí lo hace? !

Entrecerró los ojos, como si analizara mis palabras con detenimiento y luego volvió a sonreír.

—¿Por qué dices “oink” al final de cada pregunta?

Lo maldije internamente un millón de veces en mi cabeza.