Capítulo 12
Aceptación
Daphne Graves
Lo escuché todo en el baño. En esta casa no había voces que no se filtraran por las paredes.
Las palabras cortantes de mi esposo, a quien creí conocer, volvían a golpearme donde más dolía. No conocía nada de él.
Si bien su comportamiento cambiaba radicalmente cuando tomaba, jamás le había oído hablar de esa forma tan cruel y despiadada. Ni siquiera este hombre que presionaba el cuchillo en mi garganta me producía tanto miedo como lo habían causado las palabras de mi esposo.
¿Con qué clase de monstruo me casé?
Abusó de su propio hermano y no puedo ver ni una pizca de remordimiento en su rostro.
Llegué a sentir lástima por él, pero cada cosa de la que me entero me lleva a la misma conclusión. Era una basura, la peor basura que haya conocido alguna vez. Probablemente era la menos indicada para juzgarlo, yo tampoco era perfecta. Estaba lejos de serlo.
En los ojos de ese hombre brillaban las malas intenciones.
Miraba mi cuerpo como quien desea algo prohibido.
Ese tipo de mirada que te corta la respiración y te acelera el pulso.
Quiere venganza y no puedo culparlo por eso.
No creo que haga alguna diferencia que se desquite conmigo, pero si eso le brinda consuelo, lo aceptaría sin protestar.
Quizás en parte lo merecía… o secretamente lo esperaba con ansias. Era algo que no admitiría en voz alta.
Era bello, incluso con tantas cicatrices en la cara. Su sonrisa no debería provocarme como lo hacía. No recuerdo haberme sentido así alguna vez, ni cuando conocí a mi esposo en nuestra primera cita. Sus ojos negro-azabaches, pero intensos.
Mi pecho ardía, pero no era tan desesperante como el fuego que se extendía bajo mi piel.
Su mano libre se moldeó a mi figura, acariciando mis lonjas rumbo a mi teta.
—Muéstrate como realmente eres. De nada sirve esconder o reprimir a tus demonios—se inclinó hacia mi hombro, ascendiendo lentamente por el lóbulo de mi oreja y dejando una leve mordida que erizó cada vello de mi piel—.
Déjalos manifestarse, gordita—su risita insidiosa endureció mis pezones y froté mis piernas, casi perdiendo la fuerza para mantenerme de pie—.
Las personas como nosotros no tenemos salvación.
Tu Dios nos abandonó hace mucho tiempo. Somos un caso perdido y sin remedio.
Pero no tienes que vivir así para siempre, aún estás a tiempo de liberarte—descendió el cuchillo de mi cuello, en dirección a mi pezón y me hincó con el filo.
Pegué un pequeño salto, acompañado de un breve quejido de dolor y placer inexplicable.
¿Por qué sus palabras taladraban tan profundo en mi cabeza?
Son preguntas que por gran parte de mi vida me hice. Él conocía mi lucha, mis miedos, mis dudas, mi dolor, y dentro de ello, lo usó para atacarme donde más dolía. Sus palabras eran peor que el filo de ese cuchillo, porque el dolor que sentía era por dentro, aquí en el alma.
—Dime, ¿qué sentido tiene aferrarte a un perdón que no llegará jamás? ¿Mmm? —chasqueó la lengua en desaprobación—. En primer lugar, ni siquiera lo mereces. Ninguno de nosotros lo hace—dejó solo una corta brecha de distancia entre nuestros cuerpos, bajando el cuchillo—. Sácalo—ordenó.
Mis ojos se desviaron hacia Edward, quien se mostraba pasándola fatal, no solo percibí amargura, sino también una fatiga severa y una erección que buscaba inútilmente disimular.
Lucien tomó mi cabello en un puño, casi me quiebra el cuello con su brusquedad, pero entendí el mensaje con claridad, no quería que mirara a Edward, solamente a él.
Reuní la fuerza suficiente para llevar mis dos manos al cierre de su pantalón y liberar su prominente erección.
No fui capaz de disimular lo sorprendida que me dejó verlo así de vivo.
Anoche apenas lo vi y para ser honesta, me sentía verdaderamente avergonzada de estar admirando la verga de otro hombre que no era mi marido.
Sobre todo, de un hombre que me estaba haciendo todo esto.
¿Estaba así por ese sentimiento de triunfo al tener a Edward sufriendo o de alguna manera este cuerpo detestable que tengo le causaba algo más que repugnancia?
Mi boca salivó más de la cuenta al tener su verga entre mis manos. Dura, caliente y marcada por venas.
Solo ahí pude darme cuenta de una verdad que enterré bajo capas de pena y vergüenza.
Esta era la mujer que habitaba en mi interior y que me esforcé tanto en esconder; esa que no puede controlar su cuerpo, ni siquiera lo que siente y que nunca tuvo opción de decidir quién quería ser hasta ahora.
Esa que buscaba aprobación desesperadamente para sentirse menos miserable. La misma que siempre se sintió incompleta y nunca pudo encajar. Esa que se excita en situaciones que nadie más lo haría. Esta mujer enferma y patética era yo; mi verdadero yo.
Mis rodillas tocaron el suelo, como quien no soporta el peso y busca refugio en plegarias. Me puse de rodillas, como quien adoraba a su Dios con la esperanza de ser escuchada.
Esas eran las respuestas que mi corazón necesitaba para encontrar paz. Por fin alguien pensaba como yo y, aunque era un pensamiento egoísta, ya no me sentía tan… sola.
—¿Qué demonios estás haciendo, Daphne? —el reclamo enfurecido de mi esposo, en mis oídos sonó casi como una melodía.
—Esta soy yo, mi amor—pasé mi lengua sobre su glande, probando su fluido preseminal, y casi me derrito por dentro al tomar su néctar prohibido frente a mi marido—. Esta siempre fui yo.