Capítulo 11
Humillación
Lucien
Esa era la justa expresión que esperaba ver en su rostro.
—Tú… tú debías estar encerrado.
—Sí, la gordita se encargará de encerrarme entre sus piernas.
—¡Suelta a mi mujer! —su mano apartó la mía, y como por acto de reflejo, saqué el taser del bolsillo de mi chaqueta y le di una descarga bajo las costillas, provocándole múltiples calambres musculares y pinchazos, teniendo como desenlace una caída.
—Ni te esfuerces en marcar un terreno que no has sabido mantener—miré el taser, sintiendo ganas de darle una segunda descarga, pero me contuve—. Este juguete lo tomé prestado de tu maleta, espero no te moleste.
—¡Edward! —gritó ella.
Me aparté, yendo hacia la mochila que dejé en el lavabo del baño. Tomé la soga y se la arrojé a ella a los pies.
—Amárralo con las manos a la espalda—le ordené.
—¿Qué? Yo… yo no…
—¿Has dicho algo? ¿Quieres probar una descarga también? Probablemente te guste si lo hago en ese punto tan sensible tuyo.
Mi hermano se retorcía como gusano con sal mientras ella se disculpaba conforme amarraba sus manos.
Planeaba llevarlo al ático, pero será luego, cuando me divierta un poco con mi cuñada.
Lo llevé al cuarto, pidiéndole a ella que trajera la silla del comedor. La segunda soga la usé a vuelta y redonda del respaldo y la tercera para amarrarle las piernas a las patas de la silla.
Jadeaba como un animal en celo, lágrimas de sudor perlaban su frente y cuello. Los efectos de las píldoras estaban entrando al juego en el mejor momento. La estimulación de la descarga eléctrica había agilizado los síntomas y su dolorosa erección se revelaba.
Las siguientes horas serán un infierno del que no puedo esperar para verlo sufrir. Tendrá una erección prolongada y dolorosa, siendo estimulado visual y auditivamente, sin poder liberar las ganas. Y mejor aún, contemplando a su mujer siendo cogida por otro. Con solo imaginarlo me pongo duro.
—Báñate y perfúmate como sabes hacer. Te esperaremos desnuda.
Sus ojitos expresivos esperaron que estuviera vacilando, pero evidentemente no estaba jugando.
—Date prisa. Espero no tener que ir a buscarte.
Bajó la cabeza, presionando los labios y cruzando el armario que conectaba con el baño. A solas con mi hermano, no dudé en acercarme y agarrarlo por el cuello para que no me evadiera.
—¿Sabes? Solo me comí una vez a tu mujer y pude descubrir mucho más de ella que tú durante todos estos años de relación.
Vamos, ¿dónde ha estado tu cabeza metida?
—me senté en el borde de la cama, a solo unos cuantos metros de distancia, deleitándome con su mirada llena de odio y amargura—.
En esta misma cama abrí sus enormes piernas y la hice correr con mi lengua mientras estabas trabajando.
La dejaste solita, no era para menos que me vería arrastrado a caer en la tentación.
—Tu problema es conmigo, ¿por qué mezclar a mi mujer en esto? ¿Qué sentido tiene?
—Ah, hasta casi te creo que te importa tanto esa gorda.
Desde el momento en que se involucró contigo, pasó a ser una figura más a mi desquite.
Si te soy honesto, el verdadero desquite aún no lo he tenido.
Nada de lo que te pueda hacer sería suficiente para todo el dolor y la humillación que me provocaron nuestros padres y tú.
—Absolutamente todo lo que hicimos te lo merecías—se carcajeó—.
¿Creíste que diría lo contrario? ¿Que iba a consolarte o pedirte perdón?
Puedes vengarte de la forma que quieras, pero eso no va a cambiar que fui el primero en reventarte el culo y por quien llorabas como una Magdalena mientras lo recibías como una perra.
En mis labios se formó una sonrisa al darme cuenta de que por fin había sacado a relucir su verdadera cara.
—¿Lo recuerdas? Porque yo sí lo hago. Te recuerdo gritando, pidiendo clemencia y arañando la madera hasta quedarte sin uñas. Navegando en orina, en sangre y mierda—se relamió los labios—. Ah, qué imagen tan exquisita de tu culo abierto del tamaño de una bola de tenis.
Me quité la máscara, quería que grabara mi rostro ahora, porque sería el último que vería antes de despacharlo al infierno junto a nuestros padres.
Sus palabras ya no tenían ningún efecto en mí.
Tal vez me había acostumbrado a ellas y lo único que me causaba cierta satisfacción era darme cuenta de dos cosas; que no había cambiado ni un poco y de que su interés en realidad era que pusiera toda mi atención en él e ignorara a su esposa.
Tal parece que sí siente algo por ella. Entonces debo asegurarme de hacer un buen espectáculo.
Me sembraré tan profundo en esa mujer que no le quedará espacio para pensar o siquiera recordar que mi hermano existió.
Mis ojos se desviaron hacia la puerta del armario al verla de piel en el umbral, con el cabello y cuerpo húmedo. Los suyos se cruzaron con los míos, mientras se llenaban de sorpresa al verme sin la máscara.
—¡¿Qué mierdas haces?! ¡¿Por qué no te has ido?! —le reclamó mi hermano.
—¿No se nota? —me puse de pie, caminando hacia ella y ni siquiera se inmutó en retroceder, a pesar de lo nerviosa que evidentemente se sentía—. Está esperando su premio por haber sido tan obediente, ¿verdad, gordita?
Aunque no respondió, realmente no hizo falta más evidencia que su expresión tímida.
Desenfundé el cuchillo, llevando la hoja a su garganta y sus ojos se abrieron temerosos. Tragó saliva lentamente, mirando mi mano o tal vez era la empuñadura.
—¿Recuerdos? —ladeé la cabeza, antes de inclinarme al final de la base del cuchillo y pasarle la lengua despacio—. Todavía tiene tu sabor—sonreí con malicia por su reacción.
Se mordió los labios instintivamente, pasando saliva esta vez mucho más rápido, como a quien se le seca la garganta y busca disimularlo.