Pecador Capítulo 10
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Capítulo 10

Tanto tiempo

Daphne Graves

No pude cerrar los ojos ni un segundo. Cualquier ruido me sobresaltaba. La paranoia no abandonaba mi cuerpo. Sentía que me observaban, incluso estando bajo las sábanas.

Cada cierto tiempo me asomaba por las ventanas, con la constante preocupación de que ese hombre estaría merodeando la casa. Agoté las opciones en mi cabeza, solo pensando en las posibles consecuencias de desobedecer.

Más que todo eso, me atormentaba y me aterraba aún más el hecho de haber cedido, aunque hubiera sido bajo el instinto de supervivencia.

Lo sé, me mentía a mí misma, pero mi propio cuerpo me desmentía.

Esta situación solo me demostraba lo enferma e irremediablemente dañada que estaba.

No tenía arreglo y mis padres no se equivocaron de ello.

Ni el tiempo, ni las decisiones que había tomado sirvieron para cambiarme.

¿Cómo, dentro del miedo y la terrible situación, mi cuerpo y mi mente me traicionaron?

¿Cómo pude sentirme bien con ese asesino, a sabiendas del peligro?

Mi cuerpo no paraba de temblar, pero ¿realmente era de miedo o era por la idea de cruzarme con él de nuevo?

Me encargó drogar a mi esposo con unas píldoras que no tenía idea de qué efectos podrían causarle.

¿Qué planeaba hacerle a mi esposo?

Estaba molesta y herida con Edward, pero me atraganté los reproches cuando llegó bien temprano en la mañana, también acepté sus disculpas vacías como si la única que estaba actuando como una histérica y exagerada fuera yo.

Quería correr, escapar de este lugar, pero la palabra de ese hombre antes de irse se colaba en mi mente.

“Volveré”.

¿Realmente lo hará?

¿Por qué se me llenaba el pecho de crueles expectativas?

Si tengo la oportunidad de huir de aquí, ¿por qué mis piernas no me responden?

Puedo llamar a la policía, contarles la verdad, decirles lo que vi y lo que viví, aunque luego no me crean por lo escrito en mi diario. Puedo hacer tantas cosas, pero al final, no hice nada.

Observé el estofado de res burbujeando, luego miré las píldoras y las apreté en la mano.

¿Estaba obligada a hacerlo, sin tener un cuchillo en la garganta o un arma cargada en la sien?

El vivo recuerdo y esa sensación fría del acero en mi garganta me dio escalofríos y junté las piernas.

Lo haré…

†

Faltando 30 minutos para las 5 de la tarde lo desperté. Le preparé un té para que disminuyera la resaca. Las secuelas de su engaño hervían en mi interior, pero se mezclaba con ese sentimiento ligero de culpa mientras lo veía comer.

¿Y si se da cuenta? ¿Y si era un veneno mortal?

—Me voy un poco temprano. Debo hacer una parada en la gasolinera antes de ir a la fábrica.

—¡No! —soné demasiado sospechosa sin querer—. Quiero decir, no te vayas todavía. Me falta preparar tu mochila.

¿Cuánto tiempo debo esperar?

Lo dejé en la mesa, pasando de largo la sala directo a la cocina, cuando la silueta de ese hombre enmascarado acaparó toda mi atención.

Llevaba el cuchillo en una funda colgando del cinturón y la misma chaqueta negra de cuero de ayer.

Su mano yacía vendada, con leves rastros de sangre seca.

Mi corazón saltó un latido que reprimí apoyando mi mano de la nevera.

Tenía la opción de alertar a Edward o simplemente ocultar la presencia del intruso.

¿Cómo entró de nuevo sin ser visto?

La puerta estaba cerrada con los tres seguros, igual a la de la entrada. Quizás entró por alguna ventana del cuarto o incluso la del baño, aunque recuerdo haberlas cerrado, pero no había otra explicación.

—Acércate—no pareció importarle en lo más mínimo que mi esposo estuviera en el comedor.

Mis piernas obedecieron por encima de la razón.

—Ya lo hice—mantuve una corta distancia entre los dos.

—Lo sé. Tienes un don para mentir y engañar.

Te sale tan natural. Luces como alguien buena y confiable, ¿quién se podría imaginar que ibas a envenenar a tu esposo solo por ejercerte un poquito de presión?

Eres malvada—me empujó con tanta fuerza que mi espalda impactó la nevera, tumbando las dos bolsas de cereales que dejé ahí arriba.

Mi quejido de sorpresa y dolor fue silenciado por la presión de su mano sobre mi boca.

Su cuerpo hizo fricción con el mío, mientras su mano se colaba sin permiso bajo mi blusa, terminando el recorrido sobre mi teta izquierda.

Ahogué mi gemido sobre su palma, cuando una chispa de electricidad invadió la zona con su brusco y fuerte apretón.

—¿Daphne? —oí la voz de mi esposo, acompañada del sonido de la silla.

¡Se levantó! ¡Viene para acá! ¡Nos va a sorprender!

—¿Este tipo de adrenalina no es la que te pone los pezones duros, putita?

A pesar de la máscara, sentía su mirada a través de ella.

Amasó mi teta sin pudor, pese a oír los pasos cercanos de Edward.

Quería pedirle que parara, pero no podía pensar claramente en algo distinto a su firme agarre.

Con el rabillo del ojo vi a mi esposo de perfil al entrar a la cocina y casi sufro un paro cardíaco. Sus ojos casi le salen brotados de la cara al verme estampada contra la nevera con este hombre.

—Tanto tiempo sin verte—soltó el hombre con tanta formalidad, casi como si saludara a un viejo amigo, omitiendo el hecho de que su mano seguía agarrando mi teta.

—¿De qué se trata todo esto? —más que fijarse en el hombre y en la mano que tapaba mi boca, me miró directamente a los ojos, con esa única mirada de quien es declarado culpable, sin siquiera defenderse o ir a juicio.

¿Acaso no se daba cuenta de lo que estaba ocurriendo? ¿No le veía el cuchillo colgando en la cintura? ¿O le revolvía más las entrañas y le calaba directo en el orgullo verme con otro sobre mi propia seguridad?

—Adorable, ¿no te parece? Tu reina hace mejores expresiones con mi mano en su boca, que con tu verga adentro—se echó a reír descabelladamente, como si hubiera guardado esa risa por mucho tiempo.

—¿L-Lucien? ¿Eres tú?

Su risa se cortó, ladeando la cabeza hacia mi esposo.

—Cuanto tiempo sin vernos, hermanito.