Capítulo 9
Gusto
Lucien
Poner resistencia no serviría de nada, y ella lo sabía, lo veía dibujado en sus ojos negros que tan deliciosamente me provocaban.
De alguna manera, quizá bien en el fondo, creyó que podía disimularlo haciendo el papel de que nada le afectaba y ocultando el hecho de que junto a ese miedo se abría paso la curiosidad por saber más de mi hermano, pero también de mí.
Pero no planeaba contarle su historia, mucho menos la mía, al menos, no todavía.
Ella será mi cómplice en esta venganza, lo quiera o no.
Puedo obligarla y forzarla a hacer lo que me plazca, humillarla ahora estando de rodillas a mis pies, violar su boca y expandir su garganta a mi gusto, pero seguramente lo disfrutaría ella más que yo. Es masoquista y muy perra, aunque tenga esa cara de santa.
Le ordené que fuéramos a la habitación que comparte con mi hermano y se desnudara.
Dispuesta a cooperar y sin hacer preguntas, pieza por pieza cayó a sus pies, mientras sus ojos me seguían.
Desde la vista de arriba había ciertas limitaciones, puntos que definitivamente se veían mejor de frente. Marcas, más lonjas y lunares.
Le señalé la cama, quería que se abriera de piernas para mí, verla completamente y a todo color. No quiero perder ningún detalle a la vista de su depravado cuerpo.
He de admitir que su cuerpo despierta sensaciones desconocidas en el mío.
Sus imperfecciones quedaban a medias en comparación a las mías.
Algunas partes de mi piel perdieron sensibilidad a causa de las heridas y cicatrices.
A veces cortaba más hondo, con el único propósito de sentir algo, lo que fuera.
Puedo tallar su piel, marcarla para siempre, darle a experimentar una pequeña porción de dolor que no se comparará jamás al mío, pero probablemente me brinde una satisfacción inmensa ver su cuerpo ensangrentado y lacerado también.
—Separa tus labios con los dedos.
—Esto es demasiado. Ya me quité la ropa, tal y como pediste.
—Ya veo—me acerqué al borde de la cama, y se enderezó—, quieres que lo haga por ti…
—No…
Acerqué el cuchillo a su entrepierna y ladeé la cabeza.
—Un movimiento en falso y puedo cortarte un labio. Aunque, pensándolo bien, tal vez sea una buena idea, así no estorba la vista—con el filo frío separé su labio derecho, destapando su coño mojado y cremoso.
Mi lengua estuvo ahí, probando ese dulzor que me daba cosquillas y me amarraba la boca.
—Todo lo que leí en tu diario parece ser real. Este tipo de situaciones te calientan, más de lo que te asusta. ¿Tu esposo sabe con la clase de depravada que se casó?
—¿Quién demonios eres?
Froté los dientes del cuchillo entre sus labios, de arriba abajo y despacio, con toda la mala intención, pero su rostro, esa expresión tan erótica de sus cejas ligeramente fruncidas hacia abajo y su mordida en el labio inferior me puso en aprietos.
—Maldita perra masoquista, harás que me enamore de ti—volteé el cuchillo, aguantándolo por el filo y acercando la base a su coño.
Ella negó con la cabeza, sin embargo, ni se inmutó en disfrazar esa cara de perra en celo.
Sonaba melodiosa su humedad, bajo la fricción de la base, pero no era suficiente, quería oírla a ella, tal y como esa noche.
Sin mucho o nada de esfuerzo, acomodé la base en su cavidad, adentrándola despacio, oyendo a la par sus gemidos contenidos. Tendió la espalda sobre la cama, retorciéndose entre placer y dolor, pero sin cerrar las piernas.
Con mi otra mano separé su labio izquierdo, solo para ver su agujero abrir y cerrarse, tomando la forma de la base, aferrándose tanto a esa sensación que era capaz de ver mi verga siendo tragada por su boca.
El filo me cortaba la palma, pero no había dolor, solo sangre y otra herida que con el tiempo iba a cicatrizar. Además, el placer provocado por esa mujer y sus expresiones lujuriosas, merecían la pena grabarlas.
Lo sacaba despacio, pero lo regresaba a su lugar rápido y hondo. Era sensible, tanto que lubricaba sin parar.
—Cierra los ojos y no te atrevas a abrirlos hasta que te diga—le ordené.
Sus ojos se cerraron, pero sus gemidos no cesaron, ni siquiera cuando retiré el cuchillo. Apreté mi mano herida, pintando sus divinos labios con mi sangre.
Dejé mi erección al aire, poniendo a grabar el celular con la otra mano, en un ángulo perfecto donde se viera su cuerpo desnudo y mi verga parada. Este material no era para mi hermano, era para mí.
Me masturbe en cámara, apreciando esa obra tan pintoresca, pero que aún le faltaba mi firma.
Esas tetas paraditas y pezones duros, esas lonjas aplanadas a los costados por la posición, su entrepierna oscura y abierta, su coño palpitante y hambriento pidiendo algo más duro que el acero del cuchillo.
Tengo lo que quiere entre mi mano, latiendo con el mismo fuego e intensidad que su cueva húmeda y estrecha, pero ese gusto me lo daré cuando mi hermano esté de espectador.
Puedo saborear su amargura, la expresión agridulce que se reflejará en su rostro al verme sembrado en su esposa, llenando todos sus agujeros de leche.
Esa imagen se asentó en mi mente, detonando la bomba en un dos por tres y cubriendo su abdomen bajo y parte de sus labios de semen.
Es peligroso. Le he cogido el gusto demasiado rápido.
Ni siquiera pude aguantar mucho. Mayormente me toma tiempo llegar al clímax cuando lo hago solo, en algunas ocasiones ni placer siento si no hay estimulación intensa, a pesar de que sobren ganas y esté duro.
Pero con esta mujer, nada más recordando aquella noche, me he venido como un reverendo idiota.
Ahora con ella de frente, no he durado una mierda.
Mi dedos recopilaron una buena cantidad de semen y me incliné en la cama sobre ella, frotando la yema de los dedos con la sangre restante y mezclándola.
—Abre la boca.
Sus ojos intentaron abrirse y forcé la entrada de mis dedos en su boca.
—Traga.
Su rostro se tiñó de rojo y se sacudió al probarlo, prensando los dientes. Apreté su mentón, obligándola a mirarme.
—Sé obediente y saborea el fruto del trabajo ajeno. Lo expulsé para ti, así que se agradecida.
Lo tragó ligero, haciendo cara de asco y mirándome fijamente.
—¿Lo ves? No fue difícil—solté su mentón, mientras me incorporaba.
Guardé el celular en el bolsillo, antes de guardar a mis dos fieles compañeros en sus fundas. Dentro de mi bolsillo trasero tenía unas píldoras afrodisíacas, mismas que tenía planeado usar en mi hermano sin que se diera cuenta, pero ese trabajo ahora iba a tocarle a ella.
—Mañana, cuando tu esposo venga, vas a tratarlo como si nada hubiera pasado.
Vas a esperarlo con ansias, le prepararás la cena como de costumbre, le darás ese masaje que sueles darle cuando se siente estresado como toda esposa complaciente y con cero amor propio—le mostré la bolsa con las cuatro píldoras—.
Esto lo pondrás en su comida, puede ser en la bebida o en el café, donde te dé la gana.
—¿Qué es eso?
—No es nada que vaya a matarlo, no te preocupes. Solo hazlo.
—No puedo hacer eso.
—Claro que sí. A no ser que prefieras que le muestre el vídeo que tomé hace un momento de tu cuerpo lleno de leche de otro hombre. Puedo acompañar su amargura leyéndole algunas páginas de tu preciado diario, si así lo prefieres.
—¿Por qué haces todo esto? —apretó los labios—. ¿No fue suficiente con lo que hice? Hice todo lo que pediste sin protestar. ¿Por qué pides más? ¿Qué te hice para que me hagas esto?
—Tú no me has hecho nada en lo absoluto, pero tu esposo tiene una deuda pendiente conmigo y si no quieres pagar en su lugar, será mejor que cooperes y hagas todo lo que digo. Puede ser que luego decida dejarte en paz. Mientras tanto, sé buena.
—¿Qué te hizo mi esposo? Merezco saber.
—Y lo sabrás, pero todo a su tiempo, gordita.
—Por favor… dime.
—Dale estas pastillas juntas al momento de la cena.
Bajo ningún motivo permitas que salga de la casa.
Sabré si lo hiciste o no. Espero no lo eches a perder—le di la espalda, caminando hacia la puerta de la habitación—.
Volveré—le dejé caer esa última advertencia implícita, sabiendo que la entendería a la primera sin necesidad de mucha palabrería.
Adelantaré los planes. Aunque quería irme por las ramas primero, me temo que ya estoy muy hundido en esta mierda.
Debo limpiar el desastre que dejé en la casa del lado.
Esa mujer ya me había visto anteriormente subiendo al tejado de la casa en dos ocasiones y lo menos que necesitaba era un testigo que pudiera estropear mis planes.
De igual manera, nadie va a extrañar a esa mujer, ni siquiera sabrán dónde estará enterrado su cuerpo.
Una desaparición más en el área, ¿qué más da?