Capítulo 8
A cambio
Daphne Graves
La opresión en el pecho me hacía difícil respirar.
Me dolía el alma porque guardaba esperanzas de que todo este cambio sería para el bien de los dos, que iba a favorecer nuestra relación y que, de cierto modo, alejarse de aquellas malas amistades y regresar al lugar en que se crio serviría de algo, pero me equivoqué.
Quisiera justificarlo, culpar la situación actual del fallecimiento de sus padres, pero no había justificación para haber roto nuestra promesa, especialmente para decir todo lo que dijo.
Lloré como hace meses no lo hacía, hasta que ya no me quedaron lágrimas.
¿Por qué amar tanto a alguien tenía que doler tanto?
Mi teléfono sonó y solo lo miré por encima para ver si se trataba de Edward, pero era Kathy.
¿Qué quería ella ahora?
No estaba de ánimos para lidiar con ella, pero sentí curiosidad por saber si el propósito de su llamada era por algo relacionado a Edward, ya que ella y su esposo son como uña y mugre con él.
Atendí la llamada, pero sin hablar, esperando que soltara todos los sapos y culebras que quisiera, pero en vez de eso, escuché una respiración agitada al otro lado de la llamada.
¿Acaso marcó mi número sin querer?
Me disponía a colgar, cuando oí la voz de un hombre al otro lado de la línea.
—¿Te gusta mirar?
No sé por qué se me erizaron los vellos al oír su voz gruesa.
No parecía ser la voz de Andrés, el esposo de Kathy.
Volví a mirar el número y, en efecto, era el de Kathy, pero ¿quién me estaba llamando desde su teléfono?
—¿Quién me habla?
Por encima de su voz se oía esa respiración agitada, como si no fuera de la misma persona que estaba hablándome.
—Asómate por la ventana y descúbrelo.
¿Asomarme? Me daba mala vibra, al mismo tiempo, confiaba en que tal vez era una broma de esas pesadas que solo ellos solían hacer. Probablemente se estaban hospedando en algún hotel cercano y no regresaron a Houston por estar cerca de Edward.
Me levanté de la cama con piernas temblorosas, secándome las mejillas húmedas con el dorso de la mano libre y corrí la cortina de mi habitación, al principio no vi nada, hasta que levanté la mirada hacia la ventana de los vecinos, donde se avistaba una mujer delgada con los pechos al aire presionados contra el cristal, estaba amordazada y llorando, mientras que una silueta masculina se erguía detrás de ella, su rostro cubierto por una máscara de ghostface.
Era del mismo personaje que solía coleccionar fotos hace tanto tiempo atrás.
Portaba una chaqueta negra de cuero cerrada y un cuchillo alargado de dientes afilados en la parte superior de la hoja en la otra mano, del que estaba segura de que no era de goma por su resplandor.
Mi garganta se cerró, contuve la respiración por unos momentos, había olvidado cómo respirar de vuelta.
¿Qué estaba pasando? ¿Era una broma? Tenía que ser una broma.
No me moví, mis piernas no reaccionaron.
Mi cabeza rebobinó a esos días, a esas imágenes que me esforcé tanto en bloquear de mi disco duro, pero que habían regresado como si nunca se hubieran ido.
Mis pezones se endurecieron y dolían de solo sentir el roce del sostén.
No era el momento de sentirme así, pero no podía controlarlo.
—Este regalo es para ti—el hombre guardó el celular en el bolsillo de su chaqueta, mientras con su otra mano acomodaba el cuchillo en la separación que creó entre el pecho de la mujer y la ventana.
La mujer actuaba demasiado bien, realmente parecía aterrorizada, las venas de su frente brotadas. ¿Qué pasaba por su cabeza en estos momentos? ¿Realmente sentía miedo?
Llevó el filo del cuchillo a la mordaza y la cortó sin esfuerzo. El llanto de la mujer se escuchó, acompañado de sus suplicas, tanto dirigidas a él, como dirigidas a mí. Me pedía ayuda, pero todo se veía tan surrealista, pero extrañamente me intrigaba a un nivel que era… fascinante.
Cuando el filo del cuchillo atravesó la mitad de su pecho derecho, la sangre oscura se derramó por su abdomen desde la herida hacia el pantalón corto mahón.
La mano del hombre sostuvo a la mujer por el cuello, aun de espaldas a ella, mientras tiraba de abajo hacia arriba el cuchillo para atravesar la carne de un extremo al otro y rebanar ese trozo de piel.
Mis manos comenzaron a sudar y a temblar.
—Escúchala gritar hasta que la última gota de sangre abandone su cuerpo—la voz de ese hombre se oía diferente, como si estuviera disfrutando de la situación de una manera enfermiza.
En ese momento, tal vez demasiado tarde, me di cuenta de que nada de esto podría ser una simple broma.
Alejé el celular de la oreja, todavía era capaz de oír el llanto y la agonía de esa mujer en mi cabeza.
Colgué la llamada, marcando el 911, sin apartar la vista del hombre, quien al darse cuenta de que había colgado, empujó la cabeza de la mujer contra el cristal con rabia, reventándolo de un solo golpe.
La mitad del cuerpo de ella quedó suspendida, colgando del resto de la ventana.
Noté la libreta que él sacó de la nada, la cual reconocí como mi diario perdido y perdí el habla por unos instantes.
La puso sobre la espalda de la mujer, recogiendo el trozo de carne del suelo y poniéndolo encima.
Era una amenaza bastante clara, si la policía encontraba mi diario en el cuerpo de esa mujer, iban a incriminarme.
Todo lo que había escrito, aunque no tuviera nada que ver con ella, me señalaba de alguna manera u otra, nada más con el expediente del hospital psiquiátrico donde estuve internada era más que suficiente para ser la sospechosa número uno.
¿Qué hago?
Borré el número que marqué en el teclado, pensando en otra solución.
¿Y si tomo una foto o un video?
Bajé la mirada solo un segundo para darle al icono de la cámara, pero cuando devolví la vista a la ventana, el cuerpo de la mujer no estaba, tampoco el de ese hombre, sin embargo, la ventana seguía rota, por lo que no había sido producto de mi imaginación.
Corrí hacia la puerta de entrada, poniendo todos los seguros, tanto ahí, como en la puerta trasera y me cercioré de que todas las ventanas estuvieran cerradas desde adentro.
Le marqué a Edward, descubriendo que el muy maldito había dejado el celular sobre el centro de mesa de la sala después de la discusión.
Joder, ¿a quién llamo?
No conozco a nadie en este estado y perdí comunicación con mis amigas y mis padres.
Me dirigí a la cocina y tomé un cuchillo de la repisa.
¿Quién era ese hombre? ¿Por qué me hablaba como si me conociera? ¿Cómo tiene mi diario?
¿Podría ser algún hombre de los que instalaron los servicios de internet en esta casa? Nadie más ha entrado aquí, salvo a esa gente.
—¿Qué harás con ese cuchillo? —oí la voz de ese hombre en un mismo espacio, tan cerca que salté en un mismo sitio y me giré para no darle la espalda.
¿C-cómo e-entró? Y-yo cerré todo desde dentro.
Mierda, es muy alto.
Mis manos temblaban, el agarre, aunque firme en la base del cuchillo, no lo sentía del todo estable.
Su cuchillo era más grande, sin embargo, no me estaba apuntando con el.
Mis ojos se cristalizaron al recordar que detrás de mí estaba la puerta trasera, pero le había puesto los tres seguros.
Si me daba la vuelta o intentaba quitarlos, él podría aprovechar ese pequeño descuido.
—¡No te acerques o te mataré! —le advertí, agitada.
—Oh, ¿y cómo harás eso, gordita?
—¿Cómo entraste? ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí?
Cada vez que daba un paso, yo retrocedía dos, señalándolo con el cuchillo.
—Te he hecho varias preguntas. ¡Responde!
—Demasiadas preguntas para mi gusto—soltó con desinterés.
—¿Cómo tienes mi diario? ¿Por qué estás haciendo todo esto?
—Puedo abrirte el estómago y sacarte las tripas, pero no lo he hecho… todavía. Tal vez merezca la pena conservar una cerdita como tú en mi corral. Demuéstrame que no me equivoco y quizá te permita llegar con vida hasta navidad.
Las probabilidades de ganarle eran bajas, evidentemente es más rápido y fuerte que yo. Un movimiento en falso y ese cuchillo va a filetearme. Tal vez si bajo el arma y le hago creer que me he rendido, puedo descubrir sus motivaciones.
—No te pongas nervioso, ¿vale? Bajaré el cuchillo—no estaba segura si era una buena idea, pero prefería intentarlo, antes que actuar precipitadamente y terminar como la vecina.
Me incliné para soltar el cuchillo y en un abrir y cerrar de ojos, acortó la distancia que había entre los dos, dándole una patada al cuchillo, haciendo que cayera distante nuestro y bajo la nevera.
—De rodillas—ordenó.
¿Piensa violarme?
Cerré los ojos, dejando que mis rodillas tocaran las losas frías de la cocina. El filo del cuchillo ensangrentado levantó mi barbilla y los abrí por temor a que fuera a cortarme el cuello.
Mis ojos siguieron su agarre en el cuchillo mientras descendía por mi garganta. Su mano cerrada, a pesar de no hacer tanta fuerza en el agarre, sus venas se marcaban bajo la piel. Mi corazón latía desbocado al sentir el cosquilleo del filo rozando sobre piel.
—Seguramente tu inútil marido no dormirá aquí, pero tú no tienes que dormir sola. ¿Por qué no jugamos a los esposos por esta noche? Ocuparé el espacio vacío que dejó en la cama, pero también ese que le cedes bien adentro entre tus piernas.
Negué lentamente, a pesar de lo que estaba experimentando mi cuerpo, no solo con sus palabras y su voz, sino también con las imágenes de la vecina haciendo eco en mi mente.
Este temblor y calor intenso que se extendía más allá de mi piel, hacia una zona en particular, me estaba enloqueciendo.
Junté a presión las piernas, en busca de alejar la más mínima sospecha de mi batalla interna.
—¿A dónde crees que fue? ¿Piensas que pasará la noche en la calle, dentro del carro o bajo un puente, lamentándose por haberte tratando tan mal?
¿Cómo sabe todo eso? ¿Quién es este hombre que se oculta bajo esa máscara?
—Tu esposo siempre ha sido un mujeriego. Desde que era un adolescente. No había mujer que se resistiera. Todas les abrían las piernas.
¿Qué está diciendo este tipo?
—Imagino que nunca te contó esos detalles de su vida… Hay un regalito en este teléfono que puede abrirte los ojitos—sacó el teléfono del bolsillo y pude constatar que era el mismo de Kathy por su carcasa de BTS.
Deslizó varias veces sobre la pantalla y tecleó algunas letras.
—¿Cómo obtuviste ese celular?
—Bueno, digamos que su dueña pasó a un mejor plano, pero no tienes que fingir que te pone triste ese hecho, los dos sabemos que te habría encantado verla morir. Seguramente te habría excitado ver lo irreconocible que quedó.
¿Mató a Kathy?
Mis ojos se ampliaron.
—Después del gran favor que te hice, lo menos que puedes hacer es devolverme ese favor con carne y coño.
Esa manera tan despreocupada de hablar, esa voz tan gruesa y esa figura imponente no debía causarme todo esto. Me negaba a ser más patética, a caer más bajo de lo que ya lo había hecho.
—¿No quieres ver la orgía que hicieron esos tres? Un esposo infiel, una “amiga” traicionera que se burlaba en tu cara mientras se follaba a tu marido. Tan triste que casi siento pena por ti.
Me dolieron ver las imágenes que me mostró, porque a todas estas, jamás me habría siquiera imaginado que esto estaba ocurriendo a mis espaldas y porque todo comenzó a encajar dolorosamente en mi interior.
Las salidas nocturnas con ellos, el alcohol, el querer involucrarlos a ellos en todo, incluso en nuestra relación.
No era justo. Renuncié a todo por él. Quise apoyarlo en los mejores y peores momentos, como una verdadera esposa lo haría.
¿Merecía esto después de todo lo que había hecho por él y por lo nuestro?
—La infidelidad es bastante común para personas como él, pero si te digo que hay peores cosas que no conoces de tu esposo, cosas que seguramente cambiarían radicalmente la manera de verlo, ¿te animas a descubrirlas?
—acarició mis labios con el filo, dejando un ligero rastro de sangre y olor metálico—.
Estoy dispuesto a ayudarte, pero ya sabes lo que quiero a cambio.