Pecador Capítulo 7
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Capítulo 7

Planes

Lucien

Su expresión debatiéndose entre la confusión, la vergüenza y la pena diariamente era excitante y divertida.

Le vi buscar su diario por toda la casa con la latente preocupación reflejada en su rostro de que mi hermano lo tuviera, sin saber que era yo quien tenía posesión de esa interesante libreta.

Tenía algo valioso en las manos, la manera más eficaz de atormentarla y tenerla entre mis manos.

Pero no planeaba usar esa as bajo la manga todavía, no iba a delatarla con mi hermano, al contrario, estaba tejiendo el plan perfecto para desatar a la bestia que habitaba en su interior y que esconde en lo más profundo de su ser.

No se me hubiera ocurrido que tuviéramos tanto en común.

Era una joya, no cabía duda.

Tal vez me había envuelto demasiado con esa comida de coño que le di, porque no podía sacarme de la cabeza su sabor.

Anhelaba invadir su cuarto de nuevo, pero sería sospechoso hacerlo todos los días como quisiera.

No es divertido hacerlo a oscuras, mucho menos darle mérito a mi hermano como si fuera él quien le está haciendo el trabajo.

Eso no estaba en mis planes. Me encargaré de hacerle ver que ese inútil jamás le hará esas técnicas que tanto muere por volver a experimentar.

Me asomé por la ventana del ático al oír las llantas de un auto barrerse.

Era mi hermano en su camioneta, pero en las condiciones que se bajó, dejó mucho que desear.

Parecía a nuestro padre cuando llegaba borracho a la casa, la única diferencia es que nuestro padre venía acompañado de alguien diferente todo el tiempo.

Me transporté al diario de mi cuñada, donde relataba todo su problema de alcoholismo. Otra recaída, dejar una botella de vodka en el asiento del pasajero fue suficiente para hacerle caer. Una botella no le bastó, que fue por unas cuantas más.

¿Cuál será la expresión de la gordita sabrosa cuando vea a su adorado esposo intoxicado de nuevo?

Ah, puedo saborear su decepción en mi boca.

—Edward, ¿qué hiciste? ¿Lo has hecho de nuevo?

Sus ojitos como dos cristales rotos y brillosos se llenaron de la ira y decepción que tanto buscaba ver. Esa mirada enviaba corriente por mi cuerpo.

—No exageres, ¿quieres? —mi hermano se frotó las sienes—. Solo fueron un par de copas. No estoy borracho.

—No puedes siquiera caminar sin tambalearte, aun así, tienes la audacia de mentirme en la maldita cara. ¡Eres un cínico! Me prometiste que no lo harías de nuevo y mírate, una vez más, tus promesas se las lleva el viento. Te advertí lo que iba a pasar si volvías a hacerlo de nuevo.

—¿De vuelta con tus amenazas? ¡Me tienes harto! —levantó la voz, dándole un puñetazo a la pared—. ¿Quieres irte? Adelante, lárgate. ¿Quién mierdas necesita a una vieja cansona y fastidiosa como tú?

—¿Eso es lo que piensas de mí? —su labio inferior tembló, y lo mordió para disimularlo—. Todo lo que he hecho, lo he hecho por tu bien, pero si te vale tan poco, perfecto, mañana mismo me largo de aquí—caminó con pasos rápidos a su habitación y cerró la puerta.

Mi hermano arrojó el celular sobre el centro de mesa y salió de la casa, tirando la puerta detrás de él. En pocos minutos lo vi marcharse en su camioneta.

¡Maldita sea, eso no me conviene!

Me temo que tendré que adelantar mis planes.