Pecador Capítulo 5
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Capítulo 5

Diamante

Lucien

Sin mucho esfuerzo abrí la puerta del ático, después de vigilar por varios minutos que estuviera profundamente dormida. No era la primera vez que la veía dormir tan despreocupadamente, sin la sospecha de que alguien más estuviera invadiendo su espacio.

Apreté la base del cuchillo, mis venas marcándose bajo mi piel.

Puedo forzarla a recibirme con ayuda del filo de mi cuchillo en su garganta, o simplemente penetrarla con la hoja, causándole la muerte por desangramiento y laceraciones internas.

Esos serían los minutos más agonizantes y desesperantes que pudiera regalarle a mi cuñada.

Su sangre serviría de lubricante después y sus heridas podrían estimular mi verga, brindándome nuevas sensaciones.

Esa imagen latía en mi jodida cabeza, la desesperante y erótica expresión que podría brindarme en sus últimos momentos. Sería un privilegio hacerle tragar sus propias lágrimas…

¡No! Privilegio le estaría dando si la mato tan rápido, sin antes inyectar su alma de odio, además, ¿dónde dejaría la satisfacción por haberme follado a la mujer de mi hermano? Ese gusto será mío… solamente mío.

¿Qué peor golpe a su ego y mejor desquite que comerme a su mujer mientras no está en casa?

La ha dejado tan sola, desatendida y desprotegida, ¿cómo podría pasar por alto esta maravillosa oportunidad?

La he vigilado durante esta semana, tiene la costumbre de echarse a dormir sin ropa interior, quizá le estaba dando luz verde a mi hermano cuando llegue y no pase trabajo para follársela, pero no sabe que está invitando a alguien más en su lugar.

Desconecté las dos lámparas de la mesa de noche que se situaban a ambos extremos de la cama y apagué la luz del armario que suele dejar encendida por las noches. Levanté el colchón que la cubría casi de pies a cabeza y me infiltré entre sus piernas a oscuras. Huele a bizcocho de fresa aquí abajo.

Guardé el cuchillo en su funda enlazada en el cinturón de mi pantalón, lo usaría como último recurso si las cosas se salían de control, pero confiaba casi ciegamente que era una presa fácil de domar, siempre y cuando usara todo en mi poder para comerme su coño perfumado y la dejara sin fuerzas o ganas de defenderse después.

Esas pastillas le harían creer que fue solo un sueño mojado por sus deseos reprimidos y no atendidos por mi hermano.

Un tipo que ni siquiera baja al pozo, no es digno de conservar a una mujer a su lado.

Siempre se prepara y se perfuma, para que al final ni siquiera se la coman. Hasta casi siento lastima por mi cuñada.

Entre abrí sus piernas mejor, sintiendo que se movió e intentó cerrarlas un poco.

Flexioné sus dos muslos hacia arriba, acomodando mis dos brazos bajo esos zancos que pesaban sus buenas libras.

Me habría gustado hacerlo con la luz encendida, ver lo que oculta bajo esa barriga gelatinosa que cubre sus partes, pero me temo que tendrá que ser otro día.

Apreté sus muslos por la parte superior, manteniendo la puerta abierta y sus piernas apoyadas en mis hombros.

Su carne era blanda, mis dedos se hundieron en su piel con facilidad.

Del interior de su entrepierna emanaba calor a montón.

Froté mi mejilla en el interior de su muslo y ese olor dulce impregnó mi nariz.

Esa crema que usa era exquisita, tan dulce que me entraron genuinas ganas de morderla como si fuera un pastel recién horneado.

—E-Edward, ¿q-qué h-haces? —su voz sonó adormilada todavía.

Pude responderle, pero ocupé mi boca en la verdadera acción y no en las palabras.

Mis labios apenas rozaron los húmedos suyos y sus manos intentaron aferrarse a mi cabello, pero si permitía que me tocara, se daría cuenta que no soy mi hermano.

Mi cabello, aunque recogido en un moño, iba a delatarme fácilmente.

Agarré sus manos, presionando sus muñecas contra la cama mientras infiltraba mi nariz entre sus pliegues grandes, sensibles y agradables al roce.

Quizá sí tenía un coño privilegiado, más grande y brotado que otro que hubiera probado, incluso más sabroso y jugoso, sin necesidad de que hubiera sangre de por medio.

Una mordida de labio, luego otra y otra, usando mi lengua como recolector de fluidos y succionando su clítoris, haciendo sus piernas temblar.

Por primera vez le oía gemir como una puta de verdad, sin contenerse o fingir.

Si gemía así de rico solo con mi boca, no podía parar de fantasear en cómo se escucharía si me la follo ahora mismo.

Debe sentirse cómodo y acolchonado su interior.

No puedo esperar para amoldarla a mi gusto.

Hasta sentía un cosquilleo rico en la punta de mi lengua, al igual cómo se mojaba a chorros con solo darle chupones intermitentes en el clítoris y lamidas circulares.

Su sabor femenino, mezclado con esa crema perfumada sí que le daba un toque delicioso.

Me sorprendí frotando mi erección sobre la cama, simulando que la penetraba, aunque estaba lejos de hacerlo.

Su interior palpitaba, se ajustaba a la forma de mi lengua ahora rígida cavando en su empapado coño, expulsando burbujitas de aire caliente y saliva.

Ascendí a su botón más sensible, dándole su merecida atención y sacudiendo mi lengua en diferentes direcciones y succionando de a ratos, hasta sentir que sus fluidos se multiplicaron, acompasados de sus temblores involuntarios y gemidos eróticos.

Liberación en su máximo esplendor.

Su cuerpo, antes tenso, se relajó ante la fatiga y ese poderoso orgasmo que expulsó. Me llenó la boca de sus jugos. Definitivamente le hacía falta entregarse y venirse de ese modo.

Hermanito, has dejado en mis manos un curioso e interesante diamante que voy a pulir en tu lugar.

¿Qué expresión harás cuando sepas que hice correr a tu reina en mi boca?

Pronto serás un espectador más.