Capítulo 4
Sin remedio
Daphne Graves
Anoche no pude dormir. Mi cabeza solo rebobinaba a la situación actual, al sonido y crujido de la casa. Cualquier sonido me hacía brincar de la cama, mientras Edward dormía como si nada al lado mío.
Tuvimos sexo, y lo que se suponía que era un momento íntimo y agradable de pareja, se convirtió en una pesadilla para mí.
Fueron solo minutos que para mí se extendieron como horas.
Hacerlo a secas, sin sentir ni un poco de ganas fue doloroso.
Lo peor de todo es que no me atreví a pedirle que se detuviera, porque no quería tener un cargo de conciencia por decirle que no.
Quería ser su apoyo y escape a la realidad, incluso por encima de mi propia comodidad y placer.
Lo sé, no se puede ser más patética e inútil.
Kathy vino a ayudarnos en la mudanza junto a su esposo, quien es el mejor amigo de Edward.
Se comprometieron en traernos todos los electrodomésticos que ocupaban mucho espacio y no pudimos montarlos en la camioneta.
Salía más económico tomar prestado su camión que rentar uno en una agencia.
Además de que estaban curiosos por ver la casa. Y bueno, toda ayuda es bien recibida.
Mientras ellos se encargaban de la fuerza mayor, nosotras nos encargamos de limpiar y organizar mejor la casa. Cuatro manos hacen más que dos.
—¿Y realmente lo dejó por completo?
—Sí, el lunes cumplirá nueve meses limpio.
—Eso es un gran avance. Esperemos que no sufra otra recaída. Especialmente con todo lo que está atravesando—señaló las cajas de las copias de mis libros—. Te ayudaré a subirlas al ático.
—Prefiero dejarlas en el cuarto vacío. Se escuchan muchos sonidos ahí arriba. Además, con lo asqueroso que está, debe haber ratones y tengo miedo de que rompan las cajas y me dañen los libros.
—¿Para qué guardas tantas copias, si ni siquiera tienes pensado venderlas?
—Porque son mis libros, ¿debe haber otra razón? —respondí irritada.
Detestaba a muerte que siempre estuviera de metiche.
†
31 de enero 2026
Sábado- 5:02 PM
Una semana viviendo en esta casa y todavía no me adapto al entorno y a los sonidos. Tal vez estaba exagerando o los años me estaban cayendo encima.
Para dormir he estado tomando melatonina.
No puedo dormir sin ella. La falta de descanso me llevó a tomar la decisión de crear una nueva rutina, especialmente ahora que las noches se me harán relativamente largas.
Edward comenzó a trabajar en un segundo turno en una fábrica de helados.
Por su experiencia como supervisor, no fue difícil que lo tomaran en consideración.
Pero ahora me sentía muy sola. En este estado donde no conozco a nadie, donde el vecindario siempre está recogido en sus casas por el frío y sin tener la disposición de un auto aún, no podía hacer nada más que sobre pensar.
Tenía tiempo de escribir, pero no la inspiración o la motivación para hacerlo.
El encierro, la soledad, el temor y los sonidos no eran buenos compañeros.
Por muchos años me han acechado pesadillas del pasado que he querido enterrar, pero no lo consigo.
Abandoné el tratamiento psiquiátrico y psicológico hace un tiempo, porque no importa lo que haga, por más que me esfuerce en olvidar, ellos siempre me persiguen.
Los antidepresivos solo me volvían más vulnerable.
Me costaba despertar de las pesadillas con la medicación.
Los efectos duraban toda la noche, mientras con algo natural tenía mejor control sobre ellas.
Mis padres también se hacen presentes en esas pesadillas.
Sus reprensiones, sus gritos, lo estrictos que eran y sus malditas creencias y religión absurda que buscaban inyectarme directo en las venas.
Eran fieles creyentes de que su única hija había sido poseída por el demonio y que su deber era expulsar a ese ser maligno que controlaba a su hija llevándola a caer tan bajo y convirtiéndola en una perra inmunda e impura.
¿Realmente estaba poseída como todos ellos alegaban? ¿No era normal que una niña de once años tuviera curiosidad por conocer y explorar su propio cuerpo?
Desconocía tanto de mí misma. Todavía hoy me desconozco.
Reprimí cada pensamiento y deseo, enterrándolos bajo tierra por vergüenza.
Todo comenzó cuando en la televisión mostraron un documental sobre uno de los tantos asesinos en serie más buscados en los estados unidos desde los años 90.
Los datos aterradores y crímenes atroces que había cometido eran enumerados, así como mostraban un boceto de cómo posiblemente lucía físicamente.
Por alguna razón, mientras oía su historia, una chispa se encendió en mi ser.
Era capaz de imaginarme en vivo y a todo color cada descripción del escenario, del cuerpo de sus víctimas y su modus operandi.
No tenía una imagen clara de su rostro, ni siquiera sabía cómo lucía en realidad o cuántos años tenía, pero algo extraño se instaló en mi cuerpo desde entonces.
Estaba prohibido ver ese tipo de programación en casa, pero aprovechaba cada descuido de mi madre para ver distintos documentales, encontrando una extraña sensación de hormigueo y excitación que, en aquel entonces, lo consideraba aterrador al no poder controlar mi cuerpo de esas sensaciones tan intensas.
Me sumergí en ese mundo, recopilaba pedazos de reportajes del periódico sobre asesinos fueran en el área o en diversas partes del mundo.
Me masturbaba con mucha frecuencia solo leyendo o escuchando los reportajes.
En mí no había maldad o malicia, simplemente curiosidad.
Me dejaba llevar y guiar por mi propio cuerpo, descubriendo poco a poco lo que me hacía sentir bien y lo que no.
No me atraían los niños de mi edad, de hecho, ni siquiera surgió la curiosidad de una adolescente, ya fuera de tener novio, de tener sexo y esas cosas.
Encontraba placer en esos documentales, en la historia detrás de esos seres despiadados y marginados por la sociedad; esos que todos apodaban como “monstruos y demonios disfrazados de humanos”.
A mis quince años comencé a imaginar más de la cuenta, a coleccionar en secreto posters de películas con temáticas de asesinos.
Todo escaló al nivel de consumir pornografía de esa índole.
Durante el momento me sentía en las nubes, pero cuando todo acababa, un sentimiento de culpa me atormentaba.
Era miedo, miedo de que mis padres descubrieran lo que hacía a sus espaldas.
Hasta que eventualmente sucedió lo inevitable.
Fui señalada, juzgada, reprendida y humillada. Me internaron en un hospital psiquiátrico a mis quince años. Un padre venía todos los días a echarme su bendición y a rezar por mi alma, como si incluso su Dios me hubiera abandonado por no tener arreglo.
Ya siendo adulta, luego de independizarme y huir de ese hogar, mismo que se había convertido en un maldito infierno, oculté mi pasado de todos por miedo y por vergüenza. Me sentía juzgada, observada y sucia cada vez que cerraba los ojos o que pensaba en algo relacionado a la masturbación y el sexo.
Me casé por la iglesia, quizá buscando redención y un perdón que nunca llegó. A estas alturas, no sé si aún hay cabida en el cielo o perdón para un alma impura y sucia como la mía.
Vi en Edward una oportunidad para enderezar mi vida, de ser alguien mejor y redimirme, sin embargo, jamás le he contado la verdad. Tal vez he sido una egoísta e hipócrita al ocultarle mi pasado, pero ni yo misma puedo soportar ese peso tan vergonzoso.
¿Cómo podría mirarlo siquiera a la cara después?
Me prometí que algún día lo haría, pero no he encontrado el momento oportuno para hacerlo. Y también le he huido a esa verdad.
Busqué en la gaveta mi diario, el único escape a la realidad por momentos y donde suelo desahogarme cuando no hay nadie que me escuche, pero no lo encontré donde suelo dejarlo. Tenía candado y Edward siempre respetaba mi privacidad, pero ahora no lo encontraba por ninguna parte.
Con esto de la mudanza, recuerdo claramente el momento que lo guardé entre mi ropa interior. ¿Dónde lo dejé? Dudo mucho que Edward lo hubiera cogido. ¿Dónde demonios lo puse?
Tras varios minutos e intentos fallidos por encontrarlo, decidí darme por vencida y buscarlo mañana temprano cuando hubiera más claridad y estuviera más calmada. Debió ser un descuido mío. Seguramente lo moví y ni siquiera lo recuerdo. Estoy segura de que mañana aparecerá.
Me dispuse a conciliar el sueño y calmar mi mente inquieta para entregarme a los brazos de Morfeo.