Pecado ciego (Pecados ejecutivos nº 1) Capítulo nueve
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Capítulo nueve

Me había pasado el fin de semana construyendo un caso contra mí mismo. Ahora tenía que venderlo.

Estaba de pie sobre la mullida alfombra del despacho de Sebastian, aferrando una carpeta que contenía cinco páginas de pura invención y dos de desesperada distracción.

Un ritmo rápido e irregular me golpeaba el pecho, pero mi rostro permanecía congelado en una expresión de neutralidad servicial y profesional.

Sebastian estaba detrás de su escritorio, con las mangas subidas hasta los codos.

—Sinclair —señaló la silla frente a él—. Dime que has encontrado algo.

Me senté y abrí el portafolio, sacando primero la documentación de los sastres. Once tarjetas de visita, muestras de tela y un montón de nada.

Carraspeé.

—He visitado once sastrerías de alta gama —dije—. Les mostré la corbata. La mayoría reconoció la calidad, pero ninguna tenía registros de haber vendido esa pieza en concreto en los últimos seis meses.

Los dedos de Sebastian tamborilearon una vez sobre el escritorio.

—¿Y eso qué significa?

—Quizá la compraron en el extranjero —ofrecí con naturalidad—. Podría ser más antigua, o un regalo.

Se recostó en la silla, la frustración evidente en cada línea de su cuerpo.

—¿Y la lista de invitados?

—La he acotado —abrí la carpeta y coloqué la lista sobre su escritorio—. Basándome en la altura, la complexión y el nivel de acceso necesario para conocer la fusión, estos son los siete candidatos más probables.

Convenientemente, tres de ellos estaban de viaje, dos estaban casados con mujeres que no les quitaban ojo, y los dos últimos eran miembros de la junta que rondaban los sesenta y que, desde luego, no tenían las rodillas para lo que había pasado en aquella escalera.

Pero eran ricos, llevaban traje y no eran yo.

Sebastian cogió la lista. Recorrió los nombres con la mirada, frunciendo más el ceño con cada línea que leía.

—¿Harrison? —resopló—. Por favor. Ese hombre pide permiso hasta para estornudar. No tendría agallas para desafiarme, y mucho menos para...

Se interrumpió y su voz se redujo a un susurro áspero.

—¿Mucho menos para...? —pregunté, manteniendo un tono neutro.

Sebastian arrojó la lista sobre la caoba.

—No es él.

—Con el debido respeto —dije, dando un pequeño paso aterrador hacia el precipicio—, puede que estemos persiguiendo un fantasma. El salón de baile estaba abarrotado. Era un baile de máscaras. Quizá no era ni empleado ni inversor. Quizá solo era... un intruso con suerte.

Entrelacé las manos a la espalda para que no me temblaran.

—Quizá sea hora de cerrar el expediente.

Sebastian me miró. El silencio se tensó en la habitación, vibrando con todo lo que yo callaba.

—No puedo —dijo.

—Pero si esta persona fuera una amenaza para la empresa, ¿no habría habido algún seguimiento? ¿Exigencias? ¿Chantaje?

—No se trata del riesgo de seguridad —la expresión de Sebastian se endureció—. Tú no lo viste —dijo con voz baja e intensa—. No lo oíste.

—Seguro que fue muy... elocuente.

—Él tenía el control —Sebastian se pasó una mano por el pelo, deshaciendo el peinado perfecto. Miró más allá de mí, con los ojos desenfocados—. Entró en aquella habitación y me despojó de todo: mi título, mi control, mi ego.

Me clavé las uñas en las palmas hasta que el dolor agudo me ancló. Oírle decirlo, oír el hambre cruda y desgarrada en su voz, era infinitamente más peligroso que el acto en sí.

—Por primera vez en años —dijo Sebastian, y su mirada volvió bruscamente a la mía, buscando comprensión—, mi cerebro simplemente... se detuvo. El ruido se detuvo.

Me obligué a respirar. Me obligué a ser Sinclair, el asistente invisible. No el hombre que sabía exactamente cómo temblaba Sebastian al correrse.

—Eso suena... intenso, señor.

Los ojos de Sebastian escudriñaron mi rostro, frenéticos y frustrados.

—Necesito saber quién es.

La verdad estaba en la punta de mi lengua, pesada y ardiente. Sería tan fácil. Solo tres palabras: Fui yo. Podría decirle que el control que tanto ansiaba estaba justo aquí, escondido bajo un chaleco de poliéster y una capa de apatía corporativa.

Pero entonces lo miré: Sebastian Morris, director ejecutivo multimillonario, de pie con un traje a medida en una torre de cristal. Y yo. Sinclair DuMont, empapando en ese momento una camisa que había comprado en rebajas.

Él no quería a Sinclair. Quería la fantasía. Si le contaba la verdad, la magia no solo moriría; sería archivada bajo «Infracción de Recursos Humanos» y escoltada hasta la puerta por seguridad.

—Redoblaré mis esfuerzos, señor —mentí; las palabras me sabían a ceniza—. Si está ahí fuera, lo encontraré.

Sebastian asintió. El fuego en sus ojos se apagó hasta convertirse en agotamiento. Se volvió hacia la ventana y me despidió sin una palabra.

Salí del despacho con las piernas temblorosas. La puerta se cerró a mi espalda con un clic, pero mi corazón no se enteró de que debía calmarse.

Necesitaba agua. O un Xanax.

Doblé la esquina hacia el área de trabajo con los ojos fijos en la alfombra gris, intentando componer una expresión que se pareciera a la cordura antes de llegar a mi escritorio.

Cuando levanté la vista, el aire me abandonó los pulmones de golpe.

Mi silla estaba ocupada.

—Derek —dije con voz cortante—. Has vuelto.

Parecía haber pasado la última semana sudando entre las sábanas. Tenía la piel cetrina, pero la suficiencia seguía pegada a su rostro como un accesorio permanente.

No solo estaba sentado a mi escritorio; estaba hurgando en él. Abrió un cajón: aquel donde había metido las muestras de tela momentos antes de la reunión.

—Sin-icienta —dijo Derek, con un cuadrado de lana gris carbón en la mano—. ¿Has encontrado un nuevo pasatiempo mientras estaba fuera?