CAPÍTULO 52
Dylan
E l timbre de la entrada resuena en mitad del silencio de la casa. Me quedo quieto junto a la encimera, con el trapo sucio todavía en la mano, porque no espero a nadie.
Chrishell se marchó ayer, tal y como le dije que tenía que hacer.
Cuando llegué a mediodía de casa de Knox, ya no había ni rastro de ella.
Joder, qué buena sensación. Lo cierto es que, pese a todo lo que ha ocurrido, siento este final entre nosotros como una victoria.
Una libertad necesaria que llevaba meses esquivando por miedo a no tomar una buena decisión y arrepentirme el resto de mi vida.
El timbre vuelve a sonar, más insistente que antes.
Suelto el trapo sobre la encimera de madera, me seco las manos sobre los vaqueros y avanzo hacia la puerta principal con la esperanza de que sea cualquier persona menos ella.
Aunque conociéndola, seguro que aparece diciendo que se ha olvidado de cualquier gilipollez que yo fingiré haber tirado a la basura ya.
Abro la puerta de golpe, preparado para cualquier cosa.
—¿Te hace una vuelta a caballo al atardecer, vaquero? —Brooke me sonríe desde el porche, con una mano en la cadera mientras mastica un chicle enorme con total descaro.
Miro de reojo hacia los establos y veo a Knox fuera, terminando de aparejar a tres caballos.
—¿Se puede saber qué haces aquí? —la saludo, sin entender muy bien la situación.
—Quería ver qué tal va todo… Si necesitabas ayuda con algo. Ya sabes.
No sé si ha venido por Knox o por mí… qué más da. Cualquier excusa es buena para Brooke con tal de escaquearse del trabajo, pero no le voy a reprochar nada; en el fondo agradezco que haya venido a sacarme de mi cabeza, aunque no pienso reconocérselo en voz alta.
Le sonrío, pesco mi cazadora vaquera al vuelo y cierro la puerta detrás de mí.
Caminamos por el rancho en silencio hasta llegar a Maverick, Machine y Maddie, que nos están esperando con todo listo.
Knox ya está subido a lomos de Maverick, sujetando las riendas. Desde su posición, me lanza las riendas de Machine con un movimiento limpio que atrapo al vuelo. Brooke corretea hacia Maddie, su yegua favorita.
Me acerco a mi caballo y, antes de pasar la pierna por encima y encajarme en el cuero desgastado de la montura, ajusto la cincha tirando del cuero con fuerza desde el suelo.
El animal resopla, sacudiendo las crines, impaciente por estirar las patas.
Me impulso en el estribo izquierdo y me acomodo en la silla.
Salimos por la puerta trasera que da al bosque y dejamos atrás el rancho.
Los caballos avanzan al paso, adentrándose por el sendero flanqueado por pinos que lleva hacia el claro del pequeño riachuelo.
El crujido de las sillas de montar y el tarareo de Brooke es lo único que rompe el silencio del bosque durante los primeros minutos, hasta que por fin deja de tararear esa horrible canción que se le ha pegado.
—He hablado con Savannah —suelta de golpe, rompiendo la calma—. Dice que no sabe nada de ti.
—Lo sé —confieso con un bufido de frustración—. Esta madrugada tenía un par de llamadas perdidas suyas en el móvil. Se las he devuelto en cuanto me he despertado, pero ahora es ella la que no responde. El cambio de hora con Los Ángeles es una puta mierda.
Knox frena a Maverick y gira el cuerpo sobre la silla para mirarme, arrugando el entrecejo, confundido.
—Espera, pero ¿tú no te ibas a ir a Los Ángeles? —pregunta Knox—. El otro día nos dijiste que, una vez solucionases lo de Chrishell, te volvías a ir.
—Era la idea —admito, pasándome una mano por la cara con cansancio—.
Pero me calenté demasiado. Ya sabéis los cambios de planes, y con todo lo que tengo aquí ahora, es imposible irme a ningún lado.
Por eso también he estado evitando el teléfono…
Sé que como escuche su voz voy a cambiar de plan, y ahora no puedo.
Tampoco quiero que ella venga y deje su vida en Los Ángeles. ¿Qué va a hacer aquí?
—Yo tengo novedades, pero no sé si debería ser yo quien te las cuente… —Brooke interrumpe mi verborrea.
—¿Qué quieres decir?
—¡Ay, chico! Llámala y descúbrelo por ti mismo —bufa, dándole un toque con las riendas a Maddie para adelantarse—. Estoy harta de haceros de celestina todo el tiempo.
Knox me mira en silencio y espolea a su caballo para seguirla, dejándome a la cola del grupo.
—Tienes razón —grito a unos metros de distancia de ellos—. En cuanto volvamos al rancho, la vuelvo a llamar.
Damos la vuelta por el sendero del río a un paso mucho más rápido. Veinte minutos después, las cuadras vuelven a aparecer entre los árboles.
—¿Te has comprado un coche nuevo?
«¿De qué coño está hablando?». Pero antes de que pueda articular palabra, alzo la vista y veo una RAM 2500 Limited negra aparcada en mis terrenos.
—¿Qué coño hace eso ahí? —Eso es lo que termino soltando en su lugar.
—Igual es el tipo este… —Knox chasquea los dedos en busca de su nombre.
—Ewan —le echo un cable.
Ayer hablé con él por teléfono y quedamos con que iba a venir, pero me parece increíble que haya encontrado un hueco en su agenda tan rápido.
Entramos los tres cabalgando, en busca del dueño de esa bestia, que pese a que ya está anocheciendo sigue brillando con una pintura negra impecable que desentona por completo con el resto de mierda que tiene mi rancho.
Joder, Ewan va a salir espantado.
—Si está bueno y tiene pasta, ¡me lo pido! —grita Brooke.
Por suerte, Knox, que ya nos ha adelantado y ha entrado al establo, no lo ha oído. No quiero que empiece odiando a mi primer socio formal.
—Guardadme a Machine —les pido, dejándome resbalar de la silla antes de que el caballo se detenga del todo. Le lanzo las riendas a Brooke y avanzo a zancadas hacia el porche—. Voy a ver dónde se ha metido.
Con las manos en los bolsillos de la cazadora vaquera, recorro el lateral de la gigantesca camioneta con la mirada.
Es un bicho enorme, con tracción a las cuatro ruedas y los acabados cromados.
Lo que daría por tener una así. Aunque, en mi situación, ya con tener cualquier cosa con cuatro ruedas me conformaría…
—¿Ewan? —lo busco, subiendo los escalones del porche en un solo salto. Empujo la puerta principal de la casa, que está entornada—. ¿Hay alguien?
Cruzo el umbral y doy una vuelta rápida por la planta baja, pero está vacía. Me doy la vuelta y, en cuanto salgo de nuevo al porche, me quedo petrificado.
En mitad de la explanada del rancho, caminando con paso decidido hacia los establos donde Knox acaba de encender la luz, veo un cuerpo que en nada se parece al de Ewan. Lleva unos vaqueros cortos y una camisa blanca que ondea un poco con la brisa del anochecer.
Para hacerme notar, tiro de la puerta principal y pego un portazo a mi espalda que retumba en toda la estructura de madera.
Ella se detiene en mitad de la tierra y se gira hacia la casa para mirar de dónde viene el ruido. Al volverse, la luz de la luna le da de lleno, perfilando sus ondas alborotadas y haciendo brillar la pedrería de sus botas cowboy verde menta.
El aire se me atasca en los pulmones.
Savannah me mira desde el centro del rancho y yo me quedo clavado en lo alto del porche como un auténtico idiota, hasta que por fin salgo de la ensoñación. Corro hacia ella, pero la maldita distancia que nos separa en el terreno parece infinita.
—Tu pick-up sigue rota en el taller de Memphis y ni siquiera saben cuándo la van a poder arreglar... Así que he tenido que comprarte esto para poder venir a por ti —me susurra contra los labios en el segundo exacto en el que logro acortar la distancia.
No la dejo añadir ni una palabra más. Le rodeo la cintura y la levanto en vilo, pegándola más a mi cuerpo.
La beso con la fuerza de un tipo que ha estado a punto de perder el rumbo y que acaba de recordar exactamente dónde está todo lo que necesita.
Savannah suelta un suspiro ahogado contra mi boca y se cuelga de mi cuello, hundiéndose en mí con la misma urgencia con la que yo me aferro a ella.
Por fin, su antiguo perfume a fresa ácida me llena los pulmones, borrando de un plumazo todos los recuerdos negativos que venía arrastrando.
Cuando nos separamos lo justo para respirar, no le permito que baje los pies al suelo. Apoya la frente contra la mía, con la respiración entrecortada y una sonrisa que destella bajo la última luz de la tarde.
—Una RAM 2500 Limited negra, ¿en serio? —le pregunto en un susurro ronco—. No sabía que tenías tan buen gusto para todo…
—He dejado la discográfica, Dylan —me suelta de golpe, acariciándome la nuca con los dedos—. Soy libre. Completamente libre. No necesito ninguna carretera de vuelta a Los Ángeles. Solo quiero estar aquí.
Las pocas dudas que me quedaban se desintegran en el aire en un pestañeo. Si ella no necesita ninguna carretera de vuelta… juro por Dios que yo me encargaré de que jamás tenga motivos para ello.