CAPÍTULO 51
Savannah
E l enésimo flash me deja una mancha flotando en la retina, pero sigo sonriendo. Toda esta prensa no tiene ni idea de lo que ha pasado hace unas horas en la oficina de Los Ángeles de Colt Records, pero me imagino que muy pronto se enterarán. Aunque no sabrán toda la verdad, de momento…
En cuanto me subí al coche con Nora, lo primero que hice fue intentar llamar a Dylan.
Necesitaba escuchar su voz, contarle que por fin soy libre.
Pero el buzón saltó después de varios tonos.
Con quien sí terminé hablando fue con Brooke.
Nos cruzamos un par de mensajes rápidos y, conociéndola, sé que Dylan no tardará nada en enterarse también.
Estoy tan feliz por cómo está saliendo todo…
Ni en mis mejores sueños habría imaginado un giro tan perfecto.
Y lo mejor de todo es que, pese a que ahora estoy sola —al igual que al comienzo de todo, solo Nora y yo—, no siento miedo por el futuro.
¿Quiero dejarlo todo de lado mientras pienso cómo reorientar mi carrera?
¿Quiero buscar otra discográfica o irme con Jeremy?
Sé que su propuesta es buena, pero no sé si nuestra relación está preparada para ese salto.
Es decir, nos llevamos demasiado bien y me da miedo que meternos en algo estrictamente profesional termine estropeando nuestra amistad.
Pero no quiero pensar en nada de eso en este momento.
Me merezco un descanso mental. Lo único que me apetece es tomarme unos días libres, y dentro de nada podré hacerlo.
No puedo dejar de imaginármelo: Dylan y yo paseando por la playa de Los Ángeles sin que nadie nos moleste…
Aunque sé que es una utopía. Con todo lo que puede salir a la luz, tendremos a muchísima prensa y a decenas de fotógrafos detrás, pero sabremos manejarlos. O eso quiero creer.
Y para llegar hasta ahí sin sentir que estoy dejando cabos sueltos por todas partes, primero tengo que hablar con Ewan.
Ya le he puesto al día de todo lo que ha ocurrido de camino aquí, pero no nos ha dado tiempo a concretar nada más.
Lo que ambos tenemos claro es que no tiene sentido continuar con esta farsa. Nuestro romance termina aquí.
Sé que no es nada inteligente que me pillen con Dylan estos días porque todos sabemos lo que la prensa supondrá y cuáles serán los titulares.
También soy consciente de que el lavado de cara no será fácil para mí: «¿Despecho o adicción?
Savannah Morgan encadena dos romances en menos de un mes tras su boda cancelada», pero me niego a salpicar a Ewan en el proceso.
Y mucho menos quiero que Dylan sienta que no voy en serio con él.
Aunque todo sea un desastre, romper mi relación falsa es lo único que ahora mismo puede demostrar lo mucho que apuesto por lo nuestro.
Al fin y al cabo, si los papeles se invirtieran, a mí tampoco me haría ninguna gracia verlo fingir que está con otra.
—Oye, Sav. —La voz de Ewan me llega desde las alturas, sacándome de mi cabeza de golpe. Me da un toquecito casi imperceptible con el codo—. Llevas casi treinta segundos sonriéndole fijamente al mismo fotógrafo de ahí abajo. Va a pensar que te gusta.
—Perdona, el último flash me ha cegado y no sé ni dónde estoy —le confieso en un susurro, parpadeando para recuperar la vista.
—Tranquila, sígueme el rollo en tres, dos, uno...
Ewan se inclina hacia mí, rodeándome con sus enormes brazos de la NFL. Pega su frente a la mía con una ternura perfectamente ensayada y me planta un beso en la punta de la nariz.
El gesto me transporta a nuestra primera alfombra roja en el draft , poco menos de dos semanas atrás.
Aquel día me enfurecía tanto la idea de este montaje que ni siquiera soportaba que se me acercase más de la cuenta.
Hoy, en cambio, casi tengo que aguantarme la risa.
Sé que es un movimiento sin doble intención; solo sigue el guion.
Ya somos lo bastante amigos como para notar su cercanía sin sentirme intimidada.
Creo que en este tiempo he conseguido calarlo de sobra.
Ewan es el típico ligón por naturaleza, tontea con cualquier chica de un modo directo y divertido porque le sale solo, sin malicia ninguna, pero entre nosotros esa fase ya pasó.
Ahora somos colegas, y esa tranquilidad cambia las cosas por completo.
—¿Qué tal ha estado eso? —sisea en medio de una sonrisa sin deshacer el abrazo. A nuestra izquierda, los fotógrafos se vuelven locos.
Le sonrío y, justo antes de salir de la alfombra, me pongo de puntillas y le planto un beso rápido en la mejilla.
Me cuesta horrores llegar a él con un solo movimiento.
Es tan alto que casi me quedo besando el aire, pero Ewan capta mis intenciones justo a tiempo e inclina la cabeza para que pueda alcanzarlo.
El roce de mis labios contra su piel desata una nueva tormenta de flashes a nuestras espaldas mientras caminamos hacia la entrada.
Atravesamos las enormes puertas del teatro y Ewan me suelta de la cintura con el fin de aflojarse un poco el nudo de la pajarita. Aprovecho el momento y me alzo el bajo del vestido verde esmeralda para subir las escaleras sin tropezar.
—Mi equipo me ha dicho que tengo que parecer más vulnerable y sensible ante los medios —me dice cuando ya estamos solos—. ¿Crees que me ha salido bien?
—De película, Brown —le sonrío.
Avanzamos por el vestíbulo principal del teatro de la Fundación Delos y sonreímos de forma cortés a algunos invitados que se cruzan a nuestro paso.
Yo, a diferencia de Ewan, no conozco a nadie personalmente.
Parece que todo el mundo está aquí compitiendo por ver quién dona más miles de dólares en nombre de la tecnología y la innovación.
Ya en la planta de arriba, alejados de los ejecutivos de Silicon Valley y de sus acompañantes modelos, nos metemos en el antepalco que lleva nuestros nombres escritos en la puerta.
Es una pequeña estancia vacía con una barra americana, comida y varios sofás de terciopelo.
Ewan cierra la puerta a nuestras espaldas, aislando el murmullo del teatro, y antes de dejarse caer a lo bruto en uno de los sofás, coge una bandeja de canapés de caviar que hay sobre la barra.
—Dios, qué hambre —dice con la boca medio llena, engullendo un par de canapés de un bocado antes de estirar sus larguísimas piernas sobre la mesa de centro—. En serio, Sav, estas pajaritas te cortan el riego al cerebro. Estoy hasta mareado. ¿Quieres uno? Aprovecha que todavía estamos solos.
Niego con la cabeza, apoyándome en el borde del sofá de enfrente.
—¿Sabes? Echaré de menos esto —añade Ewan, limpiándose la comisura de los labios con una servilleta de hilo—. Eres la mejor pareja falsa que he tenido.
—Lo mismo digo.
—¿Has tenido más? —se interesa.
Vuelvo a negar.
—Entonces no puedes afirmar eso.
—Créeme que sí. Te voy a echar de menos.
Al final, me siento a su lado, apoyo la cabeza sobre su hombro y le robo uno de los últimos canapés, viendo cómo el patio de butacas se llena poco a poco de gente. Desde donde estamos ahora no podemos ver bien el escenario, pero sí el anfiteatro y la platea.
—No te preocupes, estoy seguro de que dentro de poco volveremos a coincidir.
Me separo de su cuerpo y lo miro confundida, sin saber a qué se refiere, pero lo dejo pasar en cuanto el pomo gira y entran nuestros acompañantes.
Compartimos el espacio con Marcus, un jugador de baloncesto de los Lakers que mide casi lo mismo que Ewan, y su chica, una modelo de pasarela espectacular llamada Maya.
Ewan los saluda efusivamente con un choque de manos que retumba en todo el palco, y tras las presentaciones rápidas y un par de comentarios sobre el último partido, nos acomodamos en los asientos de terciopelo de la primera fila.
Las luces del escenario se atenúan y empieza la obra de teatro destinada a recaudar fondos para la Fundación Delos.
Todo muy altruista, siempre y cuando te sobren los dos mil dólares que cuesta la entrada más barata.
Lo recaudado se destinará a crear nuevos centros para gente de bajos recursos, pero con el nivel académico y tecnológico de las universidades privadas.
Durante las dos horas que dura la función, intento concentrarme en las actuaciones, pero mi cerebro no colabora.
Cuando por fin los actores salen a saludar y las luces principales del teatro vuelven a encenderse, estoy tan nerviosa que creo que me voy a hacer pis en la butaca. Ya es más de medianoche.
Aprovecho el alboroto de las despedidas.
Mientras Marcus y Maya comentan el último acto con Ewan, abro el diminuto bolso de mano y saco el móvil.
En la bandeja de entrada tengo un mail : «Rescisión contractual y liberación de activos».
Sonrío, porque parece que al fin estoy a una firma de dirigir mi vida, pero paso olímpicamente de regodearme en la victoria porque lo único que me importa son las dos llamadas perdidas y el mensaje de Dylan:
Gracias por los billetes que me ha enviado Nora, pero no puedo ir a Los Ángeles como te prometí. ¿Podríamos hablar por teléfono?
Oh, dios. «¿Podríamos hablar por teléfono?», ¿qué soy, su asesor fiscal?
Releo una y otra vez el mensaje por si el «no» desaparece de la pantalla, pero no lo hace.
¿Y si se ha molestado porque ha sido Nora quien le ha enviado los billetes de avión en lugar de hacerlo yo directamente? ¿Habrá pensado que paso de él o que estoy demasiado ocupada con mi vida de estrella en Los Ángeles como para encargarme yo misma?
El pánico y el cansancio acumulado cortocircuitan mi cerebro. No puedo pensar con claridad.
—Chicos, disculpadme —les interrumpo con una voz que a duras penas consigo mantener estable—. Voy un momento al baño.
Ewan me mira confundido, pero le sonrío para que crea que todo va bien. No se lo cree, pero no insiste y continúa hablando con Marcus y Maya.
Me doy la vuelta, abro la puerta de madera de nuestra estancia privada y salgo al pasillo casi dando zancadas. Me encierro en el baño más cercano, aislando por completo los aplausos que todavía resuenan en el teatro.
Con las manos temblando, busco el contacto de Dylan y le doy a marcar. Sé que es tardísimo y que el desfase horario no ayuda, pero me niego a esperar a mañana. Me pego el móvil a la oreja con la respiración contenida, como si ese silencio fuera a acelerar el tono o hacer que descolgara antes.
Vamos, Dylan.
Vamos…
El interminable último tono se alarga más de la cuenta y, con una ingenuidad que me avergüenza, pienso que ahora sí. Que ahora va a aparecer su voz medio ronca por culpa del sueño.
Pero no; la llamada se corta.
Mierda. No voy a permitir que esto nos pase de nuevo.