Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 50 #2
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CAPÍTULO 50 #2

Ambas le hacemos caso y Alen vuelve a clavar los ojos en la enorme pantalla que tiene por ordenador mientras teclea a una velocidad absurda.

Cruzó las piernas a propósito, dejando que una de mis botas rosas quede apuntando directamente hacia él, balanceándose con un ritmo que contrasta con el estresante repique de sus dedos sobre el teclado.

—Listo —dice, después de más de tres minutos que llevamos mirando la capa de contaminación que se ve en el horizonte de la ciudad—.

Siento la espera. Ya sabéis cómo es esto antes de una gran firma.

Los de la productora están puliendo los últimos detalles del contrato de distribución internacional en la sala VIP.

Cuando acaba de hablar, su mirada baja y se detiene en mis shorts vaqueros. Luego se desliza, centímetro a centímetro, por los bordados y los corazones de mis botas.

—Veo que has decidido venir... cómoda —comenta, forzando una nota de falsa ligereza en la voz, aunque el tic que le acaba de salir en el ojo izquierdo dice todo lo contrario—.

No es lo más adecuado para una firma de tal envergadura, pero no pasa nada.

Los directivos ya te conocen, saben que eres una artista con…

personalidad. Aunque para la rueda de prensa de la semana que viene no podrás elegir tú la ropa, claro.

El estilista te ha escogido un vestido con un escote que...

—De eso quería hablarte…

—¿Del vestido que llevarás? —pregunta, confundido.

—No, Alen. Del contrato. Me gustaría afinar unas pequeñas cláusulas antes de firmar.

—Claro que sí, pero eso lo podemos hacer en la sala con el resto del equipo —se levanta, decidido a emprender camino.

Yo ni me muevo, y continúo hablando.

—Me gustaría recuperar el control total de mis cuentas antes de seguir adelante con nada.

—Ay, Savannah. ¿No quedó eso bastante claro ayer?

—Sí, pero si yo acepto algo así, me gustaría tener una muestra de buena fe por vuestra parte. Al fin y al cabo, somos un equipo y me gustaría sentirme parte de él.

—Claro que lo eres. Sabes que no iríamos a ningún lado sin ti, pero hay veces que los capitanes de barco no saben ver las cosas. ¿Has visto Titanic ?

—Solo te estoy pidiendo que desbloquees mis fondos de una vez. Lo de congelar mis cuentas porque decidí tomarme unos días en Dukeforth ha sido una puñalada trapera. Ya estoy aquí, estoy dispuesta a hablar del proyecto, pero necesito recuperar el acceso a mis activos financieros hoy mismo.

Alen se detiene a medio camino entre la mesa y la puerta. Se le borra la sonrisa y regresa despacio a su sillón, apoyando las palmas sobre la mesa de cristal. El mánager encantador acaba de evaporarse.

—Vamos a hablar como adultos, Savannah —comienza—.

Ese «bloqueo» no ha sido un castigo, sino una medida de protección de la discográfica.

Te largaste sin avisar, pusiste en riesgo todas tus campañas de marketing y tuvimos que retener tus fondos para cubrir las posibles penalizaciones legales por incumplimiento.

El dinero se quedará congelado en la cuenta hasta que entres en esa sala de juntas y pongas tu firma en el contrato de la película.

Es la única garantía que tiene el sello de que no vas a volver a huir a mitad del rodaje.

—¿Garantía? ¡Es mi dinero! —La rabia me quema por dentro y me pongo en pie de un salto.

El impacto de mis botas contra el suelo resuena en las paredes de cristal, pero ya no siento sus superpoderes—.

Son los royalties de mis anteriores álbumes, mis adelantos de composición...

No podéis retener mis ingresos para obligarme a aceptar un proyecto cinematográfico que ni siquiera he elegido yo ¡y no quiero!

Me niego a que me chantajees de esta manera.

Si no me devuelves el control de mis cuentas ahora mismo, no pienso firmar absolutamente nada. Me planto.

Se recuesta en su sillón, entrelaza los dedos y me clava una mirada cargada de una superioridad insultante.

—Te estás equivocando de estrategia, Savannah.

Lo siento, pero no tienes otra opción. O firmas hoy, o vas a salir perdiendo.

Y mucho. ¿Quieres que te recuerde los términos de exclusividad que firmaste con nosotros?

—amenaza—. Siento decirte que esto no es un proyecto separado, sino que forma parte de tus obligaciones vinculadas de un mismo paquete contractual.

¿Acaso te leíste lo que firmaste? Porque tienes prohibido hasta cambiar de look sin permiso.

Justo lo que has hecho hoy, así que, Savannah, no me toques la narices.

—¿Es eso una amenaza?

Si ahora mismo no supiese todo lo que sé de él, estaría llorando como un bebé abrazada a su pierna. En cambio, me mantengo firme.

—Nada me gustaría menos que eso. Solo te estoy informando del posible escenario que se desarrollaría si se rompiese el contrato por tu culpa.

Sabes perfectamente que ya somos los propietarios absolutos de tus másteres.

Si te declaramos en rebeldía contractual, tenemos el derecho legal de congelar tu catálogo.

Cada canción que has grabado, cada letra y cada acorde que has compuesto desde que estás con nosotros pasará a ser propiedad exclusiva de este sello, con todo lo que ello conlleva.

Así que piénsatelo bien: ¿de verdad quieres destruir tu carrera entera por un berrinche de orgullo?

De verdad cree que me tiene acorralada. No quiero sacar la artillería pesada. He venido a luchar por mi futuro y mi carrera yo sola, pero me lo está poniendo muy difícil.

Cruzo una mirada de reojo con Nora. Sigue rígida en su asiento, pero asiente sutilmente.

Es todo lo que necesito.

Se acabó el ir de buenas.

—Te crees muy listo, Alen —le digo, metiendo la mano en el bolso para sacar la carpeta con los informes financieros de Jeremy—.

Pero resulta que mientras tú estabas ocupado bloqueando mis cuentas para darme una lección, yo he estado investigando en qué te gastas tú el dinero de la discográfica.

Abre la carpeta. Vamos a ver si tienes tanto valor para hablarme de cláusulas de rescisión cuando los abogados de la productora vean cómo desvías los presupuestos de tus artistas a tus cuentas fantasma.

Alen hace el ademán de coger la carpeta, pero se le congelan los dedos a medio camino. Cree que es un farol. Está convencido de que soy la misma chica ingenua que firmó aquel papel a los veintitrés años, pero no lo soy.

—Oh, puedes quedártelo —insisto, empujando más la carpeta hacia él—. Tengo copias.

—Eres una maldita niñata desagradecida —escupe, y ahora, por fin, veo una grieta de pánico en sus ojos—. No sabes la maldita suerte que tuviste de que me fijara en ti.

—Puede que yo tuviera suerte, pero tú la tuviste más.

Cogiste a una niña con talento que hubiese dado lo que fuese por alcanzar su sueño.

Y así lo hice. Lo he dado todo. Y os habéis beneficiado de ello durante todo este tiempo.

Y, aun así, claro que estoy agradecida por la oportunidad.

No sé si podría haber conseguido esto sin vosotros, pero lo que sí sé es que ahora mismo puedo llegar a donde quiera sin vuestra visión.

No os estoy echando nada en cara. De verdad.

Porque esto es un negocio y soy la primera que lo entiende.

Pero como he tardado tiempo en comprender que yo soy mi propio negocio, tengo que mirar por mí.

Y ahora mismo, Alen, no tenemos la misma línea de futuro.

Mi plan inicial era negociar un trato justo.

De hecho, si me hubiese devuelto mi dinero de buenas, quizá, tonta de mí, hubiese vuelto a caer y hubiese salido de aquí siendo un proyecto de actriz, pero mirarle a la cara y escuchar sus amenazas ha roto el último hilo de esperanza que me quedaba.

Ya no quiero arreglar las cosas con esta discográfica. No puedo seguir aquí ni un minuto más.

—Así que esto es lo que va a pasar —continúo, inclinándome hacia él—.

Vas a desbloquear cada uno de mis centavos y vas a firmar la liberación absoluta de todos mis másteres y los derechos de mi música.

Si intentas bloquearme o ejecutar esa cláusula de rescisión de la que tanto presumes, esta misma tarde le entregaré una copia de estos informes a los altos cargos de la discográfica.

Alen intenta recuperar la compostura, suelta una risa nerviosa y se recoloca la corbata.

—¿Crees que a los de arriba les va a importar? —se mofa, aunque le tiembla la voz—. No seas ingenua, Savannah. En este nivel, todo el mundo se cubre las espaldas.

—Oh, contaba con eso —le sonrío con frialdad—.

Por eso, en caso de que ellos ya estén enterados y decidan mirar hacia otro lado, no pasa nada.

Yo misma se lo enseñaré a la prensa. Y lo que es mejor: se lo mandaré personalmente a los propios cantantes, grupos y productores de este sello.

Les encantará saber cómo usas el dinero de sus presupuestos.

Te aseguro que hay un montón de gente en esta industria interesada en conocer esta información.

A Alen se le escapa todo el color de la cara, quedándose completamente lívido. Abre la boca para replicar, pero no le salen las palabras. Sabe que lo tengo atrapado.

—¿Qué quieres? —consigue formular con un hilo de voz.

—¿Otra vez, Alen? —le pregunto con sarcasmo—.

Ver tanto número junto te ha nublado un poco la mente, ¿no?

Tienes hasta que termine el día de hoy para tener listos los papeles de mi liberación y el desbloqueo de mis cuentas.

La relación no continuará de ningún modo, ni en términos de catálogo ni distribución.

Ni mucho menos de imagen. Si a medianoche no está todo en mi correo, mañana amanecerás siendo tendencia.

Miro a Nora, que se pone en pie de un salto.

—Que tengas un buen día —se despide ella con su mejor sonrisa.

—Por cierto —añado, agarrando mi bolso antes de darme la vuelta—, Nora también se viene conmigo. Por si no había quedado claro.