CAPÍTULO 50
Savannah
¿C uánto tiempo puede aguantar una persona sin dormir bien?
Llevo más de tres noches sin pegar ojo. Desde que se filtró mi paradero todo ha sido una vorágine de sentimientos encontrados, y si llego a saber todo lo que me deparaba mi vuelta a Los Ángeles, me hubiese quedado a vivir en aquel asqueroso motel de carretera de Memphis.
La única parte buena de mi insomnio la tiene Dylan; me quedé hablando con él por teléfono hasta las tantas de la madrugada.
Me alegro tanto de que haya conseguido cantarle las cuarenta a Chrishell…
y no solo por fastidiarla a ella, que también, sino porque, si hay alguien en el mundo que se merece que las cosas le salgan bien, ese es él.
Dylan va de tipo duro, pero yo sé todo lo que carga a sus espaldas...
y lo mucho que le cuesta pedir ayuda. Si le hubiesen arrebatado todo por lo que lleva años sacando adelante él solo, se habría roto en pedazos, por mucho que se esfuerce en ocultarlo tras esa fachada fría y de que nada le importa.
Pensar en él me oprime el pecho con una extraña sensación de orgullo y una nostalgia tremenda que no sé muy bien dónde meter ahora mismo.
Solo quiero acabar con todo esto y que él pueda volver unos días a Los Ángeles, como me prometió por teléfono.
Me miro al espejo de mi vestidor mientras le doy un trago a una taza de café que ya se ha enfriado.
No me gusta mucho el último café molido que hay en casa, está demasiado amargo, pero no importa, hoy lo necesito.
Tengo unas ojeras que ni el corrector de alta gama va a conseguir disimular.
Anoche, mientras daba infinitas vueltas en mi cama, se me pasó por la cabeza atrasar la reunión de hoy con Alen, pero ¿qué conseguiría con eso?
Como mucho, saltar todas sus alarmas. Así que, aunque no quiera, tengo que enfrentarme a esto.
Cuanto antes lo deje cerrado, antes podré empezar a tomar decisiones coherentes.
Estoy decidida a plantarle cara, a tomar las riendas de mi carrera de una vez por todas, cueste lo que cueste. No puedo dejarla en manos de alguien que no valora mi arte como se merece, pero, sobre todo, no puedo dejar mi vida en manos de alguien que me miente y me manipula.
Abro las puertas del armario y deslizo los dedos por las perchas, observando hileras de ropa que de repente me parecen de otra persona.
Soy consciente de que, desde que empecé en la discográfica, mi estilo ha ido evolucionando…
pero ¿hasta qué punto ha sido un cambio genuino?
, ¿de verdad yo misma me hubiese comprado por propia voluntad este blazer con flecos?
Probablemente no. Y si quiero dominar desde el principio esta reunión, mi ropa debe ser toda una declaración de intenciones.
Dos golpes suaves en la puerta del vestidor me sacan de mis pensamientos, seguidos por la cabeza de Nora que se asoma con cautela. Nunca aprenderá a esperarse a recibir una respuesta para entrar.
—¿Has podido dormir algo? —me saluda.
Le señalo la taza de café frío sobre la cómoda para que sea ella la que saque sus propias conclusiones.
Nora me sonríe en un gesto de compasión, entra del todo pisando la moqueta mullida, aparta mi albornoz y se sienta con las piernas cruzadas en el puf de terciopelo granate.
Ella ya está lista para salir de aquí. Miro el reloj, porque siempre suele ser ella la que va con retraso, pero esta vez soy yo la que va tarde.
En ropa interior, rebusco en un cajón hasta dar con un top básico blanco, y unos shorts desgastados.
Después, me muevo hacia la zona en la que están los zapatos, me deshago de la primera fila de botas aburridas de colores tierra empujándolas con el pie y rebusco detrás.
Ahí está, mi colección de botas: las blancas decoradas con pedrería azul y tachuelas plateadas alrededor del empeine; las rojas llenas de remates blancos; las metalizadas y verdes… Todas.
Las pobres no han visto demasiado la luz desde hace algún tiempo porque, según mis estilistas, «hay una línea muy fina entre ser country y hortera, y tú no sabes distinguirla». Pero hoy es el día de empezar a cruzar líneas.
—¿Cuál de las dos te parecen peor?
Me doy la vuelta y dejo boquiabierta a Nora enseñándole dos pares que sostengo por el tacón: uno rosa con la suela roja y corazones a juego repartidos estratégicamente, y otro plateado con purpurina y flecos.
—Cualquiera de las dos le horrorizaría —se ríe, refiriéndose a Alen.
—¡Adjudicado! ¡Me quedo con las rosas!
Me siento en la alfombra para calzármelas. En cuanto asimila que voy completamente en serio, su cara cambia por completo.
—Savannah…, sabes que esto a Alen no le va a gustar ni un pelo, ¿no? —advierte, inclinándose hacia delante—. Va a tomárselo como un desafío antes de que abras la boca.
—Estoy segura de que mi conjunto es lo que más le va a gustar de la reunión de hoy —le aseguro, guiñándole un ojo mientras tiro con fuerza de las cañas de mis botas rosas para encajarlas bien.
Al ponerme en pie y escuchar el golpe firme de los tacones contra el suelo, me siento un poco más yo.
Salimos de casa en menos de veinte minutos, pero el tráfico de la ciudad no está de nuestra parte y tardamos más de una hora en llegar al centro de Los Ángeles.
Sesenta minutos eternos en los que me da tiempo a repasar lo que le tengo que decir a Alen, cambiar el discurso, ponerme nerviosa, volverlo a analizar y desecharlo por completo antes de empezar de nuevo.
A estas alturas, ya he ensayado mentalmente todas las formas posibles de decirle que no quiero actuar, pero ninguna me convence.
Jeremy, que al parecer lleva despierto desde hace mucho más tiempo que yo, no ha parado de mensajearme en toda la mañana para saber si he tomado una decisión ya o si necesito su ayuda antes de lo previsto.
El problema es que ahora, justo cuando me vendría bien tenerle al otro lado, ha desaparecido.
Debe de haber entrado ya al set de grabación de la marca con la que está colaborando.
Ayer, se fue de mi apartamento poco antes de las cinco y quedamos en que, una vez él acabase, se pasaría por la discográfica por si algo se salía de madre.
Aunque, siendo realistas, ambos dudamos de que lo dejen pasar de la recepción, la verdad.
Y, por si fuera poco, esta noche tengo la gala benéfica con Ewan.
Sé que, si las cosas se ponen feas de verdad en el despacho de Alen, no tendría ni por qué aparecer en la alfombra, pero lo haré de todos modos.
Ya no lo hago por la discográfica ni por la nueva imagen que quieren construir a mi alrededor, que ya me importa bien poco, sino por Ewan.
No pienso darle la espalda después de todo lo que ha hecho por mí…
y porque, siendo sincera, es de las pocas personas que últimamente no me hacen sentir que todo esto de la fama es un intercambio constante de falsos favores. Con él es todo lo contrario.
Supongo que, al final, pese a lo que me habían repetido una y otra vez —y la versión que yo misma me había tragado sin darme cuenta—, sí puedes encontrar gente de verdad en la industria.
El chófer nos deja en la puerta de la discográfica. Ya en la calle, inspiro una última bocanada de aire fresco y Nora me da un sutil apretón de manos antes de cruzar las puertas giratorias.
Una vez dentro, saludo a Jimmy, el recepcionista que lleva en su puesto casi un año desde que acabó sus prácticas y decidió continuar de manera totalmente altruista.
«Todo por la música», me dijo en la última fiesta de la empresa.
Yo pienso lo mismo, y por eso estoy haciendo esto. Supongo que cada uno lucha a su manera.
Camino hacia los ascensores privados manteniendo la espalda recta.
El sonido de estas botas contra el suelo de mármol de la recepción resuena como disparos en un desierto.
«Devolvedme el dinero si no queréis que apriete el gatillo», eso es lo que diría Savannah Morgan en una película de Clint Eastwood.
Entramos en el ascensor, Nora pulsa el botón del ático y las puertas de cristal se cierran, tragándose el ruido que siempre hay en el vestíbulo.
La planta de Alen, pese a ser un espacio abierto como el resto de la discográfica, hoy la veo lúgubre e infinita, como el pasillo del Hotel Overlook de El resplandor .
Solo que, en lugar de las gemelas Grady, a quien me encuentro hoy es a Kelly, la secretaria de Alen.
—Buenos días, Kelly —la saludo, pasando por su lado a buen ritmo.
No pienso detenerme.
—Oh, Savannah —consigue articular, saliendo de detrás de su mesa. Intenta corretear detrás de mí, pero no llega a alcanzarme—. El señor Alen me ha dicho que debes esperar a…
No la dejo terminar. Agarro el pomo de su despacho, empujo la puerta de cristal sin molestarme en llamar y entro como un torbellino con unas horterísimas y monísimas botas rosas dispuesto a arrasar con todo.
—¿Savannah? ¿Qué haces aquí? —Alen levanta la vista del ordenador, desubicado—. Le he dicho a Kelly que todavía no estaba disponible.
—¿Kelly? Debe de estar en el baño o algo, porque ahí no había nadie —miento sin pestañear. Tampoco es cuestión de que despidan a la pobre chica por no saber pararme los pies—. ¿Quieres que espere fuera a que termines… lo que quiera que estés haciendo? —le sonrío con una inocencia fingida.
Él intenta mirar a través del cristal hacia el puesto de Kelly, pero yo muevo la cabeza a su mismo ritmo para bloquearle la visión.
Nora, al percatarse de lo que estoy haciendo, se suma al boicot y comienza a bostezar mientras estira los brazos, desperezándose hasta convertirse en una barrera que tapa el ángulo por completo.
—No, ya da igual —resopla Alen, dándose por vencido frente a nuestra barrera humana—. Sentaos, pero dadme un minuto, por favor.