CAPÍTULO 49 #2
Knox se rinde, coge su plato y arrastra los pies hacia el final del local.
No me muevo de mi sitio hasta que me aseguro de que ha plantado su trasero y no va a seguirme hasta la barra.
Lo observo desplomarse con brusquedad en una de las sillas de la mesa redonda, dedicándole una sonrisa forzada a Olivia para disimular el cabreo.
Con ese fuego controlado, me giro sobre mis talones y me meto detrás de la barra. Brooke, a diferencia de Danny, tiene el radar encendido. Corta la conversación con el cliente con una sonrisa fingida y se acerca a mí a toda prisa con una bandeja de acero inoxidable bajo el brazo.
—¿Qué tal ha ido? —se interesa en un susurro nada propio de ella.
En lugar de contestarle, echo un vistazo de reojo al tipo del traje, que sigue intentando captar la atención de Brooke, y luego miro de reojo la mesa del fondo donde Knox, Devon y Olivia me esperan.
—A ese tipo de ahí, ¿le queda mucho? —le pregunto, con la voz cargada del cansancio de todo el día.
Ella niega con la cabeza.
—Ya está servido y ya ha pagado. ¿Por qué?
—Genial, pues pon el cartel de cerrado en la puerta principal y, en cuanto se vacíe, echamos el pestillo. Necesito desconectar de este día de mierda antes de que me estalle la cabeza.
Ella me mira un poco estupefacta, pero no me cuestiona, no vaya a ser que cambie de opinión y tenga que seguir trabajando. Pero no lo pienso hacer. Estoy cansadísimo.
—A sus órdenes, jefe —dice Brooke, guiñándome un ojo antes de salir disparada hacia la entrada, celebrando tener el resto de la noche libre.
Aprovecho que me quedo solo en la barra para tomar el control de los grifos.
Saco cinco jarras del congelador y tiro las mismas cervezas con una densidad de espuma perfecta.
Para Olivia, busco en la nevera un té frío de melocotón.
En la bandeja pongo algo de picar y salgo de la barra justo cuando Brooke regresa.
—¿Te llevas esto? —le pregunto, indicándole la bandeja con un gesto de la barbilla—. Yo voy a rescatar a Danny.
—¡Rescata algo más de comer ya que vas para allá! —me grita sin frenar el paso hacia la mesa del fondo.
En la cocina, Danny está terminando de limpiar la plancha, con la música del móvil a todo volumen.
—Eh, chef —le anuncio, dándole un toque en el hombro—. Ya hemos echado el cierre. Dime que has dejado algo más de sobra.
—Tengo un par de platos gigantes de patatas fritas que acabo de sacar de la freidora —señala.
—De sobra. Con eso y unos botes de salsa, tendremos que apañarnos.
Pillo los dos platos y sigo a Danny, que cruza el salón hasta llegar a la mesa redonda del fondo. Brooke ya ha colocado las cervezas frente a sus respectivos dueños y ha añadido unas sillas más para que quepamos todos.
Dejamos la comida en el centro, Danny se sienta al lado de Brooke, y yo, por descarte, me desplomo en la silla libre al lado de Devon.
—¿Qué tal el ginecólogo, chicos? —me intereso.
—La niña está genial, ya pesa dos kilos —nos informa Olivia, pasándose una mano por la barriga con una sonrisa.
Se le nota cansada, pero está más radiante que nunca y se le ilumina la cara cada vez que habla de la pequeña.
Es verla y resulta imposible no acordarse de la fiesta.
Fue hace solo cuatro días, aunque, con todo lo que me ha pasado de por medio, a mí me parece una eternidad.
Por culpa de Chrishell sé que hubo tensión y que estuvimos a punto de cargárnoslo todo.
De hecho, tuvimos que hacer milagros para disimular lo que pasaba por detrás, pero en cuanto Devon abrió la carta y descubrieron que venía una niña en camino, rompió a llorar como una magdalena.
Solo por verle esa cara, volvería a montar aquel circo una y otra vez.
—Y no solo hemos ido al médico —añade Devon, mirándola con una ternura que me da hasta envidia—. Después hemos ido a comprar los muebles para la habitación del bebé. Ya tenemos reservado el cambiador, la cuna…
Lo cierto es que, cuando empezaron a salir, yo no daba un duro por ellos. De hecho, llevan casi el mismo tiempo embarazados que saliendo de forma oficial, pero cada mes que pasa los noto más unidos. ¿Estaré en algún momento de mi vida así? ¿Será con Savannah? Ojalá.
Tampoco es que lo quiera ya de ya, claro. Ni siquiera sé si me gustaría ser padre en un futuro cercano, y con el ritmo de vida que ella lleva sé que sería algo jodidamente complicado de manejar… Pero, no sé, supongo que verlos así me hace desear esa misma tranquilidad.
—¿Dylan? —Oigo mi nombre en la lejanía—. ¿Dylan?
—¿Qué? —Agito la cabeza para obligarme a salir del bucle.
—Que si crees que me podrás echar una mano con el montaje —me repite Devon con una mueca nada paciente—. Eres al que mejor se le dan estas cosas.
—Oh, claro, tío. Perdona, he disociado fuerte por un momento. Estaba pensando en… No sé qué estaba pensando, la verdad.
—Yo sí que sé lo que estabas pensando —salta Olivia—. En contarnos de una vez por todas qué ha pasado con Chrishell.
Está claro que el embarazo solo ha aumentado sus ganas de cotillear.
—Yo le he preguntado en el coche y ha pasado de mí —apunta Knox—. A ver si tú tienes más suerte.
—De mí también ha pasado —corrobora Brooke, llevándose una patata a la boca.
—El otro día vino a la cafetería —continúa Olivia—, y yo estaba echándole una mano a mi madre con algunas mesas, y me preguntó por ti… Igual me fui de la lengua diciendo que no estabas en el pueblo. Lo siento.
—Tú no tienes la culpa de nada, Olivia. Tú no has llamado a un distribuidor de cerveza con la intención de robarme todo mi trabajo.
—O sea que ha llegado a firmar el contrato —concluye Olivia con la voz apagada.
Asiento.
—Pero gracias a Knox y a Brooke hemos conseguido modificar la receta y salvar mi cerveza.
Si no llega a ser por vosotros, chicos… —Alzo la jarra que llevo en la mano antes de darle un trago largo—.
Solo estoy jodido porque ha registrado la marca a su nombre —les desvelo—, pero bueno…
, solo son letras, ¿no? —intento consolarme.
—¿Qué dices, Dylan? Sabes de sobra que no son solo son letras. Tiene tu apellido —me discute Danny—. Tienes que demandarla.
—Lo he estado pensando de camino aquí y es prácticamente imposible que tenga la marca concedida.
Las cosas no funcionan tan rápido. Lo habrá dicho solo para acojonarme, ¿o quizá es un farol?
Ni idea, pero ya me da igual. Podría hablar con mi hermano, que es abogado —explico por si alguno de ellos no se acuerda, sobre todo Danny—, pero no sé si me merece la pena.
Tengo la opción de presentar una apelación o incluso meterle una demanda por registro de mala fe; el problema es que tendría que entrar en un laberinto de abogados, juicios…
un trámite que no me apetece nada y se podría extender fácilmente durante más de un año.
¿Tengo energía para eso? Probablemente sí, pero no me compensa.
Si impugno la solicitud ahora, el lanzamiento se paralizará y prefiero que se lo quede todo.
Va a ser mucho más divertido cuando la distribuidora pruebe a producir mi cerveza modificada en su fábrica.
Además, si el grupo de Whittaker hace un anuncio de que ha comprado una nueva marca, ya no quiero recuperar ese nombre.
Lo sentiría sucio, me recordaría a todo esto…
¿Y no decía Chrishell que mi marketing no era nada bueno?
Entonces no me costará nada empezar de cero.
Tengo lo más importante: la receta y mi conocimiento.
—Dios, eres jodidamente maquiavélico cuando te lo propones —admite Brooke, mirándome con una mezcla de absoluto respeto y diversión—. Lo cierto es que no sé cómo la cabeza hueca de Chrishell llegó a pensar que todo esto era una buena idea.
—Le podría haber salido muy bien la jugada si no llega a ser por vosotros. Porque, aunque luego hubiese conseguido demandarla, mi receta ya estaría en manos de otra persona, que es lo que más temo —explico—. Os quiero, chicos.
Brindo por todos, chocando mi jarra contra la de los demás.
Olivia suspira, notablemente aliviada, y se apoya en el hombro de Devon con una sonrisa.
—Me alegro tanto de que estés bien, Dylan —me dice, mirándome con unos ojos que, de repente, empiezan a brillar más de la cuenta.
—Cariño, ¿por qué lloras? —le pregunta Devon, abriendo mucho los ojos mientras le limpia una lágrima de la mejilla con el pulgar.
—No lo sé —solloza ella, sorbiendo por la nariz con una sonrisa tímida—, son las hormonas.
Brooke alarga el brazo, coge una servilleta de la mesa de al lado y se la tiende a su amiga.
Hay un último problema que no he compartido, pero están tan felices, que me lo trago con un sorbo más de cerveza. Ahora, lo primero que tengo que hacer es sacar toda mi producción de la fábrica de Nolan cuanto antes, pero lo que todavía no tengo muy claro es qué coño voy a hacer con ella después.
Es cierto que todo esto me ha hecho reflexionar y ver lo que de verdad quiero hacer con mi cerveza. Es algo demasiado importante para mí y, aunque al principio me costó verlo claro, ahora tengo una nueva idea de negocio rondándome la cabeza. Pero para eso, primero tendré que hacer unas llamadas…