Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 49
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CAPÍTULO 49

Dylan

Ahora...

S algo de mi casa con una sensación extraña.

Es una mezcla entre el alivio de saber que el plan ha salido exactamente como quería y el peso de la culpabilidad de haber tomado las decisiones que me han traído hasta aquí.

Está claro que, a veces, nos autoconvencemos de que estamos haciendo lo correcto pese a que todo el mundo esté viendo lo contrario.

Nos ponemos una venda en los ojos y avanzamos destrozándolo todo a nuestro paso.

Hasta que por fin se cae la venda.

Ahora entiendo a Savannah. Entiendo el mecanismo exacto que la llevó a tomar aquella decisión en el pasado y que le he estado reprochando desde que se fue.

Es jodidamente fácil juzgar desde fuera hasta que te encuentras tú solo en mitad de la tormenta, eligiendo la carretera que parece menos inundada.

Savannah, poniendo tierra de por medio, creía que hacía lo correcto; al igual que yo al intentar formar algo junto a alguien narcisista al que nunca le importé lo suficiente, solo porque me hacía sentir…

menos vacío. Ella se dejó engañar por Alen y yo por Chrishell.

Pero al menos los dos estamos saliendo del bache.

Cruzo el rancho, hacia la furgoneta de Knox, no sin antes hacer una parada rápida en el establo.

Arrastro la pesada puerta de madera con las dos manos y tiro de la cuerda que da luz a este lugar.

La bombilla parpadea un par de veces antes de alumbrar el pasillo con un brillo amarillo y cálido, suspendido entre motas de polvo.

Unos resoplidos bajos y rítmicos rompen el silencio.

Camino por el pasillo hasta el último box de la izquierda.

—Hola, chico —murmuro, con la voz más agotada de lo habitual.

Machine asoma su enorme cabeza oscura por encima de la valla de madera, agitando las orejas al reconocer el sonido de mis botas.

Meto la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saco un par de terrones de azúcar que siempre acabo olvidando ahí dentro. Se los ofrezco sobre mi palma y él los hace desaparecer de un lengüetazo.

—¿Me has echado de menos, aunque solo sea por esto? —Apoyo los brazos en el borde de la madera y dejo que descanse su pesada frente contra mi hombro.

Knox no suele consentirlo tanto, como mucho, le da medio plátano cuando acaba con un recorrido.

Dice que darle demasiada azúcar puede provocarle problemas digestivos.

Me gustaría saber cuándo se ha convertido en un experto en caballos, porque mi familia los ha tenido toda la vida y no pasa nada por un terrón al día.

—En nada vuelvo a estar en casa, compañero —le prometo, dándole una última palmada suave—. Volveremos a salir a primera hora de la mañana, antes de que el sol empiece a pegar fuerte.

Machine resopla contra mi cuello, de acuerdo con el plan.

Me separo del box y echo un vistazo rápido alrededor para asegurarme de que tanto él como el resto de los caballos tienen todo lo que necesitan.

Me cercioro de que el goteo del bebedero automático funciona y esparzo con la bota el heno fresco de la esquina.

Tengo que admitirlo: Knox hace bien su trabajo.

Antes de marcharme, me acerco a la cesta de mimbre que hay al principio del pasillo y cojo unas cuantas manzanas rojas.

Corto tres de ellas a la mitad con la navaja que llevo en el bolsillo y voy recorriendo el establo.

Le dejo un trozo a cada caballo y guardo el más grande para el comedero de Machine, que me sigue con la mirada mientras mastica feliz.

—Pórtate bien —le digo con un último silbido bajo.

Salgo del establo y arrastro de nuevo la puerta de madera para dejarla encajada.

Knox me espera en el arcén, a las afueras de la propiedad; no hemos metido la furgoneta para que Chrishell no oyera el ruido de la verja.

Tiene las luces de emergencia encendidas y desde aquí ya puedo oír el bajo amortiguado de la música.

—Ya estoy —le digo, subiendo de un salto al asiento del copiloto.

—¿Qué tal ha ido? —Baja el sonido de la radio.

—No me apetece mucho hablar ahora. ¿Lo dejamos para luego? —Vamos directos al bar, donde hemos dejado a Brooke antes de venir aquí —. Siento que tengas que estar haciendo de chófer, tío. Debería haber cogido la moto.

—No hay problema. ¿Cuántas veces has hecho tú lo mismo cuando íbamos ciegos? Uf, cómo echo de menos una buena borrachera —divaga en voz alta, metiendo primera—. Por cierto, ¿dónde está tu camioneta?

Apoyo la cabeza contra la ventanilla, soltando un bufido.

—Tirada en una puta gasolinera en mitad de la nada en Memphis.

Le cuento el resto de la historia lo más rápido posible, pero es que es imposible de resumir.

«Menos mal que no me apetecía hablar…», pienso cuando termino.

—Me estás vacilando.

—Nada me gustaría más. Pero no. —Mi amigo empieza a reírse tan fuerte que el volante le tiembla en las manos.

Tengo que darle un empujón en el hombro para que pare—.

Le he tenido que dejar las llaves al tío de la gasolinera para que la grúa se la pueda llevar al taller, vacíen el tanque y limpien los inyectores si pretendo seguir usándola.

—Eres un santo, tío —dice Knox, recuperando el aliento mientras reduce la velocidad para entrar en la calle del bar—. Si a mí una tía me mete diésel en el motor, la dejo en el arcén con sus maletas y que se busque la vida en autostop.

—Ya, bueno. A ver si dices lo mismo cuando te pase algo parecido a ti —le suelto, sabiendo que, enamorado, él también lo dejaría pasar.

Knox gira a la izquierda y mete la furgoneta en el callejón trasero del bar, justo al lado de los contenedores de reciclaje y el enorme cartón del nuevo cartel del Loopsie's.

Lo mandé hacer hace casi un mes y por fin está aquí.

Con todo lo que ha pasado estas semanas, se me había olvidado por completo.

A través de la puerta trasera metálica del local, que está entornada para que corra un poco de aire, ya se escucha el chisporroteo de las freidoras de la cocina.

Knox va delante, empuja la puerta de metal con el hombro y el calor de los fogones, mezclado con el olor a patatas fritas y beicon, nos da de lleno.

Joder, qué hambre.

Danny está de espaldas a nosotros, concentrado frente a la plancha. Al escuchar nuestros pasos, ni siquiera se digna a girarse. Cuando pasamos por detrás de él, Knox estira el brazo hacia el mostrador y echa el guante a unas alitas de pollo recién rebozadas que Danny acaba de emplatar.

—Suelta eso, troglodita. Son para la mesa cuatro —le espeta Danny, dándole un golpe seco en la mano con el reverso del metal de la espátula. Knox ni se inmuta; le da un mordisco enorme a una de las alitas con una sonrisa de suficiencia—. Te he dicho mil veces que no toques la comida.

—Pues esta está fría —masculla Knox con la boca llena, apoyando el hombro contra la mesa e invadiendo a propósito el espacio de Danny.

Mi cocinero lo ignora y yo también, porque sé que eso es imposible; se ve perfectamente el humo salir del plato.

—Cuando ya no queden más comandas, vente con nosotros fuera —le propongo—. Hoy vamos a cerrar antes.

Me apetece tener una noche con mis amigos en mi bar sin que nadie nos interrumpa. Ya es hora de volver a las viejas costumbres.

Danny echa un vistazo al puñado de tiques que tiene colgados en la barra metálica y se pasa el dorso del brazo por la frente para secarse el sudor.

—Dame diez minutos. Solo me queda sacar un par de platos y cierro ya —responde, bajando el fuego de una de las freidoras—. Eso si el parásito que hay ahí deja de comerse todo lo que preparo. —Le lanza una mirada asesina a Knox, que ya le está hincando el diente a la segunda alita.

—No te preocupes, ya nos vamos. —Agarro a Knox por la nuca para arrastrarlo fuera de la cocina.

—Pero esto me lo puedo llevar, ¿verdad? —Alza el plato de alitas a medio comer.

Asiento para salir de ahí lo antes posible y le pido perdón a Danny con un gesto.

Cruzamos hasta el salón principal del bar, que hoy, al ser entre semana, tiene un ambiente mucho más tranquilo.

Echo un vistazo rápido al fondo y diviso a Devon y Olivia sentados en una de las mesas circulares de madera.

Tienen las manos entrelazadas y hablan agachados, como si no quisieran que nadie los escuche.

Espero que todo haya ido bien en el ginecólogo.

Me giro para decirle a Knox que se vaya con ellos mientras yo echo una mano en la barra, pero mi amigo ni siquiera me está mirando. Tiene los ojos clavados en otro lugar.

Brooke está allí, de espaldas a nosotros.

Se ha quitado la camiseta térmica negra y ahora lleva un top negro de tirantes que deja al descubierto todos sus tatuajes.

Está hablando y ganándose la propina de un tipo que no he visto en mi vida.

Knox aprieta tanto la mandíbula que casi puedo oír el crujido de sus dientes desde aquí.

—¿Qué tal si antes de irte a la mesa con Olivia y Devon cambias el canal? —improviso lo primero que se me ocurre para hacer que desconecte—. El mando está detrás de uno de los altavoces.

Knox sacude la cabeza y aparta la vista de la barra. Asiente, pese a que creo que no me ha escuchado una sola palabra de lo que he dicho, y hace el amago de dirigirse hacia las mesas, pero se arrepiente justo antes.

—Voy a pedirle a Brooke que me ponga una cerveza y ahora voy… —masculla, dejando caer el plato de alitas todavía lleno sobre la mesa más cercana.

—Knox, en serio, deja que trabaje y cambia el canal… —intento ponerme firme, devolviéndole el plato de alitas a las manos.

—Me estoy muriendo de sed, Dylan. Las alitas secas y picantes de tu cocinero me han dejado la boca hecha un trapo —me corta.

—Mala suerte. Así la próxima vez no metes las manos donde no te toca —le espeto, plantándome frente a él para cortarle el paso hacia la barra—. Yo mismo te llevo la cerveza a la mesa, pero muévete hacia allí, anda.