CAPÍTULO 48
Dylan
Seis horas antes...
O dio los aeropuertos. Por un lado, tenemos a la gente que corre de un lado para otro y, como no te apartes, te arrolla.
Y luego, por otro, tenemos a la gente que va con sus auriculares de cancelación de ruido, lentos y mirando sus pantallas, los cuales, si tampoco te apartas, también te arrollan.
Justo el tipo de entorno egoísta que detesto.
Acelero el paso hacia la salida de la terminal, esquivando a un gordo trajeado que casi me clava su maleta de ruedas en la espinilla.
Apenas he dormido un par de horas en el avión y, pese a que acabo de hablar con ella por teléfono, todavía tengo el regusto amargo de las últimas horas con Savannah flotando en la cabeza.
Sé que no hemos acabado mal, pero, al igual que a ella, me aterra volvernos a separar.
Aun así, ante ella debía mostrarme fuerte.
Cruzo las puertas correderas de cristal y el calor de la media mañana me da la bienvenida. Al fondo de la zona de recogida de vehículos, diviso la vieja furgoneta de Knox. He aterrizado hace un rato, pero no ha podido venir a recogerme hasta ahora.
Knox está apoyado contra la puerta del conductor.
Viste sus vaqueros desgastados de siempre y una camisa de franela con las mangas remangadas hasta los codos.
Huele a sudor y a establo; es evidente que viene directo de pasar la mañana con mis caballos.
Al verme, escupe el palillo que lleva entre los dientes y me dedica un asentimiento de cabeza.
Me subo a la furgoneta cerrando la puerta con fuerza.
—Arranca de una vez, Knox. Tenemos que llegar al pueblo ya.
Knox mete la marcha con un golpe brusco y salimos del carril del aeropuerto con un derrape. Me mira de reojo, notando mi impaciencia.
—Siento haber llegado justo de tiempo… se me ha complicado la mañana en el rancho. Si le metemos caña a la furgoneta, todavía podemos pillar a Chrishell en tu casa. Solo hay que enfrentarla antes de que salga de allí.
—No —le interrumpo de golpe, fijando la vista en el paisaje árido de la carretera—. Eso sería lo fácil. Y Chrishell no se merece que se lo ponga tan fácil.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi amigo?
—He tenido cuatro horas de vuelo desde Los Ángeles para pensarlo muy bien, Knox.
Su gran sueño siempre ha sido ser una empresaria de éxito, una tía respetada en el mundillo de los negocios.
Si voy ahora y la detengo, no aprenderá la lección; necesita vender mi cerveza a mis espaldas para escarmentar... y va a vender una auténtica mierda.
Knox desvía los ojos hacia mí, perdiendo el hilo de la conversación y la noción de la carretera.
—¿Y qué quieres hacer?
—Si va a vender mi cerveza, al tipo no le va a bastar con la receta en un papel, que es lo que ella pretende —le explico, entrelazando los dedos mientras trazo la jugada en mi cabeza—.
Cualquiera con dos dedos de frente sabe que los ingredientes no sirven de nada sin el proceso técnico, cosa que estoy seguro de que Chrishell no tiene, porque nunca le ha interesado la producción.
Whittaker querrá ir a la fábrica para comprobar el proceso exacto y, como ella no tiene ni idea de nada de eso, se verá obligada a llevarlo hasta allí para enseñarle los paneles.
Así que voy a joder todos los lotes que están en las diferentes fases, pero va a merecer la pena.
—¿Te vas a cargar tu propia producción? —Knox silba bajito, impresionado—. Estás colgado, tío.
—Voy a llamar a estos. Necesitamos refuerzos.
Knox me mira de reojo y esta vez su sonrisa es idéntica a la mía mientras pisa el acelerador a fondo.
El trayecto de vuelta al pueblo se convierte en una ronda rápida de llamadas en manos libres.
Devon es el primero en descolgar, pero su respuesta es un susurro apurado entre el ruido de fondo de una sala de espera.
Olivia tiene ginecólogo y ni de coña va a jugarse el pellejo saltándose eso.
La siguiente llamada es para Danny. No le digo que se sume al plan, sino que le pido que cubra la barra el rato que voy a necesitar a Brooke.
Cuando llamamos a Brooke, se supone que debería estar ya entrando por la puerta del bar para empezar su turno, sin embargo, responde con la respiración algo agitada y jura que justo la hemos pillado saliendo del coche.
Sé que es una mentira del tamaño de Tennessee.
Llegaba tarde, como siempre. Pero no le recrimino nada, le cuento el plan por encima y le digo que en un cuarto de hora la recogemos.
Aparcamos en doble fila cerca de su casa y, para mi alivio, no nos hace esperar demasiado. Se sube de un salto a la parte de atrás antes de que Knox vuelva a pisar el acelerador hacia el rancho del viejo Nolan.
Para cuando aparcamos entre los árboles que ocultan la entrada trasera del granero, Brooke ya está metida de lleno en su papel. Baja disparada y corre hacia la entrada.
—No hace falta que entres así. ¡No hay nadie! —le grito.
Para esta misión se ha vestido completamente de negro. No es raro verla de este color, pero sí tan tapada.
—Shhh —me sisea, rodando por el suelo de hormigón hasta parapetarse detrás de un palé de malta vacío—. ¿Puedes asegurar que no está Chrishell aquí?
Miro alrededor y abro mucho los ojos, señalando lo obvio. El granero está en absoluto silencio, bañado por la luz de mediodía que entra en diagonal por los altos ventanales.
—No subestimes nunca al enemigo —me recrimina.
Knox entra detrás de ella caminando con total parsimonia.
—Brooke, te has puesto una camiseta térmica y hace treinta grados a la sombra —le dice—. Creo que te ha dado un golpe de calor y estás empezando a desvariar.
—Se llama compromiso, Knox.
Knox suelta una carcajada que resuena por todo el granero.
—¡Vaya! ¿En serio sabes lo que es eso? Quién lo diría… Pensaba que esa palabra no existía en tu vocabulario.
—Sé perfectamente lo que significa —suelta ella, todavía desde el suelo—. Otra cosa es que a ti te guste confundir el compromiso con la necesidad de tener a alguien atado a tu correa las veinticuatro horas.
—A lo que tú llamas correa, yo lo llamo madurez —replica Knox, cruzándose de brazos—. Pero claro, pedirte que no salgas huyendo en cuanto las cosas se ponen un poco serias es pedirte demasiado… ¿Le dirías lo mismo a Danny?
Me limito a observarlos en silencio mientras avanzo por el pasillo central.
Me voy un par de días y estos dos ya vuelven a estar exactamente igual que antes.
Creía que ya lo habían solucionado, o al menos eso parecía ayer por teléfono, pero a estas alturas ya ni me molesto en preocuparme.
Su relación siempre será un ciclo destructivo que se repite cada tres semanas.
Cuando no se están acostando, se están matando. Y ahora parece que todo a la vez.
—No metas a Danny en esto, Knox. Danny no tiene nada que ver con que tú sigas tonteando con todo el pueblo...
—¡Ya basta, chicos! —les riño. No me apetece nada escucharlos gritar, y esto solo puede empeorar.
—Está bien, perdón —refunfuña Brooke, desviando los ojos de Knox con un esfuerzo descomunal—.
Es que el cavernícola este me saca de mis casillas.
Ya estoy centrada de nuevo. A lo que vamos.
—Gatea decidida hacia la caja de fusibles principal, pegada a la pared de ladrillo visto—. ¿Qué cables hay que cortar?
—¿Qué dices, Brooke? Solo hay que teclear una contraseña en el portátil. No estamos robando el Pentágono —digo, cruzando el espacio entre los enormes cilindros de acero inoxidable hacia la mesa de control—. Y, por favor, levántate del suelo.
Abro la tapa de mi ordenador mientras escucho a Knox soltar un suspiro pesado detrás de mí.
Lo observo de reojo avanzar hacia la caja de fusibles, donde sujeta a Brooke suavemente por los hombros y la alza del suelo como si fuera una niña pequeña.
Hace oídos sordos a sus quejas mientras se esmera en sacudirle el polvo de los vaqueros oscuros.
Me llevo una mano a la cara y me froto los ojos por el cansancio acumulado del viaje. Madre mía, qué gente… Siento que aquí me hace falta alguien con dos dedos de frente para igualar el terreno.
—¿Podéis callaros un momento? —pido, mientras abro el software de control central y ellos siguen cuchicheando enfadados a mis espaldas. Si lo llego a saber, vengo solo—. Brooke, ¿puedes echar un vistazo a la puerta principal?
Si los separo, igual se calman. Brooke le dedica una última mirada asesina antes de darse la vuelta y caminar hacia la entrada con sus botas militares haciendo eco en el hormigón.
Cuando se aleja lo suficiente, me concentro en el monitor.
He pasado noches en vela midiendo la densidad y controlando el lúpulo para mejorar la receta de mi abuelo.
Sabotear mi propio trabajo me duele en el alma, pero no tengo más remedio.
—¿Cuál es tu plan? —me pregunta Knox ahora que estamos solos, dejando caer una mano sobre mi hombro.
—Básicamente, modificar el software de control y reprogramar las pantallas digitales de los tanques para que muestren un perfil técnico distinto —le enseño los gráficos—.
Lo más sencillo sería subir los grados hasta una temperatura ambiente.
Si dejas que la levadura fermente demasiado caliente en mitad del ciclo, devora los azúcares y empieza a producir alcoholes más agresivos.
En lugar de nuestro sabor suave, saldría algo parecido a disolvente —le explico, sin apartar los ojos del monitor—.
El problema está en que eso se lo puedes colar a Chrishell, que no tiene ni idea…
, pero no a alguien competente. Vería esos números en la pantalla y sabría que el sistema de refrigeración está fallando.
—Vale… —Knox se inclina más sobre la pantalla—. Entonces, ¿cómo se la vas a colar a un profesional?
—He dejado la temperatura intacta —le digo, ejecutando una línea de comandos—. Lo que he cambiado está en el informe del servidor… y en estos valores de aquí. —Señalo los números—. La cantidad exacta de levadura y los niveles de presión de los tanques.
Knox arruga la frente, intentando descifrar los nuevos números verdes que parpadean en el monitor.
—¿Y eso qué cambia?
—A simple vista, nada raro. De hecho, parece hasta mejor optimizado —respondo—.
Pero cuando metan estos mismos parámetros en reactores industriales…
La levadura no responderá igual a gran escala.
Con esa presión y esa cantidad de inoculación, se estresará a mitad del proceso.
Y cuando se estresa… empieza a producir diacetilo.
—¿Y eso es malo? Sabes que no entiendo ni una palabra de lo que dices cuando hablas así.
—Sabor a rancio —respondo sin rodeos—. Una textura densa y pesada, como mantequilla en mal estado. Imposible de vender, vaya.
Knox asiente, pero entorna los ojos con duda.
—¿Y si al tío le da por hacer una prueba en un barril pequeño para asegurarse antes de fabricar a lo grande?
—También la he blindado para eso —admito con una sonrisa fría mientras tecleo los últimos parámetros—.
He recortado a la mitad el tiempo de maduración en frío.
Sin esos días extra de reposo, la levadura no termina de asentarse y el lote se irá a la mierda.
—Levanto la vista hacia los tanques—. Da igual si lo intentan en un tanque industrial o en un cubo de plástico: la cerveza les va a salir turbia y se les va a oxidar.
No hay forma de que repliquen el sabor de la receta de mi abuelo con estos datos.
Un leve pitido digital resuena en el almacén. A unos metros de nosotros, las pantallas de los tanques de acero parpadean, adoptando de inmediato los datos falsos.
—Ya está —sentencio, cerrando el software de producción—. Chrishell va a firmar el contrato de su vida.