CAPÍTULO 47 #3
—¿Qué pasa, Dylan? —Sonrío al ver que no se ha percatado de mi despiste—. ¿La muñequita de Los Ángeles ya se ha cansado de ti? Era algo bastante obvio que iba a pasar, pero no lo pagues conmigo. Si te ha mandado de vuelta al pueblo con el rabo entre las piernas, no es mi responsabilidad.
Los ojos de Dylan se oscurecen de una forma que me pone los pelos de punta.
—No metas a Savannah en esto. Esto va de ti y de lo rastrera que puedes llegar a ser. ¿Qué hacía Whittaker en el pueblo?
Al oír ese apellido se me tensa el cuerpo.
¿Lo sabe? No, es imposible que lo sepa y no haya hecho nada para evitarlo.
Pero tampoco tiene pinta de ser un farol.
Lo que más me descoloca es la línea temporal: si Dylan estaba al corriente, ¿por qué se ha quedado de brazos cruzados?
Habría tenido horas para hablar con Whittaker antes de la firma. Debe de acabar de pisar el pueblo.
No hay vuelta atrás.
Suelto la copa de cristal vacía, cojo la botella de chardonnay directamente por el cuello y le doy un trago largo, sintiendo cómo el alcohol me quema la garganta y me devuelve el valor que creía que estaba empezando a perder. Me relamo los labios y me planto frente a él.
—¿Quieres saber qué hacía Whittaker aquí, Dylan?
—le suelto, con una sonrisa—. Estaba firmando el contrato de su vida.
El contrato que tú fuiste demasiado inútil para conseguir.
He registrado la marca a mi nombre, vaciado tu base de datos y vendido los derechos de distribución en exclusiva.
Y para rematar, nos hemos dado un estupendo paseo por la fábrica.
Dylan ni se inmuta, lo que me pone todavía más nerviosa.
—No me mires así, como si yo fuera el monstruo de esta historia —le escupo, apuntándolo con el cuello de la botella—.
Sabes perfectamente que yo hice todo lo posible para que sacáramos esto adelante juntos.
Te di soluciones, te di mi tiempo y te ofrecí todo mi apoyo y los recursos de mi familia.
Pero tú decidiste tomar otro camino. Incluso aguanté que te acostases con…
otra. Pero tú preferiste largarte antes de resolver tus asuntos y dejar tirado tu negocio.
Su falta de reacción me arrastra a justificarme con más fuerza, sacando a relucir la artillería pesada.
—A nadie con dos dedos de frente se le ocurre largarse a la otra punta del país y dejar toda la fabricación desatendida en una propiedad que ni siquiera le pertenece.
Fuiste tú el que se fue, Dylan. Es el granero de mi abuelo, lo que significa que todo lo que hay dentro, cada tanque, cada máquina y cada maldito litro de esa cerveza, también me pertenece.
Es mi derecho de propiedad. Yo solo he hecho lo que tú no tuviste el valor de hacer, así que ahora no vengas a hacerme responsable de tu incompetencia.
Aguanto la respiración, esperando que estalle, que me grite que soy una ladrona o que me exija que rompa ese contrato.
Él no habla, en cambio, da un paso largo hacia mí, invadiendo por completo mi espacio, y me sostiene la mirada.
—Te arrepentirás de haber hecho esto, Chrishell —dice con una voz tan baja y peligrosa que me hace dar un paso atrás—.
Y ya que te gusta tanto hablar del derecho de propiedad privada, te recuerdo que esta casa está a mi nombre.
Si mañana no estás fuera de aquí a primera hora, te aseguro que seré yo mismo el que te eche a patadas.
Intento recuperar mi fachada de superioridad. Suelto una risa forzada, aferrando el cuello de la botella con tanta fuerza que me duelen los nudillos.
—Me da igual —le espeto, forzando mi mejor tono de desprecio—. El contrato ya está firmado. Yo he ganado.
—Qué previsible eres. —Una sonrisa lenta y gélida empieza a dibujarse en la comisura de sus labios.
Es una expresión tan despectiva que jamás se la había visto—.
Sabía que tu orgullo no te iba a dejar quedarte quieta, pero sobre todo sabía que una simple lista de ingredientes no te bastaría para convencer a nadie que tenga la menor idea de producción.
Estaba claro que te iba a exigir los puntos de fermentación exactos y las curvas de temperatura que controlan el software de los tanques.
Datos que solo se pueden sacar conectándose al servidor local, algo de lo que no tienes ni idea de cómo hacer porque nunca te ha interesado mi cerveza.
Así que, tal y como deduje, te habrá obligado a llevarlo a la fábrica para comprobar los tanques... ¿Qué tal el paseo?, ¿instructivo?
Un sudor frío me baja de repente por la nuca. No respondo.
—Igual lo que le has vendido a Whittaker no es lo que pensabas…
Me quedo sin aire. Las paredes de la cocina parecen cerrarse a mi alrededor.
—Disfruta del chardonnay —dice Dylan, dándose la vuelta—. Vas a necesitar cada gota cuando Whittaker fabrique la primera tanda.
El portazo de la entrada resuena en toda la casa.
La parálisis se rompe de golpe cuando la botella se me escurre de entre los dedos y estalla contra el suelo, salpicándome las piernas desnudas de cristales y alcohol.
Me quedo mirando el desastre mientras asimilo, con una angustia atroz en el estómago, que es muy probable que esté completamente arruinada por culpa de Dylan Parker.