Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 47 #2
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CAPÍTULO 47 #2

—Y, por supuesto, incluimos la cláusula estándar de saneamiento y garantías de calidad —añade Whittaker de pasada, señalando el papel con la punta de su estilográfica—.

Ya sabes, lo habitual en este tipo de contratos: una penalización recíproca de quinientos mil dólares por daños y perjuicios en caso de incumplimiento de cláusulas o vicios ocultos.

Por ejemplo, si yo no te pago o si el desglose de activos que me vendes tuviera algún defecto de origen, se anularía el contrato y el culpable asumiría la deuda acumulada más la penalización.

Es un trato limpio. No construí un imperio a base de timar a nadie.

—Trato hecho.

No le tengo ningún miedo a eso. Hace un par de horas he cogido personalmente la receta de la fábrica. Así que, saco el pen drive del bolso y lo planto delante de él, sin dárselo todavía.

—Perfecto —dice él, estampando su trazo grueso en la línea de puntos justo antes de que yo firme con mi elegante caligrafía.

Con ese último gesto, alarga la mano para coger la receta y conectarla a mi portátil.

—Pero… —empieza a revisar las líneas de datos con los ojos entrecerrados—, ¿qué es esto, niña?

, ¿me pretendes timar? Está la lista de ingredientes, pero falta la mitad de los datos de producción.

No veo los picos de temperatura, ni los niveles de presión de los tanques…

Sin los datos técnicos esto es papel mojado para mis ingenieros.

El estómago me da un vuelco, pero soy demasiado buena actriz como para que note mi ignorancia sobre la química cervecera. Abro un poco los ojos, fingiendo una perfecta sorpresa condescendiente.

—¿Oh? ¿No está adjunto? —pestañeo, soltando un suspiro de frustración mientras me coloco un mechón de pelo tras la oreja—.

Debe de haber sido mi asistente técnico.

Le ordené que empaquetara todo el bloque de datos del servidor y se le habrá pasado esa partición.

Ya sabes cómo es la gente del pueblo, hay que dárselo todo masticado.

Whittaker bufa, cruzándose de brazos sobre su prominente barriga.

—Es una absoluta pena que me dé igual tu excusa. Si no tengo en menos de cinco minutos el resto de los parámetros informáticos, tendrás que pagar una indemnización. Te recuerdo que tenemos un contrato firmado.

—Bueno, no se ponga así —digo, intentando mantener mi tono de superioridad. Aunque el corazón me va a mil por hora—. Puedo llamar a mi asistente y exigirle que...

—No tengo tiempo para que tu incompetente ayudante haga nada —me corta Whittaker, poniéndose de pie con pesadez—.

Nos vamos a la fábrica ahora mismo. Copiaré los datos de fermentación y los niveles de presión directamente de las pantallas digitales de tus tanques de maduración.

O me llevas ya, o considero esto un vicio oculto y activo la penalización de quinientos mil dólares.

No. No. No. Ir allí ahora mismo es un riesgo. Justo he ido antes porque sabía que no iba a haber nadie. Ahora me la juego a que aparezcan Danny o alguno de los perritos falderos de Dylan a cargar cajas para el bar.

Me muerdo el interior de mi mejilla, calculando el riesgo. Entre los amigos de mi ex y el señor Whittaker, tengo claro quién me da más miedo.

—De acuerdo —digo, cerrando la tapa del ordenador mientras me pongo de pie y cojo mi bolso—. Pero entraremos por la puerta trasera; no me gusta llamar la atención.

Whittaker me mira extrañado por encima de sus diminutas gafas de lectura.

—Ya sabe —le dedico una sonrisa cómplice e improvisada—, todavía no le he comentado a mis artesanos las buenas noticias y no quiero que se relajen antes de tiempo.

Madre mía, después del largo día de hoy, me debería abrir un cabernet sauvignon del Valle de Napa, pero lo máximo que he encontrado en la nevera ha sido un chardonnay de supermercado.

No es malo, porque yo jamás compraría un vino malo, pero desde luego no es merecedor de brindar por el contrato que he conseguido cerrar yo solita.

Ochenta mil dólares fijos en la cuenta y un siete por ciento de royalties bien valen una copa de cristal fino.

Pero brindo sola, así que qué más da. Al fin y al cabo, me puedo emborrachar con un vino de veinte dólares perfectamente.

Cierro el cajón de los cubiertos con un golpe de cadera y descorcho la botella al ritmo de la música.

Me sirvo una copa generosa y doy el primer trago mientras me apoyo contra la encimera de madera.

La soledad de la casa se me clava un poco en el pecho, pero la ahogo saboreando mi victoria. He ganado.

Llevo esperando un trato así toda mi vida. En la universidad intenté vender todas las ideas posibles, pero ninguna era lo suficientemente buena. Se ve que soy buenísima mejorando una idea, pero no creándola.

Subo el volumen de mi nueva playlist de Spotify, donde por supuesto no hay ni rastro de Savannah Morgan. Aunque ahora que lo pienso, debería brindar en su honor. Todo esto se lo debo a ella.

Alzo mi copa de chardonnay barato hacia el salón vacío, dedicándole un brindis imaginario a la chica que arruinó mi relación, pero salvó mi futuro.

Si a Savannah no se le hubiese ocurrido volver a Dukeforth, y si a Dylan no se le hubiera ocurrido tener la brillante idea de ponerse de su parte en lugar de defender a su novia, ahora mismo mi cuenta bancaria no estaría salvada para el resto de mi vida.

Yo seguiría atrapada en el papel de la novia secundaria y sumisa, viendo cómo él se llevaba la gloria con su estúpida marca de cerveza artesanal que ni siquiera quería explotar.

Yo sabía que se habían acostado. Claro que lo sabía.

Pero tragué saliva, me guardé el orgullo y decidí pasarlo por alto —con una pequeña indirecta a Savannah de por medio, por supuesto— porque mi único objetivo era estar con Dylan a toda costa.

Y gracias a su obsesión por proteger a Savannah, hoy me voy a la cama con un buen sabor de boca.

Me he quedado con su marca y con su maldito legado, algo que carece de sentido si no le puedes sacar una rentabilidad a cambio.

Estoy saboreando el final de la copa, cuando, por encima de la música, el sonido de una llave girando en la cerradura me hiela la sangre.

No me da tiempo ni a dejar la copa sobre la encimera.

La puerta principal se abre de golpe, estampándose contra la pared con violencia, y la figura alta y tensa de Dylan invade el recibidor.

Lleva el pelo revuelto, la cazadora vaquera colgada del hombro izquierdo y su mirada ámbar está peligrosamente encendida en fuego.

—¿Qué coño haces aquí todavía, Chrishell? —suelta, sin molestarse en saludar ni en cerrar la puerta tras él. Su voz es un rugido bajo que hace que se me tense cada músculo del cuerpo.

Tras todo el vino que llevo en las venas, parpadeo un par de veces por si me lo estoy imaginando.

Mierda, no debería estar aquí. Debería seguir en Los Ángeles.

Esperaba tener un par de días más de margen para diseñar una buena estrategia y ver cómo le contaba mis buenas noticias.

Pero bueno, vista su actitud, parece que me tocará improvisar antes de tiempo.

—Dylan, cielo…, te he estado cuidando la casa estos días. ¿Ni siquiera me lo vas a agradecer?

—No me vengas con gilipolleces, Chrishell. Te dije que te fueras de aquí —dice entre dientes, invadiendo su propia cocina con pasos pesados.

Exhalo un suspiro dramático y doy un sorbo lento a mi copa.

Mierda, no me queda ni una gota.