CAPÍTULO 47
Chrishell
N o soy una persona vengativa, de verdad que no, pero no he tenido más remedio.
Nada de esto hubiese ocurrido si él se hubiese quedado a mi lado.
¿No he tragado yo con que se acostase con mi artista favorita?
¡Ahora no voy a poder escuchar a Savannah Morgan nunca más!
¿Nadie tiene en consideración eso? Si él solo hubiera dejado pasar la pequeña broma de integración que le gasté a su ex, ahora ella ya sería una más de nosotros.
¡Pero no! Tuvo que dejarme y echarme de su casa, algo que obviamente no he hecho todavía, porque sé, gracias a Olivia, la única que todavía se digna a dirigirme la palabra, que se ha fugado con Savannah.
Supongo que así cree que me está dando algo de espacio para irme…
, pero eso es algo que no va a ocurrir. ¿A dónde pretende que me vaya?
, ¿a la vieja y destartalada casa de mi difunto abuelo?
Ni de coña. Suficiente tengo con tener que pisar el granero.
De hecho, esta también sigue siendo mi casa.
He dejado demasiadas cosas aquí como para que pretenda borrarme así, sin más.
Todos mis tacones siguen en el vestidor (que no es más que una habitación con unas literas que nadie usa), mis cremas favoritas siguen en el baño y todavía me queda comida en la nevera.
Además, la damnificada en todo esto soy yo.
¡Él es el mentiroso traicionero! Y como mentiroso traicionero se merece todo lo malo que le pueda ocurrir.
Como, por ejemplo, que antes de recoger mis pertenencias de la casa, me haga con lo que de verdad es mío: la cerveza que está en el granero de mi abuelo.
No he parado de trabajar desde que Dylan me dejó hace ya tres días. La marca todavía no me pertenece, solo he presentado todos los documentos para el registro, pero eso no me va a detener, porque para cuando Whittaker empiece a fabricar y comercializar, ya estará a mi nombre.
Menos mal que he logrado cerrar una reunión con Lucas Whittaker a última hora.
Llevo en contacto con él desde que conseguí su número unos días después del draft ; de hecho, le envié un lote a escondidas de Dylan.
Y Dios sabe que lo intenté convencer de todas las formas posibles, pero está tan empeñado en hacer algo artesanal y familiar que es incapaz de ver el verdadero potencial que tiene entre manos.
¡Lo único que he hecho siempre ha sido creer en él!
Y es curioso, porque eso fue justo lo que me enamoró de él: su lealtad.
Su forma de aferrarse a lo que quiere. Pero, al final, lo que te enamora de alguien puede ser lo mismo que acabe minando ese sentimiento.
En su caso, fue tan leal con Savannah que se le olvidó algo bastante lógico: que no puedes seguir acostándote con alguien que ya no te pertenece. Y menos cuando tienes pareja.
Aparte, es tan obstinado que, por mucho que intentase explicárselo, no lo entendería.
Y eso, ahora, le va a traer consecuencias.
Como cuando le dije mil veces que registrase la marca para evitar sustos, y, para sorpresa de nadie, se negó porque «¿quién iba a robar un nombre tan básico como Parker Brewing?
». Pues yo. Ahí tiene su dichosa respuesta.
Sonrío para mí misma mientras cojo el bolso del sofá y le echo un último vistazo al salón, analizando cómo está todo por si acaso reaparece en mi ausencia.
Me deslizo las gafas de sol sobre la cabeza y camino hacia la puerta principal con calma.
Sinceramente, empieza a molestarme un poco que no haya vuelto ni siquiera para discutir. Qué poca consideración por su parte.
Mi teléfono vibra con la notificación de Uber: el coche ya está en la entrada del rancho.
Salgo al porche, cierro la puerta detrás de mí y camino bajo el sol de la tarde.
Desde aquí veo el vehículo con el motor en marcha.
El conductor tamborilea los dedos en el volante con una cara de impaciencia insoportable.
¡Como si tuviera algo mejor que hacer! Podría apurar un poco el paso para no hacerlo esperar, pero no lo hago. Que se aguante, por impertinente.
—Buenas tardes —dice con una voz monótona, mirando por el retrovisor.
—Hola —respondo, sin molestarme en sonar simpática.
Después, me reclino en el asiento y miro por la ventana mientras el coche avanza hacia el centro del pueblo. En la pantalla del conductor ya sale el destino, así que, no me hace falta abrir la boca para guiarlo.
Poco más de cinco minutos después, el Uber frena suavemente frente al ayuntamiento. Le pago al conductor con el móvil, me bajo del coche y me coloco el bolso en el antebrazo.
Ahí está Whittaker, puntual, con su traje impecable que desentona por completo con este lugar. Me hubiese encantado quedar con él en Boston y no aquí, pero si todo sale bien, ya habrá oportunidades para ello.
Avanzo hacia él sin ninguna prisa, sabiendo que aquí estoy a salvo.
Ninguno de los amigos de Dylan suele pisar esta zona; ellos son más de quedarse en el bar o, como mucho, en la plaza.
Nadie va a enterarse de lo que va a ocurrir esta tarde, y menos Dylan.
Él se cree muy listo por haber desaparecido, pero yo soy más.
Cree que voy a guardar sus juguetitos de hacer cerveza como una exnovia sumisa.
Lo que no sabe es que estoy a punto de compartir con el hombre que tengo delante su mayor secreto.
Si él no va a explotar ese negocio, lo haré yo con alguien que sí tenga una cuenta bancaria decente.
Acorto los últimos pasos de distancia y le dedico mi mejor sonrisa.
Es hora de hacer negocios.
—Buenas tardes, señor Whittaker —lo saludo.
Es la primera vez que nos vemos las caras en persona. Hasta ahora todo han sido correos y llamadas telefónicas con intermediarios. Obviamente, para Whittaker, yo soy el genio detrás de la receta. Y pienso seguir manteniendo esa versión.
—¿Chrishell Fraser? —Me mira de arriba abajo y yo asiento con una sonrisa—. Vaya… Nada me diría que tú eres la creadora de la cerveza artesanal que tanto me ha sorprendido. ¿Tienes más talentos manuales?
«Contar billetes», pero como eso no se lo digo, continúo con mi sonrisa y le hago un gesto con la mano para que entre al ayuntamiento, que ya está cerrado al público.
Subimos las escaleras hacia la primera planta y, al fondo del pasillo, diviso la pequeña sala de juntas.
Conseguir que la cedan para una reunión privada a estas horas de la tarde habría sido imposible para cualquiera, pero no para mí.
Un par de mensajes a la mujer con la que estaba liada mi abuelo y que se piensa que soy su nieta y la llave estaba en mi bolso antes de comer.
Abro la puerta y pasamos. Whittaker se quita la americana gris toda sudada y se acomoda en la silla de cuero, revelando una barriga prominente que pone al límite todos los botones de su camisa. Se apoya en la mesa ovalada, haciendo crujir la madera vieja.
—Muy bien, Chrishell —dice, resoplando un poco por la subida de las escaleras—.
Vamos al grano. Tu marca no es buena. Tu cerveza tiene muy buen sabor, pero tu puesta en el mercado deja mucho que desear.
—Frunzo los labios de la impotencia. Si Dylan me hubiese dejado trabajar de verdad en el marketing el tipo este se estaría tragando sus palabras—.
¡Pero no pongas esa cara, mujer! Para eso estoy yo aquí.
De hecho, debes saber que estos tratos nunca los suelo cerrar yo personalmente, sino mis closers .
Así que eso te dará una idea de lo mucho que estoy interesado en tu sabor.
Eso último lo dice echando otro vistazo a lo poco que puede ver de mi cuerpo gracias a la mesa que nos separa. Finjo no darme cuenta de su mirada babosa. Saco mi portátil del bolso y lo deslizo por la mesa para sacar mis números, lo único que importa aquí.
—Mis condiciones son sencillas: un pago inicial fijo por la transferencia de la receta exacta de la cerveza y un siete por ciento de royalties netos por cada botellín comercializado bajo su red de distribución, ya que la marca está a mi nombre y así seguirá.
—Ese último punto no es del todo cierto, pero él no lo sabe ni me ha pedido ninguna comprobación, por lo que eso es problema suyo, no mío.
Whittaker tamborilea sus dedos gordos sobre la madera, analizando la pantalla.
Al final, suelta una carcajada ronca que hace vibrar su barriga antes de atragantarse y empezar a toser. Se lleva un pañuelo arrugado a la boca y tarda unos segundos en recuperar la compostura, poniéndose ridículamente rojo.
Espero que permanezca vivo al menos hasta que firmemos el contrato.
—Bien —continúa, aclarándose la garganta con rudeza mientras saca un contrato impreso de su maletín—.
Acepto el siete por ciento y el pago fijo inicial de ochenta mil dólares por el traspaso de la información.
Y aunque ese registro comercial, como comprenderá, no vale demasiado, ya que no tiene el suficiente bagaje, está de suerte, porque me gusta cómo suena.
Así que vamos a dejar esto blindado aquí mismo.
—Pasa las hojas del contrato—. Según esto, si mi distribuidora decide vender la receta en el futuro a un tercero, tus condiciones y tus royalties se mantienen de forma vinculante con el nuevo comprador.
—Me parece justo —respondo, intentando ocultar lo rápido que me va el corazón al ver cómo escribe la cifra en el contrato que acaba de sacar de su maletín.