Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 46 #2
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CAPÍTULO 46 #2

—Menudo día… —la secundo—. De verdad, sabía que Alen nos lo iba a poner difícil, pero esto ha superado mis peores expectativas. Me ha dicho que estoy obligada a tragar con su nueva línea de proyectos. Sí o sí —le explico a Jeremy—. Tengo que aceptar un contrato como protagonista en una película.

Dicho así, en voz alta, parezco idiota. ¿Quién se queja de que le pongan en bandeja el papel de su vida y la posibilidad de una fama mundial?

Cualquiera mataría por esto. El problema es que yo no quiero esa vida.

Si ni siquiera me gustaba participar en las obras de teatro del instituto.

Cada vez que miento me entran ganas de vomitar, ¡y actuar es como mentir! ¡Lo pasaría fatal!

—¿Y por qué ese giro? —pregunta extrañado—. O sea, no me malinterpretes, sé que bordarías lo que te propusieras, pero no entiendo esa diversificación de mierda tan de repente. ¿Qué gana él con eso?

—Alen cree que con mi música country no voy a llegar a ninguna parte —escupo, sintiendo cómo los ojos me escuecen de la rabia—.

Dice que ese estilo fuera del país no vende estadios, que necesito algo más para ser rentable.

¡Pero es que yo solo quiero cantar! ¡Y cantar mis malditas canciones country !

¿Soy una desagradecida por no quererlo? —pregunto al aire, pinchando un trozo de beicon con tanta rabia que el tenedor chirría sobre el plato plano.

Busco desesperadamente una respuesta en sus caras.

—¡Eh! —Jeremy me agarra suavemente por la muñeca, obligándome a soltar el tenedor—.

Ni se te ocurra castigarte con eso, Savannah.

No te sientas mal ni lo más mínimo. A ese capullo solo le interesa engordar sus números.

A él le beneficia que seas cuanto más famosa mejor.

El peaje para que conozcan tu música es la fama.

—Y no todo el mundo está dispuesto a pagarlo —apunta Nora, apoyando la barbilla en la mano.

—Es que ya ni siquiera será mi música. Me quiere meter en el molde del pop, contratar nuevos compositores y que sean ellos los que me hagan mi nuevo disco.

¿Tenéis idea de lo que me costó convencerme de que mis letras valían la pena?

—Nora asiente despacio, recordando todo lo que hemos vivido juntas—, ¿el tiempo que tarde en salir del último bloqueo?

—La voz se me quiebra, pero trago saliva para recuperar el control—.

Si firmo ese contrato y acepto esa película, me vaciaré por dentro. Como acepte, estoy perdida.

—No vas a perder nada, Sav —dice en un murmullo bajo—. Porque no vas a firmar una mierda.

—Jeremy, no tengo opción —le recuerdo—. Ha congelado mis cuentas y literalmente estoy viviendo de tu caridad.

—Alen cree que tiene la sartén por el mango porque piensa que solo juegas bajo sus reglas —suelta Jeremy, inclinándose un poco hacia mí—. Pero lo que ese imbécil no sabe es que lleva meses cometiendo errores y demasiado graves.

—¿De qué estás hablando?

Jeremy se pasa una mano por la cara, y sonríe. Parece que llevase horas esperando a que le hiciera esa misma pregunta para poder escupirlo todo.

—Llevo mucho tiempo detrás de esto —confiesa—, y creedme si os digo que no voy a parar hasta verlo hundido.

Cuando me salí de Colt Records, me prometí que le haría pagar cada una de las putadas que nos hizo a mí y a mis hermanos.

¿Sabes que él fue el auténtico culpable de que nos separásemos como grupo?

Todo el mundo pensó que la ruptura de Related 4 había sido en buenos términos. Yo nunca me tragué del todo esa versión, pero tampoco llegué a saber qué pasó realmente.

—Es cierto que nosotros no estábamos en nuestra mejor época y discutíamos bastante por diferencias artísticas —continúa él, apretando los labios en un gesto amargo—, pero siempre encontrábamos la forma de arreglarlo.

Éramos hermanos, joder. El problema es que Alen decidió meterse de por medio.

Nos apuñaló por la espalda para forzar la ruptura.

Y todo como siempre, para su propio beneficio.

Se ahorraba el dolor de cabeza de nuestras discusiones y los problemas que, según él, dábamos en las giras o en las entrevistas.

Al disolver el grupo, nos dividió para renegociar contratos individuales mucho más lucrativos.

A mis hermanos los metió en un estilo puramente comercial y a mí me dejó continuar con algo más alternativo.

Más nichos de mercado significa más dinero directo a sus bolsillos.

—Ya veo que el club de damnificados por Colt Records no para de crecer… —comenta Nora que se ha levantado para coger algo más de beber.

Jeremy esboza una media sonrisa, dándole la razón.

—Y nosotros solo somos la punta del iceberg.

Durante el tiempo que estuve grabando mi último disco con ellos, dediqué el poco tiempo libre que me quedaba a mover cielo y tierra.

Me obsesioné con buscar cualquier trapo sucio que Alen intentara esconder.

Y vaya si lo encontré. Claire, mi mánager, pasó años metida en el departamento de administración de Colt Records antes de largarse, y conoce los entresijos mejor que nadie.

Mientras yo movía mis hilos hablando con antiguos contactos de producción y técnicos de las giras, Claire hizo el resto.

Consiguió los balances de cuentas de las giras de los grupos principales que siguen en la discográfica y los comparó con las auditorías y los datos fiscales que Colt Records está obligada a presentar públicamente en el registro mercantil por ser una sociedad limitada.

Nora nos rellena los vasos de agua y vuelve corriendo a su taburete.

—Las piezas no encajaban ni de coña —añade Jeremy, negando con la cabeza—.

Alen lleva años estafando a sus propios artistas con el truco más viejo del sector: el inflado de facturas logísticas.

Claire descubrió que, en los informes de gastos de las giras, concretamente en las partidas de transporte, alquiler de escenarios, luces, seguridad…

—empieza a enumerar—, Alen os duplica los costes reales.

Frunzo el ceño, intentando procesarlo, porque todo lo que tenga que ver con números y logística hace que me explote el cerebro.

—El caso es que, si montar el escenario de tu concierto cuesta cincuenta mil dólares, él os pasa una factura interna de cien mil a deducir de vuestros beneficios —explica al ver que me está costando seguirle el ritmo—.

Ese excedente nunca va a la discográfica, va directo a una red de cuentas puente que él mismo gestiona en paraísos fiscales.

Os está robando millones de dólares de vuestros propios royalties y conciertos en vuestra cara.

—Qué fuerte… —murmura Nora, atónita.

Yo no tengo palabras para añadir nada.

—Es un delito federal —concluye Jeremy con una sonrisa peligrosa—.

Alen cree que te tiene acorralada con el contrato de la película porque piensa que estás sola y sin fondos.

Pero no tiene ni la más remota idea de que Claire y yo tenemos los registros de transferencias clonados en un disco duro —añade, sosteniéndome la mirada—.

No íbamos a sacar todo esto a la luz hasta que no lo tuviésemos mejor atado, pero creo que ahora es el momento.

Vamos a recuperar hasta el último centavo de tu música, Sav.

Y vamos a ver cómo se lo llevan a rastras de su propio despacho. Va a ser algo legendario, hazme caso.