CAPÍTULO 46
Savannah
L a rabia que tengo acumulada es un muro que frena mis lágrimas. Soy incapaz de soltar ni una sola en todo el trayecto a casa.
—Estoy atada de pies y manos, Nora. ¡No sé qué hacer para deshacerme de todo esto! —exclamo, dejando caer la cabeza contra el respaldo del asiento mientras muevo los papeles en la mano con frustración.
Estamos atascadas en el tráfico de Sunset Boulevard, en la parte trasera de uno de los coches de la discográfica.
Nora me mira de reojo, controlando que la mampara de cristal del chófer esté bien subida antes de inclinarse hacia mí.
Habla en un susurro, por si acaso el conductor también está infiltrado:
—Alen es un maldito sociópata. Utilizar tus cuentas como rehén para obligarte a firmar un contrato es lo más rastrero que te ha hecho nunca.
Y mira que la lista es larga… —se interrumpe ella misma cuando el coche da un pequeño tirón en mitad del atasco—.
Pero tampoco sé de qué nos sorprendemos ya, no eres la única con la que ha sido un cerdo.
Tienes que hablar con tu abogado, tiene que haber algo que destruya todo esto.
—¿Mi abogado?, ¿el mismo que trabaja para ellos? —le espeto en el mismo tono bajo y una risa amarga—. No tendría ningún sentido. Tengo que hablar con alguien que odie a Alen tanto como yo ahora mismo. Alguien que ya haya pasado por esto mismo y haya conseguido salir con vida.
Antes de decir nada más, desbloqueo el teléfono para marcar su número.
—Sí, pero él no pudo rescindir el contrato, Sav —me recuerda Nora, porque sabe a quién me refiero—.
Tuvo que tragarse el orgullo y cumplir con los discos que le exigía la cláusula de permanencia antes de poder largarse de forma legal.
Todo el mundo en la industria se enteró de las condiciones en las que se fue.
—Lo sé, pero necesito que me diga si hay alguna forma de esquivar esta bola sin que congelen mi carrera para siempre… No sé, igual él sabe algo que yo no.
Tan pronto como encuentro su nombre en la lista de recientes, el coche enfila la recta de entrada de mi urbanización. Por fin. Solo quiero encerrarme en casa.
—¿Vas a llamarlo ya? —me pregunta Nora.
Asiento, salgo dando un portazo en cuanto el motor se detiene y me encamino hacia la entrada con el teléfono ya pegado en la oreja.
—No pienso pasar una sola hora más siendo la marioneta de Alen Dixon.
El tono de llamada resuena en altavoz mientras subo las escaleras a paso ligero, con Nora pisándome los talones.
Al quinto tono, la línea hace un clic distintivo.
—Vaya, Savannah, ¡menuda sorpresa! ¿Está todo bien?, ¿ya estás en Los Ángeles?
Respiro antes de responder para que mi voz no suene tan desesperada como me siento por dentro.
—Jeremy, hola —consigo decir—. Necesito pedirte un favor enorme. ¿Sigues en Los Ángeles? Dime que no te has ido todavía, por favor.
—Sí, sigo por aquí. De hecho, acabo de salir de una sesión de fotos. ¿Todo bien? —insiste.
—No, la verdad. Vengo de una reunión con Colt Records y me la han jugado.
Me tienen completamente acorralada —admito—.
Sé que estás ocupado, pero… ¿crees que podríamos quedar para comer hoy?
O no sé, en cualquier rato libre que tengas, donde sea.
Me da igual. Necesito hablar con alguien que conozca las reglas de esta maldita empresa y me pueda echar un cable. Estoy perdidísima…
—Oye, oye, tranquila —me frena él con un tono suave y una ligera risa—. Ya sabemos cómo se las gasta Alen. Tengo libre hasta las cinco. Podemos quedar ahora, si te va bien. ¿En alguna cafetería?
—No, prefiero que sea en casa. Pero ¿de verdad? ¿No te viene mal? —Me sabe fatal chafarle los planes en la ciudad. Seguro que tiene mejores cosas que hacer en Los Ángeles que esto.
—Para nada. Paso por una cafetería a pillar algo de comida y nos vemos en tu casa.
—Ni se te ocurra, te invito a comer. —Miro a Renée, que ya está enredada en la cocina—. Te debo una de las grandes, Jeremy. Te paso la dirección y nos vemos ahora.
Cuando cuelgo, Nora, que me ha estado observando apoyada en la consola del recibidor, alza una ceja.
—¿Y bien?
—Viene hacia aquí —sentencio con una sonrisa de alivio.
He aprovechado el tiempo antes de que llegara Jeremy para darme una ducha rápida —necesitaba purgar de mi piel la mala energía de esa gente—.
También he estado hablando con Dylan, que ya ha aterrizado en Nashville y espera a que Knox o alguien vaya a buscarlo al aeropuerto.
Y después de eso me he puesto ropa mucho más cómoda para estar por casa.
Con todo el caos, se me había olvidado por completo llamar a la grúa para la camioneta de Dylan, que sigue abandonada en la gasolinera.
Confío en que el dinero de Jeremy me dé margen, al menos hasta que encuentre otra forma de recuperar el mío.
Así que hago un par de llamadas exprés y dejo a Nora encargada del seguimiento.
En cuestión de minutos, todo queda coordinado para que la recojan y la lleven a uno de los mejores talleres de la zona.
Ojalá tenga arreglo. Bajo las escaleras y voy directa a la cocina para servirme un vaso de zumo de mango. Lo hago bajo la atenta mirada de Renée.
—¿Le apetece algo más, chérie ? A la comida aún le faltan unos veinte minutos, pero puedo prepararle algo mientras tanto.
—No, gracias, Renée, con el zumo estoy perfecta —le respondo con una sonrisa de agradecimiento—. Viene un amigo a almorzar con nosotras. ¿Habrá suficiente?
—Por supuesto, no se preocupe por eso —asegura, volviendo a sus quehaceres.
Justo cuando le voy a dar el último trago a mi vaso, el móvil empieza a vibrar en la encimera.
—¿Jeremy? ¿Ya estás por aquí? —pregunto, saliendo de la cocina hacia el recibidor.
—Sí, bueno, más o menos —se ríe, algo resignado—. Estoy en la garita de control de la entrada de tu urbanización, pero el guarda de seguridad se niega a levantar la barrera. Dice que no estoy en la lista de visitas autorizadas.
Me llevo una mano a la cabeza, soltando un bufido. Mierda, es verdad, el vecindario tiene unas estrictas normas de seguridad.
—¡Lo siento muchísimo! —me disculpo, dando vueltas por el pasillo—. Se me ha pasado por completo dar el aviso de acceso. Pásame al guarda o dame tu matrícula y llamo yo ahora mismo a la centralita para que te dejen pasar enseguida.
—Apunta. —Me dicta los números de su matrícula y yo los escribo en un trozo de papel que encuentro en la mesita de centro—. En nada me planto en tu casa.
Dicho y hecho. En menos de cinco minutos, tras haber hecho la llamada rápida a la garita de seguridad, suena el timbre.
Al abrir, la figura de Jeremy se recorta en el porche contra el sol de Los Ángeles, que me da justo de pleno. Viste una cazadora marrón de corte oversize , lleva la gorra hacia atrás y luce una barba de tres días.
—Vaya, pero si es la nueva víctima de Alen Dixon —lo entona como si hubiese salido de Downton Abbey , tendiéndome la mano con una reverencia exageradamente teatral—. Un auténtico placer conocerte.
Entrecierro los ojos, apoyando el peso en un pie.
—¿Por qué tengo la impresión de que te estás riendo de mí?
—Porque lo hago —suelta con una sonrisa de lado, colándose en el vestíbulo sin esperar invitación.
Jeremy pasea la mirada por el espacio.
—Me flipa cómo tienes esto montado. Transmite una paz increíble...
Me tienes que pasar el contacto de tu decorador.
Aunque creo que no pegaría demasiado en mi ático.
—Se detiene ante el gran ventanal, metiendo las manos en los bolsillos del vaquero—.
Me mudaría a la costa oeste mañana mismo, pero mi mujer me mataría —comenta más para él que para mí.
—¿No le gusta Los Ángeles?
—No le entusiasma, pero ese no es el problema. Si la separo de su mejor amiga, le daría algo y yo, al final, paso demasiado tiempo fuera de casa sin ella, sobre todo desde que dejó de ser mi road manager para montar su negocio.
—No, no te lo perdonaría, Jeremy Jensen… —dramatizo—. En fin, ¿comemos algo? —Señalo la encimera de la cocina que ya está preparada.
Renée ha cocinado una de sus recetas francesas estrella: crepes de champiñones y una quiche lorraine que tiene una pinta buenísima.
En cuanto mis ojos se posan en el hojaldre dorado, mi estómago ruge con tanta fuerza que rezo para que Jeremy no lo haya escuchado.
Qué hambre, maldita sea. No me había dado cuenta de que llevaba todo el día con el estómago cerrado por la ansiedad hasta ahora, cuando el olor a mantequilla y queso fundido me ha golpeado de lleno.
—Dime que todo esto es para nosotros y te juro que te ayudo a esconder el cadáver de Dixon en el maletero de mi coche —dice Jeremy, frotándose las manos mientras caminamos hacia la isla—. Qué buena pinta tiene.
—Y para Nora, que no sé dónde…
Tan rápido como la nombro, hace acto de presencia.
—¡Hola, Jeremy! —Nora agita la mano con los ojos muy abiertos.
—¿Te acuerdas de mí? —insiste ella, sentándose en el taburete que hay libre a su lado.
Él le dedica una rápida sonrisa cortés, pero detecto el sutil parpadeo en sus ojos oscuros.
No tiene idea de quién es—. Nos vimos hace menos de un mes en una pop-up de café.
Te conté que era la asistente de Savannah y…
—¡Ah! Sí, por supuesto. —No se acuerda. Apostaría todos mis ahorros bloqueados—. Nora, ¿verdad?
Ella se muerde el labio conteniendo un grito de alegría, pero lo que mi dulce y no tan inocente amiga no sabe es que yo he pronunciado su nombre justo antes de que apareciese.
—¿No tenéis hambre? Porque yo me estoy muriendo...—intervengo antes de que mi amiga empiece a hiperventilar—. ¿Te quedas a comer con nosotros?
Soy consciente de que he preguntado una obviedad, porque ya se ha puesto un plato delante.
—Y tanto. Hoy me he ganado cada caloría de ese hojaldre —advierte Nora, arrebatándole la espátula de las manos a Jeremy.