CAPÍTULO 45
Savannah
E sta madrugada he acompañado a Dylan al aeropuerto.
Ewan y Nora se fueron pasadas las doce y nosotros nos quedamos en vela el resto del tiempo.
Estoy tan contenta de haber recuperado a Dylan que, pese a no haber dormido en toda la noche, tengo toda la energía del mundo para enfrentarme a Alen Dixon.
Bueno, en teoría no lo he recuperado como tal porque no hemos hablado de un «nosotros» oficial, pero estamos mejor que nunca.
Ni en mis mejores sueños pensé que íbamos a estar así.
Cuando soñaba con reencontrarnos, ni de coña me imaginaba a Dylan en Los Ángeles, en mi casa...
Es ridículo. Mi cerebro está flotando en una nube de mariposas hiperactivas.
Tengo el corazón latiendo a mil por hora y no es por el café doble que me acabo de tomar.
Es ese subidón absurdo de saber que, después de tanto tiempo, pese a no estar en mi mejor racha con la discográfica, me siento tranquila conmigo misma.
No me importa no haber pegado ojo; me siento capaz de cualquier cosa.
Sé lo que quiero y estoy dispuesta a conseguirlo.
Ese es el mantra que me repito mientras miro mi reflejo en el espejo del ascensor de la discográfica al lado de Nora.
Con todo lo que ha pasado en las últimas horas no hemos tenido mucho tiempo para prepararnos la reunión, pero, para ser sincera, tampoco es algo que me preocupe en exceso. Esta vez paso de estrategias.
Las puertas del ascensor se abren en la planta de los ejecutivos, una zona exclusiva a la que no subo casi nunca.
Lo cierto es que no suelo venir mucho a las oficinas, solo cuando hay que firmar algo crucial.
Incluso las pruebas de imprenta o los diseños de las portadas de los vinilos exclusivos me los trae Nora a casa para que les dé el visto bueno.
Sin duda, ella se conoce mejor este espacio, yo suelo preferir la seguridad de mi estudio de grabación.
—¿Lista? —pregunta Nora, dándome un sutil empujón con el hombro para que salgamos del ascensor.
—Más que nunca —le aseguro, y me sorprende darme cuenta de que es verdad—. Estoy extrañamente motivada.
Caminamos sobre la alfombra mullida del pasillo principal, pasando por delante de paredes decoradas con discos de oro y platino de artistas de la discográfica.
Al fondo, la imponente puerta de cristal del despacho de Alen Dixon nos espera con las puertas abiertas de par en par. Hoy no está su secretaria.
A través del cristal, veo a Alen de pie junto al ventanal que da a las colinas de Los Ángeles hablando por teléfono mientras gesticula con una visible impaciencia. En cuanto nos divisa, cuelga de golpe y esboza una sonrisa que, pese a lo relajada que venía, no me infunde tranquilidad alguna.
—Pero ¡qué ven mis ojos! Y antes del tiempo acordado —se carcajea Alen a modo de saludo—. ¿Cómo has llegado tan rápido?
—Una tiene sus recursos —le respondo con una sonrisa idéntica a la suya, manteniendo el tipo.
Avanzo por la oficina, arrastro la silla y me siento delante de su mesa. Nora, unos metros atrás, me imita.
—Ya veo… Pero no os pongáis tan cómodas, chicas. Hoy no vamos a solucionar esto aquí arriba. Tenemos la sala de juntas principal reservada en cinco minutos —anuncia.
—¿Qué? —inquiero—. No hay nada que solucionar. Ya estoy aquí, ¿no es lo que querías? Ya puedes desbloquearme las cuentas.
—Ojalá todo fuese igual de fácil que en tu mundo —se toca con los dedos la sien en un gesto falsamente paternal que me revuelve el estómago—, pero ya sabes que esto no funciona así.
—Alen, jugaste sucio congelando mis fondos solo para obligarme a coger un avión de vuelta a Los Ángeles —le recrimino, plantándole cara sin pestañear—. He cumplido mi parte. He venido. Ahora te toca a ti devolverme el acceso a mi propio dinero.
—Y lo haré, Savannah, te lo prometo —dice él, rodeando el escritorio mientras guarda la tablet bajo el brazo—.
Pero las cosas han cambiado desde que decidiste tomarte unas vacaciones sorpresa en Tennessee.
El mundo ha seguido girando y hemos tomado decisiones en cuanto a tu carrera.
Queremos garantías de que tu cabeza sigue metida en la industria, en el nuevo disco…
No es solo cosa mía; la junta entera quiere ver que estás comprometida antes de liberar el presupuesto.
—Mi carrera es mía. Las decisiones las tomo yo.
—Oh, vamos, chica, no nos pongamos melodramáticos tan temprano —suspira él, restándole importancia.
Acto seguido, abre la puerta del despacho e indica con un gesto que salgamos al pasillo—.
Hemos estado trabajando muy duro por ti mientras estabas…
de vacaciones. Digamos que os he conseguido a ti y a tu música la mayor oportunidad de exposición que se ha visto en la última década. Quedarás impresionada.
Nora y yo lo seguimos de cerca mientras camina hacia el ascensor, pero en el último tramo cambia de rumbo hacia las escaleras y se gira, esperando que nosotras hagamos lo mismo.
Cuando llegamos dos plantas abajo, el resto de mi equipo está esperando: mi estilista, mis agentes de prensa, mi productor musical… Hasta los directores de marketing de la discográfica. El asunto parece serio y está claro que Nora y yo somos las únicas que no estamos al tanto del orden del día.
En cuanto nos ven aparecer por el hueco de la escalera, se hace un silencio incómodo y evitan mirarme directamente a los ojos.
—¡Muy bien, todos dentro! —insta Alen—. Tenemos reservada la sala el tiempo justo.
Intento establecer contacto visual con Flavio, mi estilista, que es del que más me fío, pero ni él me devuelve la mirada.
—Están todos compinchados —masca Nora entre dientes, sentándose en una de las sillas que rodea la mesa de madera.
—Buenos días a todos —saluda mi mánager al equipo, que, al igual que nosotras, ya ha cogido sitio.
Él es el último en hacerlo, pero no importa porque todo el mundo sabe que la silla que preside la cabecera es siempre suya—.
Como sabéis, a lo largo de esta semana, tras haber logrado desbloquear sinergias clave para la progresión y el posicionamiento de la marca Savannah Morgan, he ido teniendo reuniones individuales con cada uno de vosotros.
Y quiero aprovechar esta sesión para poner todo en común.
A nivel corporativo, debemos estar alineados en un mismo roadmap .
Y para lograr una eficiencia total, tenemos que saber en qué está trabajando el otro. ¿Me entendéis?
Todos asienten.
Lo que yo no entiendo es por qué todo el mundo sabe lo que va a ocurrir en mi vida de aquí a cinco años menos yo.
Ahora sí, Alen coge sitio después de haber encendido el proyector y bajado las luces.
—El objetivo inicial es generar con nuestra querida Savannah el triple de ingresos de los actuales.
—Me mira con una sonrisa condescendiente al pronunciar mi nombre—.
No quiero decir que ahora no seas rentable, claro está, sino que en este negocio el estancamiento es el equivalente al fracaso; siempre hay que aspirar a la máxima escalabilidad.
Lo comprendes, ¿verdad? —Siempre que acaba una frase, tiene que reafirmarse con ese tipo de muletillas—.
Y, para ello, el siguiente paso estratégico e inapelable es introducirte en el mercado europeo mediante un impacto cross-media .
Nada más acabar de decir eso, pulsa el botón del mando y en la pared se proyecta un Excel con gráficos, números y proyecciones anuales.
—Como podéis observar en las métricas de previsión del primer trimestre —continúa Alen, paseando un puntero láser rojo sobre las barras de colores de la pantalla—, tu música ha alcanzado un techo de monetización en territorio estadounidense.
Para romper la barrera transatlántica, no nos basta con lanzar un buen single y cruzar los dedos, porque en Europa el country cuesta de penetrar de forma orgánica.
Y todavía no tenemos un buen catálogo pop como te hemos estado insistiendo los últimos meses.
Necesitamos un catalizador masivo. Y ahí es donde entra esto —pasa la diapositiva—: tu nuevo proyecto cinematográfico. Felicidades, Savannah.
Alen empieza a aplaudir e insta a que todos hagan lo mismo.
Cuando acaban de aplaudir como robots, todos me miran, expectantes de que diga algo positivo, pero está claro que lo que pueda decir ahora mismo no es lo que quieren oír.
—Yo no he tomado ninguna decisión con respecto a esto.
—Por suerte, no tienes que hacerlo, Savannah, ¡ya está decidido!
—me interrumpe Haley con una sonrisa—. Debes tener en cuenta que no eres nadie si a lo único a lo que te dedicas es a cantar.
Por eso necesitas esta película. Con el country no vas a salir del país y necesitamos que se te empiece a oír por el resto del mundo.
Es el momento perfecto, de hecho, salió una oportunidad antes, pero no queríamos que pensasen que la habías conseguido por ser la prometida de Colson.
Menos mal que lo pillaste con una de tantas…
—Y tantos… —apunta Alen por lo bajo—. Te ha venido tan bien la relación con Ewan Brown… Te ha subido mucho en las listas de Hollywood. Me estaba volviendo loco pensando en cómo introducirte y ha sido tan sencillo como ponerte a un hombre de verdad al lado.
Siento que voy a vomitar.
Nora, al ver mi cara, posa su mano encima de la mía. No creo que eso evite que tire el café de mi estómago ahora mismo.
—¡Además! —continúa Haley—, no es un papel cualquiera, ¡es un papel de coprotagonista!
«Si tan emocionada está, que lo haga ella», pienso con rabia, pero no es lo que digo:
—Pero yo no he actuado en mi vida.
—¡No importa! Empezarás con clases de interpretación la semana que viene.
La productora buscaba una cara fresca, con un buen engagement de chica buena en el país para que protagonice el romance del año y, de paso, firme la banda sonora.
Es una estrategia de marketing redonda. Ellos consiguen tu público, tú consigues la pantalla grande en Europa y nosotros...
, bueno, nosotros multiplicamos los beneficios por tres.