CAPÍTULO 44
Dylan
E n menos de cinco minutos estamos fuera del agua, completamente empapados y helados.
—¡Corre! —la insto, plantándome frente a ella para que se pegue a mí.
Savannah me alcanza tiritando y yo la arropo de inmediato con mis brazos, pero de poco sirve mi cuerpo para calentarla porque estoy igual de calado que ella.
Tiene los labios ligeramente agrietados, el pelo rubio pegado a las mejillas y la camiseta adherida como una segunda piel, revelando mucho más de lo que mis niveles de autocontrol pueden procesar ahora mismo.
—Que conste… que me has pillado… desprevenida —consigue articular entre dientes.
Caminando a trompicones de vuelta hacia la arena seca, divisamos a Ewan, que avanza hacia nosotros a paso rápido. No trae una toalla en las manos —lo cual ya es mala señal—, pero sí sostiene la sudadera de Savannah y mi teléfono móvil, cuya pantalla parpadea y vibra con insistencia en la oscuridad.
—Toma, Romeo. Lleva todo el rato dando la tabarra y ya me estaba estresando —dice Ewan, lanzándomelo al aire.
Lo atrapo, pese a las gotas que resbalan por mis dedos, y giro la pantalla para ver quién ha estado llamando.
—Es Knox —bufo, bloqueando el móvil sin siquiera plantearme responder—. Ya lo llamaré luego.
Savannah camina pegada a mi costado, de vuelta a casa.
—¿Qué tal le va todo? —pregunta en un susurro—. Al final hemos conseguido hablar algo más…, pero noto que es el que más me guarda rencor. Y no le culpo por ello, no me malentiendas.
Rompo el ritmo del grupo, obligando a Ewan y a Nora a adelantarnos un par de pasos en el trayecto.
—Knox es un hueso duro de roer, Sav —le aseguro—. Protege mucho a los suyos, pero no te odia. Solo necesita algo más de tiempo que el resto para procesar las cosas. No te machaques por eso.
—Puede ser que tengas razón…
Ella asiente a medias, no muy convencida, pero no le da tiempo a rebatirme porque el aire, que empieza a soplar con fuerza a medida que subimos el empinado sendero, nos obliga a movernos.
—Si vuelves, verás que en nada volverá a ser el de siempre. —He utilizado esas primeras palabras aposta porque de verdad quiero que lo haga—. Bueno, no exactamente. Ha madurado bastante en este tiempo.
Savannah me mira de reojo, metiéndose el pelo mojado dentro de la capucha de la sudadera.
—¿Seguro? Brooke no me contó lo mismo.
—Yo hace tiempo que decidí no meterme entre esos dos.
Es un terreno pantanoso —confieso, mientras echo la vista atrás—.
¿Sabes? Cuando Danny llegó a Dukeforth, Brooke empezó a hacer muy buenas migas con él.
Y cuando Knox lo vio..., se puso hecho una furia.
Se volvió completamente loco de celos. Se montaba unas películas mentales increíbles pensando que iba a perder a Brooke. Como si fuese suya...
—Uy, sí, muy maduro por su parte —comenta con sarcasmo.
—Todos sabemos que a Knox le gusta Brooke, pero el muy imbécil prefiere torturarse a sí mismo y seguir con el estúpido juego de siempre.
Al final, actúa como si ella le perteneciera, y ver a Danny rondando lo sacó de sus casillas, tanto que hasta me planteé echarlo.
Pero te prometo que, de un tiempo a esta parte, se ha calmado bastante; incluso ya no queda con tantas tías.
Confío en que un día esos dos muevan ficha de verdad.
Nora se gira desde el final de la cuesta, justo al borde de una calle residencial, mirándonos con una mezcla de diversión y lástima absoluta al darse cuenta de que parecemos unos perros mojados debajo de una farola.
—¡Venga!, que ya no queda nada —nos anima, al ver que no llevamos muy buen ritmo.
Tan pronto como entramos al patio de la piscina de Sav, me adelanto y cojo un par de toallas dobladas sobre una hamaca. Le lanzo una a Savannah y uso la otra para secarme el pelo; después me la paso por el resto del cuerpo, intentando quitarle a la ropa toda la humedad posible.
Ella, en cambio, se envuelve en la suya como un burrito y corretea directa al sofá del salón. Nora empieza a preguntarle algo, pero Savannah la hace callar con un gesto en cuanto mira la pantalla del móvil. Desliza el dedo y se lo lleva a la oreja a toda prisa.
—¿Brooke? ¿Pasa algo? ¿Olivia se ha puesto de parto?
—Oigo la voz de mi amiga al otro lado de la teléfono, pero no escucho lo que dice—.
Eh… sí. Claro, un momento. ¿Dylan? —Savannah gira el cuello en mi búsqueda—.
Brooke quiere hablar contigo. —Levanta la mano ofreciéndome el aparato, pero no hace el amago de moverse ni un centímetro, así que soy yo quien se acerca al sofá a paso rápido, intrigado.
—¿Qué quieres? —la saludo, sentándome al lado de Savannah, que se pega a mí para no perderse nada—. Espera, espera, espera. No vayas tan rápido que no te entiendo.
Activo el manos libres para que Savannah deje de interrogarme con la mirada.
—¿Dónde te habías metido? ¡Knox lleva una hora llamándote! —vuelve a gritar mi amiga al otro lado de la línea.
—No exageres, Brooke.
—¡No exagera! —Ahora oímos la voz amortiguada de Knox—. ¿Se puede saber qué demonios hacías para no poder coger el puto teléfono?
—Insisto, ¿qué queréis? —pregunto, perdiendo la paciencia.
—Tienes que volver a Dukeforth ya.
—No puedo volver a Dukeforth ya —cansado, enfatizo la última palabra con el mismo tono de desquicio que ha empleado Brooke.
—Te aseguro que sí vas a querer volver —ladra Knox—. ¿Me estás escuchando?
—Estoy escuchando que no me estáis diciendo nada claro, así que voy a colgaros, ad…
—¡No, Dylan! ¡Chrishell te quiere joder! —grita Brooke, recuperando el control del teléfono.
—Aún más —apunta Knox.
Savannah y yo nos miramos sin entender nada, por suerte, Brooke sigue hablando a toda velocidad:
—Estamos en tu rancho y hemos oído a…
—¿Y qué hacéis vosotros dos en mi rancho a estas horas? —escupo desviando la mirada hacia el reloj gigante que hay en una de las paredes del salón—. Y lo más importante, ¿por qué demonios sigue en mi casa Chrishell?
—Bueno… Knox estaba con los caballos y yo he venido a… a recogerle —se excusa Brooke, titubeando por primera vez en toda la llamada.
A mi lado, Savannah alza una ceja con una sonrisa que ambos sabemos lo que significa.
—Eso no es lo importante ahora, ¡centraos! —nos regaña Knox antes de continuar—. La hemos oído hablar por teléfono con un tal Whittaker ¿Te suena de algo? Ha quedado con él mañana por la tarde para cerrar el contrato de su supuesta marca de cerveza. A las siete, exactamente.
—¿De qué coño estáis hablando? —les espeto.
No estoy procesando nada ahora mismo, pero Savannah me mira con los ojos muy abiertos.
—Joder, Dylan, ¿eres tonto? —brama Knox—. Que vuelvas ya, si no, esa bruja va a vender tu cerveza o no sé qué coño pretende hacer, pero estoy seguro de que no es nada bueno. Es una auténtica arpía. Ni siquiera Savannah te jodió tanto.
Nora y Ewan, que estaban cotilleando sentados en el sofá de enfrente, se quedan alucinados por sus últimas palabras.
—Hola, Knox. Está puesto el manos libres —musita ella.
—Es que eres idiota, Knox —le riñe Brooke de fondo, dándole un golpe limpio que resuena en el micrófono.
—¡Hola, Savannah! —exclama Knox de inmediato, cambiando el tono a uno ridículamente atropellado—. Sabes que no iba en serio, solo era un aliciente para que Dylan mueva el culo y venga a solucionar todo esto.
—Knox, deja de intentar arreglarlo, créeme —le corto de golpe, endureciendo la voz para zanjar el tema de Savannah y volver a lo que de verdad importa—. ¿Qué más sabéis de la cita con Whittaker?
Recapitulo rápido desde que volvimos del draft . Recuerdo que Chrishell me habló de ese tipo, es uno de los inversores más importantes de bebida del país.
—Poco más —responde Brooke—. No nos ha dado tiempo a escuchar más, ella estaba paseándose por el rancho, pero enseguida se ha vuelto a subir al porche y no podíamos acercarnos sin que nos pillase.
—Está bien, escuchadme bien los dos —sentencio, mientras calculo mentalmente lo que me puede costar un billete de vuelta a Nashville—. Voy a intentar estar ahí lo antes posible. No hagáis ninguna estupidez. Vigiladla, pero no la enfrentéis hasta que yo llegue. ¿Entendido?
—Descuida, no pensamos movernos de aquí —me asegura Brooke.
—Nos vemos en unas horas. Cortad ya.
En cuanto cuelgo, el silencio inunda el salón. Ninguno de los tres sabe quién debe hablar primero, así que soy yo el que toma la delantera.
—Lo siento, Sav —suelto por fin, rompiendo la tensión—. Siento lo que ha dicho Knox. Es un bocazas.
Ella niega con la cabeza, restándole importancia con un gesto rápido mientras se ajusta la toalla alrededor de los hombros.
—Eso ahora mismo da igual, Dylan. Tu ex está a punto de robarte el negocio familiar —sentencia, poniéndose en pie con determinación—. ¿Quién es ese tal Whittaker?, ¿lo conoces?
—No personalmente —admito—. Chrishell me habló de él de pasada después del draft , pero le dejé claro que no quería tener nada que ver con él. No tengo nada en contra de ese tipo, simplemente no quiero vender mi receta a nadie.
—¿Y crees que ella podría hacer algo así?
—No lo sé, Savannah. Quiero creer que no, de hecho, no sé siquiera si es legal, pero Chrishell es muy tozuda y orgullosa. Quién sabe de lo que es capaz de hacer estando enfadada. Brooke y Knox tienen razón, tengo que volver a Nashville.
Me levanto del sofá y comienzo a dar vueltas por la sala, sintiendo la presión del tiempo sobre mí.
—Vamos a buscar vuelos. —Savannah me imita y va hasta la cocina para coger un portátil que hay sobre la encimera—. Tengo el dinero de Jeremy, así que yo te lo pago.
—Me pondría digno, pero, a quién quiero engañar, te lo agradezco, la verdad.
—Mañana voy a ver a Alen a primera hora y luego nos iremos.
—No, Sav —la interrumpo—. Tengo que irme solo y lo antes posible.
—¿Cómo no te voy a acompañar? —pregunta, confundida—. Tú has venido hasta aquí por mí.
—Sí, Savannah, pero tú tienes que hacer cosas aquí. Toda tu vida está en Los Ángeles.
—Me da igual todo ahora mismo, Dylan.
—No debería. Eres Savannah Morgan, no lo olvides —le recuerdo con una sonrisa amarga—. Y mañana tienes una reunión con el capullo de tu mánager. No puedes tirar tu futuro para meterte en un avión por un problema que no te pertenece. Los dos tenemos fuegos que apagar.
—Hay un vuelo directo a Nashville a las cinco de la mañana —anuncia ella en un susurro, tecleando rápidamente sin mirarme—. Si salimos hacia el aeropuerto en unas horas, llegas a tiempo para el embarque.
—Eh. —Doy un par de pasos hacia la barra de la cocina, acortando la distancia que nos separa.
Estiro el brazo y le tomo la barbilla con delicadeza para obligarla a levantar la vista del ordenador.
Ella suspira, clavando sus ojos en los míos mientras desconecta por completo de la pantalla—.
La vida se empeña en tirarnos hacia lados opuestos del mapa, pero te prometo que lo solucionaremos juntos.
—Odio esto —sisea, con los labios temblando levemente—. Odio a Chrishell. Odio que justo cuando parecía que por fin estábamos en el mismo punto, tengamos que volver a separarnos. Siento que la distancia siempre gana, Dylan.
—Esta vez no —le aseguro—. Ve mañana a esa reunión, plántale cara a la discográfica y demuestra quién manda. Yo volaré a Nashville, sacaré a Chrishell de mi rancho a patadas y protegeré mi cerveza. Nos debemos este tiempo para arreglar nuestros propios desastres.
Apenas puedo mantener los ojos fijos en los suyos sin querer besarla de nuevo, pero necesito que me crea.
—Está bien. Prométeme que no dejarás que esa bruja toque tu receta —me ruega, y una pequeña sonrisa, todavía algo temblorosa, asoma en sus labios.
—Solo si tú me prometes que no dejarás que la discográfica te diga cómo vivir tu vida.
—Hecho.
Le planto un beso lento y profundo, saboreando la sal de la playa que aún queda en sus labios. Por fin hemos madurado lo suficiente como para aprender a separar nuestros caminos unos días sin que eso signifique tener que destrozar lo que estamos construyendo.