Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 43 #2
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CAPÍTULO 43 #2

—¡Ah, sí! —caigo en la cuenta—. Cuando estuve en Nueva York estuve en la playa de Manhattan.

Savannah abre mucho los ojos y frena de golpe al final de la escalera, mirándome con una mezcla de horror y diversión.

—Oh, Dios, ¡Dylan! Esa es una de las peores playas de Nueva York. Cuando vivía en Brooklyn había una leyenda urbana que te prohibía pisar esa zona durante mínimo tres días si había llovido. Todo el sistema de alcantarillado acaba ahí…

—Tranquila, no toqué el agua —la interrumpo, soltando una carcajada ante su dramatismo.

—¿Me estás diciendo que nunca te has bañado en el mar?

Niego, haciéndome el interesante.

—No veo dónde está el problema. Para un tío de Tennessee como yo, el océano es algo que no es necesario.

Savannah tarda en contestar. Peligro. Conozco esa mirada.

Deja el bol y la cucharilla con cuidado sobre el último poste de madera de la barandilla y, de un salto desde el peldaño, hunde los pies en la arena húmeda.

Se gira hacia mí, extendiendo una mano en mi dirección.

—Bueno, tío de Tennessee —imita mi tono, y se quita la sudadera de un tirón para quedarse en una camiseta muy ajustada—. Prepárate. Hoy va a ser tu primera vez en el mar.

—Ni de coña, Sav —le espeto, dando un paso atrás en la escalera y cruzándome de brazos—. Olvídalo. No pienso meterme ahí dentro a oscuras. Lo mío es la tierra firme. Lo que quiera que flote ahí abajo —señalo el agua negra— no es de mi incumbencia.

—Oh, venga, no seas un gallina —se burla, acortando la distancia con una chispa de provocación en la mirada.

Antes de que pueda procesar su movimiento, Savannah arremete contra mí.

Me gustaría decir que es un movimiento sutil, pero no. Me planta las dos manos en el pecho, tira de la camiseta y me atrae hacia ella. Al estar un escalón por encima, el equilibrio me traiciona y acabamos cayendo sobre la arena.

El impacto no duele, pero mi orgullo de tío duro acaba de quedar enterrado a tres metros bajo tierra.

—¡Savannah! —gruño, escupiendo un poco de arena mientras intento incorporarme.

Pero ella no ha terminado. Escapa de debajo de mí, rueda y se arrodilla en la arena, a horcajadas sobre mis muslos. El peso de su cuerpo no me pilla por sorpresa, pero lo que me descoloca es la urgencia con la que sus manos empiezan a recorrerme.

—¡Oye! ¿Qué haces? —protesto, tratando de agarrarle las muñecas.

Sus dedos se deslizan con urgencia por los bolsillos de mi cazadora y luego bajan a los de mis vaqueros.

Está tan cerca que su aliento a miel y vainilla me nubla el juicio.

—¡Esto se queda aquí! —celebra tras sacar la mano de mi bolsillo y coger el teléfono—. ¡Nora, Ewan! Pillad esto.

Savannah sale corriendo por la arena y lanza el móvil por los aires trazando una parábola perfecta hacia sus amigos. A unos metros, Ewan, que nos observa partido de risa junto a Nora, salta y atrapa el teléfono al vuelo como si estuviera recepcionando un pase de touchdown en la Super Bowl.

—¡A buen recaudo! —grita Ewan, dejando el móvil a su lado con unas palmaditas sobre la arena.

Savannah sigue girando sobre sí misma. Se aleja un par de metros con pasos ligeros y pequeños saltos antes de cambiar de dirección hacia la orilla. Se gira a medias, clavando sus ojos en los míos y haciéndome un gesto burlón con el dedo para que la siga.

Pobrecita, cree que ha ganado.

Sin embargo, cuando ve que no me muevo ni un milímetro de mi sitio, toma otra alternativa. Pone los ojos en blanco, resopla y vuelve a alcanzarme con zancadas rápidas. Se planta justo delante de mí y tira de mi brazo hacia el agua, usando todo el peso de su cuerpo para obligarme a avanzar.

Me tengo que reír porque de verdad cree que tiene el control de la situación.

Se piensa que tiene una especie de superfuerza con la que es capaz de arrastrarme, pero lo cierto es que solo le estoy siguiendo el juego.

Me guardo una sonrisa de suficiencia para mis adentros mientras doy un par de pasos torpes, fingiendo que de verdad me está costando mantener el equilibrio.

Si de verdad me detuviese, clavaría los talones en la arena húmeda y sería completamente inamovible.

Le saco una cabeza, peso el doble que ella y me paso más de cinco días a la semana cargando sacos de malta.

Podría quedarme aquí plantado como un roble centenario si quisiera, pero ver cómo se le iluminan los ojos cada vez que piensa que me está ganando la batalla...

Bueno, digamos que vale la pena fingir un poco de debilidad.

—¡Venga, vaquero! —exclama, dándome un último empujón que nos sitúa justo a dos pies de la espuma de las olas.

—Te vas a mojar, Savannah… —le advierto con un tono más grave.

—Esa es siempre mi intención contigo.

Uf, su réplica me impacta de tal modo que juro que el agua helada del Pacífico se evaporaría si me rozara ahora mismo.

Me sostiene la mirada con una valentía descarada, y el sutil cambio en su respiración y la forma en que sus pupilas se dilatan bajo la luz de la luna delatan que es perfectamente consciente del doble sentido que acaba de soltar.

—Cuidado con lo que deseas, Sav —le susurro, rozando el peligro—. Porque recuerda que cuando me propongo algo, no me rindo. Y no sé si estás lista para seguirme el ritmo...

Ella traga saliva, y esa pequeña muestra de vulnerabilidad es todo lo que necesito para tomar el control.

Me agacho con un movimiento rápido, esquivando sus manos, y le rodeo la cintura con el brazo derecho.

Antes de que pueda soltar el chillido que ya se le está formando en la garganta, la cargo sobre mi hombro.

—¡Dylan! —protesta, golpeándome la espalda con los puños mientras sus piernas patalean en el aire—. ¡Eres un idiota tramposo! ¡Bájame ahora mismo! ¡Esto es juego sucio!

Ignoro sus quejas y me adentro un par de pasos más en el océano. A lo lejos, escucho los vítores y los aplausos de Ewan y Nora, que están disfrutando del espectáculo desde la arena.

—¡No! ¡Está helada! ¡Te juro que, si me tiras, te mato! —amenaza Savannah, aunque su voz vibra cargada de emoción.

Sus dedos se entierran en la tela de mi camiseta, buscando algún tipo de agarre.

—Dijiste que querías que probara el mar, ¿no? —Me detengo cuando el agua nos llega casi a la cintura y ya me cuesta andar por el peso de la ropa—. Pues vamos a probarlo juntos. A la de tres.

—¡Dylan, ni se te ocu...!

No llego a tres. Me dejo caer hacia atrás con ella, hundiéndonos de golpe en una ola que rompe justo a nuestro lado.