CAPÍTULO 43
Dylan
E stoy tan disociado que no hago más que asentir a todo.
«¿Te parece bien que tú y yo salgamos juntos, Dylan?». Eso es lo primero que me ha preguntado Nora antes de que se abriera la escotilla y, cómo no, he dicho que sí como un completo pardillo. ¿Qué otra opción tenía?
Nada más aterrizar en la terminal privada de Van Nuys, el jefe de seguridad de Ewan, que ya aguardaba en la pista, le ha informado de que ha pillado a varios paparazzi colocando teleobjetivos en los alrededores.
Y como Ewan y Savannah siguen atrapados en su falsa fase de luna de miel, han tenido que bajar de la mano, entrelazando los dedos ante los focos.
Nora me ha agarrado del brazo, obligándome a avanzar justo detrás de ellos, simulando que todo esto no es más que una idílica escapada de parejas.
Ahora, el jefe de seguridad nos guía a paso ligero hacia un gigantesco SUV de cristales blindados y completamente opacos que espera con el motor en marcha a unos metros del ala del avión.
Ewan y Savannah caminan delante, manteniendo una distancia perfecta para las cámaras, sonriendo a la nada con una profesionalidad fría que me revuelve el estómago.
Me parece alucinante que esta sea su vida ahora.
—No mires hacia las vallas perimetrales, Dylan —me susurra Nora al oído, clavándome las uñas en el brazo a medida que aceleramos el paso—. Camina con naturalidad. Sonríe si puedes.
Intento torcer el gesto en lo que espero que parezca una sonrisa, pero me siento como un maldito extra en el rodaje de una película en la que no quiero actuar.
Cuando el escolta abre la pesada puerta trasera del vehículo, Ewan entra primero y deja paso a Savannah. Justo antes de subir, ella se detiene un milisegundo en el estribo del coche y gira levemente la cabeza hacia mí.
—Arriba, chicos, no tenemos todo el día —apremia el de seguridad.
Nora sube detrás de ella y yo me meto el último con un portazo que nos aísla del ruido exterior.
Dentro, Savannah vuelve a buscar mi mirada, arrepentida.
Sabe de sobra que este no es el escenario ideal para ninguno de los dos.
Y no se equivoca, pero lo que más me jode no es todo este numerito, sino que los flashes ya se han apagado, las ventanas están tintadas y Ewan todavía no le ha soltado la mano a mi chica.
«Mierda, ¿qué acabo de decir?».
No sé cómo procesar que mi estúpido cerebro ya la esté reclamando como si el pasado no hubiera existido.
Sé que me prometí que jamás volvería a caer, pero sabíamos que esto iba a pasar.
Con ella es imposible. Me siento atrapado por cada uno de sus movimientos, como si yo fuese una polilla y ella el puto cartel luminoso más grande de Nashville.
Y aunque intente deshacerme de ella, la volvería a elegir todas las veces. Aunque su luz se apagara.
El SUV arranca directo hacia la salida. Y ahora sí, Savannah se deshace de la mano de Ewan con delicadeza.
—¿Cómo lo hacemos? —pregunta ella, mientras se frota la muñeca—. ¿Creéis que nos seguirán? Podemos ir todos a mi casa, pero no quiero que pierdas más tiempo por mi culpa, Ewan. Suficiente has hecho ya por mí.
—No hay problema —responde él sin levantar la vista de la pantalla del teléfono—. Esas fotos nos han venido de lujo a los dos. Alen te va a dar hasta las gracias.
—Mierda —murmura ella, cogiendo de nuevo su teléfono—. ¿Debería avisarle de que ya estoy aquí? Mañana tengo que ir a la oficina a primera hora.
—No te preocupes, si ese hombre tiene una alerta para tu nombre. Ya se habrá enterado de que has aterrizado gracias a TMZ.
Al final, deciden que lo mejor para no levantar sospechas es ir todos a casa de Savannah. Una vez allí, Ewan se marchará en el mismo SUV; de ese modo, la prensa no sabrá si el coche va lleno o vacío.
El viaje por la autopista de la costa se pasa volando, sobre todo porque Nora no se calla y va haciendo de guía turística.
Me recuerda a Brooke, solo que con un extra de cafeína.
Según me ha contado, Sav vive en una zona llamada Pacific Palisades que no me suena de absolutamente nada.
Ella insiste en que me tiene que sonar porque es el mismo barrio en el que viven Adam Sandler y Reese Witherspoon y, por si fuera poco, es donde se rodó Ponte en mi lugar .
Después de cuarenta minutos tragándome datos inútiles sobre famosos, el coche cruza una verja automática.
Avanzamos por el porche de una mansión de hormigón blanco y cristal hasta desaparecer en el garaje.
Sabía que Savannah y yo pertenecíamos a mundos distintos, pero no había dimensionado la brecha hasta ahora.
Subimos a la primera planta en un ascensor privado y, en cuanto damos un paso fuera, las luces de la estancia se encienden de forma gradual, dándonos la bienvenida.
La iluminación me permite ver un espacio diáfano tan gigantesco que mi primera planta cabría dentro de su zona de sofás.
Las paredes son cristaleras de suelo a techo que ahora mismo están cubiertas por un estor gris, pero me puedo imaginar las vistas.
Bueno, seguro que la realidad le da mil vueltas a mi imaginación.
—¡Dylan! —me apremia Savannah.
Todos han avanzado hacia la cocina y yo sigo plantado delante de la puerta del ascensor. El suelo de mármol está tan jodidamente limpio que me da miedo dar un paso con mis zapatillas grasientas y desgastadas.
—¿Os apetece un chapuzón? —pregunta Ewan mientras pulsa un botón en la pared. El estor gris sube para dejar vía libre a los últimos rayos de sol y, tal y como esperaba, las vistas del atardecer tiñendo el salón de tonos rosas y dorados son una locura.
Savannah se encoje de hombros y desaparece escaleras arriba.
¿Qué hago?, ¿la sigo? No. Me quedo aquí plantado como un pasmarote.
Me repatea estar actuando así, tan indeciso con todos mis movimientos, pero me noto completamente fuera de mi zona de confort. Todo esto lo único que hace es recordarme que ella juega en las grandes ligas y yo sigo en el banquillo.
Por fin, obligo a mis pies a moverse y decido avanzar hacia la cocina. Me siento en uno de los taburetes mientras espero a que Nora termine de calentar algo en el microondas.
—Tienes que probar esto.
Me desliza el plato por la barra y arqueo las cejas. No tengo ni idea de lo que es.
—Son unos tacos de tartar de atún con crujiente de alga nori y una salsa de mango —añade ella, señalando el plato—. Los hace la cocinera de Savannah y están buenísimos. Hazme caso, pruébalos.
Me tiende un tenedor y apenas alcanzo a hincarle el diente al primer taco cuando el eco de unos pasos me obliga a levantar la vista.
Savannah baja las escaleras a toda velocidad.
Adiós a las plataformas imposibles y al maquillaje de antes.
Pese a la mansión, vuelve a ser ella. Va descalza, con el pelo revuelto por el viaje y recogido en un moño deshecho del que se le escapan decenas de mechones.
Lleva una sudadera tres tallas más grande que probablemente le ha costado una fortuna.
Sin embargo, hace que se vea tan pequeña y accesible que, de pronto, este lugar deja de ser tan intimidante.
—¡¿Ya le has dicho a Reneé que te cocine eso?! ¡Sabes que odio cómo huele! —se queja Savannah en cuanto pisa la cocina, arrugando la nariz.
—Aproveché que no estabas —se exculpa Nora, encogiéndose de hombros con total impunidad mientras le da otro mordisco a su taco—. Pero también tiene que haber algo por ahí para ti.
Savannah ignora a Nora por completo. Da un paso hacia la barra y se inclina sutilmente hacia mí.
—Ni se te ocurra acabar de meterte eso en la boca si luego quieres que te bese —canturrea al ver que sigo con el tenedor en la mano.
Con el taco a medio camino de mi boca, suelto el cubierto de golpe.
—Era broma, Dylan —añade de inmediato al ver mi reacción. Se alza de puntillas para coger un bol del armario y luego saca los cereales y la leche—. ¿Tú quieres algo, Ewan? —le pregunta a este, que contempla la costa apoyado en la barandilla de una de las terrazas de la casa.
—¡Ir a la playa! —Se gira, señalando la inmensidad oscura del exterior—. ¡Aunque ya os habéis perdido el atardecer!
—Está bien… —Savannah se prepara los cereales y se vuelve hacia nosotros—. ¿Vamos?
—¿Vas a bajar a la playa con eso? —Señalo el bol de porcelana rosa pastel y la cuchara.
—Sí, ¿por qué no?
Nora menea la cabeza con una sonrisa y se adelanta a abrir la puerta acristalada que da al jardín trasero a la vez que le lanza unas chanclas a Savannah.
Minutos después, nos encontramos los cuatro descendiendo por unos senderos empinados. La zona está llena de casas de diseño colgadas de los acantilados, conectadas por laberintos de vegetación y empinadas escaleras de piedra.
Ewan y Nora van delante, abriendo camino a zancadas con las linternas de sus teléfonos encendidas. Él va saltando los escalones, ella intenta seguirle el ritmo como puede.
Savannah y yo, en cambio, nos hemos quedado rezagados.
Yo me he puesto delante para evitar que se despeñe por las rocas con el bol entre las manos.
Aunque debe de estar más que acostumbrada a hacerlo, porque está manteniendo el equilibrio de una forma milagrosa para que la leche de sus cereales no salpique su sudadera de marca.
La luz de la luna se filtra entre las palmeras vecinas, iluminando las siluetas de Nora y Ewan, que ya están cruzando las escaleras peatonales sobre la autopista de la costa.
Seguimos bajando un par de minutos más hasta que, por fin, alcanzo a ver la arena a unos metros de nosotros.
Savannah me ha adelantado para detenerse a mitad del último tramo de escaleras; hunde la cuchara en el bol de cereales y se la lleva a la boca antes de continuar.
Se limpia la comisura del labio con el dorso de la mano y se gira hacia mí, aprovechando que el ruido de las olas a pocos metros amortigua nuestras voces.
—¿Hacía mucho que no venías a la playa? —me pregunta, sosteniendo el bol contra su pecho.
—¿Cuenta Beach Island en el lago Norris?
—No tengo ni idea de donde está eso, pero si tiene la palabra «lago», no, no cuenta.