CAPÍTULO 42
Savannah
Y a vamos rumbo al Wilson Air Center, la terminal privada de Memphis.
La camioneta se ha quedado con Roger, algo curioso teniendo en cuenta el desastroso inicio de nuestra relación, pero parece que pasar toda la mañana atrapados allí ha servido para estrechar lazos.
Nos ha prometido cuidarla, o al menos echarle un vistazo para que no la desvalijen hasta que alguien vaya a por ella.
Dylan no se ha ido muy convencido, pero tampoco le ha quedado otra que dejarse llevar…
, aunque sea justo lo que peor se le da.
Para calmarlo, le he prometido que al pisar Los Ángeles buscaremos una empresa que mime a su pequeña chatarra como es debido.
Obviamente, la palabra «chatarra» no la he dicho en voz alta porque mi objetivo es llegar viva a California.
Estamos en la parte trasera de un Mercedes Clase G que no tengo ni idea de dónde han conseguido tan rápido, porque apenas una hora después de colgarle a Nora, el coche ha aparecido en la gasolinera.
Puede que yo sea famosa, pero lo de Ewan es jugar en otra liga.
Da la impresión de que el planeta entero respira única y exclusivamente para cumplir sus caprichos.
Aunque con la fortuna que mueve al año en el país, tampoco es de extrañar.
Alen siempre lo ha dicho: «los famosos nunca caemos bien, solo nos hacen la pelota por los billetes que dejamos a nuestro paso».
Y ahora que lo pienso…, no sé por qué se califica a sí mismo de famoso, pero bueno.
Un frenazo suave me saca de mis divagaciones mentales.
El chófer detiene el tanque de lujo tras cruzar la verja de seguridad, dejándonos en el interior del hangar privado.
Dylan clava los ojos en los cristales tintados y se le escapa un gruñido de incomprensión.
No se siente nada cómodo en este tipo de ambiente, lo sé.
Sigo la dirección de su mirada hacia el fondo del gigantesco espacio, donde Nora y Ewan están jugando al pickleball sin red en mitad del espacio, justo al lado de varios carritos de golf y vehículos de asistencia de gama alta.
Un par de operarios de rampa pasan por su lado cargando maletas hacia el jet que espera en la pista exterior y ni siquiera se inmutan.
Se limitan a esquivar la pelota y siguen a lo suyo.
En un aeropuerto privado, ver a alguien jugando con una pelota entre aviones debe de ser la menor de sus excentricidades.
Cuando el chófer nos abre la puerta y me devuelve mi maleta, Nora es la primera en vernos. Atrapa la pelota en el aire, le lanza a Ewan una mirada triunfal y se encamina hacia nosotros con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡¡Por fin!!
Sé que no me lo está diciendo a mí, sino a mi acompañante.
Después de tanto tiempo, al fin lo ve en persona.
Dylan se tensa un milisegundo, probablemente abrumado por la irrefrenable energía que desprende mi amiga, pero se deja abrazar justo después de que ella le haga un repaso general con la mirada.
—Ahora entiendo muchas cosas —comenta Nora en cuanto se separa de él, dedicándome un guiño cómplice.
Pongo los ojos en blanco deseosa de que deje de montar el numerito.
Por detrás, Ewan se acerca a nosotros sosteniendo las dos palas y la pelota con una sola mano.
—¡Savannah! Qué bien te sientan las vacaciones —exclama. Me envuelve en un abrazo rápido que casi me deja sin aire y, cuando se separa, repara en Dylan.
Lo escanea de arriba abajo, imitando el gesto de Nora, aunque sé de sobra que su cerebro procesa la información de forma totalmente distinta. Entorna los ojos, ladea la cabeza y frunce el ceño con un claro esfuerzo mental.
—Me suenas de algo, tío… —murmura, buscando en sus archivos mentales sin demasiado éxito.
De hecho, es el propio Dylan quien tiene que salvarlo y refrescarle la memoria.
—Coincidimos en el draft —le aclara—. Yo estaba…
—¡Oh, sí, ya caigo! —Ewan chasquea los dedos de la mano libre—.
Tío, todavía tengo sueños húmedos con el sabor de aquella cerveza.
Qué locura. —Se queda con la mirada perdida en el vacío hasta que, de pronto, su mirada rebota hacia mí—.
Espera un momento… —Nos señala a ambos con una pala de pickleball —. Vosotros dos… ¿qué hacéis aquí juntos?
Está a punto de estallarle la cabeza, lo noto.
—Es una historia larga, Ewan —interviene Nora, que claramente no lo ha puesto el día por el camino—. ¿Qué tal si nos la contáis en el avión?
Y, sin darnos opción a protestar, nos empuja a todos en dirección al jet . Ewan camina a nuestro lado rascándose la nuca, todavía con la mirada fija en nosotros y los ojos entornados, intentando resolver la situación.
Antes de subir por la escalerilla plegable del avión, un señor me quita la maleta de las manos y se la lleva consigo. En cuanto cruzo el umbral de la cabina, el aire acondicionado me golpea la cara con un sutil aroma a cuero nuevo. Es una pasada de avión.
A ver, yo también tengo un jet , pero el mío (bueno, técnicamente es de la discográfica) parece un autobús escolar de los años noventa comparado con este armatoste futurista.
La cabina es alargada y tiene un diseño minimalista que contrasta por completo con la personalidad de Ewan.
El espacio principal lo ocupan cuatro enormes sillones ejecutivos de piel beige colocados cara a cara, separados por mesas desplegables, mientras que en la parte de atrás se acomodan dos asientos más.
—Sentaos donde queráis. ¿Queréis algo de beber antes de que despeguemos? —nos ofrece Ewan.
Miro hacia la entrada, donde aparece de la nada una azafata de piernas infinitas y falda cortísima. Aunque igual es tan alta que esa es simplemente la medida estándar del uniforme.
—Unas copas de champán vendrían de perlas para celebrar el viaje —responde Nora.
La miro ojiplática. No quiero que se aproveche así de Ewan, pero a él parece no importarle lo más mínimo. La azafata, tan pronto como escucha la petición, asiente con profesionalidad y se pone manos a la obra en el pequeño espacio dedicado al minibar.
Dylan, que parece un poco desubicado, se deja caer en uno de los asientos de piel con la mirada fija en la cabina de mandos.
Lo imito y ocupo la butaca que queda justo enfrente de él.
El espacio es tan pequeño que nuestras rodillas casi se rozan.
Aprovecho el ángulo y el cobijo de la mesa para estirar el brazo y buscar su mano por debajo.
—Bienvenidos a bordo —nos recibe el piloto—. Tendremos la pista libre para el despegue en unos veinte minutos. Disfruten del vuelo. —Y con eso, desaparece dentro de su cabina.
El ruido de los motores crece hasta convertirse en un ronroneo continuo. Al notar la vibración, Dylan me aprieta suavemente la mano. Le devuelvo una sonrisa rápida mientras Nora y Ewan se instalan frente a nosotros.
—Disculpen. —La azafata nos tiende una copa a cada uno—. Aquí tienen. Eso sí, tengan en cuenta que antes del rodaje vendré a por ellas.
No se me pasa por alto que, antes de irse, le guiña un ojo a Ewan y le pasa la mano de un modo muy cariñoso por el hombro.
Un momento, ¿esta chica sabe que ese señor al que acaba de sobar y yo estamos «saliendo»? Muy feo por su parte, desde luego.
Le echo una mirada rápida a Ewan, pero está demasiado ocupado con el culo de la azafata como para prestarme atención.
Aprieto el tallo de la copa y dejo escapar una risita incrédula, observándolo con un deje de diversión.
—A ver, Ewan —le digo en voz baja, inclinándome un poco hacia su zona—.
Al menos disimula un poco. Te recuerdo que tú y yo estamos juntos —entrecomillo la palabra—.
Un respeto a mi reputación. —Lo digo con una sonrisa, pero lo cierto es que me fastidiaría bastante que se me volviese a conocer por lo mismo—.
¿Le has hecho firmar el contrato de confidencialidad?
Ewan suelta una carcajada, relajando los hombros sobre el respaldo.
—¿Y tú? Porque todo apunta a que te fugaste del draft con el tío de la cerveza. Creía que ese no era tu estilo, pero bueno, bien jugado —replica él, devolviéndome el golpe—. Enhorabuena, tío, veo que tienes buen gusto para todo. —Eleva su copa en un brindis silencioso hacia Dylan.
—Ewan, cariño. —Nora suelta la copa y posa su mano encima de la de Ewan, que descansa sobre la mesa—. No te enteras de nada. Ellos ya se conocían de antes.
El avión da un giro suave en el asfalto, alineándose con la pista de despegue principal. Noto que el zumbido de los motores cambia a un rugido mucho más profundo y potente. La azafata reaparece a paso rápido para retirar las bebidas.
—Vamos a salir antes de lo previsto. Les tengo que retirar las copas.
Todos asentimos, a pesar de que nos queda más de media copa por terminar.
Solo Nora, con una agilidad asombrosa, atrapa su copa y la de Ewan, se funde su champán de un trago y, acto seguido, se empina lo que le quedaba a él.
Le entrega las dos copas vacías a la azafata con una sonrisa angelical, sin pestañear.
La chica los recoge con una reverencia educada y desaparece tras la cortina, moviéndose con un equilibrio perfecto a pesar de sus tacones y de los primeros bandazos del avión.
De repente, la aceleración me empuja hacia delante y el cinturón de seguridad se me clava en la parte baja del estómago mientras el jet gana velocidad sobre el asfalto.
Casi de inmediato, el morro se eleva con suavidad y esa conocida presión en el estómago me confirma que ya tenemos Memphis a nuestros pies.
En el aire, Nora se convierte en la encargada oficial de poner al día a Ewan. Le apasiona un buen chisme, es superior a sus fuerzas.
—Pero, para que yo me entere, ¿ahora estáis juntos o qué? —se interesa Ewan, que claramente se ha quedado con dudas.
Nora, que está sentada en el reposabrazos de su asiento mientras él la sujeta por la cintura, le da un pequeño empujón con el codo.
Hasta ella sabe que esa no es una pregunta muy prudente ahora mismo.
Aunque, claro, ella tampoco conoce las últimas actualizaciones de nuestra historia.
Solo con recordarlas, un cosquilleo me invade todo el cuerpo.
Miro de reojo a Dylan. Lleva en modo avión, literal y mentalmente, casi desde que despegamos. Tiene la mirada tan perdida en la ventanilla que juraría que ni se ha enterado del comentario de Ewan.
—¿Estás bien? —Le aprieto la mano.
—¿Eh? Sí, perdona. Voy un momento al baño a echarme agua en la cara, ¿vale?
En cuanto se levanta y el pestillo del baño hace clic, me giro hacia ellos y tiro del brazo de Nora.
—¡Ya os vale a los dos! —siseo, bajando la voz para que no resuene en la cabina.
—¿Nosotros? Si no hemos hecho nada —se defiende mi asistente. Ya no es amiga.
—¡No me lo asustéis! —Lanzo una mirada de advertencia que incluye a ambos—. Dejad de hacer vuestras excentricidades de famosos, comportaos como gente normal y no cotilleéis.
Nora rueda los ojos y desbloquea la pantalla de su móvil.
—Apagaré mi personalidad durante… —mira la hora— unas dos horas.
—Lo que no puede ser es que le hayas contado a Ewan delante de Dylan que…
Ewan carraspea y me indica el pasillo con un gesto rápido de la cabeza. Dylan ya está de vuelta y esquiva las leves turbulencias dando pequeños bandazos de un lado a otro.
—¿Y qué, Dylan?, ¿es tu primera vez en Los Ángeles? —pregunta Ewan en tono casual. Menos mal que ha reaccionado a tiempo.
Dylan se deja caer en el asiento y se abrocha el cinturón con dedos torpes antes de asentir.
—Sí. No suelo viajar mucho, la verdad. Lo más lejos que he ido es a Nueva York a ver a mi hermano, y de eso hace ya bastante.
—Ah, ¿sí? ¿Vive allí? —Nora se inclina hacia delante—. ¿Y nunca te ha picado el gusanillo de irte de Dukeforth? ¿Salir de allí por una temporada?
—No, la verdad. Allí está todo lo que necesito.
Estaba claro que esa iba a ser su respuesta, pero oírla de forma tan directa me molesta. Es complicado intentar algo con tanta distancia y unos estilos de vida tan dispares. Si al menos eliminásemos uno de los factores...
—Vivir en un pueblo tiene su punto, a mí me flipa ese rollo —añade Ewan, estirando las piernas en el pasillo—, pero también tiene sus límites, tío.
Yo soy de Lindsborg, Kansas, y cuando me fui de allí, apenas éramos tres mil habitantes.
Si quieres hacer algo grande, un sitio así te pone un techo muy rápido. Estás condenado a ser uno más.
—Pero es que yo no soy así —contesta algo a la defensiva—. No quiero hacer algo grande.
—¿No tienes una marca de cerveza?
Me fijo en que Dylan se revuelve en el asiento, incómodo.
—Sí, y precisamente por eso. Es un negocio familiar, artesanal de verdad.
Hacer algo grande significa acabar vendiendo la fórmula a una multinacional para que la metan en una cadena de montaje hiperindustrial, destruyan la esencia y mecanicen el proceso.
Si hago eso, se convertirá en otra bebida genérica de supermercado y dejará de ser mi cerveza.
Lo escupe de carrerilla, como si llevara el discurso ensayado y no fuera la primera vez que lo recita. Ewan lo escucha concentrado y asiente a su mismo ritmo.
—Te compro el argumento, y además te lo respeto —concede, apuntándole con el dedo—.
Ese romanticismo es el que le da valor a lo que haces.
Yo también lo tenía al principio. ¿Sabes lo que hago ahora?
Todo el mundo se cree que soy «el tonto de Ewan Brown», así que adiós al romanticismo.
Les sigo el rollo y alimento el mecanismo mientras yo cobro facturas cada vez más grandes.
—Ewan pulsa el botón del reposabrazos para ajustar la inclinación de su respaldo—.
Pero el problema en tu caso es que ese romanticismo no paga las facturas cuando las materias primas suben o cuando una mala racha con los distribuidores te aprieta.
Mantener una empresa con esa filosofía hoy en día es casi inviable.
Al final, si de verdad quieres proteger tu marca, necesitas un escudo. Un apoyo externo que asuma los golpes.
Dylan se queda mirándolo en silencio, procesando las palabras. La tensión de sus hombros cede un milímetro. Está bajando la guardia.
—Ya —murmura, clavando la vista en el suelo del avión—.
Supongo que el truco está en encontrar a alguien que entienda el valor de lo pequeño y no intente eliminarte en el proceso.
—Antes de seguir hablando, Dylan alza la vista de las deportivas de diseño de Ewan para mirarme—.
Aunque, bueno, tampoco quiero darle más importancia de la que tiene.
Supongo que no soy el único aquí que ha tomado malas decisiones por confiar en quien no debía... , ¿no?