CAPÍTULO 41
Dylan
L levo más de tres horas intentando arrancar la camioneta y, por más que hundo el pedal, no hay manera. Tose peor que un gato moribundo.
Al principio, cuando hemos terminado de rellenar el depósito (de gasolina, obviamente), el motor ha hecho un pequeño intento de encender; ha vibrado en un amago fugaz bajo mis pies para luego venirse abajo con un quejido ahogado.
En ese primer intento he querido confiar, pero a la quinta tentativa la paciencia ha empezado a abandonarme.
No vamos a salir de aquí en la puta vida.
Hasta Roger, que así se llama el tipo de la gasolinera, ha terminado por salir de su garita para intentar ayudar.
Me ha pedido que le diera al contacto una y otra vez mientras él hurgaba entre los manguitos e intentaba purgar el motor, soltando algún que otro taco entre dientes.
Ahí ha sido cuando me ha dicho su nombre, justo después de quemarse los dedos con el motor hirviendo.
Después de un rato, se ha limpiado las manos en un trapo mugriento, se ha encogido de hombros y se ha pirado sin decir gran cosa. Espero que al menos haya sentido algo de culpa por cobrarme sesenta dólares por este resultado tan desastroso.
Bueno, que se joda por la quemadura.
Pero a quien de verdad le ha fastidiado todo esto, aparte de a mí, claro, es a Savannah.
Sigue callada y en la misma posición: sentada en el asiento del copiloto, con la puerta abierta de par en par para que corra algo de aire, mientras golpea el suelo con la punta de la bota a un ritmo frenético e irregular.
Está más nerviosa que yo, y no porque tenga prisa por llegar al aeropuerto —cosa que, siendo sincero, no sé cómo va a conseguir—, sino porque teme haberla cagado de forma definitiva.
Sabe lo importante que es la camioneta para mí, pero yo nunca sería tan superficial como para echarle en cara algo así.
Necesito que pare. Necesito decir algo antes de que el ambiente termine de asfixiarnos y volvamos a levantar el muro que tanto nos ha costado derribar.
—Quedan restos —acepto, rindiéndome y fingiendo un tono más ligero de lo que de verdad siento—. Hemos vaciado lo que hemos podido, pero el sistema sigue sucio. Hasta que no se limpie del todo…
Dejo la frase suspendida y, con un ademán despreocupado, fuerzo una sonrisa.
—Es lo normal —añado enseguida, tratando de convencerla—. No iba a arrancar a la primera.
Justo cuando parece que va a abrir la boca para disculparse por vigesimonovena vez, el teléfono vibra en su mano. Savannah baja la mirada a la pantalla y su expresión se ensombrece.
—Es Nora —murmura para excusarse.
Sin esperar mi respuesta, se baja de la camioneta y descuelga la llamada mientras se aleja.
En cuanto compruebo que está a una distancia prudencial, descargo la frustración con un último golpe al volante, el cual me devuelve un dolor punzante a la palma de la mano.
No quiero que Savannah me vea de mala hostia y piense que es por su culpa.
—¡Está bien, tú ganas! —Le grito a este viejo trasto inservible.
Savannah camina unos metros hacia el arcén, buscando refugio bajo la sombra de un cartel publicitario descolorido.
La observo a través del parabrisas sucio.
Gesticula con una mano mientras con la otra se aparta el pelo que no para de volársele por culpa del aire caliente.
Anda en línea recta, haciendo equilibrios sobre la raya blanca que delimita la carretera, y patea las piedras que encuentra a su paso.
Cuando cuelga y regresa hacia mí, sé que Nora ya ha aterrizado en Memphis, pero no tengo ni idea de lo que eso significa para nosotros.
—Vente conmigo a Los Ángeles.
Me quedo clavado en el sitio, incapaz de reaccionar y con los dedos todavía apretando el volante.
—¿Qué? Savannah, no puedo irme contigo a Los Ángeles y dejar esto aquí tirado…
—Dylan, mírame —me interrumpe, apoyando las manos en el marco de la puerta.
Sus ojos brillan con tal determinación que me resulta imposible romperle la ilusión—.
Sé que le tienes mucho cariño, y no sabes cuánto me fastidia haberla estropeado, de verdad.
Pero es solo… —noto cómo mide sus palabras— un poco de metal encima de cuatro ruedas.
Se sube de nuevo de copiloto.
—No sé qué va a pasar con nosotros, Dylan.
No tengo ni idea de cómo se arregla lo nuestro —admite con la voz algo rota—, pero tengo todas mis esperanzas puestas en que lo vamos a descubrir.
Pero lo que no voy a hacer es subirme a ese avión y marcharme sabiendo que te quedas aquí tirado esperando un milagro que no va a llegar.
Ya encontraremos la solución para mover la camioneta después, pero ahora…
Ahora te necesito en ese vuelo. No voy a poder hacerlo sin ti.
Súbete a ese avión conmigo —susurra y, al menos, el motor de mi pecho vuelve a rugir—.
No dejes que Memphis sea donde nos volvamos a perder.
Exhalo todo el aire que llevaba retenido y, por fin, suelto el volante.
—Está bien. A la mierda. —Y el alivio en su rostro vale más que todo el oro de Tennessee.
No puedo contenerme más. La atrapo por la nuca y la beso con una urgencia que me hace soltar toda la tensión acumulada.
Savannah no tarda en reaccionar. Con un movimiento rápido y nada estudiado, se sube a horcajadas sobre mis muslos, ignorando el freno de mano y pegando su cuerpo al mío hasta que no queda ni un milímetro de aire entre los dos.
Por fin va a servir de algo este trasto.
El calor de la cabina deja de ser por el sol y pasa a ser nuestro.
Me separo apenas lo justo para ver sus pupilas dilatadas y sus labios encendidos.
Deslizo mi mano por su muslo desnudo, sintiendo el contraste de su piel suave contra mis dedos callosos, y subo hasta su cintura para apretarla contra mí hasta arrancarle un jadeo que vibra en toda la cabina.
—Pero este es mi peaje a Los Ángeles —susurro contra su boca, mientras mis manos empiezan a deshacerse de los obstáculos que nos separan.