CAPÍTULO 40 #2
—¡Sesenta minutos, muchacho! ¡Sesenta minutos! —repite el hombre detrás de nosotros.
—Sí, sí —responde Dylan sin girarse—. No te muevas de ahí.
Va directo a su camioneta, a la que, pese a haberla dejado ayer a la sombra, ahora mismo le está dando todo el sol. Deja la manguera en la parte trasera, abre el depósito con un gesto rápido y se agacha un poco.
—¿Me la acercas, por favor?
Correteo hasta la parte de atrás y cojo el extremo de la manguera para pasárselo. Él la agarra, la desenrolla con un par de tirones secos y deja un extremo caer al suelo mientras sostiene el otro con firmeza.
—¿Has hecho esto alguna vez?
—Nunca he llegado a ser tan torpe como para necesitarlo, la verdad —me responde mientras mete el tubo dentro del depósito y lo empuja poco a poco.
Le dedico una sonrisa exagerada y le saco la lengua.
—Pero me he visto un par de vídeos esta mañana —añade, inclinando la cabeza para asegurarse de que encaja bien.
El sol le da de lleno, marcándole las sombras perfectas en el cuello y en los hombros.
Tiene el pelo todavía algo húmedo de la ducha, pero ya no es agua lo que cae.
Algunos mechones más largos se le pegan a la frente y pequeñas gotas de sudor empiezan a deslizarse despacio por la sien, bajando sin prisa.
Trago saliva e intento apartar la mirada. Pero, vaya, no puedo.
La camiseta empieza a pegársele ligeramente a la piel por culpa del calor. Es algo hipnótico.
Ahora está más concentrado, con el ceño algo fruncido y una mano sujetando el tubo, siguiendo con la mirada el avance del diésel por la manguera transparente.
—¡Mierda, mierda!
Dylan reacciona antes de que yo entienda siquiera qué está pasando. Se tensa de golpe y levanta un poco la manguera sin poder cortar el flujo.
—¿Qué? —exclamo, dando un respingo.
—Tráeme un cubo o algo —me ordena, alterado.
El líquido oscuro empieza a desparramarse por el asfalto caliente, extendiéndose en una mancha brillante y viscosa. Menuda liada.
—¡¿Cómo se te olvida lo más importe?! —le suelto, moviéndome alrededor sin saber muy bien qué hacer.
Dylan no me responde. Está demasiado ocupado intentando redirigir la manguera, levantándola, bajándola y cambiando el ángulo para detener lo inevitable.
—Date prisa—masculla entre dientes.
Giro sobre mí misma, buscando cualquier cosa que sirva, hasta que clavo mi mirada en ella: una papelera de plástico junto a la pared de la entrada de la gasolinera. Desde aquí parece vacía.
Salgo disparada, le quito la bolsa de plástico de un manotazo y vuelvo sobre mis pasos a toda velocidad. Madre mía, ya tengo las pulsaciones por las nubes.
—¡Toma! —digo, colocándola debajo del tubo justo a tiempo de liarla aún más.
Con el líquido ya controlado, nos quedamos así, en cuclillas, mirando cómo el nivel sube lento pero constante. Cielo santo, ¿pero cuánto diésel puse?, ¿por qué esto no acaba?
Y justo cuando empezaba a plantearme si esto iba a durar toda la mañana, mi móvil rompe a vibrar.
Dylan me mira, no dice nada, pero sé lo que está pensando.
Si me muevo un centímetro de la posición que hemos conseguido estabilizar y descontrolo el cubo, provocando que esto se derrame otra vez, soy chica muerta.
Con una precisión milimétrica, saco el móvil del bolsillo sin dejar de sujetar la papelera. Al ver que es Nora, deslizo el dedo, activo el manos libres y lo dejo en el suelo, entre los dos, sin apartar la otra mano ni un milímetro.
Ojalá sean buenas noticias.
—¡¡¡Sav, tú hombre está en camino!!!
Me quedo petrificada.
—Nora —la saludo demasiado rápido—, estás en manos libres.
No quiero que suelte ninguna burrada. Lo cual, tratándose de ella, es básicamente pedirle a un tornado que pase de largo.
Aunque igual ya es demasiado tarde. Dylan, al escuchar la estridente voz de mi amiga, aparta la vista del flujo de diésel y clava los ojos en el móvil. Luego me mira a mí. No sé si está molesto por la interrupción o por lo que acaba de oír.
—¿Y a quién tengo el pacer de saludar?
—Estoy con Dylan. —Lo miro de reojo, pendiente de todos sus movimientos.
—Interesante… —Nora alarga la palabra con una satisfacción peligrosa—. Pero bueno, no más interesante que lo que te voy a contar. Atenta, que no tengo mucho tiempo. He hablado con Ewan y vamos a ir a buscarte.
—¿Qué?, ¿cómo? —Me impaciento tanto que casi tiro el cubo de basura.
—Shhh —acalla mis palabras—. Si no me dejas hablar, no te lo puedo explicar.
—Sí, perdona.
—Vamos a ir en su jet privado.
—En mi nuevo HondaJet Elite II. —La voz de Ewan se mete de fondo, orgullosa y demasiado cerca del micrófono—. ¿Sabes lo que es eso?
—Ni idea —confirmo.
Dylan levanta una ceja, sin dejar de sujetar la manguera.
—Dile que ahora le mando una foto —insiste Ewan por detrás de Nora.
—Ewan, corazón…, sabes que te está escuchando, ¿verdad? —Mi amiga suspira, agotada.
—Esperad —interrumpo, intentando procesarlo—. ¿Estáis diciendo que vais a volar hasta Memphis… a por mí?
—Exacto. Tú solo encárgate de estar en la dirección que te voy a pasar en unas… cuatro horas. Nosotros estamos llegando al aeropuerto ahora.
Y antes de que pueda responder, la llamada se corta.
Cuando alzo la vista al frente, me percato de que la manguera no deja de gotear. El cubo está casi lleno, con el líquido rozando el borde, y en cualquier momento va a desbordarse.
Aun así, lo que más me preocupa de esta situación es que no sé descifrar la mirada de Dylan.