Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

Savannah

H emos entrado en un horrible y placentero bucle de sexo y películas del oeste, porque eso es lo único que sintoniza la televisión (con antena) de este motel.

Después de haber estado despiertos casi toda la noche, ahora mismo nos estamos tomando un descanso.

Dylan está duchándose y yo estoy tirada en la cama en ropa interior viendo a un joven Clint Eastwood hacer girar su revólver antes de enfundarlo con una mano mientras cabalga.

Impresionante. Yo ya me habría caído de ahí arriba.

Mientras cojo mis cereales de miel y mi zumo, marco el teléfono de Jeremy Jensen, que lleva llamándome y enviándome mensajes desde ayer por la tarde.

—¿Savannah?, ¿estás bien?

—Perdona, te he estado llamado mil veces como una loca —me disculpo antes de continuar—, y luego ya…

—Pero ¿estás bien? —insiste.

—Sí, sí. —Cojo un par de bolitas miel y me las llevo a la boca—. He tenido un problema con la discográfica y me he agobiado. No sabía a quién llamar y, bueno…

—¿Qué ha pasado? —se interesa.

Le hago un resumen rápido desde que salí del draft en Nashville hasta ahora, perdida en un motel de Memphis.

—¿Te has saltado algún evento programado?

—No. Solo me fui un día antes del draft , pero no teníamos nada agendado para ese día. Ni para estos…

—No te has saltado ninguna cláusula. No tiene derecho a bloquearte las cuentas.

Alen tiene a todos sus artistas bien atados. Sé que cualquier modificación en la agenda de última hora que pueda impactar directamente en sus ganancias o tenga repercusiones a largo plazo, está penalizada, pero aquí el que se ha saltado las reglas ha sido él.

Pero sé por qué lo ha hecho. Cuando nos conocimos, una de sus primeras obsesiones fue borrar todo rastro de Dukeforth de mi historial.

Obviamente no le costó demasiado, nadie me conocía.

Y, aunque no lo dejó por escrito, ese pueblo es una red flag enorme para él.

Y haber vuelto, y más sin su consentimiento, supone toda una ofensiva militar para él.

—¿Cuánto?

—¿Cuánto qué? —le pregunto, desorientada.

—¿Cuánto necesitas para salir de allí?

Es cierto que en un principio le he llamado para pedirle dinero, pero ahora, visto con perspectiva y mucho más relajada, me muero de la vergüenza de haberlo pensado siquiera.

No tenemos tanta confianza. Aunque también es cierto que para él dejar miles de dólares tiene que ser como cuando tu abuela te daba cinco dólares para comprar la Teen Vogue .

Algo simbólico para ella, pero lleno de valor para ti.

—No te preocupes, Jeremy. Cuando te he llamado estaba agobiadísima y no sabía cómo iba a salir de esta, pero Nora ya se ha puesto en contacto con mi gestor. En unas horas debería tener acceso a algo de dinero hasta que se solucione todo esto.

—Me sentiría más tranquilo si aceptases mi dinero, la verdad.

Lo que decía, Jeremy Jensen es mi abuela de New Jersey.

—¿Cuánto quieres? —insiste—. ¿Diez mil?, ¿veinte mil?

—¿Te has vuelto loco? ¡Solo quiero volver a Los Ángeles, no dar la vuelta al mundo! No pienso aceptarlo, de verdad. Ya estoy a mitad de camino —miento.

—No flipes, Savannah. Estás a más de un día en coche. Y no sabes cuánto tiempo te va a tener Alen en esta situación. Mira, hacemos una cosa. Ábrete una nueva cuenta en el banco que sea, pásame tus datos y te hago una transferencia.

—Pero… —intento rebatirle en lo que me meto tres bolas más de cereales en la boca. Estas van por mis entrenadores personales. Les encantará ponerme a hacer burpees a la vuelta.

—Lo siento, no acepto un no. Estoy en Los Ángeles de promoción, si te sientes mejor, cuando llegues, nos vemos y me invitas a algo.

—¿A algo de miles de dólares?

—Siempre he tenido unos gustos muy caros.

—No, en serio. Te lo voy a devolver.

—Bueno, Savannah, te voy a colgar, no porque no quiera hablar contigo, sino porque si sigues hablando me vas a intentar hacer el lío, y eso no es una opción. ¡Te espero en Los Ángeles!

—¡Jeremy! —le grito a un móvil que ya no tiene a nadie al otro lado.

Al echar la cabeza hacia atrás, me golpeo contra el cabecero de mimbre, cuyo único propósito es atrapar mi pelo suelto entre sus vetas para darme tirones.

Me siento mal por pedir dinero de este modo, pero ahora mismo es mi única opción.

Además, sé que es mucho más realista coger un vuelo en las próximas horas que hacer la Ruta 66 con Dylan, por muy tentadora que sonara la idea en mi cabeza.

Pillo de nuevo el móvil, me descargo una app de banca digital y abro una cuenta en tiempo récord para mandarle los datos a Jeremy.

Antes de tirar el móvil sobre la cama, mando un mensaje rápido a Nora poniéndola al día de las últimas novedades y rogándole que me diga algo, lo que sea, porque no sé nada de ella desde ayer y me estoy empezando a impacientar más de lo que creía posible.

Y ahora sí, suelto el teléfono para no caer en la tentación de ponerme a revisar las miles de notificaciones rojas que tengo acumuladas en los iconos de las redes sociales y el correo. Todavía no estoy preparada mentalmente.

Porque sí, estamos de acuerdo en que puede ser que haya tomado una serie de decisiones cuestionables en los últimos días, pero, siendo honesta conmigo misma, tampoco me parecen para tanto.

No sé, solo me gustaría volver a ser normal de vez en cuando y no tener tantos ojos juzgando las decisiones de alguien que solo ha hecho lo que ha considerado mejor para recuperar al que cada vez está más segura que es el amor de su vida.

Mierda, si TMZ se enterase de eso que acabo de pensar, les daría titulares para todo lo que queda de año.

Camino descalza por la habitación, esquivando las bolsas de comida y ropa que hay por todo el suelo, y voy hasta la ventana.

—¡Dylan! —grito en cuanto distingo movimiento en la gasolinera.

—¿Qué? —imita mi tono.

—¡El tipo de la gasolinera está ahí y está descargando cosas de una furgoneta!

Me aparto el pelo hacia un lado y miro hacia el baño, donde ya no oigo el grifo de la ducha.

La puerta se abre justo después.

Dylan sale del baño con la minúscula toalla del motel anudada a las caderas.

Un rastro de cientos de gotitas de agua le recorre el pecho, perdiéndose abdomen abajo sin ninguna prisa.

Vale, puede que no sean cientos, pero no me importaría lo más mínimo sentarme a contarlas una a una hasta que se evaporasen.

Él, ajeno a mi repentino interés por las matemáticas, agita la cabeza para deshacerse del exceso de agua, se pasa una mano por el pelo y se acerca a la ventana sin perder tiempo.

—¿Nos cambiamos rápido y bajamos? —propone—. Igual con un poco de suerte podemos ponernos en marcha en un par de horas.

Mientras él recoge todo el desastre del suelo y yo me cambio, le cuento que he estado hablando con un antiguo compañero de la discográfica y que me va a prestar algo de dinero para que pueda volver a Los Ángeles.

—¿Te ha ingresado diez mil dólares? Joder, ¿eso es lo que entendéis los ricos por «algo de dinero»? Puedes fletarte un avión para ti sola con eso.

—Estoy segura de que no lo ha hecho porque me tenga un especial cariño, sino porque odia a Alen. Lo que sea por fastidiarle.

—Yo no tengo dinero, pero sí que le daría un puñetazo encantado. Ese tío es un capullo.

Le sonrío dándole la razón y él me abre la puerta del motel para que salga primero. En cuanto lo hago, el sol me da de lleno en la cara.

—Madre mía… —murmuro, bajándome las gafas de sol que llevaba puestas en la cabeza.

El aire es denso, húmedo y pegajoso. Si Nashville y Dukeforth ya me parecían calurosos, Memphis es el infierno. Un infierno sofocante del que quiero desaparecer lo antes posible.

Dylan sale detrás de mí, cierra la puerta y, con dos zancadas, ya me ha adelantado y camina directo hacia la gasolinera.

—Eh. —Acelero el paso para alcanzarle—. Espera.

Noto cómo el calor sube desde el suelo, colándose incluso a través de la suela de mis botas. Todavía no llega a quemar, pero dale un par de horas. Hace más calor que ayer y apenas son las once de la mañana.

Empezamos a cruzar el aparcamiento y cada vez que pasa un coche por la carretera, levanta una nube de polvo que se queda suspendida en el aire el tiempo necesario como para hacerme toser. Cuando por fin llegamos, el tipo sigue descargando cajas de la furgoneta.

Dylan se detiene a un par de metros de él. Yo, en cambio, no tengo tanta paciencia.

—¡Hola! Buenos días, señor —le interrumpo, acercándome directamente—. ¿Se acuerda de nosotros?

Hago un gesto con la mano para señalarnos.

Él suelta la caja de nuevo en la parte trasera de la furgoneta y nos mira a ambos.

—Cómo olvidar a la princesita del diésel. ¿Habéis dormido en el coche? —Arruga la nariz y nos observa de arriba abajo.

No sé por qué nos mira con esa cara, porque incluso habiendo pasado la noche a la intemperie tendríamos mejor pinta que él.

—¿Tiene ya el sifón o qué? —le suelta Dylan.

El hombre se rasca la barbilla antes de contestar.

—Seguidme. —Hace un gesto con la cabeza y se da la vuelta sin comprobar siquiera si lo estamos siguiendo. Obviamente lo hacemos.

Dentro de la tienda hace el mismo calor, solo que también huele a café rancio. Miro la cafetera que hay al lado de la caja. Tiene pinta de haber estado goteando toda la noche, porque una gran mancha marrón inunda el suelo.

El hombre empieza a rebuscar entre el montón de cajas apiladas que estaba descargando.

—Dónde lo había metido… —murmura para sí mismo mientras se rasca el trasero por encima del vaquero manchado de aceite.

Dylan y yo, todavía esperando a unos pocos pasos de la puerta, nos miramos. Él pone los ojos en blanco y yo le insto a que se calme.

—Tienes dos opciones. O lo encuentras o me devuelves el dinero —sentencia Dylan con los brazos cruzados. Al menos lo ha dicho tranquilo.

—¡Aquí está! —Alza la mano al aire.

No había visto ese artefacto en mi vida, pero se parece mucho a una manguera de jardín, solo que transparente y con una bola negra.

—Ya creía yo… —murmura Dylan, acercándose.

Le quita la bomba de la mano y se encamina hacia la puerta.