CAPÍTULO 39
Dylan
B usco la llave de la habitación a tientas porque, por mucho que alce la mano en el pasillo, el sensor de movimiento no está cumpliendo su función y estoy completamente a oscuras.
Bueno, a ratos. El neón del motel parpadea al fondo y una farola ilumina lo justo para que todo dé el doble de mal rollo.
Menuda mierda de sitio.
Me he ido a por algo de cena y Savannah se ha quedado en la ducha. Ojalá todavía quede algo de agua caliente, porque hoy sí que la necesito.
Por fin, consigo sacar la llave, abrir y dejar la bolsa sobre la mesa de plástico. Como todo aquí dentro.
Espero que le guste lo que llevo, porque si no, su siguiente opción son los cacahuetes caducados de la máquina de vending del pasillo.
—Dylan, ¿eres tú? —Su voz sale amortiguada desde el baño, mezclada con el sonido irregular del agua.
Meneo la cabeza ante su comentario.
—¿Cambiaría algo si te dijese que no?
—Te sorprendería lo que puede llegar a hacer una chica indefensa con la alcachofa de la ducha.
Alzo una ceja y miro mi reflejo en el espejo.
—¿Seguimos hablando de posibles asesinos en serie?
—¡Dylan! —La puerta del baño se abre lo justo para que asome la cabeza. No veo mucho más, no sé si está desnuda. Solo alcanzo a ver mechones de pelo mojado pegados a su cara.
—He encontrado algo de cena —digo.
Abro la bolsa y empiezo a sacar las cosas, colocándolas sobre la mesa con más cuidado del que merecen. Dos sándwiches calientes de pastrami, unos aros de cebolla, una cerveza en la que no deposito demasiada fe y un zumo de mango.
—También he pillado un batido de fresa y unos cereales con miel para mañana desayunar.
Savannah frunce un poco el ceño desde la puerta.
—¿De dónde has sacado todo eso? —pregunta al fijarse de que ni el batido de fresa ni los cereales van en un envase normal, sino en una especie de táper de comida para llevar.
—Mejor no preguntes.
Vacila en el umbral, valorando si fiarse o no, y luego desaparece otra vez dentro del baño.
¿En serio no va a indagar más?
—Le he preguntado a la mujer del motel —añado, alzando un poco la voz— y me ha dicho que a unos veinte minutos andando había un hostal con restaurante y bufé libre.
Savannah sale del baño justo entonces, con una pequeña toalla rodeándole el cuerpo, y se detiene al ver la mesa.
—Este zumo es mi favorito.
Antes de que pueda responder, se alza de puntillas y me da un sonoro y rápido beso en la mejilla.
Lo sé. Cuando se fue, guardé el último envase en la nevera durante meses sin ninguna razón lógica que pudiera explicar en voz alta.
Savannah, ajena a mis pensamientos, sujeta con una mano la toalla contra el pecho y con la otra empieza a rebuscar entre los envoltorios grasientos hasta encontrar un aro de cebolla.
Aprovecho su movimiento para mirar su espalda desnuda, porque la toalla le hace bolsa y deja la mayor parte al descubierto. El brazo que tiene levantado crea un ángulo perfecto con el torso , y ahí, justo en el lateral de su espalda, pegado al pecho, veo algo. Unas letras escritas:
It started out with a kiss.
Sé perfectamente de dónde salen. Porque, aunque durante todos estos años haya estado intentando deshacerme de su recuerdo, ella ha seguido siendo Savannah Morgan. Y eso significa que su música ha estado sonando por todo el país sin parar. Incluso dentro de mi casa.
Sé que muchas de sus letras, como la que cantó en la fiesta de Olivia, hablan de mí… o de nosotros. No es que sea un egocéntrico, es que es bastante evidente si prestas un poco de atención.
Pero con esta no estoy tan seguro.
It started out with a kiss fue su primer single , y me gustaría decir que no lo he escuchado más de cien veces, pero estaría mintiendo como un bellaco. Es un temazo.
Cada vez que sintonizaba la radio, ahí estaba su voz: vibrante, rítmica y la hostia de pegadiza.
Me encanta cuando cuenta algo importante sin ponerse demasiado intensa.
Es una de mis canciones favoritas, me parece que es la que más encaja con lo que es ella, con su brillo. Tiene ese aire despreocupado y juguetón tan característico de ella, pero, al mismo tiempo, hay algo en la letra que te engancha.
A mí me pasa con Savannah lo que al resto del mundo con sus canciones. Es pegadiza, dulce y tremendamente difícil de ignorar.
—¿Eso es un tatuaje? —pregunto, señalando lo obvio.
No recuerdo habérselo visto en Nashville. Culpable. Aunque, siendo sinceros, el otro día mi atención estaba bastante ocupada en otras partes de su anatomía.
—Me lo hice ya hace algún tiempo —responde, sin darle la menor importancia—. Tampoco es para tanto.
—No digo que lo sea. Te recuerdo que yo también tengo uno. —Me cruzo de brazos, mostrándoselo—. Pero a ti no te gustaban. Decías que eran «decisiones permanentes tomadas en momentos temporales».
—Aquello no fue temporal —se limita a decir.
Al hacerlo, pasa los dedos por su costado, siguiendo la línea de la tinta negra, repasando algo que ya se conoce de memoria.
—Supongo que tienes razón —murmuro—. Es tu primer single . Y eso es importante.
Desvía la mirada de su piel y asiente con una sonrisa tímida, pero no añade nada más.
Sus ojos se clavan en los míos y sé que se está mordiendo la lengua. Conozco esa expresión. ¿Acaso sabe que me muero por saber si esa canción también habla de nosotros? ¿Quiere que suplique? Porque soy capaz de hacerlo.
Intento rebuscar en mi memoria la letra completa de la canción. Por suerte, no me resulta difícil:
A kiss can’t change everything
At least that’s what I used to believe
But that goes out the window
When it’s you leaning in on me
Drunk kisses, late night buzz
Yeah, you got me like that
I told you what I wanted
But with you I don’t have to ask
It started out with a kiss
Didn’t think it’d feel like this
«Just a couple nights,» I said
Now you’re stuck inside my head
It started out with a kiss
In a nowhere bar like this
Funny how a little spark
Turned into my whole damn heart
A song in some old bar
Wasn’t meant to change a thing
But somehow here we are now
And you changed everything
—¿Sabes? Me gusta que sepas esas cosas sobre mí.
—Supongo que no te eché de mi vida tanto como me hubiese gustado.
Tan pronto como lo digo, me arrepiento, porque la sonrisa que había dibujada en su rostro se desvanece.
Bocazas.
Estábamos empezando a salir del bucle y nos he vuelto a meter yo solito. Menudo imbécil.
—No ha sonado como quería —añado, pasándome la mano por la nuca. Necesito arreglarlo antes de que la tregua que hemos firmado se rompa del todo—. O sea… sí, ha sonado exactamente así, pero no es eso.
Alzo la mirada hacia ella. Sigue en el mismo sitio, apoyada contra la mesa, sujetándose la toalla con una mano y con el pelo todavía húmedo pegado a la cara. No se ha movido, pero algo en su expresión sí lo ha hecho.
—Lo que quería decir es que lo intenté. En serio —continúo, obligándome a no apartar la mirada—.
Intenté pasar página, hacer lo que se supone que hace la gente normal cuando algo se acaba.
No quedarme atascado en alguien que ya no está.
Y no lo pasé bien. Suena algo injusto, lo sé, pero no te miento si te digo que fueron los peores meses de mi vida, junto con la muerte de mis padres.
Después de esa confesión, el traqueteo del ventilador llena el silencio.
—Pero yo no quise desaparecer de tu vida, Dylan.
—Se atreve a hablar por fin—. Me fui así porque pensé que era lo mejor para los dos.
Ya sé que fue una cagada y te he pedido mil veces perdón por ello.
—Se humedece los labios, nerviosa—. Porque yo he querido estar contigo todo este tiempo.
¿Por qué no me cogiste el teléfono si tú también querías lo mismo?
—Supongo que la decepción y el orgullo sobrepasaron los límites de lo que sentía por ti entonces.
No suena bien, pero es cierto.
—Te dije que no, pero estaba enfadado —añado, en un susurro—. No sabía cómo dejar de estarlo sin volver a caer exactamente en el mismo sitio. Y, para sentirme mejor, te taché de algo que has demostrado no ser. Siento haberte llamado egoísta.
Savannah asiente despacio.
—¿Ya no estás enfadado?
—No. —Parece que vuelvo a ver un atisbo de su sonrisa—.
Supongo que con el tiempo dejas de querer protegerte tanto y empiezas a darte cuenta de qué cosas merecen la pena, aunque puedan salir mal o no hayas tomado las mejores decisiones por el camino.
Y tú… —me encojo ligeramente de hombros—, tú siempre has merecido la pena.
Savannah alza un poco la barbilla, buscándome.
Ojalá esté pensando en besarme. Porque yo sí.
Llevo mi mano hasta la suya y, con un leve movimiento, la incito a entrelazar nuestros dedos. La toalla cede y cae a nuestros pies.
Intento mantenerle la mirada, de verdad que lo intento, pero yo soy jodidamente débil y ella jodidamente preciosa.
Mis ojos bajan sin permiso, deslizándose por su piel, recorriendo su camino favorito de memoria.
Mi mano libre sube despacio por su brazo, sin prisa, dándole tiempo a apartarse si quiere. No lo hace. Chica lista.
Su respiración cambia y veo cómo su pecho empieza a subir y bajar de un modo mucho más profundo.
Cuando por fin la beso, tardo exactamente dos segundos en perder cualquier tipo de autocontrol. Porque en cuanto Savannah responde, todo se va al garete.
Sus dedos se enganchan a mi cinturón primero y luego suben sin paciencia, buscando mi camiseta, arrugándola entre sus puños. Le molesta que siga puesta, y a mí también.
Sonrío contra sus labios, notando cómo se me escapa el aire en medio del beso. Avanzamos a ciegas hasta que sus piernas se topan con el borde de la cama. Savannah suelta una risa breve, sorprendida, y con los cuerpos ya enredados, caemos a plomo sobre el colchón.
Aquí apenas cabemos.
El plástico de la colcha se pega a su piel desnuda y hace ese ruidito incómodo cada vez que intenta moverse, lo que solo consigue que se ría otra vez, sin separarse de mí.
—Este sitio sigue siendo horrible —murmura, sin soltarme.
—Sí —susurro, pegándome a ella hasta que mis labios rozan su cuello al hablar—, pero esto está mejorando bastante la experiencia.
Mis manos vuelven a su cintura, esta vez con menos cuidado, pegándola más a mí. Ella aprovecha el movimiento para acariciar mi espalda y, cuando sus manos se cuelan por debajo de la camiseta y la empujan hacia arriba, ya no hay vuelta atrás posible.
Me separo lo justo para quitármela, rápido, dejándola caer en algún rincón de la habitación. En cuanto vuelvo a ella, Savannah ya me está mirando como si hubiese perdido la poca paciencia que le quedaba, y joder, eso me gusta más de lo que debería.
Me estoy empezando a obsesionar con los hoteles, moteles y todos los lugares donde me deje hacerla mía.
Vuelvo a besarla, pero esta vez más despacio, bajando el ritmo a propósito y saboreando cada reacción.
Sus piernas se cierran un poco más alrededor de mí, buscándome sin ninguna clase de disimulo y encajándome mejor contra su cuerpo.
Me recorre entero y, tan pronto como la siento contra mi entrepierna, retrocedo.
Savannah no entiende mi reacción. Ella está desnuda y yo sigo atrapado en estos putos vaqueros. Como continúe restregándome así contra ella, la tela le va a hacer daño.
—Espera —murmuro, casi en un gruñido, rozando todavía su boca.
Savannah ni se aparta. Al contrario. Se mueve otra vez, provocando justo lo contrario de lo que le estoy pidiendo.
—Demasiado tarde—gime contra mis labios.
Se me escapa una risa imposible de controlar.
—Confía en mí un segundo. —Suelto el aire por la nariz y, como puedo, intento desabrocharme el cinturón sin apartarme del todo. Me incorporo a medias, con movimientos rápidos y torpes. Mis dedos buscan el botón del vaquero y fallan la primera vez. Y la segunda.
Cuando ella por fin entiende lo que quiero hacer, decide intervenir.
—Quita. —Se incorpora un poco sobre sus codos y empieza a aflojar la hebilla.
Sus manos sustituyen a las mías, mucho más decididas y rápidas.
—Joder… —mascullo, más para mí que para ella, que continúa a lo suyo, empeñada en no soltarme.
Yo, por mi parte, sigo encima de su cuerpo desnudo, solo que aprovecho para meter la mano en el bolsillo trasero de mi pantalón. Busco la cartera sin mirar e intento por todos los medios no perder el hilo de lo que estamos haciendo. Todo va demasiado rápido y demasiado lento a la vez.
Antes de que pueda frenarlas, un par de monedas se me escapan y caen al suelo con un tintineo metálico que resuena por toda la habitación. Ninguno de los dos nos inmutamos demasiado.
Por fin encuentro lo que buscaba entre papeles arrugados y tiques viejos. Lo dejo caer sobre la mesilla y, tras soltarme el cinturón, termino de deshacerme de los vaqueros y los bóxeres de un solo movimiento, apartándolos con el pie fuera de la cama.
Cuando vuelvo a mirarla, Savannah está justo donde la dejé… solo que ahora me observa de arriba abajo. Todavía sigue medio incorporada, con el pelo húmedo pegado a su pecho y la piel brillante por el calor que desprende esta maldita colcha de plástico.
Bajo la mirada hacia sus muslos, deseando perderme en ellos.
Savannah lo nota y es la primera que se mueve.
Alarga la mano hacia la mesilla con una calma espantosa, como si no estuviéramos a punto de perder completamente el control.
Coge el preservativo que he dejado ahí y lo abre con los dientes sin apartar la vista de mí.
El envoltorio cae a un lado y sus dedos se encargan del resto.
Deslizo las manos por su cintura. Su piel está ardiendo, jodidamente suave y húmeda. La pego a mi cuerpo de un tirón. Savannah se rinde al contacto, dándome vía libre mientras sus piernas se anudan a mis caderas para arrastrarme aún más profundo.
Le doy lo que pide. Al principio voy despacio, atento a cada una de sus reacciones. Registro el pequeño cambio en su respiración y el modo en que se le corta el aire cuando llego más hondo, con sus dedos clavándose con fuerza en mi espalda.
Ahí, arrastrado por el impulso, pierdo el control y acelero el ritmo.
Joder. Siento que mi cuerpo está recordando algo que mi cabeza llevaba demasiado tiempo intentando olvidar.
Bajo la cabeza para observarla de cerca mientras mis labios rozan su piel y se pierden en su cuello, sin prisa, solo lo justo para notar cómo tiembla a cada movimiento.
Cada vez que acelero o varío el ritmo, la siento fundirse conmigo.
Estoy pendiente de ella, de su vaivén, de su placer. Y cuando lo encuentro, lo sé.
Sus manos pierden el control: me recorren, me arañan. Su respiración se rompe, se acelera, y ese es el único detonante que necesito para no parar. Todo se vuelve más intenso, más rápido, más inevitable.
Y ahora, de verdad, ya no hay nada que nos obligue a frenar.