Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 38
66%

CAPÍTULO 38

Dylan

—¿C ómo no va a poder venir nadie a solucionarlo hasta mañana? ¡Estamos en medio de un viaje de negocios! —repito, apoyando los nudillos en el mostrador con más fuerza de la necesaria.

El viejo de la gasolinera mira nuestras pintas. Está claro que no se lo cree.

—Muchacho —dice, arrastrando la palabra—, yo no tengo la culpa de que tu novia haya echado mal el carburante.

Me giro despacio. Savannah está a mi lado, todavía recolocándose la camiseta y con el pelo pegado a la sien por culpa del sudor.

—Está claro que solo se pueden dedicar a una cosa, eh —insiste el viejo con una sonrisa socarrona que solo pide problemas.

—Oiga, tío —digo—. Si va a decir gilipolleces, mejor cállese.

Savannah, al oír mi tono, me agarra del brazo, tirando de mí hacia atrás.

—Dylan —murmura, dedicándole al hombre una mueca rápida que pretende ser amable—. Creo que no estamos en posición de hablarle así.

No hace falta que susurre. Estamos a medio metro y el viejo está disfrutando de su espectáculo.

—Necesitamos salir de aquí —añade entre dientes.

—No —digo, sin apartar la vista del tipo—. Lo que necesitamos es que deje de ser un capullo integral.

Noto que los dedos de Savannah intentan apretar un poco más mi brazo.

—Dylan —insiste, más suave esta vez—. En serio. No pasa nada, vamos a llamar al seguro y nos olvidamos de este tipo.

—No tengo seguro, Sav.

—¿Hemos salido del estado sin seguro? —ahoga un grito. Vuelve a mirar al viejo, que sigue apoyado en el mostrador atento a nuestra conversación, le sonríe, y vuelve a mí—. ¿Cómo puedes ir sin seguro? Eso no tiene que ser legal.

Al oír su obvia deducción se me escapa una risa por la nariz.

—Claro que no lo es. Pero en Dukeforth nunca pasa nada —intento quitarle hierro al asunto para que no se estrese más.

—¡Y ahora no estamos en Dukeforth y estamos en problemas!

—No seas melodramática, no va a pasar nada... Nada más, quiero decir —me corrijo—. Lo solucionaremos.

—Por unos sesenta dólares la bomba es vuestra —interviene el viejo.

—No la queremos comprar —le respondo por encima de la cabeza de Savannah, sin mirarlo siquiera.

—Y nadie ha dicho que os la vaya a vender. Solo os la alquilo por una hora. Espero que en ese espacio os de tiempo, si no, sería más, claro.

—Creía que iba a venir alguien… —interviene Savannah, que sigue empeñada en hacerse amiga del viejo.

—Puedo decirle a Graham que venga, muñeca —responde, recreándose en la última palabra—, pero la mano de obra incrementará el coste…

—Déjese —le interrumpo—. Con la bomba de combustible será suficiente.

Savannah me tira de la camiseta como si fuese una niña pequeña en busca de atención.

—¿Y tú sabes hacer eso?

—No —digo, sincero—. Pero no puede ser tan complicado. Si no, llamaré a Randall.

No sabe quién es, pero eso da igual.

—Está bien, mañana a primera hora, entonces —le digo al tipo despidiéndome.

El viejo carraspea.

—No tan rápido. Treinta por adelantado.

Joder.

Me palpo los bolsillos y saco el dinero sin discutir, lo cual dice bastante de lo mucho que quiero salir de aquí.

—Una hora —añade él, guardándoselo—. Ni un minuto más.

—Nos sobrará tiempo —le aseguro.

No nos va a sobrar tiempo; estoy seguro.

La camioneta está tirada en la gasolinera y nosotros en el peor motel que he visto en mi vida.

Es incluso peor que el Motel Muerte donde hice que Savannah se quedara la primera noche que la conocí.

Todavía me acuerdo de ello. Reconozco que no fue mi mejor idea, pero Brooke, en cuanto se enteró, me obligó a mover el culo y rescatarla.

Aquello fue el principio del fin.

Abro la puerta de la habitación con la llave de plástico, que parece que se va a partir con cualquier movimiento brusco, y lo primero que me recibe es un olor a… algo. Algo no identificable.

Savannah pasa por mi lado y se queda quieta en mitad de la habitación. Estoy seguro de que ella también lo está oliendo.

Cierro la puerta tras nosotros con el pie.

—Está… bien —dice al fin, despacio y girando sobre sí misma.

La habitación es una caja de cerillas. Las paredes tienen un color indefinido y el ventilador del techo emite un zumbido constante que nos va a dar la noche.

—Al menos hay dos camas —suelta Savannah, buscando el lado positivo a este antro. Se deja caer sobre una de ellas y la colcha responde con un crujido plástico.

—Al menos desde aquí veo la camioneta —comento en un intento de animar el ambiente tras haber descorrido la cortina de un tirón.

Ella se incorpora un poco, mirando hacia fuera, y luego vuelve a dejarse caer hacia atrás con un suspiro dramático.

—Lo siento muchísimo, Dylan. Todo esto es por mi culpa.

—Pues no te voy a decir que no, porque sí que lo es.

Alza la mano por encima de su cabeza, sin incorporarse siquiera, y me lanza un cojín con una puntería bastante decente para ser ella.

Lo cojo al vuelo, pero no se lo devuelvo. Lo dejo caer en el butacón de flores de al lado de la ventana y aprovecho el gesto para sacar el móvil del bolsillo.

Tengo tres llamadas perdidas de Brooke. Son casi las cinco de la tarde. Querrá saber dónde me he metido y por qué no estoy ya en el bar. Tecleo un mensaje rápido, algo lo bastante vago como para no entrar en detalles, pero lo bastante concreto como para que no vuelva a molestar.

Guardo el teléfono, me tiro en mi cama e imito a Savannah: me quedo observando el movimiento de las aspas del ventilador de techo con las manos en el pecho.

—¿Era Chrishell? —pregunta Savannah al cabo de unos segundos, sin moverse, pero pendiente de mis movimientos —. ¿Está muy enfadada por llevarme hasta el aeropuerto?

—¿Te estás preocupando por Chrishell después de lo que te ha hecho? Que estemos aquí es técnicamente más culpa suya que tuya.

Ella se encoge de hombros.

—Supongo. —Gira la cabeza para mirarme. Yo ya lo estaba haciendo desde que ha empezado a hablar—. Una parte de mi quiere creer que… ¿no lo ha hecho aposta?

Arruga la nariz y de verdad creo que está sopesando esa opción. Me parece increíble que piense así. Sigue siendo tan ingenua como antes.

Me gustaría que la fama la hubiese cambiado tanto por dentro como lo ha hecho por fuera, sería mucho más fácil deshacerme de la idea de un nosotros.

—¿Lo dices en serio?

—Si has decidido estar con ella… —comenta, despacio— algo bueno le habrás visto, ¿no? Solo estoy intentando hacer lo mismo.

Me gustaría decirle que, a veces, cuando tomas una decisión, lo haces con los ojos cerrados. Y no siempre en el buen sentido.

—Ya no estoy con ella —me limito a decir en su lugar.

Savannah se reincorpora tan rápido que casi temo que se lleve la colcha de plástico pegada a su espalda.

—¿Físicamente o…?

No puedo evitar sonreír.

—No, Savannah. Hemos cortado.

—¿Qué? —Parpadea, completamente descolocada—. ¿Cómo no me has dicho nada? Llevo todo el viaje mareándote con mis problemas absurdos y del primer mundo mientras tú… —Se señala a sí misma con incredulidad—. Increíble. Perdóname, soy una amiga horrible.

Se deja caer otra vez sobre la cama, tapándose la cara con las manos.

—Relájate, Savannah —digo, girándome un poco más hacia su cama—. No lo sabías.

—¿Quieres hablarlo? —pregunta enseguida, casi atropellándose—. O sea, no tienes que hacerlo, pero… puedes. Si quieres.

La observo en silencio y luego vuelvo al techo..

—No hay mucho que contar —termino por confesar—. En cuanto Brooke me ha dicho lo que ha pasado, he cortado con ella.

Hago una pausa mientras el ventilador completa sus vueltas.

—No puedo… No. —Niego con la cabeza—. No quiero estar con alguien que no es justa con mis amigos. Y lo que ella te ha hecho no lo es. Sabía perfectamente que tú no querías que nadie supiese dónde estabas.

Todos sabemos que eso es una verdad a medias. No es la única razón, pero supongo que es la más fácil de decir.

Savannah baja la mirada hacia la colcha, pasando los dedos por el plástico.

—Me he acostado con su novio. Lo cierto es que puedo llegar a entender su enfado. No le guardo ningún rencor. Ojalá yo hubiese hecho lo mismo —fantasea en voz alta.

Sé a lo que se refiere. Todo el mundo con acceso a internet se enteró de que el cerdo de su prometido le puso los cuernos con una compañera de reparto.

—¿Estabas enamorada de verdad?

—¿Si te dijese que no, crees que tendría algún sentido?

Sí para mí. De hecho, es justo lo que quería oír.

Ella se gira del todo hacia mí. La cama cruje bajo su peso mientras se apoya mejor sobre el codo con la mano sosteniéndole la cabeza. El pelo le cae en forma de cortina hacia un lado, le tapa una parte del rostro, pero sus ojos están fijos en los míos.

—Fue una época rara. Todo a mi alrededor estaba cambiando.

Tuve muchas dudas, ¿sabes? Por muchas semanas pensé que había cometido un error.

Yo quería cantar, pero no sabía lo que todo eso implicaba.

Ni a qué precio. —Su mirada se pierde en algún punto entre nosotros—.

Y cuando él apareció fue como si todos los problemas de mi cabeza se callasen.

Él es una persona que lleva muchísimo tiempo dentro del mundo de la fama y me ayudó a verlo con otra perspectiva.

Todo empezó a ser más fácil. Pero no creo que la palabra fuese amor, sino conveniencia.

—¿De verdad te hubieses llegado a casar con él?

—¿Tenía otra opción mejor?

La pregunta se queda flotando en la habitación, porque, aunque la respuesta es fácil, ninguno de los dos nos atrevemos a decirla el voz alta.

Ambos teníamos mejores opciones. Pero la vida no siempre va de tenerlas, sino de ser capaz de verlas a tiempo. De elegirlas cuando aún estás a un paso de distancia y no cuando ya has avanzado demasiado en la dirección contraria. Y en eso, supongo, los dos hemos estado bastante ciegos.

Aunque ahora ya nos tenemos delante.