CAPÍTULO 37
Savannah
L levamos más de dos horas conduciendo rumbo al oeste. Eso quiere decir que ya hemos pasado el aeropuerto de Nashville y estamos en la frontera con Memphis.
Sigo esperando a que Nora o alguien dé señales de vida, pero lo cierto es que ya no estoy tan agobiada como antes. Tener a Dylan cerca me ha ayudado a relativizar un poco todo esto.
Miro a mi alrededor.
Soy la única aquí fuera. Solo hay un par de coches aparcados frente a un motel cutre unos metros más allá, con la mayoría de las cortinas pasadas y un neón que se cae a cachos.
Echo la cabeza hacia atrás y la apoyo contra la ventanilla, pero la aparto enseguida porque incluso el cristal me quema la piel. Hoy hace un calor mucho más intenso de lo habitual. Ay, lo que daría por un café con hielo ahora mismo.
Resoplo y me meto las manos en los bolsillos de los vaqueros en busca de algo de dinero.
Cien, cincuenta… Son los últimos billetes que me quedan.
Asimilo lo poco que me separa de la miseria y luego los vuelvo a guardar, despacio.
No tengo ni idea de cuánto voy a estar sin crédito ni de si voy a necesitarlo más adelante, pero tampoco puedo quedarme aquí de brazos cruzados viendo cómo Dylan lo hace todo. No puedo tener tanto morro.
Alcanzo el surtidor y alargo la mano hacia la manguera justo cuando el móvil vibra en mi bolsillo trasero.
Es Jeremy.
Su nombre aparece en pantalla y me giro instintivamente buscando a Dylan a través del cristal de la tienda. Está de espaldas, apoyado en el mostrador, esperando al tipo de la caja.
La llamada sigue vibrando en mi mano. Insistente.
Podría contestar. Y probablemente debería. Pero si lo hago, sé que aquí se acaba mi escapada con Dylan. Y no quiero que este momento se rompa todavía. Quiero un poco más de esto. Un poco más de él.
Suelto el aire despacio y, antes de pensarlo demasiado, rechazo la llamada. Guardo el móvil y cojo la primera manguera que encuentro. La encajo en el depósito con un poco más de fuerza de la necesaria y aprieto el gatillo.
Lleno el depósito hasta que no cabe una gota más en busca de sentirme menos culpable, porque sé que soy una egoísta por tomar esta decisión. Dylan no tiene ninguna obligación conmigo. No tiene que llevarme a ninguna parte.
En cuanto el sonido del combustible se detiene, saco la manguera del tanque y la devuelvo a su lugar.
Al abrir la puerta de la tienda, tintinea un atrapasueños.
—¿Qué haces aquí? —me saluda Dylan, que sigue esperando en la caja.
—He rellenado el tanque. —Señalo con la cabeza la pick-up .
—Sav, te he dicho que no hacía falta.
—No podemos ir al fin del mundo sin combustible. —Sonrío y me apoyo en el mostrador—. Ni tampoco a Arkansas… —dejo caer.
—¿Qué pasa con Memphis?
Si le digo que Jeremy me ha llamado, me tocará salir en el próximo vuelo de Memphis y no quiero.
—Nora todavía no ha conseguido desbloquear mis cuentas y solo estamos a cuatro horas de Arkansas. Podríamos seguir avanzando…
—Están bien.
Me siento fatal por mentirle, pero no quiero desaprovechar esta oportunidad, no sé cuándo volveré a estar así con él.
Cuando me deje en cualquier aeropuerto, el volverá a casa con Chrishell y yo a lidiar con mi realidad.
Prefiero alargar esta utopía en carretera todo lo que pueda.
Además, creo recordar que él hizo lo mismo cuando me metió en su casa a traición.
Todavía tengo pesadillas con el Motel Muerte.
—¿Os cobro esto?
—Sí.
Arrastro la comida que Dylan ha dejado en el mostrador y se la tiendo al señor, que tiene la cara manchada de lo que prefiero asumir que es aceite de coche.
—Yo invito. Esto y el surtidor número… —giro el torso para localizar la pick-up — dos.
El hombre teclea sin mirarme demasiado.
—Noventa y siete dólares.
Saco el arrugado billete de cien y me despido de él alargando el brazo en un gesto dramático.
El señor ni siquiera me mira raro.
Madre mía, tiene que estar acostumbrado a todo en este lugar.
—No tenías por qué hacer eso —dice Dylan, alargando las manos para quitarme el cargamento que llevo abrazado contra el pecho. Pero soy más rápida y doy un paso atrás justo a tiempo para esquivarlo.
—Qué menos —respondo, caminando hacia la camioneta—. Tendré que contribuir de algún modo ya que no me dejas conducir…
—Hay cosas que nunca cambian, Savannah Morgan —responde, abriendo la puerta del conductor.
Ruedo los ojos sin insistir y me meto en el asiento del copiloto. El aire dentro sigue algo caliente, pero al menos no es el horno de fuera. Dejo la comida entre los dos y me abrocho el cinturón mientras Dylan arranca el motor.
Suelta el freno y avanza apenas unos metros por el pequeño aparcamiento que conecta la gasolinera con el motel, hasta que un tirón brusco sacude la camioneta.
—¿Has notado eso?
Me encojo de hombros sin prestarle demasiada atención a Dylan, y sigo rebuscando en la comida.
—Espero que hayas comprado algo con azúcar —digo, apartando una bolsa de patatas fritas sabor barbacoa.
Al ver que no contesta, frunzo el ceño y levanto la vista.
Dylan levanta el pie del acelerador solo para volver a pisarlo con suavidad, provocando otro tirón.
—Vale… —murmura, más para sí mismo que para mí.
Mueve ligeramente el volante, pero se queda quieto en medio de la salida, sin terminar de incorporarse a la carretera.
—Por favor, dime que no has tocado nada del coche mientras estaba dentro.
—Solo he echado gasolina. —No sé por qué teme lo peor de mí siempre.
—Savannah —dice, con una calma que da bastante más miedo que si gritara—. ¿Qué gasolina?
Trago saliva antes de contestar.
—La… normal —titubeo, poco convincente incluso para mí—. La que había ahí.
—Dime que no le has puesto diésel a mi coche.
—No lo sé —admito en un hilo de voz—. La que había ahí. —Señalo el surtidor exacto.
Dylan deja caer la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas y ahoga una risa incrédula.
—No me lo puedo creer.
Vuelve a incorporarse despacio, mira al frente y luego al salpicadero.
—Vale —dice tras vaciar los pulmones de golpe—. Vale, no pasa nada. No pasa nada.
—¿Seguro? Si lo repites tanto…
Se pasa una mano por la cara, arrastrándola despacio.
—Vamos a volver hasta la gasolinera. A ver si el tío de ahí nos puede echar una mano.
Asiento rápido, aliviada por tener al menos un plan.
—Vale. Vale —repito yo también, deseosa de que funcione su extraña técnica de relajación.
Dylan abre la puerta y sale.
—Venga.
—Pero vamos en coche, ¿no?
—No, Morgan. Vas a empujar conmigo.
—¿Qué? Pero si aceleras un poco llegamos. Está ahí mismo.
—Ni lo sueñes —responde, apoyando una mano en el marco de la puerta—. Si hago pasar más el diésel por el sistema puedo cargarme los inyectores, el motor… Y, créeme, prefiero empujar esto cien metros que pagar un motor nuevo.
Me quedo mirándolo desde dentro, con el cinturón todavía puesto y la bolsa de patatas, que debo de haber abierto sin darme cuenta, sobre el regazo.
—¿En serio?
Se inclina un poco hacia mí, y ahora sí que noto su impaciencia.
—Sí, en serio.
—¿Esta camioneta? —pregunto, señalando todo el vehículo con las dos manos—. ¿Tú has visto el tamaño de esto?
Dylan sigue mi gesto con la mirada.
—No pesa tanto cuando se mueve, ya verás. Vamos —insiste, dando un par de golpecitos en la puerta—. Baja.
Miro el interior del espacio como si pudiera aferrarme a algo y evitar esta situación, luego, a él y, por último, al sol cayendo a plomo sobre el asfalto, que incluso parece vibrar por el calor.
—Te odio un poco ahora mismo.
—No hablemos de quién debería estar odiando a quién en esta situación —responde, rodeando el coche—. Así que, empuja.
—¿Dónde me pongo? —pregunto, plantándome las manos en las caderas mientras lo sigo con la mirada.
Él ya está colocado en el lado del conductor, con una mano apoyada en el volante desde fuera y la otra en la puerta abierta.
—Detrás. Empuja recto y yo te guío.
—Genial —murmuro mientras camino hacia la parte trasera del vehículo—. Tú diriges y yo me como la peor parte.
—Tú has puesto el diésel —responde sin mirarme.
—Eso ha sido un golpe bajo innecesario.
Resoplo, me coloco detrás y apoyo las manos en la parte trasera. El metal está ardiendo, como todo lo demás en este maldito sitio.
—A la de tres —dice Dylan.
—Espera.
Se gira un poco, ya sin paciencia.
—¿Qué?
Me quito la camiseta de encima y me la enredo en las manos para no abrasarme con el metal. Me quedo solo con el top deportivo blanco, sintiendo de golpe el sol directo sobre la piel.
A través del retrovisor cazo a Dylan mirándome fijamente.
—Venga —apelo a toda prisa, carraspeando para recuperar el aliento—. Otra vez.
Aparta la vista.
—A la de tres —repite.
Me coloco mejor, ajusto los pies y respiro hondo.
—Una…
Me preparo.
—Dos…
Aprieto los dientes.
—Tres.
Empujo, pero la camioneta no se mueve ni un solo milímetro.
—¿Estás empujando de verdad? —pregunta Dylan.
—¡Sí!
—Pues no lo parece.
—¡Pues estoy empujando con todo mi ser!
—Pues tu ser necesita esforzarse más —suelta, sin un gramo de empatía.
—¡Mi ser está sudando! —alcanzo a replicar entre jadeos de esfuerzo.
Dylan resopla y sale del lado del conductor. Rodea la camioneta y se coloca junto a mí, demasiado cerca para lo grande que es el espacio.
—Apártate un poco.
—¿Qué?
—Confía en mí.
Me muevo medio paso, lo justo para dejarle sitio. Él apoya las dos manos en la parte trasera, flexiona ligeramente los brazos y, sin aparente esfuerzo, empuja.
El trasto se mueve.
—No es justo —murmuro mientras seguimos empujando.
Cada vez estamos más sudados y más cerca de la gasolinera, y por agotador y ridículo que sea, no cambiaría este momento por subirme a un jet privado sola.