CAPÍTULO 36
Savannah
H e dejado que el móvil se apague. Algo que también tengo prohibido por contrato, claro. Pero qué más da ya. No es la primera cláusula que rompo esta semana.
Esta mañana me he despertado con el teléfono ardiendo. Literalmente. Llevaba tantas horas vibrando, encendiéndose y apagándose por las notificaciones, que la parte trasera estaba a punto de echar humo. Y doy gracias a mi yo del pasado que silenció la mayoría de las redes sociales.
Alen me ha dado un ultimátum y tengo setenta y dos horas para volver a Los Ángeles.
Al principio, no he entendido por qué tantas horas. Me ha parecido hasta generoso de su parte. Pero no podría estar más equivocada. Lo he entendido en cuanto, fruto de los nervios, he ido a comprar el primer vuelo directo a Los Ángeles desde Nashville.
Mil ochocientos dólares rechazados.
Antes de empezar a hiperventilar, he vuelto a intentarlo con la misma tarjeta, pero no ha funcionado, solo he obtenido los mismos resultados.
Maldito Alen Dixon. Me ha bloqueado la única tarjeta que llevo encima. La única que uso siempre y que les pertenece a ellos. Como todo.
Ahora sí que puedo perder los nervios.
Pongo el teléfono móvil a cargar y, tan rápido como se enciende, marco el teléfono personal de Alen.
—¿Me habéis bloqueado la tarjeta? Así no puedo volver a Los Ángeles.
—¿No quieres jugar a ser una chica normal? Pues las chicas normales no tienen dinero cuando hacen las cosas mal y no van a trabajar.
—Alen, necesito salir ya si quieres que esté allí —insisto, obligándome a mantener la voz firme—. Si me quedo más tiempo, el aeropuerto se va a llenar de prensa y paparazzi . Voy sin seguridad. Sabes que eso sería una locura. Por favor…, envíame el jet .
Hay un silencio al otro lado.
—No, monada. Búscate la vida, igual que hiciste para escaparte y llegar hasta allí. Eso sí, atente a las consecuencias si no apareces.
No se molesta en despedirse.
Agh, lo odio. De la rabia, lanzo el teléfono por los aires. El cargador se desengancha de la pared y sale disparado por todo el salón de Brooke, para terminar cayendo en el sofá junto al móvil.
Tengo un mensaje de Nora, que está en la discográfica comiéndose este marrón sola, y ya me ha dicho que no me puede pasar nada de dinero. También le han cortado el grifo por ser mi cómplice.
Cuando nos propusieron utilizar solo las tarjetas de crédito corporativas nos pareció una idea buenísima, ahora es una auténtica basura. Te hacen creer que tienes libertad ilimitada… hasta que deciden recordarte que, en realidad, nunca ha sido tuya.
Tengo que pensar otra solución.
Llamaría a Ewan, pero lo podría meter en un lío si se enterasen en la discográfica.
Por suerte, conozco a alguien que estaría más que dispuesto a fastidiar a Alen.
Me tiro en el sofá y deslizo el dedo por la pantalla en busca del teléfono de Jeremy.
Nada más ponérmelo en la oreja, me levanto.
No me puedo quedar quieta. Cuantos más tonos oigo sin respuesta, más rápido ando por el diminuto salón.
Directa al buzón de voz.
Vuelvo a marcar de forma compulsiva, una y otra vez, pero es inútil. Estoy jodida. Si no me planto en el oeste del país en menos de tres días, ya me puedo ir olvidando de todo.
Alen no se anda con tonterías, lo que promete, lo cumple, por muy despiadadas que puedan ser sus promesas.
Es que, ¿en qué momento pensé que esto era una buena idea?, ¿cómo me dejé llevar así? Soy una impulsiva egoísta. De repente, noto cómo todo el agobio se me acumula en los ojos y, sin darle permiso, empieza a deslizarse por mis mejillas.
Y ahí, escucho el timbre sonar.
«¿Brooke?».
Pero no, no es ella. Dylan está plantado delante de la puerta y respira algo agitado. Si no fuera porque todavía tiene las llaves del coche en la mano, juraría que ha cruzado medio pueblo corriendo.
No sé qué está haciendo él aquí. Pero lo peor es que no sé cómo se supone que debo de actuar.
Ahora mismo solo siento ganas de lanzarme a sus brazos, aunque reprimo mis instintos porque no estoy en las mejores condiciones para enfrentarme a un posible rechazo.
Así que, en lugar de hacer eso, abro la boca, pero él se adelanta:
—¿Pensabas volver a huir?
Esas cuatro palabras me derrumban y, pese a mi primer pensamiento, me lanzo a la incertidumbre.
Lo abrazo aun a riesgo de su reacción. Él no se mueve hasta que, sin quererlo, estallo contra la curva de su cuello y empiezo a llorar.
Noto cómo su mano, todavía con las llaves del coche entre sus dedos, roza mi espalda.
Al principio es un gesto torpe, casi dudoso, pero cuando mi respiración se descontrola y los sollozos empiezan a sacudirme el pecho, me aprieta contra él con más fuerza, intentando estabilizar mi jadeo.
—Brooke me lo ha contado todo. Vamos dentro.
Me guía con suavidad hasta el salón y me deja en el sofá. Se separa lo justo para cerrar la puerta y desaparece en la cocina. Escucho cómo abre un armario y vuelve con un vaso de agua. Se conoce el apartamento de Brooke a la perfección.
—Perdón.
Esas son sus primeras palabras, aunque deberían haber sido las mías.
—¿Por qué? —murmuro, secándome la cara con el dorso de la mano mientras intento recomponerme.
—Por la que ha liado Chrishell.
—Tú no tienes la culpa.
—Ya… —se pasa una mano por la nuca y mira al suelo, incómodo—, pero de algún modo me siento responsable.
—Sois personas independientes, Dylan —digo, dando un pequeño sorbo al agua para ganar tiempo—. Por mucho que ella se empeñe en fusionarse contigo cada vez que se sienta sobre tus rodillas.
—¿Celosa, Morgan?
«No te haces una idea, Parker».
Pero no digo nada. Me limito a mirarlo, y algo en mi expresión debe de delatarme, porque su sonrisa se evapora.
—Perdona —añade, bajando un poco la voz—. Supongo que todavía es demasiado pronto para este tipo de bromas.
Aprieto el vaso entre las manos.
—No puedo volver a Los Ángeles. Los de la discográfica me han bloqueado la tarjeta y estoy intentando contactar con alguien que me preste el dinero. Nora también está llamando ya a nuestro gestor.
—Yo puedo prestarte el dinero.
—¿Mil ochocientos dólares?
—¿Tanto? —Su cara pasa de la comprensión al horror en cuestión de milisegundos.
—Es el primero que sale dentro de cuatro horas y solo quedan dos asientos —le explico.
—Vale. Vámonos.
—¿A dónde?
—En dirección contraria a quedarte aquí parada —responde, mirando su reloj de muñeca—. Tienes setenta y dos horas… y bajando. Vamos avanzando. Seguro que o tu gestor o alguien de tu equipo soluciona esto. No te pueden dejar así.
—Su… supongo —vacilo.
—Vale, ¿qué te pasa? —pregunta al ver que tampoco me convence esa opción.
—Los de los próximos dos días están todos llenos. Joder es que estoy segura de que la discográfica los ha comprado todos solo para fastidiarme.
—¿Pueden hacer eso? —inquiere, preocupado.
Niego con un movimiento sutil de cabeza.
—O sea, por poder, podrían, pero…
—Podemos ir a Memphis —me interrumpe—. Hay vuelos directos desde allí, ¿no?
—Sí, supongo que Memphis sería mucho más seguro que Nashville porque nadie se espera que esté allí —divago en voz alta.
—Pues venga, te ayudo a terminar de hacer la maleta. —Señala el desastre que tengo montado en el suelo—. No hay tiempo que perder.
Por suerte, no vine con una maleta demasiado grande y en menos de media hora estamos montados en su camioneta. Echo un vistazo rápido, pero aquí no hay ningún rastro de Chrishell. No se le ha ocurrido llenarlo de ambientadores de selva tropical ni de reposacabezas con plumas como su bata.
Aquí todo es él.
Me abrocho el cinturón mientras él arranca el motor.
El interior huele a cuero, a heno y a algo más que no sé describir, pero me es familiar.
Descanso las manos sobre mis muslos, después las muevo hacia el salpicadero, pero acabo apoyando una en el reposabrazos de la puerta y otra en la consola central.
Me parece absurdo que esté acostumbrada a estar en escenarios con miles de personas gritándome y ahora no sepa qué hacer con las manos en el asiento de un coche.
No quiero que esto sea incómodo.
Lo miro de reojo; él, al menos, parece tranquilo. Conduce con la mirada fija en la carretera, aunque unos mechones aclarados por el sol se le cuelan en el campo de visión. Me encanta su nuevo look , con el pelo un poco más largo y libre de gomina.
Aprieta ligeramente el volante cuando giramos para incorporarnos a la autopista y el motor responde con el mismo rugido atolondrado que recordaba.
—¿Por qué sonríes?
—¿No te parece esto divertido?
—¿Que tu discográfica te haya bloqueado el acceso a tu dinero y no tengas un modo normal de volver a Los Ángeles? Creo que tenemos un concepto distinto de la diversión.
—Visto así… —Desde hace algún tiempo me cuesta ver el lado bueno de las cosas, pero con él es más sencillo—. Pero no, me refería a estar aquí los dos juntos. ¿Sabes? He soñado con esto un montón de veces.
No termino de soltar la frase cuando ya me estoy arrepintiendo, tanto que me oprimo los labios con la boca. Al menos, mis palabras lo han convencido para apartar la vista de la carretera.
—¿Sabes? —me imita—. Yo también. Solo que tú no estabas precisamente montada encima de mi camioneta.
Trago saliva porque siento que el aire del coche ha desaparecido, o al menos ya no puedo respirar como antes. Pero consigo reunir el coraje necesario para mantenerle la mirada. Me parece notar que se le dilatan las pupilas.
Al ver que no digo nada, Dylan vuelve la vista a la carretera, pero la sonrisa no desaparece del todo.
Todavía tengo una oportunidad.
—No te creo —murmuro, forzando una media sonrisa—. Estoy segura de que en todo este tiempo no has soñado conmigo ni una sola vez.
—¿Por qué estás tan segura de eso?
Me encantaría seguirle el juego y ver hasta dónde puede llegar el Dylan Parker que intenta hacerme sonrojar con un doble sentido muy deficiente, pero quiero creer que ya tendremos tiempo para eso. Ahora me parece mucho más importante esto:
—Porque me odias.
Entrecierra los ojos y aprieta un poco más el volante.
—Esto ya lo hablamos, Savannah. No te odio, solo estoy dolido por…
—Por cómo acabaron las cosas entre nosotros —completo la frase por él—. Lo sé. Yo también. Y no me cansaré nunca de pedirte perdón.
Ahora sé responder a la pregunta que me hizo en el draft .
«¿Por qué te tengo que perdonar, Savannah Morgan?».
—Perdón por no haberte incluido en mis planes y haber huido. Por haber tomado una decisión sola cuando sé que tú me hubieses apoyado… y que entre los dos hubiésemos encontrado una solución mejor a la que tomé.
Asiente despacio, pero no dice nada.
—Perdón por no haber contado contigo. Por no haberte incluido como parte de mi vida, porque lo eras. —Hago una pausa, tragándome el nudo de la garganta antes de mirarlo fijamente—. Y lo eres.
Nada más pronunciar esas palabras sé que es la respuesta correcta a su pregunta, porque vuelve a apartar la vista de la carretera.
—Quiero que sepas que puedes contar conmigo —dice al cabo de unos segundos—. Te lo he hecho ver siempre que te he tenido cerca. Míranos ahora. —Nos señala a ambos—. ¿Quieres ir a Los Ángeles? ¿Quieres ir al puto fin del mundo? Está bien, pero vámonos juntos.
—Supongo que eso último puede ser un buen plan…