Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Savannah

M e siento dentro de Chicas malas donde Regina George me tiene en el punto de mira porque me he acostado con su chico.

«Estoy muerta».

Ahora mismo está dando un discurso de bienvenida a todos los que hemos venido a la fiesta de Oliva.

Lo divertido es que se cree que es ella la que está embarazada.

Yo miro a la que de verdad lleva el bebé dentro, que está a mi lado, y me hace una mueca para que le restemos importancia.

Está encantada con que Chrishell tome todo el protagonismo, porque tiene toda la pinta de que a ella no le apetece nada.

Prefiere seguir detrás de los focos comiéndose las migas de mi galleta.

—¿Quieres que vaya a por otra? —le ofrezco.

Olivia mira el plato vacío en mi mano.

—No, que me la como.

—De eso se trata. Me he pasado toda la mañana haciéndolas —pese a las erróneas indicaciones de Chrishell, pero eso me lo guardo—, y prefiero que te las comas tú a esa señora de ahí que no conozco.

Con la mayor discreción que puedo, señalo a una mujer mayor que está inspeccionando la mesa de dulces desde su silla de ruedas.

—Esa es mi tía Petunia y ha venido desde Alabama solo para pasar aquí un par de horas. Su autobús sale a las tres de la mañana.

—Ah… perdón.

Olivia aguanta la expresión seria exactamente dos segundos.

—Era broma, yo tampoco la conozco.

—Menos mal que iba a ser una fiesta íntima y discreta… —lo digo en voz baja para no echar más leña al fuego, pero estoy segura de que tanto Dylan como Olivia me han oído.

En el escenario, Chrishell sigue con su discurso.

—¿Me oís bien ahí atrás? —pregunta, llevándose una mano a la frente para mirar al fondo del bar—. ¡No os veo muy animados!

«¿En serio?, ¿dónde se cree que está?». No es por desmerecer al Loopsie’s, pero he visto cuartos de baño más grades que este local.

—¡Sí, preciosa! —grita un hombre desde el fondo, levantando la mano.

Está justo al lado de Devon, apoyado en la barra con una sonrisa bastante pletórica para la situación. Si no fuese porque sé que Chrishell ha prohibido expresamente el alcohol durante la fiesta, juraría que está borracho.

Chrishell asiente, satisfecha, y vuelve a su discurso.

—¡Genial! —dice, dando una pequeña palmada—, porque ahora viene la mejor parte: ¡los juegos! Mi querida amiga Brooke os va a repartir unas bolsitas que hemos preparado para todos vosotros.

Los tres giramos la cabeza al mismo tiempo. Brooke está apoyada en la pared, al lado de la puerta, con cara de muy pocos amigos y sujetando la caja llena de las bolsitas que han estado preparando Dylan y Knox esta mañana.

—¿Sabéis de qué va todo esto? —nos susurra Olivia, inclinándose un poco hacia nosotros.

Le doy un codazo a Dylan para que sea él quien se lo explique.

Esta fiesta empieza a superarme un poco.

No solo porque esté nerviosa ante la posibilidad bastante real de que Chrishell quiera mi cabeza en bandeja —algo que, siendo justos, puedo llegar a entender; al fin y al cabo, me he acostado con su novio—, sino porque estoy intentando verla con buenos ojos.

De verdad que lo intento. Intento pensar que quizá es la mejor opción para Dylan, que quizá lo hace feliz, que tal vez yo solo estoy siendo injusta con ella.

Pero cuanto más tiempo paso aquí, menos claro lo tengo.

La veo ahí arriba, sonriendo, y empiezo a pensar que no ha hecho esta fiesta por Olivia, sino por ella misma. Le encanta ser el centro de atención.

—¿Te atreves a apostar el nombre y sexo de tu bebé? —pregunta Brooke, apareciendo de la nada frente a nosotros—. Por ser tú, tienes dos oportunidades.

—Estoy segura de que podría ganar incluso con una sola. Dame. —Olivia sonríe ante su comentario y le quita la caja de las manos, que todavía está hasta arriba de bolsitas—. Te hago el relevo. Además, tengo que ir a saludar a la gente.

—Ni hablar —dice Dylan inmediatamente, apoyando una mano sobre la caja antes de que Olivia pueda siquiera levantarla del todo—. Me niego a que apoyes esa enorme caja encima de tu barriga.

Olivia pone los ojos en blanco.

—Dylan, no pesa tanto. Solo son trozos de papel y tela.

—No es negociable —insiste él, quitándole la caja con suavidad—. Venga, yo la llevo y tú te encargas de hacer acto de presencia.

Olivia resopla, pero termina cediendo. Le da una pequeña palmada en el brazo y empieza a caminar entre las mesas. Dylan carga con la caja de bolsitas entre los brazos y comienza a repartirlas a cada grupo de invitados que encuentra por el camino.

Brooke observa la escena y deja caer los hombros con un suspiro.

—Esto va para largo.

—Tiene pinta —asiento, siguiendo con la mirada el recorrido de Olivia entre la gente.

—Uf, tantos colores pastel me están destrozando la retina —se queja mi amiga, llevándose una mano a la sien para masajearla con gesto dramático—. ¿Te vienes a por un chupito?

—Brooke —siseo—, Chrishell no deja servir alcohol.

—¿Y cuándo te ha impedido ella salirte con la tuya?

Brooke me guiña un ojo y, antes de que pueda abrir la boca, se da la vuelta y se encamina a la barra, dejándome plantada.

La sigo casi por inercia y me coloco delante de ella para taparla con mi cuerpo, apoyándome en la barra.

Brooke, mientras tanto, empieza a moverse detrás de mí con una calma sospechosa.

Cada vez que alza la mano para coger una botella o buscar vasos de chupito debajo de la barra, yo me estiro un poco más, intentando ocupar todo el espacio posible.

Me siento como si estuviésemos robando documentos clasificados del Área 51 en la Casa Blanca.

—¡Chist!

Miro de reojo.

Es el mismo hombre que hace un rato estaba apoyado junto a Devon al final de la barra. Ahora está sentado solo en un taburete, con los codos sobre la madera y observándonos con una sonrisa torcida.

—¡Chist! —repite al ver que intento ignorarlo—. Eh, rubita. O me dais uno de esos o me chivo.

Brooke asoma la cabeza por detrás de mi hombro con un vaso diminuto ya en la mano.

—Matthew, no empieces —le recrimina Brooke—. ¿No has leído el cartel? Si te pillan bebiendo alcohol te van a echar a patadas de aquí… para siempre.

Eso último lo pronuncia con voz dramática y grave, alargando el «para siempre» como si fuera la villana de una película de Disney.

Matthew ladea la cabeza, poco impresionado.

—¿De verdad no puedes aguantar un par de horas a que se acabe esto? —insiste ella.

—¿Y vosotras? —responde el viejo, ignorando toda la primera parte.

—Bueno —Brooke se encoje de hombros y saca otro vaso de chupito—, lo he intentado.

Le sirve uno con rapidez y lo desliza por la barra.

—Eso sí —añade, señalándolo con el dedo—, solo uno y ni se te ocurra chivarte a la policía de la diversión infantil. —Alza la cabeza y señala al escenario vacío, donde antes se encontraba Chrishell.

Brooke me hace un gesto con la cabeza que sé a la perfección lo que significa: «¿dónde diablos se ha metido?». Es vital tenerla controlada. Como nos vea con esto entre manos es capaz de sacarnos a patadas de aquí junto con Matthew.

—¿Me buscabais?

El grito me explota justo detrás de la oreja.

Doy un salto tan grande que casi tiro la botella que Brooke estaba intentando esconder. Mi mano se cierra instintivamente alrededor del vaso de chupito con la intención de hacerlo desaparecer.

—¡Dios mío, Savannah! —se ríe llevándose una mano al pecho—. Tendrías que haberte visto la cara.

Mi cerebro tarda unos segundos en reaccionar. No sé cómo se supone que debo actuar ahora con ella. ¿Está enfadada conmigo?, ¿quiere coger la botella de whisky y estampármela en la cabeza? Igual debería pedirle perdón.

Chrishell, todavía detrás de mí, se inclina un poco sobre la barra y mira la botella con interés.

—¿Eso es alcohol? ¡Qué buena idea! —dice de repente.

Me quedo congelada. «¿Perdón?».

—Dios, necesito uno. —Brooke y yo nos miramos sin entender su juego—.

Llevo toda la tarde organizando esto —continúa Chrishell con naturalidad—.

¿Sabéis lo que cuesta invitar a treinta personas, aguantar a una embarazada hormonal y preparar una caja entera de pasatiempos para todos los públicos?

—Señala hacia el bar lleno de gente—. Es agotador.

Brooke levanta lentamente la botella.

—Entonces, ¿quieres un chupito?

Chrishell ve el vaso que todavía tengo en la mano y me lo quita con rapidez.

—Por favor.

Brooke se lo sirve.

Chrishell alza el vaso y se lo bebe de un solo trago. Ni siquiera hace una mueca. Lo deja sobre la barra con una sonrisa y da una de sus pequeñas palmadas al aire.

—Vale, necesito que no le contéis esto a nadie —nos pide. Y en ese mismo movimiento, vuelve a girarse hacia mí con una amplia sonrisa—. Ay, estás preciosa, Sav. Me tienes que contar cómo te has hecho esas trenzas.

Sin ningún reparo, invade lo poco que quedaba de mi espacio personal. Sus dedos se deslizan entre mi pelo con naturalidad, separando una de las trenzas y examinándola con detenimiento.

Yo me quedo completamente rígida.

Siento cada uno de sus movimientos con una intensidad absurda. Me da un leve tirón cuando ajusta la trenza y tengo la extraña sensación de que, en cualquier momento, va a tirar con más fuerza de ella.

—Siempre he querido hacerme algo así —continúa, girando ligeramente la trenza entre los dedos. Se inclina un poco más hacia mí, lo suficiente como para que pueda sentir su aliento a alcohol cerca de mi mejilla—. Tú te has acostado con mi novio, no te importará que te copie el peinado, ¿verdad?

—Yo… —empiezo. Mi voz sale más aguda de lo que quería.

Tengo miedo de moverme, porque sigue sujetando mi trenza.

—Yo… —vuelvo a intentarlo— Chrishell, yo…

Tengo mil frases acumuladas en la garganta, pero no sale ninguna.

Chrishell me suelta el pelo al fin. La trenza cae contra mi hombro y siento cómo mis pulmones se llenan de aire otra vez.

—Savannah —dice con una voz sorprendentemente suave—. Respira. Solo era una broma. La gente se acuesta con gente todo el tiempo y eso no significa nada. Total, yo soy la que duerme con él todas las noches, ¿no? No voy a hacer un drama de esto. Sería muy incómodo para todos.

—Sobre todo para nosotros —murmura Matthew por lo bajo.

Brooke le da un codazo sin mirarlo.

—Aunque… —continúa, pensativa— siempre es interesante descubrir de quién te rodeas realmente, ¿no crees?

Sus dedos vuelven a merodear por mi trenza, alargando el contacto con un gesto casi distraído.

—¡En fin! Ya está bien de conversaciones deprimentes —dice, recuperando de golpe su voz de anfitriona—. Vamos a seguir con la fiesta. Y atentas porque habrá sorpresas. ¡Os van a encantar!

Y con eso, da media vuelta y desaparece entre la gente como si nada hubiera pasado, saludando a alguien por el camino y reconvertida de nuevo en la chica perfecta.

—¿Me puedes explicar qué acaba de pasar? —me susurra Brooke por fin.

Cuando nos aseguramos de que no puede oírnos... empiezo a hablar. Quizá va siendo hora de creer en todos los rumores que circulan sobre ella.