CAPÍTULO 32
Dylan
M ierda. Entre todas las opciones posibles en mi mente, esta, desde luego, no era una opción. Y eso me da más miedo todavía.
He pasado toda la mañana sentado en la mesa del comedor metiendo papelitos de colores en bolsitas de seda transparente para la estúpida rifa de la fiesta del bebé de Olivia.
Azul, rosa, azul, rosa. Una detrás de otra y vuelta a empezar.
Un castigo artesanal por todas las malas decisiones que he tomado últimamente.
La verdad es que la tarea tenía algo de actividad mindfulness , lo que me ha permitido dejar la mente en blanco y tomar una decisión.
Y en cuanto Knox y Savannah se han ido, he cumplido con mi deber.
Nunca he sido un cagado ni un mentiroso, y no tomar conciencia de mis actos y dejar a los demás lidiar con las consecuencias, justo lo que llevo reprochándole a Savannah todo este tiempo, me estaba convirtiendo en un cínico y un hipócrita, dos cosas que no soy ni pienso empezar a ser ahora.
Así que he ido a buscar a Chrishell a la cocina, donde estaba organizando unas cajas con decoraciones de azúcar absurdamente pequeñas con forma de minichupetes, minibiberones, mini no sé qué más, y me he enfrentado a la situación: se lo he contado todo.
Le he revelado que Savannah Morgan, antes de ser la estrella country del país, era simplemente Savannah.
Que trabajó en el bar hace más de tres años y que tuvimos algo…
Algo que se quedó atrás cuando le ofrecieron su contrato discográfico.
Chrishell se ha quedado boquiabierta y no ha parado de hacerme preguntas mientras yo intentaba responder sin parecer un completo imbécil.
Estaba confundida, pero no molesta. Al fin y al cabo, podía reprocharme que le hubiera ocultado mi pasado, pero no la relación que Savannah y yo tuvimos. Ahí no nos conocíamos.
Pero eso no es todo. He aprovechado su extraño buen humor y he admitido que le he sido infiel con una de sus artistas favoritas. Joder, dicho así, doy asco. Las palabras me han salido atropelladas y he intentado no justificarme demasiado.
Chrishell me ha mirado y, al principio, no ha dicho nada.
Su rostro era todo un enigma. ¿Estaba enfadada?
¿Decepcionada? ¿Me iba a tirar los minichupetes a la cara?
Todo lo que he leído han sido fragmentos de expresiones que se cruzaban demasiado rápido y me han dejado atrapado entre la culpa y la incertidumbre.
He intentado mantener la calma, pero mi interior era un auténtico torbellino.
He sentido que estaba cayendo a un precipicio, y la única forma de sostenerme era seguir hablando, sin omitir nada…
, aunque estaba cagado por lo que iba a venir después.
Ahora, que he acabado de contarlo todo, vuelvo a buscar señales en su postura, en sus ojos…, pero no hay nada sólido.
No hay reproches, ni gritos, ni lágrimas…
. Solo un espacio cargado de tensión donde todo lo que hemos sido y todo lo que he destruido flota entre nosotros.
Quizás, entender lo que ella está sintiendo puede llevar más tiempo que cualquier explicación que yo pueda seguir dando. Así que sucumbo ante su silencio.
Solo me queda esperar y asumir que mis actos tienen consecuencias y que estoy a punto de descubrirlas.
—Mi FFP es Chris Evans.
Esas son sus primeras palabras.
«¿Qué?».
—Chrishell, ¿has entendido lo que te he dicho? —digo con cuidado. No quiero que piense que la estoy llamando tonta.
Ella asiente, convencida.
—¿Y tú sabes lo que es un famous free pass ? —Hace referencia a las siglas anteriores.
Niego. No sé a dónde pretende llegar. Preferiría que me estuviese gritando, la verdad.
—Es un pase libre donde te puedes acostar con un famoso a tu elección sin que se considere infidelidad. Toda relación debería tener al menos tres por persona.
—¿Estás hablando en serio?
La miro extrañado. ¿De dónde ha sacado esa mierda de idea libertina? ¿Son así de modernos en Boston?
—¡Claro! Si Chris Evans se pasease por Dukeforth sería la primera en echarme a sus brazos. Lo que nunca llegué a imaginar es que Savannah Morgan fuese tu tipo…
Me muerdo la lengua. Podría entrar al trapo, pero no lo voy a hacer.
—Chrishell, ¿te soy sincero? No entiendo por qué no estás enfadada.
—¿Prefieres que me vuelva loca y empiece a romper cosas? —Se limpia los dedos para quitarse los restos de azúcar—. ¿Que te diga que eres un imbécil asqueroso? Porque, si eso te hace sentir mejor, Dylan, puedo hacerlo.
—Esto no va de eso. No quiero que hagas nada para que yo me sienta mejor. —Niego con la cabeza.
—Pues, entonces, estamos bien.
No lo estamos, pero eso también lo dejo pasar.
—Además —continúa—, nada de lo que pueda decir o sentir cambia lo que ya ha pasado, ¿no?
Supongo que no. Pero a mí me abre una posibilidad nueva que no me gusta demasiado pensar. Si lo que he hecho ha sido solo una estupidez momentánea o una señal de que esto ya no funciona tanto como pensábamos.
Chrishell vuelve a la caja de decoraciones, dándole una leve pausa a la conversación. Coloca un minichupete encima de la galleta y luego otro tras otro.
—¿Ha sido solo una vez? —pregunta, sin mirarme.
—Sí.
Asiente, confirmando un dato más de su lista invisible.
—Vale.
Me quedo ahí plantado, esperando algo más, pero no ocurre nada. Chrishell cierra la caja, se limpia las manos en el delantal y suspira.
—Ya tengo esto terminado —dice—. Voy a darme una ducha y luego vamos a dejarlo al bar, ¿de acuerdo? He quedado con todo el mundo a las siete.
Chrishell coge la caja para llevarla hasta la entrada y pasa por mi lado sin rozarme siquiera.
—Sí… Claro.
Satisfecha con mi respuesta, desaparece por el pasillo.
Me quedo solo en la cocina observando el desastre que hemos causado. Al final, cojo una de las galletas manchadas de rosa, la miro, pero la vuelvo a dejar en la bandeja. Ni siquiera tengo hambre.
Estoy contento de que podamos superar esto, pero no estoy contento con lo que siento.
¿Tiene eso algún sentido?
Para sorpresa de absolutamente nadie, Chrishell ha convertido el bar en el putísimo plató de Nickelodeon.
Qué pereza.
Creo que, de todos los que estamos aquí, la única persona realmente eufórica con esta fiesta es ella misma.
Bueno…, puede que también la madre de Devon.
Conozco a la señora Louis desde que tengo uso de razón y lleva esperando algo así desde hace una década.
Literalmente. Le pidió un nieto a Devon la misma semana en la que empezó a salir con su primera novia formal, hace ya diez años, durante una barbacoa en el jardín de mi casa.
Recuerdo cómo Devon casi se atraganta con una hamburguesa.
Hago un paneo rápido por el local para ver a qué grupo me incluyo.
Tengo pocas opciones.
A la derecha está el grupo de señoras mayores, encabezado por la señora Louis, que sostiene una copa de vino a modo de trofeo. Están todas reunidas alrededor de la mesa de regalos, donde también están las bolsitas de la rifa. Seguro que ya están apostando por los nombres del bebé.
Paso de largo.
Cerca de la barra está Devon, que sería mi opción más lógica, pero está hablando con Matthew que, pese a la nota que hay en la puerta, no se había enterado de que desde ahora a dentro de dos horas más o menos no se va a servir alcohol en el bar.
Y aunque sé que debería ir a salvarle, tampoco es una opción demasiado tentadora.
Paso de largo también.
Mientras sigo observando el panorama, la veo.
Savannah está cerca del pasillo de los baños, apoyada contra la pared con un plato de galletas en la mano, distraída. Cuando levanta la cabeza y nuestras miradas se cruzan, me dedica una pequeña sonrisa. Al resto puede no llamarle la atención, pero a mí me golpea de lleno en el estómago.
Respiro hondo una vez. Y decido que, ya que estoy aquí, será mejor que le cuente las novedades.
—Hola, Savannah.
—¡Hola! —me saluda un poco más relajada que esta mañana.
La tensión entre nosotros no ha desaparecido del todo, pero siento que se va diluyendo poco a poco—.
Ya sé que no te hace falta, pero, si la cosa se complica, puedes alquilar el local para fiestas infantiles.
Te ha quedado muy bien. —Mira a su alrededor, asombrada, y yo la imito.
Objetivamente, el bar ha quedado bastante bien.
Hay globos color pastel atados a todas las partes posibles, una mesa entera de dulces y una guirnalda con letras doradas que dice «OH BABY» colgando sobre la barra.
Pero, de un modo subjetivo, quiero explotar uno a uno todos los globos, poner Aerosmith y quitar lo que quiera que esté sonando por los altavoces, que están a punto de sangrar. Nadie los había preparado para esto.
—Tengo que hablar contigo.
Ella asiente a la vez que muerde una de las galletas que ella misma ha decorado.
Cuando le da el primer mordisco, una miga se le queda atrapada en la comisura del labio.
Toda mi atención se concentra en ese punto, mi cerebro deja de funcionar como debería y hasta me olvido de lo que le he venido a decirle.
—¿Y bien? —apremia cuando ve que me he quedado bloqueado, pero lo que ella no sabe es que estaba dándole la orden a mi brazo de que no se moviera para limpiarle la miga—. Estoy esperando a Olivia. —Con la misma mano que sujeta la galleta señala el baño de chicas.
—Se lo he contado todo.
—¿A Oliva? —pregunta, desconcertada.
—¿Qué dices, Savannah? A Chrishell.
—¿A Chrishel? —repite, ahora aterrada—. ¡No!
Niega tan rápido que casi pierde la galleta en el movimiento.
—¿Cómo que no? —mascullo, sintiendo cómo se me acelera el pulso—. ¿Me quieres volver loco? ¿Quieres que me dé un infarto? ¡Es justo lo que me has dicho antes!
—Sí, ¡pero no ahora! —jadea entre dientes, acercándose un paso—. ¡Vamos a fastidiar la fiesta de Olivia! —Mira nerviosa hacia el pasillo—. ¡Nos van a matar las dos! —sentencia en un soplido mientras se asegura de que Olivia no sale del baño.
—Savannah —digo—. No te preocupes, está todo controlado.
Ella abre la boca para replicarme, pero el chasquido de la puerta del baño al abrirse la detiene.
Ambos giramos la cabeza al mismo tiempo.
Olivia sale al pasillo secándose las manos con un trozo de papel rosa pastel.
Cuando nos ve plantados uno al lado del otro, se le dibuja una sonrisa curiosa en el rostro.
Savannah reacciona antes que yo. Me agarra del brazo con la clara intención de decirme algo, pero Olivia se nos adelanta.
—¿Qué hacéis, chicos?
Abro la boca para responder, pero antes de que pueda emitir el primer sonido, Savannah me mete sin previo aviso su trozo de galleta en la boca.
—Esperarte —responde con una sonrisa impecable.
Yo, por mi parte, sigo plantado y masticando en silencio como un idiota.
Olivia entrecierra los ojos y nos mira, sospechando.
—¿Y por qué mi olfato de embarazada me dice que me estáis ocultando información?
—Oye, Liv… —consigo decir por fin, tragando el último trozo de galleta antes de seguir hablando—. Qué bien te queda ese vestido, ¿no?
Espero que mi intento por subirle el ánimo nos saque también de esta.
Olivia ni siquiera se molesta en mirar el vestido.
—Dylan…, que nos conocemos.
Bajo los hombros como muestra de rendición.
—Está bien. Le he contado lo nuestro a Chrishell —admito, haciendo un gesto rápido con el dedo entre Savannah y yo.
—¿Lo de que os acostasteis el otro día también?
Savannah se gira hacia ella tan rápido que casi tira el plato de galletas.
—¿Cómo sabes tú eso?
—Él se lo contó a los chicos. Y ya os he dicho que mis superpoderes de embaraza me permiten oler un chisme a la legua. Y, en cuanto Devon entró por la puerta de casa, supe que me estaba ocultando algo. —Picotea algunas migas que quedan en el plato de Savannah—. No tardó mucho en irse de la lengua.
—¿Y qué te parece?
Olivia levanta una ceja.
—¿Queréis saber la verdad?
Savannah y yo nos miramos y asentimos al mismo tiempo.
—Hacedme caso, porque mis nuevos poderes me dicen que…
Antes de que nos pueda contar su teoría, las interferencias del teléfono móvil acoplándose al micrófono se cuelan por los altavoces, haciendo que nos callemos y busquemos de dónde procede el ruido. Como no podía ser de otro modo, Chrishell ya está arriba del escenario.