CAPÍTULO 31
Savannah
—¡S avannah!
Empiezo a pensar que esta chica me tiene geolocalizada.
En cuanto la veo aparecer, la pequeña burbuja de magia que Dylan y yo habíamos conseguido crear en medio de todo el caos estalla como una pompa de jabón. Plop.
Me levanto rápido del escalón del porche, me sacudo el trasero por si queda algo de tierra y le tiendo mi cerveza a Dylan.
Me siento exactamente igual que si nos hubiesen pillado desnudos.
—¿Qué haces aquí? —Camina hacia nosotros arrastrando todo lo que ha sacado del coche: su enorme bolso rosa que ya es una extensión de su cuerpo, una botella de agua y una caja gigantesca que le tapa completamente la cara.
—¡Chrishell! —Me apresuro hacia ella antes de que tropiece con algo—.
¿Te echo una mano? —La entretengo con la esperanza de que esta situación no le parezca sospechosa; cosa que no lo sería si Dylan le contase la verdad.
Un momento, ¿eso quiere decir que él vuelve a tener razón y yo solo quiero que lo cuente para no sentirme incómoda? Mierda.
Le cojo la caja y juntas caminamos hacia la casa.
—¿Habías venido a ver a Dylan? —me pregunta con una sonrisa, y al ver que no le contesto, tensa el rostro—. No estarás intentando robarme a mi chico, ¿no?
—Yo…, esto… —empiezo a tartamudear.
—¡Es broma, chica! —dice, dándome un golpe con la cadera aprovechando que llevo la caja entre los brazos.
Me tambaleo un poco—. Porque eres Savannah Morgan, si no, ya te habría acusado de estar intentando ligar con mi novio —se ríe de su propia ocurrencia—.
¿Te imaginas, Dylan? —Lo incluye en la conversación en cuanto llegamos hasta él.
Fuerzo una sonrisa, deseando que la tierra me trague.
—Aunque con Ewan Brown… —Me mira, intentando sacar información de mi relación con el jugador. Subimos los escalones y cuando se asegura de que Dylan no nos está escuchando me susurra—: Es monísimo, ¡qué envidia!
Entramos en la cocina y dejo la caja sobre la mesa del comedor. El cartón se abre un poco y no puedo evitar echar un vistazo dentro. Bolsitas transparentes, confeti rosa y azul y diferentes botes de colores. Uf, creo que prefiero no inmiscuirme más.
Chrishell se apoya en la encimera y me mira con los brazos en jarras.
—Bueno, me vas a contar qué hacías aquí o ¿qué?
Abro la boca, pero no es mi voz la que sale por la boca.
—Había quedado conmigo para montar a caballo.
La voz llega desde la entrada de la casa.
Me giro.
Knox está apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una media sonrisa de bienvenida. Y detrás de él está Dylan.
—¡Sí! ¡Exacto! —me apresuro a darle la razón.
Chrishell frunce el ceño.
—¿Así vestida?
Miro hacia abajo. Vale. Buen punto. Llevo unos pantalones vaqueros cortos con tachuelas y unas botas de tacón.
Levanto la cabeza muy despacio y sonrío.
—Son… botas cowboy .
—Y divinas, por cierto —dictamina con una sonrisa—, pero no para montarte en uno de esos caballos. Están locos, créeme. Puedo dejarte algo de ropa si quieres. —Me mira de arriba abajo—. Igual te queda algo apretada, pero…
—No te preocupes, seguro que se las apaña —Knox vuelve a hablar a mis espaldas—. He oído por ahí que Savannah Morgan monta muy bien.
Detrás de Knox, Dylan deja escapar una especie de tos extraña que suena sospechosamente a una advertencia.
—Como veáis. —Se encoge de hombros y vuelve a la caja que he traído de su coche—. Pero en unas horas os necesito a todos para que me ayudéis a montar la fiesta de Olivia.
Estoy bastante segura de que Dylan ha salido disparado hacia el establo para buscar a Knox y pedirle ayuda para sacarnos del marrón. No tengo pruebas, pero tampoco dudas. Dylan no es especialmente bueno improvisando, y Knox…, está claro que él disfruta cuando las cosas se complican.
Sea como sea, la estrategia ha funcionado.
Chrishell ha insinuado que mi culo probablemente no entraría en sus pantalones, pero no me lo he tomado como algo personal.
Primero, porque es bastante posible que tenga razón.
Y segundo, porque gracias a este pequeño desastre he vuelto a hablar con Knox.
Lo cual no esperaba cuando he salido hoy de casa.
Aunque tampoco esperaba acabar subida a un caballo, la verdad.
Como nos ha tocado llevar la mentira hasta el final (algo que, en teoría, sonaba mucho más sencillo de lo que ha resultado ser en la práctica), ahora estoy llena de moratones y arañazos por haberme montado a caballo con las piernas desnudas.
Pero ha merecido la pena. Knox y yo nos hemos puesto al día y siento que la tensión que había ayer se ha disipado un poco.
Puede que vuelva a ser el de antes conmigo.
De lo que no tengo ninguna duda es de que es parte del team Savannah. Aunque le he explicado que, técnicamente, no hay ningún equipo que elegir. Dylan ya lo ha hecho por todos.
—No hace falta que te pongas de mi parte —le he dicho mientras intentaba que mi caballo dejara de desviarse hacia un arbusto—. Yo ni siquiera soy una opción.
Parece estar a gusto con Chrishell. Supongo que me merezco esto: ver lo bien que está en una relación que no es conmigo.
En cuanto he dicho eso último, Knox casi vuelca del caballo del ataque de risa que le ha entrado. Tanto que ha tenido que agarrarse a la silla mientras se carcajeaba hacia delante; por suerte, su caballo ha sido más sensato que su dueño y se ha detenido por completo.
Ahora, los tres llevamos más de una hora a las órdenes de Chrishell, algo que puede que a Dylan le ponga, pero Knox y yo estamos oficialmente hasta las narices.
Hay azúcar glas flotando en el aire, cintas de colores ocupando media encimera y una montaña de galletas que no disminuye por mucho que avance.
A mí me ha dejado a cargo del frosting .
Knox y Dylan, en cambio, están preparando las bolsitas para una rifa.
Si alguien acierta el sexo y el nombre del bebé, se llevará una caja de cervezas y un vale por diez desayunos en la cafetería de Olivia.
Al menos, Chrishell ha tenido la decencia de financiar eso.
Mi trabajo es monótono. Solo tengo que poner una capa azul sobre las galletas y, cuando se seque, dibujar encima un corazón rosa con una interrogación en el centro. Y alternar esos colores durante las cuatro bandejas que me quedan. Ya he hecho dos.
Las tengo perfectamente alineadas sobre el papel de horno, todas iguales. Levanto una galleta para observarla más de cerca, girándola ligeramente entre los dedos. Para no ser tan fácil como parece, lo cierto es que no me están quedando nada mal.
—Savannah.
La voz de Chrishell aparece detrás de mí justo cuando estoy colocando otra bandeja sobre la encimera donde estoy trabajando.
—¿Sí? —Me giro y ella se acerca un par de pasos y mira las galletas.
—Ay.
Un suspiro suave sale de la boca de Chrishell.
—¿Qué pasa? —pregunto, todavía con la manga pastelera en la mano.
Se inclina un poco hacia delante para observar mejor la bandeja de galletas.
—Creo que te has equivocado.
—¿Cómo?
Chrishell no responde inmediatamente. Alarga la mano y señala una de las galletas con la punta de la uña perfectamente pintada, sin llegar a tocarla, claro.
—Había que combinar azul con blanco y rosa con blanco —explica con paciencia—. No mezclarlos entre ellos.
Frunzo el ceño porque estoy casi segura de que no me ha dicho eso.
—Si no me has dado ningún frosting blanco —contraataco, intentando copiar su mismo tono dulce que ya empiezo a no creerme demasiado.
Chrishell no pierde la sonrisa. Ni siquiera un poco. Mira al frente y yo la imito. Cuando alzo la vista, veo un bol con frosting blanco colocado en un extremo de la encimera, perfectamente alineado con los otros recipientes, como si hubiera estado ahí todo el tiempo.
Me quedo mirándolo, porque juraría que hace un momento esa esquina estaba vacía.
—No pasa nada —dice enseguida—. En las siguientes ya lo harás mejor. Estas las dejamos como están.
Lo dice con tanta suavidad que casi parece que me esté haciendo un favor.
Levanto la vista hacia el salón, buscando instintivamente algo que confirme que no estoy loca, pero Knox y Dylan siguen absortos preparando las bolsitas de la rifa.
Hay montones de papelitos y sobres abiertos en la mesa baja del salón, y ninguno de los dos ha levantado la cabeza de ahí.
Normal. Como Chrishell habla con esa vocecita tan dulce, desde fuera la escena parece normal.
—De todas formas, están monísimas —añade, volviendo a adoptar ese tono adorable—. Seguro que a Olivia le encantan.
Aprieto la manga pastelera entre los dedos un poco más fuerte de lo que debería, y entonces, un chorro de frosting rosa sale disparado de la boquilla, manchando todas las galletas y parte de mi camiseta.
—¡Mierda! —Ahora sí. Knox y Dylan levantan la cabeza al mismo tiempo—. Voy a limpiarme.
Dejo la manga pastelera sobre la encimera con tanta fuerza que retumba contra la bandeja.
Salgo de la cocina casi a toda prisa, cruzo el salón esquivando bolsas y un rollo de cinta que alguien ha dejado tirado en el suelo, y me meto en el baño antes de que el frosting se seque y sea imposible de sacar.
—¿Estás bien? —me pregunta Knox. Está apoyado en el marco de la puerta, observándome a través del espejo con los brazos cruzados y una expresión a medio camino entre la diversión y la preocupación—. Has salido hecha una furia.
Tengo los ojos algo acuosos, pero no pienso llorar.
—Sí, no te preocupes —digo rápidamente, bajando la vista otra vez hacia la camiseta—. Solo me han salido mal un par de galletas.
Quito los últimos restos de crema bajo la atenta mirada de Knox. Aunque ahora es peor porque todo el papel higiénico se ha deshecho y está hecho virutas sobre la tela.
—Savannah…
—Estoy bien, de verdad —insisto, forzando una sonrisa para que me deje en paz.
—Está bien. —Hace una pequeña pausa—. Pero he visto que sacaba el bol del armario y lo ponía sobre la encimera justo antes de ir a hablar contigo.