Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Dylan

E ste lugar le da mil vueltas a mi antiguo granero, pero sigo sin hacerme a él. Es demasiado grande y está mal distribuido, lo que me obliga a ser mucho más meticuloso con los detalles si no quiero que la producción se me vaya de las manos.

Me pongo los guantes, destapo el tanque de fermentación y hundo la nariz en el vapor.

Dios, huele increíble. Reviso el medidor de presión y giro la válvula de desagüe mientras escucho el burbujeo del líquido.

No me canso de repetir este proceso día tras día.

Para cualquiera esto sería un auténtico coñazo, pero no para mí.

Porque, aunque siga los mismos pasos, no hay dos lotes idénticos. Ahí está el truco.

Empiezo a preparar los barriles para embotellar. Purgo las líneas, ajusto el caudal y me cuclillo frente a la línea de botellas controlando la manguera mientras observo cómo sube la espuma antes de asentarse.

Un hilo de líquido resbala por el cuello de vidrio y lo limpio con el trapo mientras el aroma a malta y lúpulo lo inunda todo.

En momentos así es cuando siento que controlo mi vida.

Aprieto bien las chapas hasta asegurarme de haber escuchado el clac de seguridad, porque, como un tapón quede flojo, puede entrar oxígeno y hacer que la cerveza se oxide, pierda el gas...

y a la mierda el trabajo de dos semanas de un plumazo.

Por último hoy, coloco las botellas en la zona de almacenamiento.

Mañana volveré a controlar la carbonatación, pero ahora me voy a casa.

Dejo las mangueras colgadas, me saco los guantes y me echo la chaqueta vaquera al hombro.

Llevo aquí metido desde antes del amanecer porque a mi cerebro le ha dado por boicotearme el sueño otra vez.

Es la segunda noche que paso con insomnio y, esta vez, en lugar de quedarme atrapado en la cama dando vueltas hasta quedarme dormido (o loco), he preferido dar un paseo con Machine y después he terminado venido aquí.

Desde que heredé la receta familiar han pasado muchas cosas.

Pasé de vender apenas un par de botellas en el festival de Dukeforth a recorrer los de todo el estado.

Y hoy por hoy, los vecinos hacen cola aquí mismo para llenar sus camionetas, y todas las noches mi cerveza termina como la más vendida del Loopsie’s.

El siguiente paso es crecer, pero de un modo que pueda manejar y con el que me sienta cómodo. Me gustaría hablar con Larry, el tipo que trae la cerveza al bar, para ver quiénes son sus clientes por si alguno estaría interesado en la mía.

Chrishell, en cambio, está empeñada en venderla directamente a través de nuestra página web.

Ya le he dicho que eso es mucho más complicado de lo que parece.

Tras la Ley Seca de los años treinta, montaron todo un sistema para evitar monopolios y controlar los impuestos, por lo que no es tan fácil como abrir una tienda online con envío directo al consumidor.

Como mucho, puedes venderla desde tu web para que la gente la recoja aquí, en la fábrica, como hacemos ahora.

Pero Chrishell, como no tiene ni puta idea de cerveza, por mucho que se lo explique, no le entra en la cabeza y sigue convencida de que tiene que haber una forma de enviarla a todo el país.

Sí, claro que la hay. Se llama aumentar la producción, firmar contratos con distribuidoras en distintos estados y empezar a perder el control sobre lo que hago aquí dentro. Y eso no va a pasar.

Aparco la pick-up de cualquier modo, y antes de entrar en casa ya he soltado la chaqueta sobre una de las sillas del porche y me he quitado la camiseta. Una de las mangueras se ha soltado y llevo apestando a cerveza desde primera hora de la mañana.

Tras darme una ducha rápida, me pongo otra camiseta, los mismos pantalones de antes y me encamino hacia el porche para recoger la ropa que he dejado tirada.

A lo lejos, veo que una silueta avanza por el camino de tierra que atraviesa mis terrenos. No hace falta que se acerque mucho para reconocerla.

Apoyo el hombro en uno de los postes del porche y alzo la voz.

—Chrishell no está —le grito desde mi posición.

Savannah levanta la cabeza al oírme y se lleva una mano a la frente, a modo de visera, para protegerse del sol mientras intenta verme mejor.

—Ya lo sé —contesta—. Brooke me ha dicho que está en el bar llenándolo de globos para la fiesta de Olivia. —Sigue caminando hacia la casa—. Y vengo a verte a ti. ¿Qué te hace pensar que venía a verla a ella?

—No lo sé, como ahora sois tan amigas y desayunáis juntas batidos verdes.

—Parece que te moleste que me lleve bien con tu novia.

—Porque no lo haces —replico sin rodeos—. Te cae tan mal como al resto.

Ella deja escapar una pequeña exhalación por la nariz.

—De eso te quería hablar. —Sube los escalones y se detiene frente a mí, apoyando una mano en la barandilla del porche—. No sé si esto tiene algún tipo de sentido…, pero ¿estamos haciendo mal en ocultarle todo esto? Es tu pareja, no deberías tener secretos con ella.

Resoplo.

—Uf, demasiado pronto para mantener esta conversación. —Empujo la puerta de la casa con el hombro—. ¿Quieres algo de beber?, ¿me acompañas dentro?

Savannah me sigue por la casa, mirando a todos lados. Se qué (o a quién, más bien) está buscando.

Yo abro la puerta de la nevera.

—¿Y… Chocolate?

—Muerto. —Entrecierro la nevera y alzo la cabeza para mirarla—.

No pongas esa cara. Fue hace tiempo. Justo unos meses después de irte tú.

—Vuelvo a abrir la puerta y comienzo a apartar botellas mientras hablo—.

Empezó a tener mareos esporádicos. Al principio pensé que eran golpes de calor, ya sabes cómo se pone aquí en verano.

Pero un día convulsionó en medio del jardín y lo llevé al veterinario.

—Saco dos cervezas y las dejo sobre la encimera con un pequeño golpe.

No tengo ningún zumo que tenga tanta azúcar como para que le guste—.

Me dijeron que su sordera había provocado complicaciones neurológicas y, aunque intentamos hacer lo indecible…

, Chocolate no lo superó. Empezó a marearse con mucha más asiduidad y no solo eran los mareos, sino verlo convulsionar, perder el equilibrio, caerse por las escaleras… y tuve que hacerlo.

—Ay dios, Dylan. Lo siento muchísimo. Brooke no me había contado nada de esto.

—Está claro que ha estado manejando su discurso como ha querido. —Deslizo una de las cervezas por la encimera para que la coja—. Por cierto, ¿cómo has venido?

—Danny —dice, apoyando las manos en la madera—. Ha desayunado en casa con nosotras y luego me ha traído.

Levanto la cabeza.

—¿Ha desayunado en casa con vosotras? No digas eso delante de Knox. —Hago un gesto con la botella hacia los establos, donde creo que anda trasteando con algo.

Savannah gira la cabeza en esa dirección, como si acabara de recordarlo.

—¡Es verdad! ¡Hay caballos! —Sus ojos se iluminan de repente—. ¿Me los enseñas?

—¿Tú has venido aquí por los caballos o para…?

—Ya te lo he dicho, pero me has cortado. No me siento cómoda con esta situación.

Me encojo de hombros.

Sinceramente, no es mi problema.

—Savannah, tú en unos días te vas a volver a ir de aquí. Has venido a ver a Brooke, ¿no? Disfruta con tu amiga, finge que todo está bien y, después, vete.

—No es justo…

—¿Para quién? No me puedes decir lo que tengo que hacer si luego soy yo el que me voy a quedar aquí, en esta realidad. Estás volviendo a ser un poco egoísta.

—¿Egoísta por querer ser sincera? —exclama—. ¡Lo que hay que oír, Dylan!

—A ti no te afecta en nada que Chrishell se entere de esto —respondo—. Pero a mí sí. Lo haces porque es lo correcto y así limpias tu conciencia, no porque de verdad quieras.

Savannah inspira hondo, claramente intentando no perder los nervios.

—Vale —dice, intentando apaciguar la situación—. ¿Podemos calmarnos y hablar sin gritar? Parece que útilmente si no estamos rodeados de gente no sabemos ser cívicos.

Le hago un gesto para que siga hablando y aprovecho el silencio de su indecisión para escapar al porche en busca de aire fresco.

Apoyo las manos en la barandilla de madera y miro hacia el infinito mientras oigo sus pasos.

—Yo solo digo —empieza a hablar antes de detenerse detrás de mí— que me parece horrible estar haciendo que todo el mundo mienta por nosotros.

No me giro. Me quedo mirando el mismo camino por el que la he visto venir hace unos minutos.

—Ya no me refiero a lo del otro día. Me refiero a todo, a nuestra historia —explica—.

Todos. Brooke, Knox, Olivia… hasta Danny, que no lo conozco de absolutamente nada, están obligados a mentir.

¿Por qué no le contaste nada de mí? ¿Sabes la que se puede liar si alguno se va de la lengua sin querer? Sería muy sencillo.

—Savannah —digo sin volverme—, eres consciente de que hemos estado todo este tiempo sobreviviendo sin ti y ocultándote, ¿verdad? —Ahora sí me giro hacia ella—. No tienes que venir ahora a darnos lecciones de lo que tenemos que hacer. Eso es lo que no es justo.

—Supongo que solo quiero buscar la mejor solución para todos.

—Baja la mirada, rehuyendo el contacto visual—.

Me preocupo por ti y no quiero que, si vamos a recuperar esto —hace un pequeño gesto entre los dos—, nuestra amistad, quiero decir, lo hagamos sobre una mentira.

¿Cómo le vas a explicar a Chrishell que de repente podamos tener…

, no sé, una broma en común, por ejemplo?

No quiero fingir empezar una amistad contigo los días que esté aquí. Porque tú y yo ya no somos eso.

¿Acaso se acuerda de nuestras bromas o momentos compartidos?

El viento le mueve un mechón de pelo sobre la cara y ella se lo aparta tras la oreja con un gesto distraído, pero el mechón se empeña en volver a caer.

—Tú y yo ya no sé lo que somos…, pero tienes razón: esto se nos está yendo de las manos.

Bajo dos escalones del porche y me siento en el que queda detrás, apoyando los antebrazos en las rodillas. La madera está empezando a calentarse, pero todavía se puede estar aquí.

Savannah arrastra los pies levemente, pero termina imitándome y se sienta a mi lado, dejando un pequeño espacio entre nosotros.

—Decidí no contarle nada de lo del hotel —continúo— porque no imaginé que te fueses a plantar aquí. Esto solo lo ha empeorado todo con Chrishell.

Y no solo por los motivos que ella cree.

—Si voy a ser un inconveniente para ti aquí…, puedo irme —dice tras una breve pausa—. Lo comprendería. No quiero causarte más problemas.

—No. —Poso una mano sobre su pierna y la miro a los ojos. Por mucho que todavía no sepamos cómo volvernos a comunicar, no quiero dejarla ir—. Quiero que te quedes…

La frase se me queda corta para todo lo que significa. Porque quiero que se quede hoy, mañana… Y quiero que se quede tanto como el día en que decidió irse, aunque entonces no tuve el coraje necesario para admitirlo.

Si en aquel momento hubiese tenido un deseo, no habría sido que me escogiese, sino que se quedase. Así podríamos haberlo intentado tantas veces como hiciera falta.