Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 29 #2
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CAPÍTULO 29 #2

—Alguien tenía que recordarles que no eres la villana.

—Te lo agradezco —respondo.

Devon apoya los antebrazos sobre la mesa, sosteniendo la cerveza entre las manos.

—No hacía falta mucho —añade—. Solo… algo de tiempo. Siéntate, anda.

—Supongo que no lo hice muy bien —admito mientras tiro de la silla libre y dejo el bolso en el respaldo.

Devon ladea la cabeza.

—Supongo que ninguno lo hicimos.

Está claro que todos éramos más jóvenes, más impulsivos y bastante peores gestionando lo que sentíamos. Yo la primera.

—Lo importante es que estás aquí —asegura Olivia en un susurro, buscando mi mano para darle un leve apretón.

Yo asiento y, antes de que la conversación pueda ponerse demasiado intensa, los obligo a ponerme al día.

Les obligo a que me cuenten todo lo que me he perdido, sobre todo lo que envuelve a su relación.

Ya me conozco la historia porque tanto como Brooke como ella me la contaron en una llamada que hicimos a tres, pero me encanta ver las caras de Devon mientras Olivia lo cuenta y la interrumpe cada dos frases para corregir datos irrelevantes.

Pero, al poco de que Olivia empiece a narrar con todo lujo de detalles lo que denomina «la conversación que cambió su vida», noto que ambos levantan la vista por encima de mi cabeza al mismo tiempo.

Giro ligeramente el torso, todavía sentada, y veo cómo Dylan y Knox vienen hacia nosotros.

«Vamos, ya solo me queda uno», me autoanimo.

Me levanto antes de que lleguen a la mesa y me planto delante de Knox. No quiero que parezca que me escondo detrás de nadie.

—Ya me han contado que has vuelto. Bienvenida —me saluda con tono neutro.

—Gracias, Knox.

—¿Qué se te ha acabado antes, el dinero o los tíos con los que acostarte? —Recibo su comentario como una bala, tanto que doy un paso atrás.

El murmullo del bar sigue igual alrededor, pero en mi cabeza el sonido se vuelve más denso, más lejano.

Dylan, que está a su lado, reacciona incluso antes que yo. Le da un codazo limpio en las costillas, sin ningún tipo de piedad.

—¿Eres idiota o qué te pasa?

Knox suelta el aire por la nariz y se lleva la mano al costado, molesto, pero no aparta la mirada de mí.

—Está bien, perdona. He sido un capullo —termina cediendo. Mira a Dylan de reojo, en busca de su aprobación, y luego extiende la mano hacia mí.

La observo con recelo. Y cuando me decido a aceptarla, en el mismo impulso tiro suavemente de él para abrazarlo antes de que pueda arrepentirse.

Al principio se queda bloqueado, pero luego sus brazos me rodean, dándome dos palmadas en la espalda como si fuéramos dos jugadores después de un partido.

—Me lo merecía —murmuro contra su camiseta.

—Un poco —responde, sin apartarse todavía, aunque ya sin esa tensión en los hombros.

Cuando nos separamos, Knox, incómodo ante cualquier escena que contenga más carga emocional de la que su cerebro pueda procesar, se pasa una mano por el pelo, despeinándolo todavía más, y da un paso hacia la mesa.

Olivia pone los ojos en blanco y arrastra su silla unos centímetros para hacer hueco, Devon levanta su cerveza a modo de saludo, y Dylan…

Dylan sigue donde estaba, mirándome. Yo tampoco aparto la vista.

Abre la boca, dispuesto a decir algo, pero la vuelve a cerrar.

Supongo que sigue dando vértigo intentar ser los que éramos antes.

—Eh, ¿os vais a sentar o qué? —Knox nos observa y, con torpeza, acerca dos sillas más.

Dylan da un pequeño paso al frente y, cuando pasa por mi lado, nuestros hombros casi se rozan. Siento un vuelco al notar el calor de su cuerpo tan cerca. Me dedica una sonrisa contenida y, con un ligero movimiento de barbilla, indica que vayamos juntos a la mesa.

Esto es raro, pero creo que todos estamos haciendo lo posible para que parezca normal.

Knox ya ha empezado a discutir con Devon para que le cambie la silla porque la suya cojea. Es más, amenaza con tirarlo al suelo si no lo hace. Se levanta para comprobar el equilibrio y vuelve a levantarse indignado. Devon se ríe sin intención alguna de cederle la suya.

Olivia, por su parte, me está enseñando las últimas fotos de la ecografía de la semana veintidós.

—¿Eso es niña o niño? —pregunto a la vez que ladeo la cabeza intentando descifrar la imagen borrosa en la pantalla.

—No lo sabemos todavía —responde Olivia, mordiendo una sonrisa que apenas puede contener—. Tengo la carta de la ginecóloga en casa…, pero aún no me atrevo a abrirla.

—Yo veo un niño —interviene Knox desde el otro lado, olvidándose por completo de su cruzada contra la silla defectuosa.

—¿Ahora eres ginecólogo? —le suelta Devon con ironía.

Knox sonríe, orgulloso de su intervención, y nos mira como si estuviera a punto de decir algo brillante.

—No, ni se te ocurra decirlo. Guárdate tus guarradas para quien quiera oírlas —se adelanta Devon.

—No he dicho nada. —Knox alza los brazos a la defensiva.

Justo en ese momento, Chrishell entra como un elefante en una cacharrería mientras habla por teléfono. Deja caer su enorme bolso rosa palo sobre la mesa haciendo que las bebidas de Devon y Olivia se tambaleen. Al vuelo, logro atrapar el zumo antes de que se derrame.

—Adiós, mamá. Sí, descuida, le doy un beso de tu parte —dice al teléfono, ajena al pequeño desastre que casi provoca.

Cuelga, sonríe y se guarda el móvil en el bolsillo trasero del vaquero.

Mira a su alrededor buscando una silla libre. No hay ninguna, pero eso no la detiene. Da la vuelta a la mesa con paso decidido y, antes de que nadie pueda ofrecer alternativa, se deja caer sobre el regazo de su chico. Él la recibe sin inmutarse, apoyando la mano en su muslo desnudo.

Con ese gesto, siento tres pares de ojos clavados en mí. Se supone que todos están al tanto de la situación, así que no deberían ser tan poco obvios.

—Estaba hablando con mis padres —se lo dice solo a Dylan, pero lo hace tan alto que está claro que quiere que nos enteremos todos—. Se han ido a Las Vegas a celebrar sus cincuenta años de casados.

—Qué bien viven —se limita él a contestar.

Yo bajo la mirada, fingiendo un repentino interés por la servilleta que tengo entre mis dedos.

Me pregunto si conocerá a los padres de Chrishell.

¿Habrá ido a Boston? Yo podría llevarle a New Jersey para que conociese a mi familia.

Mi tío Joey fliparía con él. Tiene una pizzería en Atlantic City y le encanta la cerveza artesanal, sobre todo la europea.

Siempre está importando marcas desde Alemania e Italia y obligando a todo el mundo a probarlas.

Chrishell, cuando ve que nadie se interesa por las bodas de oro de sus padres, hace un repaso rápido por la mesa y se detiene justo en mí:

—¡Savannah! ¡Has venido! —exclama como si no se hubiese fijado en mí en todo este tiempo—. ¿Ya te ha presentado Dylan al resto de nuestros amigos?

Dylan, a su espalda, alza ligeramente las cejas y hace un gesto casi imperceptible, una súplica silenciosa para que no nos riamos.

Notando el calor subiéndome por el cuello, asiento rápidamente y rezo para que cambie de tema de conversación. Por suerte, lo consigo.

—¿Y qué hacíais?

No llevo mucho tiempo por aquí, pero ya me he dado cuenta de lo evidente. Son incapaces de disimular. Ninguno de ellos aguanta a Chrishell, y puedo llegar a entenderlo porque es muy intensa, pero no parece mala gente.

—Nada. Olivia me estaba enseñando una foto de su bebé —me lanzo a contestar en vista de que ninguno más se anima.

Olivia me mira con una sonrisa tensa. Creo que intenta decirme algo. Sea lo que sea, ya es tarde.

—¡No! ¿A ella sí y a mí no?, ¿es porque es famosa verdad?

—le increpa. Lo dice con un tono ligero, pero a mí me empieza a dar miedo—.

Llevo todo este tiempo intentando que me enseñe la última ecografía ¡y aún no lo he conseguido!

—me explica—. Seguro que también te ha dicho si es niño o niña…

—Hace un puchero exagerado y se cruza de brazos mientras busca la complicidad de Dylan con la mirada, pero él está a otra cosa.

—No, de eso no me ha dicho nada —le aseguro.

—¡Ay, Dios! —Chrishell se lleva una mano al pecho—. ¡Se me acaba de ocurrir la idea perfecta! ¿Qué os parecería hacer una gender reveal ?