CAPÍTULO 29
Savannah
C uando decidí venir a Dukeforth, fui lo bastante ingenua como para no imaginar que mi primer día acabaría convirtiéndose en… esto.
Al menos no he caído en la trampa del batido verde.
En cuanto Chrishell me ha plantado la carta delante, he hecho un escaneo rápido y he señalado el único que tenía un color mínimamente bebible.
Me he pedido un batido de fresa y plátano, y me han mirado como si acabase de profanar el templo del kale cuando he pedido nata, algo ni siquiera estaba en la lista de extras, llena de nombres de semillas que mi dietista amaría, pero que yo detesto.
Nos hemos sentado en una de las mesas junto a la cristalera.
Chrishell ha elegido el sitio sin dudarlo, encantada con la idea de que se nos vea juntas; tanto que no ha dejado de saludar a todo el que ha pasado por delante con una familiaridad sospechosa.
Lo divertido es que ninguno la ha reconocido (por suerte, a mí tampoco).
Me ha estado contando cómo conoció a Dylan, lo que sintió nada más verlo y que apostar por su relación fue lo que la impulsó a quedarse aquí, porque ella tenía toda su vida en Boston.
Y yo, por un momento, he estado a punto de contarle que yo también tuve esa oportunidad, solo que fui mucho más tonta que ella y la dejé escapar...
Hasta que he recordado con quién estaba hablando de verdad y he cerrado el pico.
He apurado hasta el último trago y, con el vaso de plástico ya vacío, me he inventado una excusa y me he ido de allí, no sin antes prometerle a Chrishell que me pasaría por el bar esta noche.
Ahora, llevo caminando sin rumbo un buen rato y, francamente, no tengo ni idea de qué hago.
Solo estoy aquí para recuperar a Dylan y lo estoy haciendo de la peor de las maneras posibles.
Anoche, tras llegar a casa de Brooke con mi maleta, repasé todos los movimientos absurdos que hice durante el día y llegué a la misma conclusión que ahora mientras paseo por el centro de Dukeforth: estoy tan desesperada por volver al lado de Dylan que soy capaz de hacer cualquier tontería.
Sí, cualquiera, desde robarle la moto a irme a comer con su novia.
Llego hasta las vías de tren abandonadas, las antiguas que conectaban Nashville con Knoxville y que ahora están llenas de maleza seca.
Nunca había ido tan lejos sola. Me siento en el puente peatonal que cruza las vías, donde estoy casi segura de que nunca pasa nadie.
Aquí, a diferencia de la plaza principal, que ya se ha rendido ante las sombras de los árboles, todavía alcanzan los últimos rayos del atardecer.
Saco del bolso la diminuta libreta de piel que siempre llevo conmigo y vomito todo lo que llevo dentro.
Ya ni siquiera intento darle forma de canción, esta vez solo quiero desahogarme de verdad.
Sin rimas, sin reglas… solo palabras que me ayuden a ordenar mis sentimientos.
Y, pese a no forzarme a hacer una canción de esto, mi cabeza no puede evitar crear versos.
Y en cuanto me doy cuenta de que ya he terminado de escribir, miro el resultado y me río como una histérica. Algún día merecerá ser escuchada.
Vuelvo al pueblo con la cabeza un poco más despejada, pero, sobre todo, con la sensación de que aún sirvo para esto.
Durante años he estado luchando con mi pánico escénico y el miedo a que mis letras no fuesen lo bastante buenas para alguien.
Aquí conseguí deshacerme de esos miedos, y, tras un disco que funcionó lo suficiente como para posicionarme en lo más alto de todas las listas de éxitos, la inseguridad volvió a llamar a mi puerta.
Pero esta vez no lo hizo disfrazada de mi síndrome del impostor, sino bajo la forma de quienes me rodean y no creen que sea capaz de superar aquello otra vez.
Y lo más triste es que no temen por mí, sino por lo que ellos podrían perder.
Cuando abro la puerta del bar, me invade una extraña sensación de alivio. Ayer, tras el incidente de la moto, ni siquiera me fijé en la gente que había dentro. Además, ya era más de medianoche.
Ahora, a las nueve, el lugar está hasta los topes.
Y me alegro mucho; no porque sea imposible encontrar a Brooke entre la multitud, sino por lo que esto significa para Dylan y su familia.
Ese pensamiento me arrastra directa al pasado para rescatar el recuerdo de su abuela, Davinia, y de mis chicas de oro.
Tengo que preguntarle a Dylan por ella; espero que esté en algún crucero engañando a algún europeo setentón.
Esquivo a la gente con cuidado, zigzagueando entre las mesas para llegar hasta la barra.
Lo bueno de estar aquí es que no hay demasiado público joven y los pocos que hay no me asocian con el tipo de música que tienen pinta de escuchar en sus playlists , así que me puedo mover sin sentirme observada.
—¿Dónde te habías metido? —pregunta Brooke cuando consigo asomar la cabeza entre dos personas apoyadas de espaldas a la barra.
—No me hagas hablar —le sonrío, apoyando los codos en la barra.
—¡Ya te digo que sí! Brooke arquea una ceja mientras seca un vaso con un trapo que ha visto días mejores.
—Ponme una copa, anda.
—¿Una copa por tus secretos? —me susurra como si estuviese ligando con alguno de sus clientes.
—No, mejor por los de Chrishell —replico, bajando la voz—. ¿De verdad se quedó aquí por él?
Brooke deja el vaso, me clava la mirada, seria, y hace un leve gesto con la cabeza para que la siga hasta el extremo de la barra, donde apenas hay gente y el ruido se diluye lo justo para que podamos entendernos.
—Está obsesionada con él, Savannah —dice sin rodeos—. Y eso no es bueno. Tú tenías tus motivos para irte y eso no te hace menos merecedora de él.
Sabe que mi pregunta no es curiosidad genuina, sino que no dejo de compararme con ella. De algún modo, siento que estamos en una competición absurda y silenciosa donde parece que la primera que se queda es la que se lo lleva. Como si el amor funcionara por permanencia.
—¿Sabes lo que te hace merecedora de él? —continúa.
Me guardo la respuesta, conteniendo el aliento.
Brooke se inclina un poco hacia mí, bajando la voz.
—Que él te quiere a ti. Eso es lo único que importa.
El ruido del bar se cuela entre nosotras.
—Y que esta vez me has prometido que no te vas a ir, ¿no? —añade, señalándome con el trapo.
Hago una mueca. Porque no, no pienso quedarme en Dukeforth.
—A nivel emocional, quiero decir —se apresura a matizar—. A nivel físico ya sé que sigues sin aguantar este sitio más de dos semanas seguidas.
—Te sorprendería saber todo lo que he cambiado en este tiempo, Brooke.
—No hay más que verte, Morgan. —Brooke me mira de arriba abajo, sin disimulo, y silba por lo bajo.
Es un piropo, lo sé, pero yo no lo recibo del todo así.
Soy consciente de que por fuera mi imagen ya no es la misma, pero no me refería a eso.
La Savannah que se refleja en el espejo no siempre coincide con la que siento por dentro, y no quiero que lo que proyecto termine siendo lo único que la gente vea de mí, porque no es así.
Yo hablaba de otra cosa. De que tengo una nueva perspectiva de vida.
De que voy a luchar por hacerla realidad.
Porque ahora quiero quedarme… aunque solo sea emocionalmente.
—Toma esto —me tiende una cerveza—, y llévale esto otro a Liv. —Saca un zumo de melocotón de la nevera—. Creo que están en la mesa del escenario. En cuanto despeje esto un poco, voy.
Me guiña un ojo antes de girarse para atender a un tipo con un gorro de vaquero que espera impaciente apoyado en la barra.
Me quedo plantada, con la cerveza en una mano y el zumo en la otra, respirando hondo antes de avanzar. Me voy a enfrentar a todos de una vez por todas.
Cuando me fui, tanto Devon como Knox cruzaron un par de mensajes conmigo, pero la cosa se enfrió rápido, sobre todo cuando Knox me dejó claro que, si Dylan no tenía nada que decirme, él tampoco iba a hacer de intermediario.
Con Olivia, en cambio, sí he llegado a hablar un poco más y he seguido su vida por redes sociales.
Cuando anunció que estaba embarazada le envié a la cafetería una cesta enorme con un pijama suave, un cojín de esos gigantes para dormir mejor, mascarillas faciales, infusiones…
, todo lo que se me ocurrió para que se cuidara durante nueve meses.
Lo que no pensé es que la volvería a ver cuando ya estuviera casi en la recta final, con esa barriga redonda e imposible de ignorar incluso desde esta distancia.
En la mesa solo están Devon y Olivia, algo que me alivia bastante porque será más fácil romper el hielo. Olivia está sentada con una mano apoyada sobre su vientre redondo y Devon está inclinado hacia ella, pero levanta la vista justo cuando entro en su campo de visión.
—Hola, chicos. —Le tiendo a Olivia el zumo y a Devon mi cerveza.
Ella lo recibe con una sonrisa que nace primero en los ojos y luego se le extiende por el rostro. Devon tarda un poco más en reaccionar, pero cuando ve cómo me acoge su chica, acepta la cerveza de la paz con un gesto lento.
Olivia arrastra con cuidado la silla y alza las manos para abrazarme. Ese movimiento sí que me pilla desprevenida y creo que ahora mismo podría llorar.
—Me haría la sorprendida, pero aquí las noticias vuelan —dice contra mi hombro, envolviéndome con sus brazos solo hasta donde su barriga nos permite.
La abrazo con cuidado, sintiendo la evidencia palpable de todo lo que ha pasado mientras yo no estaba.
—Enhorabuena, chicos. —Alzo la mirada hacia los dos y paso mi mano por la espalda de Olivia.
Devon, todavía sentado, asiente con una media sonrisa en la que se mezcla el orgullo con ese vértigo inevitable de estar a punto de convertirse en padre.
—Gracias… y bienvenida de nuevo a Dukeforth —añade, dando un pequeño toque con los dedos a la botella antes de mirarme—. Olivia me ha estado hablando de ti todo este tiempo.
La miro, sorprendida, y ella se encoge de hombros para restarle importancia. Ha estado intercediendo por mí.