Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Savannah

E stoy empezando a odiar las puertas. Y a Chrishell. Y no precisamente en ese orden.

La puerta del bar se abre de golpe, estampándose contra la pared, y ella entra disparada con unas gafas de sol enormes, el bolso colgando de un hombro y el portátil bajo el brazo. Deja este último sobre la barra sin mirar siquiera dónde lo apoya y sigue hablando a toda velocidad.

No veo los auriculares, pero rezo porque estén ahí.

Si no, estaría manteniendo una apasionada conversación consigo misma y sería algo que me daría bastante miedo porque, sinceramente, nadie quiere ser la enemiga de una persona potencialmente inestable.

Y yo, habiéndome acostado con su novio, no estaré en su lista de personas favoritas por mucho que le guste «Savannah Morgan».

Gesticula con aspavientos y se pasea por el estrecho pasillo que crea el espacio que hay entre la barra y las mesas. Nosotros intercambiamos miradas sin saber muy bien qué hacer.

Cuando por fin cuelga, porque sí, estaba hablando por teléfono, se gira, y todos nos quedamos incriminatoriamente quietos.

¿Qué hago?, ¿me escondo? No, eso no tendría ningún sentido.

—Chicos, no sabéis el día que estoy teniendo… —empieza, pero su voz se apaga cuando sus ojos aterrizan en mí—. ¿Chicos? —Me señala con el dedo como si ella fuera E.T. y yo su casa—. ¿Es.. es Savannah Morgan?

—Eh… sí. Está aquí porque… —empieza Brooke a hablar. Yo me limito a sonreír y a saludarla moviendo la mano de un lado a otro—, porque… está interesada en…

—¡La fiesta de la cosecha! —le ayuda Danny.

—¡Eso! Está interesada en tocar aquí. Su equipo está ahora mismo hablando con el ayuntamiento, y ella, mientras tanto, se está tomando un… un agua. —Brooke levanta la botella que hay tirada encima de la mesa.

—Demasiado calor. —Agito otra vez la mano, solo que esta vez lo hago para abanicarme en un gesto exagerado.

—¡No me lo puedo creer! —Chrishell se abalanza sobre nuestra mesa y coge una silla para sentarse entre Dylan y yo—.

¿Cómo habéis oído hablar de este pueblo?

Por redes sociales, ¿verdad? Seguro que fue en los meses que yo estuve al mando.

—Se lleva una mano al pecho, orgullosa—.

Tengo que volver a hablar con Katherine para que me deje participar en el comité de fiestas. ¡Y más ahora que vas a estar tú!

En vista de que ninguno hablamos, ella sigue haciéndolo sin enterarse de nada de lo que está ocurriendo.

—Es que no sé si lo sabéis, chicos, pero Savannah y yo ya nos conocíamos de antes, ¿a que sí? Estuvimos juntas en el draft .

—Sí… —digo, estirando la palabra lo justo para ganar tiempo—. Coincidimos allí.

—¿Coincidimos? Venga —me da un toquecito con el hombro de forma amistosa—, demasiado modesto eso, ¿no? Mira. —Desbloquea el teléfono y me lo planta delante de la cara—. Eres mi nuevo fondo de pantalla.

Socorro.

Levanto la vista buscando auxilio en la mesa, pero lo único que encuentro son tres espectadores muy dispares. Brooke está expectante, Danny conteniendo la risa y Dylan evita mirarme.

—Guau. —Es lo único que mi mente puede procesar para contestar.

—Es genial, ¿verdad? —responde ella, guardando el móvil—. Bueno, ¿y qué? ¿Te vas a quedar todo el día por aquí? Podemos enseñarte el pueblo, ¿a que sí, chicos?

Chrishell mira a sus amigos y a su novio. Se está empezando a mosquear de que no estén tan efusivos como ella.

—No creo que le apetezca ver el pueblo —interviene Dylan, rompiendo su silencio.

—¡No digas tonterías! Si va a estar solo un día, no se va a ir sin verlo…

—Lo cierto es que me voy a quedar aquí un par de días más.

No tiene sentido mentir ahí. La verdad es que cuando llegué, en mi ilusa burbuja, quería aferrarme a la idea de que no habría ninguna chica pegada al culo de Dylan.

Pero, menuda idiotez, era ridículo creerse eso.

Debí asumir que lo más probable era que esa chica se moviera en el mismo pequeño ecosistema que Brooke y que, tarde o temprano, acabaríamos cruzándonos.

Dukeforth no es precisamente Nueva York.

Pero en mi cabeza ese encuentro pertenecía a un futuro borroso y manejable, no a las primeras veinticuatro horas aquí. Y menos siendo su novia de dos años .

—¡Eso es una noticia estupenda! —Chrishell mira a sus amigos para que se unan a su histeria colectiva.

—Sí, mi equipo va a quedarse aquí un par de días mientras evalúa las características del evento —improviso—. Yo podía haberme quedado en el hotel del draft , pero me apetecía desconectar de todo. Nashville estaba siendo… demasiado.

Chrishell asiente inmediatamente.

—Te entiendo tanto —alarga la última palabra—. A mí me pasa lo mismo. Aunque no lo parezca —mira a Dylan en busca de aprobación—, soy una chica de ciudad…, pero en Dukeforth encuentro esa tranquilidad que allí me falta.

—Sí, necesito parar y volver a conectar con quien era.

—Pues has venido al sitio perfecto —apunta, satisfecha—. Aquí nunca pasa nada.

Si ella supiera todo lo que ha pasado aquí…

—Pero no te preocupes —continúa, inclinándose un poco hacia mí en plan confidencial—, nosotros podemos ser tus amigos. Somos gente muy normal y siempre nos lo pasamos genial juntos, ¿verdad?

Brooke se atraganta con su propia risa y Dylan le clava una mirada que, de poder, la desintegraría allí mismo.

Lo cierto es que la chica ha comprado mi historia sin cuestionarse ni uno solo de los agujeros de trama que he ido creando, porque, al parecer, eso es lo que pasa cuando eres una auténtica fan de alguien, que no buscas incoherencias y solo quieres que todo encaje.

Algo que, lejos de aliviarme, solo consigue que me sienta todavía peor.

La miro mientras entrelaza los dedos con los de Dylan y dibuja círculos distraídos en su palma. Y, en un estúpido cortocircuito mental, se me ocurre que igual es buena chica.

No lo sé. Supongo que tengo estos días para averiguarlo… y decidir qué hago con ello.

—¡Chicos! —De pronto, Chrishell da una palmada que resuena por todo el local—. No seáis maleducados, enseñadle esto, ¿no?

Antes de que pueda reaccionar, arrastra su silla con un chirrido y me agarra del brazo para levantarme con ella.

¿De verdad nadie le va a contar que yo he estado en este bar mucho antes que ella?

—Perdona que haya tenido que llegar yo para poner un poco de orden aquí —añade mientras me arrastra—. No se les da muy bien ser anfitriones. Como te he dicho, por aquí no pasa mucha gente nueva. Vas a descansar muchísimo estos días, ya verás.

Dylan, desde la mesa, levanta su vaso en un gesto lento, muy lento, que básicamente significa que no se va a inmiscuir entre su novia y yo.

Brooke le da un codazo.

—Haz algo —oigo que le susurra a mis espaldas.

Chrishell me suelta por fin, pero solo para colocar una mano en la parte baja de mi espalda y pasearme por el todo bar como si fuese suyo. Me lleva hasta el billar, hasta los dardos…

—Y este es el escenario —remata, dejándome enfrente del pequeño altillo de madera donde yo, en mi otra vida, solía cantar todas las noches—. A veces hacemos cosas aquí, música en directo y eso…, pero bueno, nada del otro mundo —dice, quitándole importancia con un gesto.

Gira la cabeza en busca de algún apoyo.

Me sorprendo cuando me encuentro a Dylan a unos centímetros de mí, que se ve que se ha unido a nosotras en algún punto del tour .

—Es… especial —admite Dylan tras un instante.

Conserva el mismo crujido en la esquina izquierda; el mismo micrófono apoyado contra el amplificador.

Chrishell asiente, satisfecha, y vuelve a enfocarse en mí.

—Sí, seguro que a ti te encantará —añade Chrishell, girándose hacia mí con una sonrisa brillante—. ¡Podrías subirte algún día si te apetece!

Brooke emite un sonido extraño. Algo entre tos y risa histérica. La odio. Se lo está pasando genial con todo esto.

—¿Qué? —pregunta Chrishell.

—Nada —carraspea Brooke—. Me he tragado… Una mosca.

Yo miro el escenario. Luego a Dylan. Él me sostiene la mirada y después la aparta como si el foco estuviera apuntándole directamente a la cara.

—Sí —suspiro con añoranza—. Quizá lo haga. Parece… un buen sitio para conectar con el público.

—¡Pues ya está! —dice, dando una palmada suave, encantada consigo misma—. Planazo. Primera noche oficial en Dukeforth y ya tenemos actuación sorpresa.

—¡No! —gritan Brooke y Dylan a la vez, sospechosamente sincronizados.

Chrishell se queda paralizada y confundida al mismo tiempo. ¿Le están llevando la contraria?, ¿me ha parecido verle un tic en el ojo?

—No tenemos el material que ella necesita… —improvisa Brooke.

—No pasa nada, podemos organizarlo —dice Chrishell, dando un saltito sobre sus talones mientras habla a mil por hora—. Dylan, tú puedes montar el equipo, ¿no?

—No creo que Savannah pueda cantar donde le apetezca. De hecho, dudo que pueda tomar cualquier decisión sin consultarlo.

«Perdona, ¿y ese golpe bajo?, ¿no habíamos firmado un tratado de paz?».

—Bueno —digo, con una ligereza que no siento—, en realidad no te falta razón. Mi equipo suele… supervisar bastante.

Supervisar es una palabra bonita. Controlar suena bastante feo y opresivo en espacios públicos.

—Tiene sentido. No pasa nada. —Chrishell me señala con una sonrisa cómplice—. No te preocupes, ya se me ocurrirá algo mejor para tu bienvenida.

—No hace falta— empiezo.

—¡Hace! —me corta, con su sonrisa perfecta—. ¡Muchísima! Pero eso lo pensamos luego —añade, dando una vuelta sobre sí misma—. Ahora, lo importante es celebrar que estás aquí, así que vamos a hacerlo tú y yo y a ellos los dejamos trabajando, ¿sí?

Miro a Brooke.

Miro a Dylan.

Miro al techo, por si hay alguna fuerza superior interesada en intervenir.

—Han abierto un sitio nuevo en el centro donde hacen los mejores batidos de kale del mundo.

Brooke frunce el ceño.

—¿De qué?

—Kale —repite Chrishell vocalizando lentamente, como si Brooke fuese tonta—. Supersano. Superdétox.

—Suena… interesante —digo, todavía a la espera de que alguien me salve.

—¡Lo sabía! —Chrishell se ilumina y, antes de que pueda reaccionar, ya me ha enganchado del brazo—. Te va a encantar.

No. No me va a encantar.

Odio el kale. Odio los batidos verdes. Odio cualquier cosa que tenga el color exacto del césped recién cortado.

Esta chica y yo no tenemos nada en común, por favor, que me suelte el brazo.

—Vamos —insiste, tirando de mí hacia la salida—. Os prometo que después volvemos aquí.

Antes de cruzar el umbral, Dylan pasa por nuestro lado y Chrishell lo detiene.

Rodea su cintura con una mano, tira de él con suavidad y lo atrae en un movimiento suave, casi automático, y se alza para besarlo.

Es un beso breve y cotidiano, y en cuanto lo hace siento que algo dentro de mí se rompe en silencio.

No por el beso, sino porque, en mitad de ese gesto que debería pertenecerle solo a ella, Dylan abre los ojos y me mira fijamente.

No es un accidente ni un cruce casual de miradas.

Es directo, sostenido, consciente. Sus labios siguen sobre los de Chrishell, pero su atención no está ahí. Está en mí.