Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

Una de las primeras veces que Knox organizó una excursión con el grupo de señoras de spinning , Machine decidió que era un buen día para explorar nuevas amistades.

Yo todavía estaba por allí, limpiando el establo, mientras Knox explicaba las reglas básicas del paseo con la poca seriedad que le caracteriza.

Una de las abuelas, muy bronceada y con unos bíceps sospechosamente definidos para su edad, se inclinó demasiado para hacerse unas fotos con el caballo.

Y el curioso de Machine, que no entiende de límites ni de espacio personal, alargó el cuello…

y le quitó la peluca de un tirón limpio y perfecto.

Él se quedó tan tranquilo, posando orgulloso con el trofeo colgándole del hocico.

La señora, en cambio, tardó un buen rato en reaccionar.

Tanto que pensé que le estaba dando un ictus, pero, de repente, soltó una carcajada que resonó por todo el establo.

Y, a partir de ese día, cada vez que vuelve, le trae manzanas para tenerlo distraído mientras sigue posando con él para sus redes sociales.

Cierro el establo y vuelvo hacia la casa con el sol empezando a subir por encima de los árboles.

Hora de irse al bar.

Cojo las llaves y conduzco con la ventanilla bajada, una de mis cosas favoritas en esta época del año, cuando todavía se puede respirar sin asfixiarte. Aparco delante del bar y frunzo el ceño al ver el enrejado de la puerta abierto.

—Espero que no se les olvidara cerrarlo ayer porque los mato —protesto, bajándome de la camioneta.

Cuando entro, me encuentro todas las luces encendidas y a Savannah, Brooke y Danny riéndose mientras juegan a los dardos como si fueran las once de la noche en lugar de la mañana.

Danny está a punto de lanzar, Brooke le grita que va a fallar antes siquiera de que suelte el dardo y Savannah se carcajea con la cabeza hacia atrás, relajada.

Hacía tiempo que mi retina no guardaba esa imagen y… la echaba de menos.

«¡Mierda! Otra vez me está pasando. ¡No, no! ¡No la echabas de menos!», me riño.

Tienen la música tan alta que no se han percatado de que he entrado.

Cruzo el bar despacio, observando cómo se desarrolla la escena, y justo antes de que Danny lance, alcanzo el altavoz y lo apago de golpe.

—Buenos días.

—¡Qué susto, Dylan! —protesta Brooke, llevándose una mano al pecho mientras Danny suelta el dardo en una mala dirección.

Pero yo ya no los estoy mirando a ellos, porque Savannah ha dejado de reírse y ahora me está mirando.

De repente, siento que todo lo demás desaparece, incluso Brooke, que está diciendo algo, queda reducida a un murmullo sordo.

Solo estamos los dos, frente a frente, con todo lo que llevamos callando atrapado entre nosotros, a punto de estallar.

Savannah hace una mueca, y luego, con un gesto apenas perceptible, le indica a Brooke que no la deje a solas conmigo. Pero conozco a Brooke y mi amiga está muy lejos de ahí. Tanto que ya ha empezado a hacerle gestos al pobre de Danny, que vive ajeno a todo lo que está ocurriendo.

—¡Danny! —le sisea Brooke, clavándole las uñas en el brazo para que espabile—. Tenemos que… revisar el inventario de servilletas. Ahora.

—¿Qué? —pregunta él sin entender nada.

—Sin servilletas, el negocio se derrumba. —Brooke lo hace girar sobre sus talones y lo empuja sin miramientos hacia el almacén.

Mi cocinero me lanza una mirada de desconcierto. Me gustaría salvarle de las garras de Brooke, pero cuanto antes me quite esto de en medio, mejor, si no va a acabar siendo incomodísimo para todos.

Se alejan discutiendo sobre cómo colocarlas en los dispensadores para ahorrar más, algo que estoy casi seguro de que Brooke se acaba de inventar sobre la marcha, pero Danny la escucha y asiente, intentando buscarle el sentido.

Al adentrarse en la trastienda, la cortina de tela gruesa se cierra tras ellos con un golpe suave que los envuelve.

Y de repente, el bar se queda en silencio.

Sé que ni de coña Brooke va a bajar al almacén.

Ahora mismo estará tras la cortina, quieta, escuchando, pero no me importa, así luego me ahorro el resumen al que me iba a obligar.

—Yo, entonces —empieza Savannah a hablar—, me voy a ir…

—No, por favor, quédate. —Alargo la mano y señalo una mesa.

Ella suspira, agotada, y aprovecho el movimiento de su pecho para observarla.

Viste de una forma tan distinta a la que recordaba...

Supongo que todos hemos cambiado, pero a ella se le nota mucho más.

Quizá sea porque antes tenía una personalidad que explotaba en colores, siempre cargada de accesorios y con purpurina en su maquillaje.

Ahora es como si alguien hubiera condensado su esencia en una versión más neutra y estereotipada de lo que mi cabeza clasifica como estrella de Hollywood.

Se acerca algo más al estilo de Brooke, pero mucho más caro y sofisticado.

Lleva unos pantalones negros cortos con flecos rasgados y detalles brillantes.

Ese tejido contrasta con la intensidad de su top ajustado, de un rojo carmín, mientras que unas botas de terciopelo con un tacón que no parece pensado para caminar durante horas le llegan a medio muslo.

Aunque todavía no hace tanto calor, dudo mucho que sea cómodo llevar eso pegado a la piel todo el día.

Ya no parece espontánea ni ligera. Ahora parece intocable, mientras que la Savannah que yo recuerdo podía ponerse cualquier prenda colorida que no combinara y, aun así, brillar más que nadie.

Se mueve hacia la barra para distanciarse de mí.

—Savannah, por favor. Solo serán cinco minutos —insisto.