Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Dylan

F ui feliz hasta su vuelta. Aunque feliz es un eufemismo bastante potente para decir que había conseguido construir una realidad que no me obligaba a pensar en ella.

El bar, el nuevo establo, mi pequeño negocio de cerveza y Chrishell me ocupaban la mayor parte del tiempo, y acababa el día tan agotado que conseguía dormirme nada más tocar la cama.

Ayer, pese a las horas acumuladas sin dormir, no conseguí pegar ojo en toda la noche, y nada tiene que ver con la discusión que tuve con Chrishell que se disolvió tan pronto como subimos a la habitación.

Esta mañana, en cambio, el ambiente vuelve a estar relajado, tal y como lo dejamos antes de irnos al draft .

Al entrar en la cocina, me recibe un olor que instantáneamente me revela que Chrishell lleva horas despierta.

El espacio está lleno de flores frescas, una de sus debilidades cada vez que pasa por el gimnasio del pueblo a primera hora.

Lo que significa que su despertador ha tenido que sonar a las cinco de la mañana y yo no me he enterado de nada.

Ahora está pasando un paño mojado por la encimera y, en cuanto me ve, me regala una sonrisa mientras señala la pila de tortitas de avena. Cocinar algo saludable que sepa a corcho es su forma de destensar la cuerda.

—Buenos días, dormilón —me saluda, mientras se deshace de los restos de masa que han quedado en la batidora.

Aprovecho que me estoy estirando para mirar el reloj. Solo son las ocho de la mañana, no he dormido tanto, pero puedo entender por qué lo dice. Cuando yo me levantaba a las cinco de la mañana también llamaba dormilona a Savannah.

Agito la cabeza. «Joder, ¿puedes salir de mi cabeza?».

—No he descansado muy bien esta noche —me justifico.

—Pero estás igual de guapo que siempre —dice, pasando por mi lado y dejándome un beso rápido que sabe a tortitas sin azúcar—. ¿Qué vas a hacer hoy?

—Pensaba pasarme por el bar, revisar la caja de estos días y ver si necesitamos pedir más suministros —le respondo, mientras ella recoloca los jarrones—. No me convence mucho el proveedor de la carne, así que quiero echarle un ojo a eso también.

—No te puedo ayudar. Sabes que no como de eso —me responde, abrazando contra su pecho el ramo de flores naranjas de las que no tengo ni idea de su nombre—. ¿Has pensado ya en meter algún plato vegano?

—Sí —respondo—, y la respuesta es la misma que la última vez: no.

Me lanza una mirada entre molesta y decepcionada, y yo no puedo evitar reírme. Creía que ya se le había pasado esta pataleta.

—¿Por qué no? No cuesta nada tener una opción para los clientes que lo prefieran.

—Ya te lo he dicho mil veces. No tendría ningún sentido, Chrishell.

No somos un restaurante de Boston a los que solías ir; somos un bar.

La gente viene a beber cerveza y a comer alitas mientras mira los resultados de la liga.

No vienen a comerse una ensalada de quinoa.

Si tú la quieres, sabes que Danny puede prepararte cualquier cosa.

—¿Con todo ese aceite? —Pone cara de estar viviendo su peor pesadilla—. No, gracias. ¡Pero no pasa nada! ¿Sabes lo que sí podemos hacer? Podríamos pedir el sello de certificación vegana para la cerveza, ya he estado gestionándolo.

—¿Para mi cerveza? —pregunto para ganar tiempo de respuesta.

—¡Claro, bobo!

—Entiendo la filosofía, la respeto… —digo, cogiendo un plato del armario y sirviéndome unas tortitas—, pero gastar dinero en un sello que no cambia nada me parece absurdo.

—¿Que no cambia nada? ¡Lo cambia todo! Mira, con este sello podemos posicionarnos en mercados nuevos, que la gente vea que somos responsables, que nos importan los detalles…

y, sobre todo, que tenemos cuidado con los ingredientes seleccionados.

Mejora la percepción de la marca, Dylan, y podríamos crecer mucho más rápido si lo hacemos ahora.

—O crecer más lento si tiramos el dinero.

Casi todas las cervezas artesanas son veganas de base y, sí, algunas meten clarificantes animales o incluso miel en algunas etapas del proceso, pero nuestra receta no.

Aun así, ¿poner un sello solo para que alguien más se fije en nosotros?

Paso de gastar dinero en algo que cualquiera con un poco de curiosidad puede verificar. Me parece tirar el presupuesto.

—Dime un motivo real por el que no quieras. Porque solo oigo excusas de alguien que quiere quedarse en la zona de confort. Como el hecho de que aún no hayas registrado la marca ¡Eso es algo que ya tendría que estar listo!

Odio cuando empieza con su discurso de gurú que saca de las criptoprincesas que sigue en Instagram.

—¿No has visto los documentales que hablan de todo el lío de las etiquetas de «orgánico» y «vegano»?

—digo, cruzándome de brazos—. Muchos alimentos ni siquiera cumplen los estándares, y aun así se venden como la octava maravilla y diez veces más caros.

No me fío de esos logos ni de los supuestos sellos de calidad.

Quien quiera comprobar lo que hay en la cerveza puede leer la etiqueta o venir a la fábrica y verlo con sus propios ojos. Ahí está la transparencia de verdad.

—¡Venir a la fábrica! ¡Qué buena idea, Dylan! Podemos hacer un día de puertas abiertas…

Mis palabras parecen abrirle una nueva dimensión en su mente, porque de repente empieza a hablar sola mientras camina por la casa organizando tours y talleres imaginarios.

La dejo que siga soñando en voz alta con sus planes imposibles y yo salgo al porche a desayunar.

Así, al menos, me gano un rato de paz hasta que vuelva con otra de sus ocurrencias que siempre me toca frenar.

Si no fuese así, mi cerveza ya sería la cosa más comercial del mundo con diferentes etiquetados según la edición, colaboraciones con influencers , sellos por todos lados…

, justo lo que intento evitar a toda costa.

Quiero mantenerla como algo artesanal cien por cien.

Me niego a perder el cuidado en cada botella y la sensación de que cada lote sigue siendo único.

Sé que, si empiezo a despistarme y la dejo avanzar con sus ideas de branding , sus planes de marketing y esas «mejoras» que solo buscan impresionar a los demás, perderé la esencia familiar y tradicional que tanto me costó conseguir.

Y eso no va a ocurrir. Por mucho que ella diga que mejoraría la marca, yo sé que no hay nada que pueda sustituir lo que hace que mi cerveza sea verdaderamente mía.

También sé que gracias a ella y a la pequeña nueva fábrica hemos conseguido mucho más de lo que jamás hubiera imaginado: contactos, ideas, incluso un poco de visibilidad que de otro modo me hubiese costado años…

Pero no quiero que mi cerveza se convierta en una más, en otra marca que se pierda entre millones de latas de colores chillones y eslóganes pensados para impresionar a cualquier borracho de supermercado.

Sé que no vamos tan bien de dinero como había previsto para este año, que no ingresamos todo lo que generamos y que, con la mitad de sus ideas, probablemente haría mucha más caja.

Pero eso también significaría perder la esencia de la cerveza, volverla algo comercial, estandarizado y predecible… Y eso no puedo permitirlo.

No quiero aumentar el volumen si eso va a hacer que deje de ser una marca nicho, especial.

Quiero conectar con personas que de verdad valoren el esfuerzo, gente que sienta que hay una historia real detrás de cada botella.

Mi objetivo es mantenerla auténtica, aunque a veces eso signifique decir «no» al dinero fácil.

Miro al horizonte, pero en realidad no estoy viendo nada.

Solo recordando ese ruido extraño que creí escuchar ayer.

Tengo que ir a comprobar que los caballos estén bien.

Seguro que sí. Seguro que solo fue Machine haciendo de las suyas con el heno.

Debió de chocar contra la madera y el impacto golpeó la verja.

Todas las noches antes de dormir, reviso varias veces que el establo esté bien cerrado, los cerrojos en su sitio y que ningún animal haya golpeado el pestillo sin querer.

Es como cuando sales de casa y, a los minutos, no recuerdas si cerraste con llave.

Una pequeña duda que te carcome por dentro y no te deja en paz hasta que vuelves para comprobarlo.

A mí me pasa con mis caballos, pero la diferencia es que yo tengo motivos para ser así de obsesivo.

Mi abuelo tuvo un descuido y mis padres murieron a causa de eso.

Y pese a que me encantaría pasarme aquí toda la mañana, la tranquilidad es un lujo que no me puedo permitir. Me llevo a la boca el último trozo de tortita y entro de nuevo en casa, donde me recibe el murmullo lejano de Chrishell filtrándose desde alguna habitación.

Me meto en la ducha y abro el grifo hacia el lado del agua fría.

Esto es mi cafeína. Apoyo las manos en la pared y dejo que el agua arrastre lo poco que queda del mal sueño y de los recuerdos que siempre esperan a que baje la guardia.

Al salir, lo hago con una decisión, y esa es enfrentarme a Savannah.

Cuando le dije que quería solucionar las cosas, lo dije de verdad.

Y sigo pensándolo. No tiene sentido seguir enzarzados en este odio absurdo que ahora ella también parece sentir por mí cuando los dos hemos pasado página.

Porque ella puede decirme lo que quiera, pero es igual de culpable que yo al engañar a su pareja.

Me visto rápido: camiseta vieja, vaqueros y botas.

El aire de la mañana todavía es fresco, así que aprovecho para cruzar hasta el establo y abrir la puerta con cuidado.

Los cinco alzan la cabeza al mismo tiempo.

Todo está en orden. Aun así, recorro los boxes uno a uno y dejo preparado el equipo; hoy Knox tiene ruta.

Machine resopla cuando me ve.

—Hoy compórtate —le digo en voz baja—. No quiero sustos.