CAPÍTULO 26
Savannah
S iempre que estoy en Dukeforth acabo emborrachándome. Aunque, si echo la vista atrás y hago un pequeño estudio estadístico nada fiable pero bastante revelador, hay un patrón clarísimo en todas esas borracheras. Un elemento común. Un nexo indiscutible: Brooke.
Cada vez que Brooke me dice «confía en mí», debería salir corriendo en dirección contraria. Y, sin embargo, aquí estoy. Sentada en una mesa al fondo del bar con un cóctel inventado por ella, mirándola mientras me sonríe, disfrutando de mi autodestrucción.
En cuanto se ha ido Dylan, Brooke ha echado a Knox y Devon del bar y me ha arrastrado hasta aquí.
Ha chantajeado a Danny para que se quedase al mando de la barra y me ha obligado a narrarle, escena por escena, todos los capítulos que se había perdido del culebrón en el que se ha convertido mi vida estas últimas horas.
—Vale —dice cuando termino, apoyando los codos sobre la madera—. ¡Esto ha ido mejorando por momentos!
—Me alegra que mi colapso vital te entretenga. —Giro la sombrilla del papel—. Gracias, es muy alentador de tu parte.
—De nada. Pero continúa. ¿Qué pasó exactamente cuando viste a Barbie lencera?
Cierro los ojos y le doy otro trago al cóctel. Está demasiado bueno como para no hacerlo.
—No, Brooke, esa no es la pregunta. La pregunta es desde cuándo.
—¿Desde cuándo qué?
—Desde cuándo sabías lo de Chrishell.
Su sonrisa se borra y se levanta de golpe.
—¿Te preparo otro? —Alza mi copa a la que apenas le queda líquido.
—No. No me hagas eso. —Niego con la cabeza recuperando mi vaso vacío—. No me cambies el tema. ¿Desde cuándo sabías que estaba con ella?
—Desde que empezaron… Hace unos dos años.
Mis ojos se abren de par en par.
—¿Qué? ¡Si podrían estar casados!
—¿Esos dos? ¡Ya quisiera Chrishell! No te preocupes por ella, de verdad, Savannah.
Dylan no lo quiere admitir, pero estoy segura de que ni siquiera le pone lo suficiente.
Igual al principio no estaba mal… Las primeras ¿treinta?
, ¿cincuenta veces?, pero ¿ahora? ¡Por Dios!
—Brooke se santigua—. Ahí no hay nada que hacer.
—Te estás inventando estadísticas otra vez, ¿verdad?
—No —niega, muy digna, aunque casi se le cae el vaso al hacerlo—.
Te aseguro que Chrishell es solo la solución temporal a sus problemas emocionales.
Dylan no te ha superado, Savannah. ¿Quieres saber cuándo empezó con ella?
En marzo de hace dos años. ¿Te dice algo esa fecha?
—Marzo fue el mes en el que me prometí—.
Si estuviera realmente enamorado… —hace una pausa dramática y me señala con la pajita— no se habría metido hoy entre tus bragas.
—¡Brooke! —Le quito la pajita de los dedos y se la lanzo, horrorizada.
—¡Savannah! —me imita, llevándose una mano al pecho—. Ese chico no está enamorado. Está confundido. Que no es lo mismo.
Me encantaría creerla. De verdad que sí. Pero si en condiciones normales Brooke ya es cuestionable, con alcohol en sangre lo es muchísimo más.
—No sé… —murmuro, dejando caer la cabeza hacia un lado—. Supongo que estamos destinados al fracaso. Cuando no es una cosa, es otra. ¿Por qué no puede ser todo más fácil?
—Savannah, te lo he dicho mil veces, con las decisiones que has tomado, no lo puedes tener todo. Es como a la gente que le gusta la pizza con piña. O una cosa o la otra. No puedes tener las dos cosas al mismo tiempo.
—A mí me gusta la pizza con piña.
—Pero a la gente normal no —replica, tajante—. La gente normal se come una pizza … y, como mucho, se come la piña de postre. Separada.
—Supongo que tienes razón… y, por no tener, ni siquiera tengo ropa para dormir esta noche.
¿Me dejarías un pijama? He perdido la maleta en algún lugar de la enorme parcela de Dylan.
La tiene cada día más grande, ¿te has fijado?
—Cuando le encuentro el doble sentido a mis palabras, me tapo la boca para ahogar un grito de vergüenza—.
¡La casa quiero decir! Me ha parecido ver que ha construido algo cerca del granero.
—Sí, ha ampliado un poco la zona para guardar las cosas de los caballos.
—¿Caballos?
—Caballos —repite, dando un sorbo—. En plural.
—Sí, eso he dicho. —Madre mía, creo que está más borracha que yo.
—Savannah, tú sí que te has perdido capítulos. ¿Ves? Estas son las cosas que pasan cuando decides prohibirme hablarte de él.
En cuanto la última mesa del bar se vacía, Brooke se levanta con la seguridad de que tiene un as bajo la manga, y se acerca a Danny para susurrarle algo mientras me observa desde la barra.
—Nos vamos —me dice con una sonrisa que me hace sospechar que estoy a punto de meterme en un lío.
—¿A casa?
—No todavía —responde, ladeando la cabeza y apoyando una mano en la cintura—. Confía en mí. Tengo un plan.
Camino detrás de ella con la cabeza zumbando por el alcohol. Debería haber salido corriendo al oír esas tres últimas palabras, pero después de ahogar mi raciocinio en un último sorbo de cóctel rosa, lo único que me apetece es ver qué demonios se le ha ocurrido ahora.
Danny nos ha acercado con su coche hasta la enorme casa de Dylan.
No lo conocía, pero creo que me cae bien, y a Brooke, claramente, le gusta.
Es moreno, alto, fuerte… y tiene una sonrisa bonita.
Además, parece tenerlo todo siempre bajo control.
Estoy segura de que, si se cayera un meteorito encima de nosotros, él todavía tendría tiempo de venir a salvarnos antes de correr hacia el búnker.
Porque él fue militar, tiene que saber dónde están los búnkeres en caso del fin mundo, ¿no?
No sé, definitivamente si no estuviese enamorada de Dylan, creo que este chico también me podría interesar. Un momento, ¿«enamorada»? ¿he dicho yo eso? No, habrá sido el estúpido cóctel rosa que sabía a batido de fresa para niños pequeños.
—Os voy a dejar aquí, si me acerco más y están despiertos, Dylan va a ver los faros y paso de que me despida. Si os pillan, recordad, yo no he tenido nada que ver con esto.
—Está bien, pero no te vayas sin nosotras.
—No, Brooke, me quedo aquí con las luces apagadas. Y si en media hora no volvéis, me haréis ir en vuestra búsqueda. Así que no tardéis.
Brooke asiente con una seriedad ridícula para el puntillo que lleva encima, y yo la imito con la cabeza demasiado rápido, sintiendo todo el alcohol rebotar por mi cerebro.
Bajamos del coche de Danny a trompicones y nos metemos de lleno en la oscuridad.
Por suerte para mis articulaciones ebrias, no hay que saltar ninguna valla ni hacer acrobacias ilegales; basta con abrir una puerta con dos tablones de madera y avanzar en línea recta hasta que el suelo cambie de gravilla a tierra.
Brooke tropieza con un montón de ramas secas y yo tengo que agarrarla del brazo antes de que caiga de morros.
—Esto es enorme —comento lo evidente—, igual no la encontramos a la primera. Podría estar en cualquier lugar: detrás del granero, junto a la moto, escondida entre los arbustos…
—¡Como un tesoro pirata! —susurra Brooke con ojos brillantes.
Avanzamos como podemos hacia el granero, esquivando sombras que juraría que se mueven (no se mueven, Savannah, céntrate). La luna ilumina justo la zona donde Dylan suele dejar la moto, que vuelve a estar en su sitio, perfectamente colocada.
—Vale —murmuro, girando sobre mí misma—. Esto empieza a parecer una muy mala idea.
Doy un par de pasos y no tardo en dar con el bulto en la oscuridad, medio escondido entre hojas y barro.
—¡Ahí está! —grito, corriendo hacia mi maleta y pateando suavemente las hojas para despejarla.
—¡Pero gatea! —me riñe Brooke en un susurro escandalosamente alto—. ¿Quieres que nos vea?
Me quedo congelada, con el pie suspendido en el aire.
—¿Quién?
Brooke me mira como si fuera idiota.
—¿Quién va a ser? ¡Dylan!
Con todo el esfuerzo del mundo, me agacho y avanzo en una especie de intento de sigilo. Consigo llegar hasta la maleta y la pesco por el asa, tirando de ella con cuidado para que no haga ruido. Un esfuerzo que, por supuesto, no sirve de nada.
Las dos nos quedamos quietas.
En silencio.
Conteniendo la respiración.
—Vale, no pasa nada.
—Brooke, deja de decir «no pasa nada» porque claramente sí pasa. ¡Nos va a pillar!
Una luz se enciende en la casa.
Las dos levantamos la cabeza al mismo tiempo.
—Corre —dice ella.
—¿Cómo que corra? ¡Si me has dicho que gatee!
—¡Cambio de plan!
Y con ese último grito, agarro la maleta como puedo y salimos disparadas hacia la oscuridad, tropezando, riendo y haciendo muchísimo más ruido del que cualquier persona que intenta pasar desapercibida debería hacer.
—¡Por ahí! —susurra Brooke, que claramente no entiende el concepto de susurrar.
—¡No!
Diviso los fardos de heno junto al lateral del granero y, con un movimiento rápido, tiro de ella justo cuando la luz del porche se enciende de golpe.
Nos dejamos caer detrás del heno en una maniobra nada elegante.
—Me estás clavando algo en el riñón —murmuro.
—Es mi codo.
—Pues quítalo de ahí.
Nos asomamos apenas un centímetro, lo justo para ver sin ser vistas.
Dylan sale al porche, descalzo, con la misma camiseta gris que llevaba antes y el pelo algo más revuelto. La luz le dibuja el perfil y, en un estúpido y completamente inoportuno instante de delirio, suspiro en alto.
—Cállate. —Brooke me vuelve a clavar su codo.
Dylan baja los escalones despacio, mira hacia la zona de la moto y luego hacia el granero, alerta.
Mi corazón va tan rápido que estoy convencida de que puede oírlo desde allí.
Se queda ahí durante unos segundos, hasta que una voz lo distrae.
Él gira la cabeza hacia la casa. No alcanzo a verlo bien desde aquí, pero me jugaría la maleta a que está molesto.
Antes de entrar de nuevo, echa un último vistazo alrededor, pero la penumbra juega a nuestro favor y no distingue nada.
Tras su portazo, nos quedamos inmóviles detrás del heno, escuchando.
Cuando nos aseguramos de que Dylan se ha ido y no es una falsa alarma, asomamos un poco más la cabeza.
Desde nuestra posición solo vemos las cortinas, pero son lo bastante finas como para dibujar sombras y traicionar lo que ocurre dentro.
Primero aparece la silueta de él, quieta, en mitad del salón.
No hace falta verle bien para saber que está tenso.
Se le nota en la forma en la que ocupa el espacio.
Después, la de ella, más pequeña, pero imposible de ignorar.
Chrishell no para quieta. Va de un lado a otro demasiado rápido.
Sus brazos se zarandean de forma exagerada, y aunque no escucho nada, casi puedo reconstruirlo.
Estoy borracha, pero no lo suficiente como para no entender lo que está pasando ahí dentro.
—¿Ves? —susurra Brooke junto a mi oído—. Te lo dije. No se aguantan.
—Vámonos, Brooke. No deberíamos estar viendo esto.
—Porque odias darme la razón y sabes que con esto la tengo.
Estiro de su brazo y de mi maleta al mismo tiempo para salir del enorme fardo que nos cubre.
—Corre.
Pese a todos los intentos de Brooke por seguir criticando a Chrishell y de colarnos en el establo, hacemos el camino de vuelta al coche de un modo mucho menos divertido.
Debería estar contenta porque la relación del momento no va tan bien como ellos pintan, pero no me siento así.
Preferiría ver a Dylan bien, aunque no fuese conmigo, y sé que donde está ahora no es el lugar.
Está claro que por hurgar en la vida de alguien a altas horas de la madrugada no puedo sentar cátedra, pero en el fondo Brooke tiene razón y su relación no estará tan bien cuando ha vuelto a mí.
Con ese último pensamiento y el traqueteo del coche, en algún punto entre la casa de Dylan y la de Brooke, me quedo dormida.