CAPÍTULO 25
Dylan
C uando se quita el casco y lo deja caer sobre el depósito, la realidad me golpea tan fuerte que no sé dónde apoyarme para no caer. Empiezo a retroceder y tropiezo con el mismo puto escalón con el que casi se mata Brooke hace un momento.
Si todavía no he explotado es porque he empezado a disociar tanto que me parece estar viendo a Savannah montada en mi moto. Una moto que debería estar en mi casa y una Savannah que debería estar…, bueno, eso ni lo sé ni me importa.
Porque esto tiene que ser una alucinación, ¿verdad?
Brooke, tan oportuna como siempre, desde el suelo, consigue alzarse para sacarme de mi locura.
—¿Savannah?
Mierda, si ella también la ve, significa que esto tiene que ser real. No es un delirio colectivo, ni un efecto secundario del peor fin de semana de mi vida. Es real.
Me paso la mano por el pelo y suelto un bufido, totalmente incrédulo.
—¿Qué coño haces aquí? —digo sin una pizca de humor, recortando las distancias hacia mi moto.
Sigo avanzando hasta quedarme justo delante de ella, invadiendo todo su espacio, obligándola a quedarse ahí. A no poder salir corriendo otra vez.
—Bájate —ordeno en voz baja.
No tiene escapatoria posible, estoy peligrosamente cerca.
Ya no lleva el casco, pero mantiene la mirada clavada en el suelo, como si eso fuera a protegerla de mí.
—Bájate —repito en un tono mucho más firme.
Durante unos segundos, no se mueve. Un tiempo que se me hace eterno mientras las imágenes de esta mañana se reproducen en bucle en mi cabeza, torturándome.
Finalmente, pasa una pierna por encima de la moto y se baja con una lentitud que me está poniendo más nervioso de lo que ya estaba.
En cuanto sus botas tocan el suelo, doy un paso más.
La distancia que ya era inexistente desaparece del todo.
—¿En serio? —murmuro, clavándole la mirada—. ¿Esta es tu siguiente jugada?
No responde. Y eso me enciende más que cualquier respuesta.
—Mírame.
Nada.
—Has vuelto a jugar conmigo —empiezo, notando cómo se me acumula todo en la garganta—. Desapareces después de habernos acostado… y ahora apareces aquí. Con mi moto. ¿Qué pretendes conseguir con esto, Savannah?
Sigue sin mirarme. Y ya es suficiente.
Alargo la mano y le sujeto la barbilla, forzándola a levantar el rostro. No es un movimiento brusco, pero tampoco suave. Es firme y directo. Es exactamente lo que no debería estar haciendo: acercarme a ella otra vez.
—He dicho que me mires.
Y cuando lo hace..., se convierte en el peor error de todo el fin de semana.
Consigo verlo todo en sus ojos: la confusión, la rabia… Algo que se parece demasiado a lo que yo siento.
—¿Y quién demonios es Chrishell, Dylan? —dispara de golpe, apartándome la mano con más fuerza de la que esperaba—. Dime ahora mismo quién está jugando con quién, por favor.
—Savannah… no tienes ni idea de lo que hablas.
—Hablo de que me he encontrado con ella en el pasillo del hotel, y ahora en tu casa, pero tranquilo, no tiene ni idea de lo cerdo que eres —me corta—. Así que mejor no me vengas ahora con explicaciones de mierda, porque no hacen falta ya. Sé muy bien lo que he visto, tanto allí como aquí.
—Vámonos a otro lado y te lo explicaré todo. —Rodeo mi moto, me subo y, en cuanto la arranco, le tiendo el casco para que se lo ponga.
—No pienso irme a ningún sitio contigo. —Niega con la cabeza y veo cómo la rabia de su mirada disminuye, ahogada por unas lágrimas que intenta contener.
Miro a Brooke, que me hace un gesto para que desista.
Ahora mismo es la única imparcial en esto, así que le hago caso.
Me pongo el casco que antes le había ofrecido a Savannah y doy un giro de gas.
La moto vibra bajo mi cuerpo, y antes de que pueda pensar demasiado, ya estoy fuera, dejando atrás la luz neón del Loopsie’s y las risas ahogadas de algunos clientes que estaban en la entrada principal.
Hago el camino de vuelta a casa acelerando más de lo que debería. Y mientras todo a mi alrededor se convierte en un borrón de luces y sombras, aprovecho cada cambio de marcha para distanciarme todavía más de Savannah.
Estamos metidos en un bucle asqueroso del que me encantaría salir, pero no tengo ni idea de cómo.
Ojalá no hubiese vuelto. Ojalá yo no hubiese ido a Nashville.
Cuando llego a casa, reduzco la velocidad al entrar en la parcela y dejo la moto junto al establo. Entro directo a por Machine, el primer caballo que volvió a pisar este sitio después de años.
Intento quitarme a Savannah de la cabeza, pero es imposible.
Mire donde mire, todo me acaba llevando a ella.
El establo, los caballos..., en parte, todo esto se lo debo a ella, a su cheque de despedida.
Al dinero que me dejó por irse y que, en un principio, me negué a tocar por orgullo.
Pero luego la rabia se apoderó de mí y me gasté hasta el último centavo.
Al menos utilicé el sentido común y lo hice bien: empecé con la reforma de la cocina del bar y reabrí el establo.
Ahora, preparo la cerveza en la pequeña fábrica del abuelo de Chrishell, el viejo Nolan; unas instalaciones que no siempre fueron mejores que las mías.
La última vez que competí en el concurso de la cosecha, me ganó, aunque solo porque a mí me desclasificaron y, con el dinero del premio, él pudo mejorarlo todo, y vaya si lo hizo.
Gracias a eso tengo el mejor fermentador y borboteador que podría permitirme.
Machine está enredado con el heno. Ha hecho lo de siempre, lo ha esparcido por todo el box y ahora se dedica a comerlo como si nada, obligando a alguien (normalmente a Knox) a recoger su desastre.
—Eres incorregible —murmuro, apoyándome en la puerta antes de entrar.
Levanta la cabeza al oírme, mastica sin ninguna prisa y resopla. Está claro que le da absolutamente igual mi opinión.
Le coloco la montura, ajusto la cincha para que quede firme y le pongo la brida. Cuando termino, le doy un par de palmadas en el cuello antes de sacarlo del establo.
Monto de un impulso, acomodándome en la silla de montar y, en cuanto me aseguro los estribos, aprieto los talones. El caballo arranca al paso y, en cuanto le dejo un poco más de rienda, rompe a galopar por el campo.
Antes solía salir a correr al bosque que hay detrás de casa para despejarme, ahora siempre lo hago con él.
A Machine lo encontré en uno de esos momentos en los que no sabes muy bien qué estás haciendo con tu vida, pero tienes claro que lo que estás haciendo no te sirve.
Un tipo de las afueras estaba vendiendo varios de sus caballos y Knox y Devon se empeñaron en acercarnos. Ni de coña pensaba reabrir el establo, pero en cuanto lo vi, supe que me tenía que quedar con él.
Machine estaba apartado del resto, en un cercado más pequeño.
—Este de aquí no te lo recomiendo, nos ha dado bastantes problemas —me soltó el tipo nada más señalarlo—. Demasiado nervioso. No se deja montar bien.
Me acerqué a él sin muchas expectativas y Gun, como se llamaba con sus antiguos dueños, en lugar de apartarse o tensarse como hacen la mayoría de los caballos cuando ven a un desconocido, se quedó quieto. Mirándome.
Resopló, como también hace ahora, y giró la cabeza, pero no se fue.
Ese mismo día le hice una oferta y me lo llevé.
Las primeras semanas fueron un desastre. El establo estaba todavía patas arriba y él se encargó de rematar el trabajo. Todo lo que podía romper, lo rompía. También intentó tirarme más veces de las que voy a admitir en voz alta, pero poco a poco nos fuimos conociendo y llegamos a un acuerdo.
Chocolate me dejó unos meses después de que Savannah desapareciera y, durante un tiempo, sentí que todo lo que tenía alrededor se iba cayendo a trozos sin que yo pudiese hacer nada.
Siento que, en parte, Machine ha sustituido a Chocolate y ha ocupado su lugar.
Eso, aunque me entristece, de algún modo también me da esperanza.
¿Podrá Chrishell hacer lo mismo con Savannah?
Niego con la cabeza en cuanto el pensamiento termina de formarse.
No pienso entrar en esa mierda de pensamiento.
Aprieto todavía más las piernas contra los flancos de Machine y le doy un poco más de rienda. Me inclino hacia delante, acompasándome con su movimiento y dejando que sea él quien lleve el control por un rato. Estoy agotado.
Después de varias vueltas por el bosque, empiezo a notar que Machine baja el ritmo y el galope se deshace en un trote más suave. Aflojo la presión de las piernas y recojo un poco las riendas, dándole a entender que es hora de regresar.
El camino de vuelta lo hacemos más tranquilos, envueltos por el canto de los grillos y el rítmico golpeteo de los cascos contra la tierra. Cuando llegamos al establo, lo detengo justo antes de entrar y le acaricio el cuello, que sigue caliente por el esfuerzo.
Me bajo de un salto y empiezo a quitarle las cosas con cuidado, aflojando la cincha un par de agujeros para que respire mejor antes de quitarle la montura. En cuanto le quito la brida, Machine sacude la cabeza con un resoplido.
Sin recrearme demasiado en el proceso, cojo la rasqueta que está encima de los montones de heno y se la paso varias veces por el cuello y los costados, deshaciéndonos del sudor y la tierra. Después, le relleno el agua y le echo algo más de heno, aunque lo tenga todo esparcido por su cuadra.
Machine entra y vuelve a lo suyo en cuestión de segundos; coge el heno con la boca y lo sigue desperdigando por donde puede, solo que ya apenas le queda espacio libre para hacerlo y, al final, no le queda más remedio que comérselo.
Alargo la mano hacia el cubo de las zanahorias y cojo una. La golpeo un par de veces contra la madera de la puerta antes de tendérsela. El caballo levanta la cabeza al escuchar el sonido y la coge con ansia, devorándola de un bocado.
En cuanto desaparece la zanahoria, vuelve a su mundo de heno.
—Buenas noches, colega.
Apago la luz, cierro la puerta del box con un golpe suave y salgo del establo, sacudiéndome el polvo de las manos contra los vaqueros mientras camino hacia la casa.
Ahora mismo solo me apetece tomarme una cerveza delante de la tele sin que nadie me hable.
Algo que sé que no va a ser posible. Subo los escalones del porche, deseando que Chrishell esté dormida, pero, como la suerte nunca está de mi parte, la encuentro sentada en el sofá con las piernas cruzadas y el ordenador sobre ellas.
Ni siquiera me hace caso cuando entro.
—Vaya, qué sorpresa. —Teclea un par de segundos más antes de levantar la vista para mirarme—. Ya pensaba que te había dado otro golpe de calor.
—Perdona, ha sido una noche larga… ¿Qué haces despierta a estas horas? Pensaba que ya ibas a estar dormida…
—Dije que íbamos a cenar juntos. ¿Te sigue apeteciendo o…?
—¿Cuánto te molestaría si lo dejamos para mañana? Estoy destrozado…
No me apetece nada sentarme delante de ella y sonreír pensando en lo que he hecho esta mañana. Joder, no sé cuándo voy a salir de este bucle.
—Vale.
Y así, sin más, cierra el portátil y lo aparta a un lado. Empieza a subir las escaleras y en el segundo peldaño se detiene para mirarme. Ahí comprendo que me espera una noche bastante larga.
Mierda, me debería haber quedado a dormir con Machine sobre el montón de heno que lleva preparándome toda la semana.