Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Savannah

L a mejor idea de Nora ha sido que Eric Shawn sea el encargado de traerme hasta Dukeforth.

Le ha pedido a la misma recepcionista que me hizo el duplicado de la tarjeta que le dejara su móvil para pedir un Uber, porque, al parecer, desaparecer del mapa sin dejar rastro también implica no usar tu propio teléfono.

Solo que, según mi asistente, la chica no estaba especialmente colaborativa (otra vez más se confirma mi teoría sobre la amabilidad selectiva), pero en cuanto ha visto que el trayecto costaba ciento cincuenta dólares y Nora le ha plantado cinco billetes de cien delante, la actitud le ha cambiado lo justo para parecer casi encantadora.

Y así es como he acabado en el asiento trasero de un coche que no es mío, con un conductor que responde al nombre de Eric Shawn y que todavía no tengo claro si es nombre compuesto, apellido o nombre artístico.

Estoy siguiendo la ruta con el mapa y ya queda menos de diez minutos para llegar a Dukeforth.

Aunque no me haría falta el mapa para comprobarlo, basta con mirar por la ventanilla para ver cómo el paisaje va cambiando de forma sutil.

Dejamos atrás la ciudad, el ruido y entramos en unas interminables carreteras donde todo parece igual.

Eric no habla demasiado, lo cual agradezco.

De hecho, creo que ni me ha reconocido, en parte porque Nora me ha obligado a vestirme de incógnito (sí, con el pack completo: sudadera, gafas de sol y gorra).

Aun así, de vez en cuando me lanza miradas por el retrovisor, intentando ubicarme en algún lugar de su memoria.

El silencio del trayecto me ha obligado a hacer algo que suelo evitar a toda costa: pensar.

Pero hacerlo de verdad, sin distracciones, sin ruido, sin notificaciones que me rescaten justo antes de llegar a la conclusión que no quiero admitir.

Y aunque nunca me encanta lo que saco en claro, esta vez no puedo hacer como que no lo veo.

Sé que huyo cuando las cosas se complican.

Lo sé desde hace mucho tiempo, pero siempre termino encontrando alguna forma bastante convincente de justificarlo.

Que si no es el lugar, que si no estoy preparada, que si necesito concentrarme para escribir otra canción, que si tengo que ensayar un baile que nadie se cree…

y, hasta cierto punto, todo eso puede ser cierto.

Pero la realidad es que, cuando algo me importa demasiado, mi reacción más primitiva es desaparecer antes de que se vuelva más intenso y pueda empezar a… doler.

Y, a pesar de todo eso, aquí estoy, huyendo otra vez… Pero siento que esta huida, de alguna forma, es la que me va a permitir dejar de hacerlo. No sé si eso tiene alguna clase de sentido.

Apoyo la cabeza contra el cristal y me centro en repasar el fin de semana, aunque solo las partes en las que aparece Dylan.

Reconozco mi error y sé que no debería haberme ido en cuanto vi a esa chica entrar en su habitación. Lo lógico hubiese sido enfrentar la situación como una persona adulta y emocionalmente estable, pero conozco mis límites y, siendo sincera, salir de ahí fue lo más racional que supe hacer.

Cuando vi a la coprotagonista de Colson encima de él, actué de un modo errático, y no quiero volver a sentir aquella horrible sensación. Supongo que por eso he huido en cuanto mi cerebro ha empezado a procesar los mismos sentimientos.

Aun así, eso no justifica que la haya cagado.

Y esta vez no pienso dejar que pasen otros tres años más antes de hacer algo al respecto.

Me incorporo un poco en el asiento, inclinándome hacia delante.

—Eric…

—Shawn. Eric Shawn, por favor —corrige como si fuera James Bond, desde el asiento delantero.

—Vale, perdona… Shawn Eric —repito, desordenándolo aposta—. ¿Te importaría hacer una pequeña redirección? Te doy propina en efectivo.

Él me mira por el retrovisor, evaluando si le interesa mi propuesta.

—Mientras no sea ilegal, todo es negociable.

Vaya. Ahora su seriedad me hace querer saber todas las propuestas ilícitas que ha recibido mi James Bond particular.

—Tranquilo. Solo… un pequeño cambio de planes.

Asiente, gira el volante cuando le indico la nueva dirección y el coche se desvía antes de llegar al pueblo.

No tiene ningún sentido ir a casa de Brooke con todo esto dando vueltas en mi cabeza.

La conozco lo suficiente como para saber que, en cuanto me vea, va a empezar a hacer preguntas, y yo ahora mismo no tengo respuestas que suenen coherentes en voz alta.

Necesito… cerrar algo antes. O abrirlo. No sé muy bien cuál de las dos.

—Toma este desvío —le indico, inclinándome todavía más hacia delante para ver mejor la carretera—. Y sigue recto un buen rato. Está un poco apartado.

—Perfecto —asiente Shawn.

Con el pueblo atrás, las farolas desaparecen y la carretera se vuelve más estrecha, rodeada de unos campos que reconozco incluso después de tanto tiempo.

Es una sensación extraña.

Apoyo el codo en la ventanilla, mirando hacia fuera.

No ha cambiado nada.

Cuando por fin entramos en el camino de grava, el crujido bajo las ruedas despierta mis recuerdos.

No hay ningún cartel ni indicaciones, pero tampoco hace falta.

Sigue habiendo baches en los mismos puntos y el polvo se alza por las ventanillas abiertas, justo antes de que el rancho aparezca ante mis ojos.

—Es aquí —murmuro, más para mí que para Shawn.

Todo sigue exactamente igual a como lo recuerdo. Al principio de la enorme parcela está el granero donde Dylan hace su cerveza. Un poco más allá diviso su moto y, todavía más adelante, veo la pick-up aparcada enfrente de la casa. Además, hay luz.

Se me encoge el estómago. Estaba preparada, pero no sé si tanto.

—¿Te dejo aquí? —pregunta Shawn, bajando la velocidad.

Asiento, sin apartar la mirada de la casa.

—Sí. Aquí está bien.

El coche se detiene y el silencio me atrapa allí dentro. No me muevo; solo mantengo la mano apoyada en la manilla de la puerta. Podría pedirle que arranque otra vez. Podría decirle que me lleve a casa de Brooke y fingir que esto no ha pasado.

Pero no.

Exhalo despacio, abro la puerta y el aire de fuera me golpea con un olor a campo que no sabía que echaba de menos hasta ahora. La cierro de un golpe, doy un par de pasos y escucho cómo el coche se aleja poco a poco, dejándome sola con el sonido de los grillos.

Camino por la tierra mientras arrastro mi diminuta maleta de mano. He venido decidida a darle un giro a mi vida, solo que aún no tengo claro qué va a pasar. Pese a todo, no puedo evitar que esa vocecita optimista —y completamente irresponsable— siga ganando terreno en mi cabeza.

Quiero creer que Dylan va a tener una buena excusa para lo que ha pasado hoy; igual era una compañera que le estaba ayudando con el stand , o incluso su prima de Nashville, todo el mundo tiene una prima en Tennessee.

O mejor aún: quizá ni siquiera era su puerta.

Igual yo estaba viendo borroso, confundida y emocionalmente inestable.

Me imagino llegando hasta el porche, de donde Dylan saldrá con ese gesto molesto que sé que pondrá (y que me merezco).

Pero, en cuanto Chocolate corra a mis pies, él se dará cuenta de que lo mejor para ambos será pasar dentro.

Hablaremos largo y tendido, pasaremos la noche juntos… y todas las que nos queden.

Después de todo lo que ha pasado este fin de semana, me apetece creer que todo esto no va a ser un desastre absoluto.

A medida que me acerco, comienzo a distinguir mejor el interior de la casa. Antes de subir los escalones del porche, me desvío hacia la ventana de la cocina, moviéndome con sigilo, y me inclino lo justo para echar un vistazo.

Un vistazo. Eso es lo necesita mi plan para irse a la mierda.

Dentro no hay ninguna conversación pendiente, ni reconciliación. Dentro está la misma maldita chica que entró en su habitación y que, ahora mismo, puedo asegurar que no es ninguna prima.

Chrishell se mueve por la cocina con un conjunto de lencería bajo una bata rosa transparente. Desde el otro lado del cristal, apenas me llega el eco amortiguado de la música, pero las plumas de sus puños se balancean a ese mismo ritmo mientras camina con dos velas encendidas en la mano.

Me quedo mirándola, incrédula, procesando cada detalle, rezando para que en algún punto todo tenga un sentido distinto al obvio.

Pero no lo tiene. Y lo único que se me ocurre, mientras la veo girar sobre sí misma con esa perfección irritante, es que, como siga moviendo así las manos, igual termina prendiendo fuego a esas plumas ridículas y me hace el favor de ahorrarme este bochornoso espectáculo.

Huyo, huyo de nuevo, porque, si en este preciso instante aparece Dylan en esa ventana juro que no respondo de lo que pueda salir de mi boca… o de mis manos.

Maldito embustero.

Corro por el terreno sin rumbo, con la respiración acelerándose más por la rabia que por el esfuerzo.

Pese a todas las señales de alarma en el hotel, mi ilusa cabeza no había contemplado este escenario.

Soy idiota. En mi versión ideal de los hechos, yo aparecía, él me miraba como si hubiese visto un fantasma y volvíamos atrás en el tiempo.

Y por supuesto que tampoco había pensado cómo salir de aquí si las cosas no salían bien. Como ahora.

Ni siquiera sé cuándo he soltado la maleta, pero ya no está conmigo. Y, sinceramente, ahora mismo me da exactamente igual todo lo que haya dentro. Lo único que veo es la solución delante de mí: su moto.

Antes incluso de que mi parte racional pueda sentarse a negociar, ya estoy encima de ella, rebuscando en el casco las llaves donde las ha dejado siempre. Porque, como era de esperar, Dylan sigue siendo igual en esas pequeñas cosas. Predecible. Constante. Idiota.

—Ni se te ocurra pensarlo —me digo, haciendo un esfuerzo por frenar mis instintos de comportarme mal.

Pero el motor arranca de un golpe y, antes de que me dé tiempo a replantearme absolutamente nada, ya estoy girando, saliendo de allí y dejando atrás la casa, las luces, las velas… y su estúpida noche de lencería.

El viento me golpea la cara, llevándose cualquier resto de esa versión conciliadora que había venido conmigo hasta aquí. Adiós a esa chica dispuesta a hacer lo que fuera por nosotros… Acaba de quedarse atrás, probablemente tirada en algún punto del camino junto a mi maleta.

Me niego a ir a casa de Brooke y esperarla con una moto robada y semejante enfado, así que, casi sin pensarlo, aprieto un poco más el acelerador mientras tomo el desvío hacia el Loopsie’s.

Es el mismo camino de siempre, el que podría hacer con los ojos cerrados, y eso es justo lo que necesito ahora mismo: algo que no me sorprenda, algo que no tenga a otra mujer en lencería ocupando el lugar que, por lo visto, nunca fue mío.

Sé que yo tampoco he jugado limpio y no he sido precisamente un ejemplo de transparencia todo este tiempo, pero hay una línea que no cruzo. No soy una mentirosa. Nunca lo he sido. Y, desde luego, jamás le he mentido a él.

Si Dylan sigue en su casa, eso significa que el bar es terreno seguro.

Puedo entrar, sentarme con Brooke, emborracharme y soltarlo todo sin pensar demasiado en las consecuencias.

Aunque, siendo sincera, tampoco tengo claro si voy a abrazarla nada más verla, porque ¿ella sabía todo esto y no me ha dicho nada?

También es cierto que yo le prohibí que me hablase de él, y la que todavía no ha abierto la boca para contarle lo que ha pasado este fin de semana soy yo, pero eso no quita que ahora mismo me apetezca enfadarme con todo el mundo.

Supongo que es más fácil repartir la culpa que quedármela entera.

En cuanto las rectas de la carretera terminan y empiezan las curvas, caigo en la cuenta de un pequeño detalle que, quizá, debería haber valorado antes de robarle la moto a Dylan. Hace años que no me subo a una y, desde luego, nunca he llevado una tan grande durante tanto tiempo seguido.

Aun así, su Kawasaki responde mejor de lo que esperaba.

Es pesada y estable, algo que juega a mi favor.

No es como la moto que tenía mi ex; esta se desliza de un modo mucho más tranquilo, permitiéndome dominar cada giro sin tanto esfuerzo.

Y, por increíble que parezca, consigo no matarme por el camino.

Cuando entro en el enorme parking que conecta el bar con el supermercado de enfrente, respiro un poco más tranquila durante exactamente dos segundos, el tiempo que tardo en recordar que frenar esto no va a ser tan sencillo.

En lugar de dirigirme a la entrada principal, desvío la moto hacia la parte trasera del bar. No quiero que nadie me vea llegar, principalmente porque no me veo capaz de reducir la velocidad con suavidad.

Entro en el callejón más rápido de lo que me hubiese gustado y, cuando por fin aprieto el freno con decisión, la rueda trasera pierde un poco de agarre sobre la gravilla. No es un derrape exagerado, pero sí lo suficiente como para notar cómo las piedras golpean los bajos.

No era mi intención rayar la moto, y en otra situación me sentiría fatal por haberlo hecho. En esta, no podría importarme menos.

Y entonces levanto la vista.

Algo que no debería haber hecho tan rápido, porque ahí está él, junto a una Brooke a cuatro patas. Algo que no estoy entendiendo demasiado.

Dylan, en cambio, está plantado justo en mitad del camino con la mandíbula tensa, su mirada clavada en mí y ninguna intención de moverse.

Pese a que he terminado de detener la moto del todo, el motor sigue caliente entre mis piernas.

Sé que ahora debería quitarme el casco y fingir que esto tiene algún tipo de explicación lógica, pero antes de hacerlo, me quedo inmóvil, con las manos aún aferradas al manillar, bastante segura de que no hace falta que me descubra la cara para que sepa perfectamente quién soy.