Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Dylan

E l camino de vuelta a casa ha sido un auténtico suplicio. He conducido en automático, con la mirada fija en el asfalto mientras mi mente estaba a años luz de allí. Llevo todo el viaje repasando el fin de semana, buscando de forma estúpida cualquier explicación lógica a todo lo que ha ocurrido.

Por suerte, ya estoy aparcando enfrente del bar.

Dios, qué ganas tenía de volver y de dejar este fin de semana atrás. Si alguien me llega a decir todo lo que iba a pasar, no hubiese salido del pueblo.

Apago el motor y me quedo unos segundos con las manos todavía apoyadas en el volante, sin moverme, dejando que el silencio sea quien llene el espacio. Silencio que agradecería si Chrishell se mantuviese callada por más de tres minutos seguidos. Ahí ha estado su récord en este viaje.

Giro la cabeza lo justo para mirarla de reojo.

Tiene las piernas recogidas en el asiento (algo que sabe que odio), el pelo le cae sobre el rostro con una onda perfecta y mantiene esa expresión de falsa inocencia de la que me he percatado durante este fin de semana.

De hecho, lleva todo el día con ella puesta, como una máscara que me impide ver lo que de verdad siente.

Yo también he intentado ponerme una de esas, pero no lo he conseguido.

—Deberías descansar —añade, cuando me ve con la cabeza apoyada en el volante—. ¿Hoy nos vamos a casa pronto?

—Estoy bien —respondo sin incorporarme del todo—. Vete tú si quieres.

—¿Con tu coche? —pregunta, alzando una ceja.

A mí también me sorprende estar ofreciéndoselo, pero ahora mismo la idea de tenerla dando vueltas a mi alrededor toda la noche, hablando sin parar, me agota incluso más que el propio viaje.

—Sí —concedo con desgana—. Le diré a alguno de estos que me acerque a casa luego. No te preocupes. Así puedes aprovechar para darte un baño tranquila o…

—Preparar algo rico para cuando vuelvas —acaba la frase por mí y el brillo de sus ojos me confirma que el menú que tiene en mente no incluye solo comida.

Sello la conversación con un beso antes de salir del coche.

—Entro contigo a saludarles y luego me voy, ¿vale? —Chrishell me imita y cierra con suavidad.

Asiento, camino hacia la entrada y empujo la puerta.

Lo primero que escucho es la voz familiar de la presentadora del canal de deportes; por fin, vuelta a la normalidad.

Brooke está sentada sobre la barra con una cerveza en la mano y las piernas cruzadas mientras le cuenta algo a Devon, que la escucha algo recostado sin perder detalle.

Knox está detrás de la barra, trasteando con algo que probablemente no necesitaba tocar, pero que lo hace igual porque quedarse quieto no entra dentro de sus capacidades.

—¡Mirad quién ha vuelto! —canta Brooke en cuanto me ve, alzando la botella en el aire.

—¿Se puede saber qué haces ahí, Knox? —saludo, haciéndole un gesto con la cabeza para que salga de mi barra.

Echo un vistazo rápido al resto del local.

Están los de siempre, es lo que tiene vivir en un pueblo diminuto con una tasa tan pequeña de turismo (por no decir inexistente).

Últimamente esto funciona mejor de lo que esperaba, y en parte es gracias a que el equipo de baloncesto del instituto está obsesionado con las alitas a la barbacoa de Danny y se tiran aquí todo el tiempo después de los entrenos.

Chrishell se acerca por detrás y se apoya a mi lado.

—Solo venía a devolveros a vuestro chico sano y salvo —dice, sonriendo—. Aunque tened un poco de cuidado con él, está algo más seco de lo habitual.

—¿Tan mal te han tratado los de la ciudad, chaval? —Devon apoya el codo en la barra, estudiando mi cara de pocos amigos.

—Para una vez que sales del pueblo, tío —se burla Knox.

—No dramaticéis —respondo, metiendo la mano por detrás de la barra para coger una botella al azar. La abro dándole un golpe medido contra la madera—. Ha sido un fin de semana largo, ya está.

Brooke no me quita el ojo de encima. No dice nada, pero tampoco le hace falta; me conoce lo suficiente como para detectar cuándo le digo la verdad y cuándo la esquivo. Y que no suelte ninguna pulla ni haya empezado con su clásico interrogatorio de tercer grado me pone en alerta.

—¿Y qué tal vuestro fin de semana, chicos? —Chrishell se interesa por mis amigos.

—Bien —dice Devon.

—Normal —añade Brooke, sin dejar de mirarme.

—Como siempre —remata Knox, encogiéndose de hombros mientras sigue trasteando con las botellas.

—Bueno, yo me voy a ir para casa ya —anuncia Chrishell, apartándose—. No me lo devolváis demasiado tarde, que tenemos planes luego, ¿eh?

Asiento sin mirarla demasiado. Ella se inclina lo justo para darme un beso rápido, marcando territorio. Se despide del resto con la mano y la veo salir por el rabillo del ojo, notando que el ambiente cambia en cuanto la puerta se cierra tras ella.

—Podríais cortaros un poco, ¿no? —murmuro, dejando la botella sobre la barra con un golpe suave.

—¿Qué? Si no hemos dicho nada —se defiende Brooke, alzando las manos.

Por eso mismo. Bastante tensa está nuestra relación ya como para que encima mis amigos se dediquen a poner de manifiesto lo poco que les gusta.

—¿Chicos, me acompañáis un momento dentro?

Devon arquea una ceja y Knox levanta la vista con interés. Acabo de activar una señal de alarma.

—¡Eh! ¿Y por qué yo no? —protesta Brooke, incorporándose un poco sobre la barra y cruzándose de brazos—. Me siento desplazada.

—Oh, es verdad… —Giro la cabeza hacia ella, señalando vagamente el bar con la mano—. ¿Quizá porque eres la camarera y hay mesas que atender?

Brooke sigue mi gesto con la mirada, recorre el local con una lentitud deliberada y vuelve a clavar los ojos en mí.

—Sigue sin ser una razón de peso para no enterarme de eso de lo que quieres hablar con ellos —apunta con total tranquilidad—. Pero no te preocupes, me enteraré. Y puede que no por las mismas vías que ellos —susurra.

Entorno los ojos.

—¿Qué has dicho? —Pero lo he oído, vaya que si lo he oído.

Ella parpadea, totalmente inofensiva.

—Nada, que tienes razón.

—Venid —les indico con un gesto de cabeza hacia Devon y Knox. Luego planto una mano en el pecho de Brooke, que ya se había bajado de la barra y venía enfilada—. Tú, no —le reitero.

Mientras me encamino hacia la trastienda, noto la mirada de Brooke clavada en mi espalda.

En cuanto Devon y Knox entran, cierro la puerta y apoyo la palma contra la madera antes de dar un par de pasos para rodear la mesa.

Necesito ese breve respiro para ordenar mis ideas, aunque sé que no va a servir de mucho.

—Si me vas a pedir pasta, estoy pelado, tío. De hecho, te iba a pedir yo —suelta Knox, dejándose caer en la silla con total confianza—. He cerrado ya seis paseos a caballo para la semana que viene, así que si me puedes adelantar mi parte…

—Ni un centavo —le corto, sin paciencia—. Y si ya has acabado de pedirme dinero y me das permiso para empezar a hablar de una vez por todas… te lo agradecería.

—Joder, por una vez estoy de acuerdo con Chrishell. —Knox alza las manos—. Estás a la que saltas, tío.

—Me he acostado con Savannah —suelto la bomba antes de que siga haciendo el tonto.

—¿Qué?, ¿qué Savannah?

Devon ni siquiera se molesta en responderle. Pilla uno de los posavasos de una caja de propaganda y se lo lanza directo a la nuca.

—¿Eres idiota, tío?

—¡Eh! —se queja Knox, llevándose la mano a la cabeza—. ¿Qué he dicho ahora?

—Savannah —repite Devon para que retome el hilo.

Continúo con mi historia, aunque solo sea para Devon. Knox que se reincorpore cuando quiera.

—Hemos coincidido en el draft . Y os prometo que he estado haciendo todo lo posible por evitarla, ¿de acuerdo?

—añado, mirándolos a los dos, en busca de algo de compasión—.

De hecho, el primer día conseguí hablar con ella.

Le dije todo. Todo lo que había hecho mal, todo lo que…

—exhalo por la nariz, negando con la cabeza—.

Cerré el capítulo. De verdad. O eso creía.

Devon asiente despacio, sin interrumpirme, dándome espacio para seguir.

—Pero el último día… —Me apoyo en el borde de la mesa, observando el dibujo que hacen las vetas de la madera—. No sé, tíos. Supongo que pensé que no la iba a volver a ver. Bajé la guardia… y me dejé llevar.

Parece que Knox ya se ha reincorporado a la historia porque deja escapar un silbido bajo.

—Ya… «Te dejaste llevar».

Le lanzo una mirada que debería bastar para que se calle, pero solo consigue que levante las manos otra vez, divertido.

—Vale, vale, no digo nada.

—Terminamos en la cama de mi hotel —continúo, ignorándolo.

Devon, al contrario de Knox, no sonríe. Se cruza de brazos, apoyando el peso en una pierna.

—¿Y Chrishell?

—Obviamente no sabe nada de todo esto.

—Esto se pone interesante —añade Knox.

—No tiene nada de interesante —le espeto, más brusco de lo que pretendía—. Es una cagada. Una enorme.

Me paso la mano por el pelo y doy un par de vueltas por la habitación, incapaz de quedarme quieto.

Cuando me paro, se produce un silencio expectante. Se nota en la manera en que Knox se inclina hacia delante, apoyando los antebrazos en las piernas, y en cómo Devon no aparta la mirada de mí.

—Vale… —interviene Knox, al ver que no continúo—. ¿Y qué?

—¿Y qué, qué?

—¿Qué ha pasado después? ¿Cómo habéis quedado? ¿Qué… plan hay aquí? Porque entiendo que no te lías con ella y luego te piras.

Al ver mi cara, Knox sabe que ha tocado hueso.

Suelto una carcajada amarga, niego con la cabeza y planto las manos en la mesa.

—No hay plan.

Devon entrecierra ligeramente los ojos.

—Dylan…

—¡Que no hay plan! —repito, esta vez más claro—. Se ha ido. Me ha hecho lo puto mismo.

—¿Cómo que se ha ido?

Levanto la vista hacia ellos y siento cómo la frustración me golpea de nuevo, mezclándose con el cabreo que llevo arrastrando desde que puse un pie fuera de la cama este mediodía.

—Que se fue —insisto—. Me levanté… y ya no estaba.

Me desplomo en la silla. Apoyo los codos en las rodillas, hundo la cabeza entre las manos y me froto la cara.

—Es que soy imbécil —suelto sin filtro—. O sea, literalmente imbécil. Me digo a mí mismo que no voy a caer, que ya sé cómo acaba esto, que no merece la pena… y aun así voy y me tiro de cabeza como si no hubiese aprendido nada en estos años.

Knox chasquea la lengua, echándose hacia atrás en la silla.

—Vale, eso sí que no te lo voy a discutir.

Devon le lanza una mirada de advertencia, pero yo niego con la cabeza.

—No, no, déjale —murmuro—. Tiene razón. Es que es de manual. Aparece, me descoloca todo y en cuanto bajo la guardia, desaparece otra vez. Le dije que quería dejar todo esto atrás, que quería hacer borrón porque, ¡joder!, estoy feliz con Chrishell y no quería guardarle más rencor.

Knox se da la vuelta para mirar a Devon. Él hace una mueca que no me gusta ni un pelo.

—¿Por qué os miráis así?

Devon duda antes de contestar, midiendo hasta dónde le compensa meterse, pero al final suspira y da un paso al frente, apoyándose en el respaldo de la silla de Knox.

—Alguien te lo tiene que decir, tío —empieza, con el tono tranquilo que usa cuando sabe que lo que va a soltar no es bueno—. No eres feliz con Chrishell. Solo es un parche. Lo sabes tú y lo sabemos todos. Lo raro es que ella aún no se haya enterado.

—No tienes ni idea de lo que dices —respondo a la defensiva, pero sé que no suena creíble.

—Sí que la tiene —añade Knox, sin perder la oportunidad de meter baza—. O sea, no me malinterpretes, la chica está bien, es guapa y te organiza la vida… pero no la miras como…

—Ni se te ocurra terminar esa frase —amenazo, clavándole la mirada.

—No va de compararlas —dice Devon, más suave—. Va de ti. De cómo estás tú.

—Hecho una mierda, ¿no me ves? Ya no me jode por mí, sino por cómo la he cagado. Nunca le había puesto los cuernos a nadie.

—Felicidades…, estreno desbloqueado —Knox se echa hacia atrás en la silla, balanceándose con las patas delanteras en el aire.

Devon le lanza una mirada fulminante y luego vuelve a centrarse en mí.

—¿Te arrepientes? —pregunta sin rodeos.

La pregunta me pilla desprevenido. No porque no sepa la respuesta en sí, sino porque hay demasiadas mezcladas en mi cabeza.

—Sí —opto por contestar al final—. Claro que sí.

Me arrepiento de haber cruzado una línea que juré no volver a cruzar, de haberme metido en algo que sabía perfectamente cómo iba a terminar y de haberle fallado a alguien que, pese a todo, no se lo merece.

—Vale, sí, la has cagado —admite Knox—. Pero también hay niveles de cagada, ¿sabes? Yo la he cagado así un millón de veces. ¿Te acuerdas de Tatiana?

—Knox —advierte Devon.

—¿Qué? Estoy ayudando.

—No estás ayudando.

Knox levanta las manos una vez más, pero no se calla del todo. Nunca lo hace.

—A ver, lo que quiero decir —continúa, con un tono inusualmente serio para lo que es el—, es que lo de este fin de semana ha sido…

, no sé, un cierre mal hecho, míralo por ese lado.

Ha sido un error. Ninguno de nosotros se va de la lengua y aquí no ha pasado nada.

No se lo cuentes a Chrishell y sigue en tu mierda de cuento de hadas que nadie se cree.

Esto es como en Las Vegas: lo que pasa en Nashville, se queda en Nashville.